lunes, 24 de noviembre de 2008

tarjeta de memoria

Tomamos traguitos de sombra.
Sobre los renglones imaginarios de las paredes callejeras, escribimos con tiza un deseo, como arrojándolo a una fuente de visibilidad.
Del agua de los cielos, creamos el recuerdo.
Del sonido de los pájaros amanecer, un color de ojos.
Del perfume de las flores blancas de una enredadera, una estación.

Viajar en el tiempo a través de los sentidos. El sistema no ha logrado meterse ahí.
Mis uñas están cortas, mi piel transpirada y mi pelo mojado.
Voy descalza por la vida y no me pincho con nada. Mi sendero es espiritual. Vuelo.

Quiero volver.

viernes, 1 de agosto de 2008

La gotera.

La gotera arribó a la puerta de mi casa impiadosa, la muy déspota. Habíamos acordado algo, que ella no me dispararía sus gotas de descuido cuando yo estuviera abriendo la puerta, porque eso de estar buscando las llaves y que un balazo me distraiga era un chiste de muy mal gusto.
Yo sabía de su ensañamiento, pero tampoco tenía que ser tan cruel.
Hablé con el dueño de la casa, pero él, hombre ocupado y desmemoriado (una mezcla picante, una conjunción molesta) tenía varios inconvenientes en ponerle punto final a la gotera. Cuando se lo hacía, la tinta se corría.
Así que, en cuestión de semanas, aprendí a convivir con la gotera.
Cuando volvía del trabajo, cansado por mis tareas y agobiado por la situación cotidianamente estresante, la gotera me saludaba efusivamente. Cuando volvía de mis habituales caravanas de fin de semana, ella me demostraba frialdad.
Por supuesto que yo expresaba mi desagrado frente a su presencia. No disfracé mi disgusto en ningún momento. Por más que ella me acariciara con la fuerza de la gravedad, cada vez que pasaba por ahí.
Hubo momentos, claro, en los que desarrollé cierta fobia por cruzar esa puerta. A veces no tenía ganas de que mi cabeza interceptara su afecto por el piso de mi entrada. Pasé varios días sin salir al mundo exterior, con tal de no ser tocado por su violenta tensión superficial.
Mientras tanto, llamaba al dueño del departamento, el dueño me llamaba a mí, yo lo volvía a llamar, y él volvía a llamarme, al mismo tiempo que la gotera crecía.

Ya no sólo había tomado la entrada de mi casa. Ahora, esparcía por el pasillo su zona de influencia. La vecina de al lado me trató de idiota, y me dijo que era un tarado por tomarle afecto a una simple gotera, y porque a través suyo, se había mojado entera su colección de revistas.

Yo le respondí que no era una simple gotera. Que yo sentía los gritos de su voz, que susurraraban "dejame expresarme/soy una gotera que necesita vivir, necesita manifestarse/ ser libre, salir del monótono camino que tenemos las gotas de agua en las cañerías./ Yo sólo quiero ser una gota felíz".

A pesar de que la vecina de al lado, y el de al lado de al lado, y los del otro lado me increpaban todos los días al ir del departamento al ascensor, yo ya no llamaba al dueño para que arreglara la gotera. Él tampoco me llamaba a mí, claro. Era un hombre demasiado ocupado como para acordarse de mi pequeña gran compañera. Mientras los vecinos usaban cuanto método cohercitivo había para finalizar con la pérdida, como si yo fuese el dueño del destino de familia de moléculas de agua, yo me sumergía en mi departamento, atormentado por lo que sucedía afuera. En algún momento la gotera me dijo que se reunían a evaluar el plan de acción a seguir para dejarla sin vida. Yo no le creí, hasta que ví salir de uno de los departamentos de la punta norte a todos los vecinos del piso. Cuando los crucé, se pusieron colorados/nerviosos/patitiesos/obsecuentes y otras reacciones más, propias de alguien que es sorprendido con las manos en la masa.
De hecho, un día llegué y habían aplicado un pastiche inútil donde la gotera tenía su espacio de expresión. Por supuesto que ella y su belleza lo vencieron y al cabo de un par de horas, la gotera y yo volvimos a estar felices, contra el mundo.

