sábado, 19 de enero de 2008

Sincronización

Cansado ya de cumplir deseos ajenos, el hombre se lanzó a caminar por su pequeño principado. Había pasado, tal como sus antepasados, todos sus días recibiendo suspiros de extraños en todas las lenguas conocidas y por conocer. Desde un auto hasta la sanación de una enfermedad sin cura, desde la visita de un pariente en la lejanía hasta un viaje propio, desde la atención de un amor platónico hasta la concepción de un primer hijo. Todos los deseos habían pasado por sus archivos. De a uno fue cumpliéndolos, en la medida que el tiempo se lo permitía. En sus breves ratos libres, conversaba con las tormentas y los amaneceres rosados sobre las estelas y la fugaz velocidad. Pero entonces había decidido tomarse unas vacaciones por tiempo indeterminado.

Recorrió la nieve en la oscuridad, con el sonido de sus pasos como única compañía. Cuando tuvo ganas de que saliera el sol, sólo chasqueó sus dedos y a la llegada de su máximo jefe natural, tomó agua fresca de un río que no visitaba desde niño. Pensó, entonces, qué querría de aquí en adelante. Algo bastante recurrente para las vacaciones. No pudo escapar de esa idiota tendencia humana de hacer balances sólo para sentirse derrotado. La soledad le había enseñado a llevarse bien consigo mismo, de manera tal que no se decepcionó ante su presente incierto. Luego, se divirtió haciendo formas sobre el blanco prado. Hasta dibujó figuras obscenas, algo que hasta a él lo sorprendió. Silbó la melodía de Yellow Submarine, que había compuesto para alguno de sus fieles, y desandó el camino recorrido.

Habiendo retornado a su base de operaciones, bebió jugo de ananá y se sentó a la gran ventana de su oficina antes de ponerse a trabajar otra vez. Se sintió dichoso: su rol en este universo no era menor y, si bien esa dependencia ajena lo absorbía, supo que formaba parte de una conspiración celestial que, sin lugar a dudas, era más grande que él, por más que su propio papel fuera tan inmenso como imprescindible.

Dudó, y lo reconoció, por un momento de volver a sus tareas habituales. En el lapso entre que se admitió cansado, salió a caminar y volvió habían llegado unos 3.506.034.509 de nuevos pedidos. Con lo cual, no sólo se incrementó su trabajo si no que además debió aceptar que no podía abdicar su trono sin dejar a nadie a cargo. Hasta llegó a pensar en buscar reemplazantes, pero recordó aquella vez que su abuelo se lanzó a la búsqueda de un relevo y el egoísmo hizo desastres de su imperio, causando daños que tardaron años en repararse.

De manera tal, y ya se acababa la compota que tanto le gustaba, que un poco por resignación y otro poco por deber moral, se vio forzado a seguir con su trabajo. Una casa para una argentina; un trabajo para un inmigrante ilegal en Francia, el regreso de un novio furtivo para una neozelandesa y un gato para una niña senegalesa. Todos los pedidos le llegaban religiosamente en botellas herméticas, musicalizados por suspiros. Él mismo se encargaba de traducirlos para entenderlos y llevarlos a cabo bajo una especie de efecto dominó. A veces jugaba con los deseos que le llegaban y los unía en una misma ocasión. Así, se las arreglaba para que todos los que habían llegado de la mano de una misma estrella tuvieran una relación casi inconexa. “Huele una flor en Tokio y bajará la bolsa en Nueva York", había escuchado una vez y algo así era lo que hacía para evadir la monotonía de sus responsabilidades.

Del mismo modo, a veces guardaba todas las estrellas fugaces. Veía desde su vidriado límite con el universo, cómo las gentes se agolpaban a la noche, aguardando por ese pasaporte hacia un sueño que les regalaba el cielo oscuro. Una vez que un puñado de insistentes permanecía encaprichado a la espera de una de sus estrellas fugaces, largaba algunas, casi siempre seguidas, como premio a la perseverancia. Eso lo hacía en algunas ocasiones. Un poco por diversión maliciosa y otro poco para librarse de algo de trabajo.

Era demasiada presión y eso lo cansaba un poco. Como así también lo mecánica que era su tarea: levantarse al atardecer en el Meridiano de Greenwich, recibir los deseos de todos los países del mundo, de derecha a izquierda, de norte a sur, archivarlos, catalogarlos, descartar los estúpida y meramente materiales, cumplir los más urgentes, no olvidar los secundarios. Dormir un rato y tomar jugo de ananá eran sus únicas distracciones durante su horario de trabajo. Pero su función había sido la misma que su padre, y la del padre de su padre y la del padre del padre de su padre, y así desde que a un vivillo se le ocurrió que las estrellas fugaces cumplían deseos y a algún padre de algún padre de algún padre suyo -tan lejano que ya había perdido la cuenta- se le ocurrió que alguien debía ocuparse del asunto.

Retomó sus tareas en el comando de operaciones. Se trataba de un aparato que se asimilaba bastante a una cabina de sonido, sólo que los botones servían para derramar estelas vertiginosas, acaudalar miradas de sorpresa, conservar suspiros y subrayar pedidos con lágrimas de por medio, entre otras cosas. A su izquierda tenía un perfecto mecanismo que sistematizaba las solicitudes por orden de prioridad. A su derecha, sólo unos pocos elementos que colaboraban con su labor, ya que era zurdo.

Los pedidos, que entre su dispersión habían casi colapsado el sistema, se seguían acumulando con su divague. Fue cuando soltó la primer estrella que, casi sin querer, largó un suspiro. Sin siquiera mirarla, añoró que alguien quisiera hacer su trabajo. Como un perfecto conjuro de sincronización, se encontró con el recién llegado reclamo de un frustrado médico norteamericano quien, cansado cómo él de los avatares de su tarea, deseó -mientras se fumaba un cigarrillo en la vereda del hospital donde le tocó hacer guardia esa noche- poder cumplir deseos ajenos. Y fue entonces cuando disfrutó más que nunca de su jugo de ananá.