martes, 19 de febrero de 2008

Apellidos

Las personas con nombres lindos, me caen bien.
Como los rosarinos y los zurdos, me caen bien.
No podría involucrarme profundamente con nadie cuyo nombre no me agrade.
Mínimo, 70%.

Pero en esta inútil aversión, los apellidos se llevan un capítulo aparte.
A mí me gustan cierta clase de apellidos.

A la hora de abrir estos gajos de inspiración, en primer lugar he pensado en la historia de mi amiga homónima cuyo apellido llevaba letras inapellidables como la K, la W, la Z, y la Y, por nombrar algunas de sus 13 letras. Abecedario, le decían en la escuela. Una vez nos apostamos una carrera de una cuadra, y como ella me estaba ganando, simulé una puntada para distraer el resultado.

Aquella otra que cada vez que tenía que dictarlo, aclaraba religiosamente "doble ce, doble zeta". Una vez me llamó por teléfono y yo estaba durmiendo, me dijo "dale, despertate que ya yo estoy despierta" y su egoísmo antionírico me enojó hasta el día de hoy. Otra vuelta le hice el coro de "doble ce, doble zeta" y no le gustó una mierda.

Un compañero de la escuela, cuyo apellido me recordaba a un animal inexistente.
Los de apellidos con forma de nombre.
Los que se escriben de una forma y se pronuncian de otra, como el de un conocido laboral, al que a partir de su aclaración, no sé si escribirselo como se escribe, o escribirselo como se pronuncia, para que lo lea como se pronuncia.

La de apellido con rima lasciva y sus tetas gigantes.
Los apellidos patricios que habitan barrios bajos.
Los que engañan con la ñ y la gn.
Los que llevan s y c juntas.
Los partidos en pedacitos.
Los que delatan una llegada en barco.
Los que en vez de zeta llevan s.
Los que se sublevan a los designios de un empleado del mostrador del Registro Civil.
Los que se pierden con la llegada de las mujeres.
Los que cuando se pronuncian, provocan una brisa en los cabellos.
Los que están manchados de tierra.
Los que significan algo en otro idioma.
Los que encajan como encastres con los nombres.
Los que encandilan con poesía.
Los que arrullan sílabas como pedacitos de algodón egipcio.
Los que coleccionan muchas letras.
Los que engalanan firmas firuleteadas.
Los que huelen a burdel parisino, con humo y acordeones sonando.
Los que llevan recuerdos.

Esos son algunos de los apellidos que me gustan.
En la próxima entrega, tal vez hablemos de las edades.