Para ese entonces, entrar a mi casa requería el uso de botas. Un paraguas, jamás. Ese es el insulto más procaz que puede recibir una gota. Y yo, que más que afecto ya le tenía un amor inconmensurable, no quería despreciarla de manera tan atroz. Así que recibía su vertiente con alegría y la desparramaba por mis brazos.

Un día, amanecí con el agua hasta la naríz. Y eso que yo dormía en posición vertical. La gotera se había tomado revancha con los vecinos, que durante la madrugada habían querido asfixiarla con su artillería más pesada. Para salir, usé un bote de papel, que tenía de recuerdo en mi casa, de un día lluvioso que habíamos salido con Cecilia a andar por los cordones de la ciudad. La gotera me miró, me pidió perdón y yo entendí. Subí al resto de los vecinos al bote y nos fuimos por la escalera. Bajamos los cuatro pisos y una vez en la calle, comimos chocolate y nunca más volvimos. La gotera nos siguió unas cuadras. Yo la veía mirándonos hasta que ya no nos vió ella a nosotros ni yo a ella. La amé tanto, que tuve que dejarla ser.

miércoles, 16 de julio de 2008

Sobre el nuevo departamento

Antes de que mi mamá se vaya a hacer las compras (y me lleve con ella) me gustaría contarte del nuevo departamento.
Mamá me trajo la noche del día que firmó el contrato. Pero en la inmobiliaria le dieron la llave del departamento de enfrente al que vivimos, así que primero conocí al del vecino antes que al nuestro. Ahí, comimos una pizza con Mercedes, la mejor amiga de mi mamá, que en este último tiempo frecuentamos bastante. La pasé bien esa noche. Los tres comiendo pizza, y esa estúpida constante de mi mamá hablando de mi papá casi en secreto con su amiga, como si yo no fuera a darme cuenta o fuera sordo, no sé. Pero en general, estuvo buena esa primer noche en este edificio.
Ella me habla mucho. Mucho y de todo. Esa vez, me habló durante todo el viaje en colectivo desde la casa a la inmobiliaria. Después, mientras embalábamos las cosas. Luego, durante la mudanza. Y después, desde que nos mudamos acá, habla todo el tiempo. Yo no sé si eso está bien.
Esa noche, esa primer noche, conocimos a los vecinos de al lado. Son una chica y un chico. Parecen jóvenes. Él no vive acá y ella sí. Pero siempre están juntos. Van y vienen siempre juntos. A veces los cruzamos en el pasillo y están siempre de la mano. A veces escucho que discuten y ella grita. Y el otro día la ví salir del ascensor enojada mientras él se reía. Cuando está sola, a veces la veo colorida y a veces apagada como un bichito de luz agotado. El otro día, con mamá nos quedamos afuera y ella nos ofreció pasar a su casa hasta que venga el cerrajero. Mamá no quiso y no sé por qué, pero la otra vez me dijo que no quería hacerse amigos en el edificio.
Esa primer noche vimos que algunos de los departamentos tenían sus números en las puertas. Las puertas de los departamentos son todas distintas. No es como el edificio de Palermo, que tenía todo igual. Acá hay departamentos grandes, chicos. Es muy raro este lugar. Y la nuestra no tenía número. Así que a los pocos días de mudarnos, le propuse a Mamá hacer un cartel para la puerta. Y dibujé en una hoja del colegio unos autos de carreras y el número bien grande en el centro. Quedó bien. Después ella lo pegó con cinta adhesiva.
Por la misma razón, creo yo, no me deja juntarme con los chicos del departamento de la vuelta. Tampoco me deja ir a la escuela hasta el año que viene. Dice que este grado lo volveré a hacer el año que viene, que todo ha sido muy difícil y que no es problema parar un año. Yo sé que todo fue complicado, pero lo que más extraño son mis compañeros de la escuela. Sobretodo a Agustín, que me fui sin saludarlo y mi mamá no me deja llamarlo por teléfono.
Creo que hizo eso para que pare con las escenas de celos con Daniel. Pero no soporto verla de la mano, darse besos. Mucho menos cuando se va con él y yo me quedo con Mercedes. Mercedes es bastante aburrida. Y me pregunta muchas cosas siempre.
Bueno, mi amigo de papel, voy a hacer las compras y mañana te sigo contando un poco más de esto.

