martes, 30 de octubre de 2007

Ella bajó, luego de un largo exilio de los cielos de mi departamento al sur de la ciudad. Había visto desde ahí todos mis movimientos de las últimas jornadas. Y contemplado los caprichos de la luna que la iuluminaba cuando se le antojaba.Lo mismo le daban todas las mañanas, en cambio, cuando el sol la enceguecía en el mismo empecinado ángulo y sólo respioraba del resplandor cuando las lluvias asomaban.
Tal vez alguna vez se preguntó por qué de todos los ángulos, de todos los departamentos al sur de la ciudad; de todos los departamentos de la ciudad, ded todos los del país o de todos los de este continente, justo a ella le había tocado caer en uno con un ventanal eorme, casi oceánico para su pequeñez.
Sin embargo, nada parecía atravesarse entre su casa tejida c on paciencia y sus cacerías de mediatarde. Ni las alas veloces y espásticas de sus víctimas podrían interponerse a su hambre. Y la torpeza de su mejor manjar, que se chocaba una y mil veces contra un vidrio hasta estallar en la punta de su lengua, sumaba elementos a su felicidad.
Llegado el momento, formaría una familia, enseñaría a sus retoños a vivir su vida misma y ellos, como ella, aceptarían proija y sumisamente.
Pero este jueves de octubre quiso que de algún lado le llegara el perfume de la curiosidad. Como si un gato le hubiese enviado con el viento una maldición hecha fragancia. No supo, no sospechó que esa osadía sería su últiumo acto y bajó.
Bajó, trapada de esa lana fágilmente irrompible, sostenida sólo por su coraje y las ganas de buscar otro ángulo, otro rincón donde hechar su estático camino.
Y cuando bajó se encontró conmigo. Conmigo, la muerte. Su muerte.
Pero bajó, y eso es lo que importa.