miércoles, 17 de octubre de 2007

Ni la leve desilusión que esa voz en el teléfono pertenezca a otra persona, distinta a la que voló por la línea hasta mis pensamientos. Ni que en mi infancia no me hayan dejado tomar de pico de la botella. Ni que nunca encontré un trébol de cuatro hojas o un as de espadas; pero sí 5 centavos cuando me faltaban 10 para el colectivo. Ni que he comprado anillos hermosos que jamás he usado. Ni que los secretos hasta y el desafío de contarlos y pedir que tampoco sean guardados siempre me pareció estúpido. Ni que soy sensible a los videos de música, los perros rengos y el sonido de un tenedor arar un plato. Ni que me enceguezco hasta recordar esa palabra que no me acuerdo. (¡Coincidir! ¡Ésa era!). Ni que nunca leí a Nietzsche. Ni que detesto tener sólo el recuerdo de la siesta. Ni la resignación idiota -que como todas las resignaciones, reflejan el costado más miserable y haragán de un ser humano- a que mis suspiros sean monopólicos.
Nada de eso me impedirá escribir en este blog.