viernes, 23 de mayo de 2008

El fracaso

El fracaso se presenta como una torta de chocolate: un objeto de deseo que da tanta tentación comerse un mordisco de su venenoso contenido como culpa su expresión de panza llena.
El fracaso es un banquete de sensaciones. Es cálido y cómodo. Y siempre es gracias a otro, por lo que ni siquiera requiere esfuerzo propio.
El fracaso es genial: requiere de creatividad suprema para tomar forma. Crea una audaz y consistente esperanza. Jamás una buscanza. Además, suele vestir disfraces tan variados como el traje gris del miedo, la sugerente bikini del orgullo, el sobretodo de la desconfianza. También, se calza unas holgadas ocurrencias para desarrollar posibilidades que anulan cualquier posibilidad.
El fracaso es colorido. Pinta de verde musgo y negro las inexistentes paredes de la fe.
El fracaso es tenaz. Insiste en diversas maneras hasta llegar a su cometido, con la misma obstinación con la que podría reconstruirse Alejandría.
El fracaso es placentero. Es el mejor puerto para llegar, la mejor excusa para lamentarse y la manifestación más pura de la nostalgia, que siempre trae aquello que fue inmejorable.
El fracaso es astuto. Actúa alimentado por la inocencia.
El fracaso es inteligente. Opta por buscar el camino más corto, de manera tal que sea posible llegar rápidamente a destino.
El fracaso es ahorrativo. ¿Para qué gastar valioso tiempo de ocio en esfuerzo y trabajo? Valioso tiempo que, dicho sea de paso, puede ser usado para elucubrar pretextos a presentar a los demás y a uno mismo.
El fracaso es incansable. Todos los días trabaja para seguir adelante. Mantiene la guardia ofensiva en todo momento y lugar, desliza comentarios agudos y certeros.
El fracaso es ácido. Sin duda, un estilo concreto para transmitir un mensaje incisivo.
El fracaso no oye consejos ni experiencias ajenas. Opta por la vivencia empírica.
El fracaso es intenso. Las sensaciones que transmiten pueden llevar a derramar mares inconmensurables.
El fracaso es indomable. Ningún libro de autoayuda puede con él.
El fracaso es fuerte y dinámico. Nadie puede detenerlo.


Hasta que me conoció a mí.
Y le cambié la vida.

viernes, 4 de abril de 2008

Hormigas

Casi sin darme cuenta, se ha sumado un conjunto de inquilinos a mi casa. Es una muchedumbre de pequeñas dimensiones, que realizó un arduo trabajo de expedición hasta que se instaló, vaya a saber en qué específico rincón de mi apartamento al sur de la ciudad.
Ante la toma de espacio y el encuentro cada vez más habitual, he decidido llevar adelante una política de enfrentamiento lenta, pero sin duda eficaz: las destruyo, sin piedad, de manera individual.
De esta manera, cuando veo una hormiga (solamente en mi casa, porque a las que están en la plaza les tengo respeto), puedo apagar un sahumerio sobre su lomo, soplarla con el secador de pelo o dejar que caiga, viva, en el inodoro, mientras tiro la cadena. Me regocijo con su pesar.
Al imaginarlas navegar por las cañerías de la ciudad, volar varios metros hasta quedar desorientadas o aumentar su temperatura corporal, creo que van a transmitir -vía antenitas, que sería como nuestro cable coaxil- la información de que la dueña de casa es jodida y así lograré que se vayan.
De frente a esto, me resisto al uso de químicos que me quiten de un plumazo esta cuota diaria de sadismo, y gesto la fe que se irán algún día. Si no, llegaré como el malón de la paz, con calma y en tren y me uniré a su ejército.

lunes, 24 de marzo de 2008

"¡Policía! ¡Desocupen el departamento, en nombre de la ley! Estamos armados, salgan con las manos en alto." Escuché en el pasillo de mi entonces casa. La noche anterior había sido difícil y estaba durmiendo una siesta. Rápidamente atiné a esconder mis escritos y quemar mi agenda. Telefoneé a Graciela, como habíamos quedado, con un solo timbre. Ella se encargaría de todo lo referente a Emiliano, su pasaporte y cómo hacer para llevarlo a México.
En un segundo se derrumbó todo de un suspiro. En un segundo, rememoré ese presente tan frágil, donde todo se me vino encima. Añoré las tardes en lo de Andrés y Rubén, donde hablábamos tanto de muchachas como de nuestra bandera. Recordé aquellos bailes en el club Independiente, donde María Elena me daba unas miradas que ni te cuento, y después me la termino encontrando en la Base. Pensé en el Gordo Rafael y sus crónicas rusas, que llegaban a nombre de "Alejandro Bonifaz", mezclando los personajes de un cuento de Cortázar. Me acordé de las galletitas que me cocinaba la vieja, de los ojos de María Elena cuando nos enteramos de la que venía, del lunar de Emiliano que unía mi lunar en el cuello con el de ella en el pecho. Mi viejo y su laburo en el partido y aquella vez que, orgulloso, me llevó a que empezara en la Juventud.
Si hubiese podido quemar más cosas, hubiese incendiado los ojos cómplices de aquellos que miraban de reojo y con la vista gorda. Prendido la falta de insistencia que tuve con los compañeros de la fábrica que no entendían que ganar la lucha era posible. Encendido al botón del patrón que no se bancaba un obrero pidiéndole haga cumplir nuestros derechos. Eso hubiese quemado, con tal de que nada de esto pase.
Miré por última vez mi transitorio departamento, donde un rato antes había acomodado algunas de las cosas con las que vagaba siempre. Seguían golpeando la puerta. "Capataz", decía el anuncio por el que empecé a trabajar ahí, después que el viejo se haya ido con el Tata Velázquez a escuchar el boxeo. No sabían que estaban contratando a la fiera más temida: la de un laburante con conciencia de clase. Y menos sabía yo que era verdad que esto iba a terminar así, cuando algunos de los cumpas de la facultad hacía semanas que no venían a clase.
En la recorrida ocular, me detuve en las fotos. Creo que quería retenerlas en mi retina. El casorio por la Iglesia había estado tan bueno. Me acuerdo que en la fiesta, el Leo, el hermano mayor de María Elena había comprado un vino re berreta y los muchachos se encargaron de ir a buscar uno bueno, por todos lados, en el Fiat 600 del Gordo. Ese Fiat 600 tenía más historias que la Biblia. Pero estaba tan linda María Elena. Mi mujer, mi mujercita. La primera vez que dormimos juntos, me hizo escuchar Los Beatles en el Winco que le habían regalado hacía una semana los viejos. ¡Y yo no entendía qué decían! Y la vez que la llevé a la kermesse, y le dije que quería casarme con ella, me dijo "Mirá que le tengo que preguntar a mi hermano mayor primero". El Leo era jodido cuando yo empecé a ir a la casa. Y después que nació Emiliano, terminó siendo el cuñado más macanudo que me podía tocar. El Leo. El Leo la amaba a María Elena y según él, ahora tenía que protegerla. Mi María Elena. Yo sé que nos vamos a volver a ver. No sé dónde estás, pero yo sé que nos vamos a volver a ver.
Y nuestro Emiliano. "¿Emiliano?", nos dijo la empleada del Registro Civil, cuando lo fuimos a anotar con Ramírez. "Sí, Emiliano. ¿Por qué?", le dije, desafiante. "No, por nada. Por nada. Chicha, Emiliano se puede, ¿no?", de preguntó a una compañera suya, mirándome de arriba a abajo. Y yo que especialmente me había puesto el único traje que tengo desde los 16. Emiliano, mi pequeño Emiliano. Cuando te amacaba y me gritabas "¡Más fuerte, papi, más fuerte! ¡Hasta la luna!" y en el medio de la noche teníamos toda la plaza para nosotros dos solos. Emiliano, yo me encargué de que guardes lo mejor de mí. Te dejé un montón de escritos que Graciela o alguien de su familia te tienen que dar cuando cumplas los 18. Emiliano. Mi Emiliano. Lo mejor que puedo dejar en este mundo, lleva tu nombre.
Y los viejos. Los viejos se iban a sentir tan mal. Yo nunca pensé que militando les iba a hacer daño. Si ellos estaban orgullosos de todo lo que había aprendido. La vez que la vieja vió que yo estaba leyendo El Manifiesto, me trajo un matecocido con leche y un platito verde con sus galletitas y me dijo "Si te llama Felipe, le digo que no estás, ¿si?". Y el Viejo. El viejo que, cuando yo le contaba que los lápices de mis compañeros tenían etiquetas con su nombre pegado y que yo lo quería hacer también, me decía "Para todos, todo", y no me dejaba etiquetar mis útiles.
Tomé las fotos y me senté a esperar lo peor. Que derriben la puerta, entren y rompan todo, me lleven de las mechas hasta un falcon verde y vaya a saber qué vendría después. Escribí la pared y lo oculté con un escritorio. Respiré profundo. Y me dí cuenta que eran unos niños jugando a hacer aquello que escuchaban cada tanto en sus propios pasillos.

32 años. Nunca más.

domingo, 9 de marzo de 2008

Agoniza lentamente y luego muere en el olvido

Miles de papelitos, de distinto origen, color y sabor, yacen enredados entre otros miles de papelitos , de distinto origen, color y sabor.Una idea que se cuela dentro de la información monocorde que abunda arriba del colectivo, que genera el aroma de aquello que pasó y no volverá, que moviliza una frase oída al pasar. Todos son elementos para escribir, para volcar, para frasear.Algunas de ellas, ideas tenaces, surgen a la expresión y se tranforman en un texto. Otras nacen, crecen, se alimentan, pero no se reproducen en otras letritas.Pocas logran subsistir, pues la mayoría agoniza lentamente y luego muere en el olvido.Tal vez esta sea una de esas.Todas, forman parte de una sensibilidad distinta para observar este mundo que a veces pareciera olvidarse del círculo cromático.

"Trato de aplicar colores como palabras que forman poemas, como notas que forman música".

martes, 19 de febrero de 2008

Apellidos

Las personas con nombres lindos, me caen bien.
Como los rosarinos y los zurdos, me caen bien.
No podría involucrarme profundamente con nadie cuyo nombre no me agrade.
Mínimo, 70%.

Pero en esta inútil aversión, los apellidos se llevan un capítulo aparte.
A mí me gustan cierta clase de apellidos.

A la hora de abrir estos gajos de inspiración, en primer lugar he pensado en la historia de mi amiga homónima cuyo apellido llevaba letras inapellidables como la K, la W, la Z, y la Y, por nombrar algunas de sus 13 letras. Abecedario, le decían en la escuela. Una vez nos apostamos una carrera de una cuadra, y como ella me estaba ganando, simulé una puntada para distraer el resultado.

Aquella otra que cada vez que tenía que dictarlo, aclaraba religiosamente "doble ce, doble zeta". Una vez me llamó por teléfono y yo estaba durmiendo, me dijo "dale, despertate que ya yo estoy despierta" y su egoísmo antionírico me enojó hasta el día de hoy. Otra vuelta le hice el coro de "doble ce, doble zeta" y no le gustó una mierda.

Un compañero de la escuela, cuyo apellido me recordaba a un animal inexistente.
Los de apellidos con forma de nombre.
Los que se escriben de una forma y se pronuncian de otra, como el de un conocido laboral, al que a partir de su aclaración, no sé si escribirselo como se escribe, o escribirselo como se pronuncia, para que lo lea como se pronuncia.

La de apellido con rima lasciva y sus tetas gigantes.
Los apellidos patricios que habitan barrios bajos.
Los que engañan con la ñ y la gn.
Los que llevan s y c juntas.
Los partidos en pedacitos.
Los que delatan una llegada en barco.
Los que en vez de zeta llevan s.
Los que se sublevan a los designios de un empleado del mostrador del Registro Civil.
Los que se pierden con la llegada de las mujeres.
Los que cuando se pronuncian, provocan una brisa en los cabellos.
Los que están manchados de tierra.
Los que significan algo en otro idioma.
Los que encajan como encastres con los nombres.
Los que encandilan con poesía.
Los que arrullan sílabas como pedacitos de algodón egipcio.
Los que coleccionan muchas letras.
Los que engalanan firmas firuleteadas.
Los que huelen a burdel parisino, con humo y acordeones sonando.
Los que llevan recuerdos.

Esos son algunos de los apellidos que me gustan.
En la próxima entrega, tal vez hablemos de las edades.

sábado, 19 de enero de 2008

Sincronización

Cansado ya de cumplir deseos ajenos, el hombre se lanzó a caminar por su pequeño principado. Había pasado, tal como sus antepasados, todos sus días recibiendo suspiros de extraños en todas las lenguas conocidas y por conocer. Desde un auto hasta la sanación de una enfermedad sin cura, desde la visita de un pariente en la lejanía hasta un viaje propio, desde la atención de un amor platónico hasta la concepción de un primer hijo. Todos los deseos habían pasado por sus archivos. De a uno fue cumpliéndolos, en la medida que el tiempo se lo permitía. En sus breves ratos libres, conversaba con las tormentas y los amaneceres rosados sobre las estelas y la fugaz velocidad. Pero entonces había decidido tomarse unas vacaciones por tiempo indeterminado.

Recorrió la nieve en la oscuridad, con el sonido de sus pasos como única compañía. Cuando tuvo ganas de que saliera el sol, sólo chasqueó sus dedos y a la llegada de su máximo jefe natural, tomó agua fresca de un río que no visitaba desde niño. Pensó, entonces, qué querría de aquí en adelante. Algo bastante recurrente para las vacaciones. No pudo escapar de esa idiota tendencia humana de hacer balances sólo para sentirse derrotado. La soledad le había enseñado a llevarse bien consigo mismo, de manera tal que no se decepcionó ante su presente incierto. Luego, se divirtió haciendo formas sobre el blanco prado. Hasta dibujó figuras obscenas, algo que hasta a él lo sorprendió. Silbó la melodía de Yellow Submarine, que había compuesto para alguno de sus fieles, y desandó el camino recorrido.

Habiendo retornado a su base de operaciones, bebió jugo de ananá y se sentó a la gran ventana de su oficina antes de ponerse a trabajar otra vez. Se sintió dichoso: su rol en este universo no era menor y, si bien esa dependencia ajena lo absorbía, supo que formaba parte de una conspiración celestial que, sin lugar a dudas, era más grande que él, por más que su propio papel fuera tan inmenso como imprescindible.

Dudó, y lo reconoció, por un momento de volver a sus tareas habituales. En el lapso entre que se admitió cansado, salió a caminar y volvió habían llegado unos 3.506.034.509 de nuevos pedidos. Con lo cual, no sólo se incrementó su trabajo si no que además debió aceptar que no podía abdicar su trono sin dejar a nadie a cargo. Hasta llegó a pensar en buscar reemplazantes, pero recordó aquella vez que su abuelo se lanzó a la búsqueda de un relevo y el egoísmo hizo desastres de su imperio, causando daños que tardaron años en repararse.

De manera tal, y ya se acababa la compota que tanto le gustaba, que un poco por resignación y otro poco por deber moral, se vio forzado a seguir con su trabajo. Una casa para una argentina; un trabajo para un inmigrante ilegal en Francia, el regreso de un novio furtivo para una neozelandesa y un gato para una niña senegalesa. Todos los pedidos le llegaban religiosamente en botellas herméticas, musicalizados por suspiros. Él mismo se encargaba de traducirlos para entenderlos y llevarlos a cabo bajo una especie de efecto dominó. A veces jugaba con los deseos que le llegaban y los unía en una misma ocasión. Así, se las arreglaba para que todos los que habían llegado de la mano de una misma estrella tuvieran una relación casi inconexa. “Huele una flor en Tokio y bajará la bolsa en Nueva York", había escuchado una vez y algo así era lo que hacía para evadir la monotonía de sus responsabilidades.

Del mismo modo, a veces guardaba todas las estrellas fugaces. Veía desde su vidriado límite con el universo, cómo las gentes se agolpaban a la noche, aguardando por ese pasaporte hacia un sueño que les regalaba el cielo oscuro. Una vez que un puñado de insistentes permanecía encaprichado a la espera de una de sus estrellas fugaces, largaba algunas, casi siempre seguidas, como premio a la perseverancia. Eso lo hacía en algunas ocasiones. Un poco por diversión maliciosa y otro poco para librarse de algo de trabajo.

Era demasiada presión y eso lo cansaba un poco. Como así también lo mecánica que era su tarea: levantarse al atardecer en el Meridiano de Greenwich, recibir los deseos de todos los países del mundo, de derecha a izquierda, de norte a sur, archivarlos, catalogarlos, descartar los estúpida y meramente materiales, cumplir los más urgentes, no olvidar los secundarios. Dormir un rato y tomar jugo de ananá eran sus únicas distracciones durante su horario de trabajo. Pero su función había sido la misma que su padre, y la del padre de su padre y la del padre del padre de su padre, y así desde que a un vivillo se le ocurrió que las estrellas fugaces cumplían deseos y a algún padre de algún padre de algún padre suyo -tan lejano que ya había perdido la cuenta- se le ocurrió que alguien debía ocuparse del asunto.

Retomó sus tareas en el comando de operaciones. Se trataba de un aparato que se asimilaba bastante a una cabina de sonido, sólo que los botones servían para derramar estelas vertiginosas, acaudalar miradas de sorpresa, conservar suspiros y subrayar pedidos con lágrimas de por medio, entre otras cosas. A su izquierda tenía un perfecto mecanismo que sistematizaba las solicitudes por orden de prioridad. A su derecha, sólo unos pocos elementos que colaboraban con su labor, ya que era zurdo.

Los pedidos, que entre su dispersión habían casi colapsado el sistema, se seguían acumulando con su divague. Fue cuando soltó la primer estrella que, casi sin querer, largó un suspiro. Sin siquiera mirarla, añoró que alguien quisiera hacer su trabajo. Como un perfecto conjuro de sincronización, se encontró con el recién llegado reclamo de un frustrado médico norteamericano quien, cansado cómo él de los avatares de su tarea, deseó -mientras se fumaba un cigarrillo en la vereda del hospital donde le tocó hacer guardia esa noche- poder cumplir deseos ajenos. Y fue entonces cuando disfrutó más que nunca de su jugo de ananá.