lunes, 24 de marzo de 2008

"¡Policía! ¡Desocupen el departamento, en nombre de la ley! Estamos armados, salgan con las manos en alto." Escuché en el pasillo de mi entonces casa. La noche anterior había sido difícil y estaba durmiendo una siesta. Rápidamente atiné a esconder mis escritos y quemar mi agenda. Telefoneé a Graciela, como habíamos quedado, con un solo timbre. Ella se encargaría de todo lo referente a Emiliano, su pasaporte y cómo hacer para llevarlo a México.
En un segundo se derrumbó todo de un suspiro. En un segundo, rememoré ese presente tan frágil, donde todo se me vino encima. Añoré las tardes en lo de Andrés y Rubén, donde hablábamos tanto de muchachas como de nuestra bandera. Recordé aquellos bailes en el club Independiente, donde María Elena me daba unas miradas que ni te cuento, y después me la termino encontrando en la Base. Pensé en el Gordo Rafael y sus crónicas rusas, que llegaban a nombre de "Alejandro Bonifaz", mezclando los personajes de un cuento de Cortázar. Me acordé de las galletitas que me cocinaba la vieja, de los ojos de María Elena cuando nos enteramos de la que venía, del lunar de Emiliano que unía mi lunar en el cuello con el de ella en el pecho. Mi viejo y su laburo en el partido y aquella vez que, orgulloso, me llevó a que empezara en la Juventud.
Si hubiese podido quemar más cosas, hubiese incendiado los ojos cómplices de aquellos que miraban de reojo y con la vista gorda. Prendido la falta de insistencia que tuve con los compañeros de la fábrica que no entendían que ganar la lucha era posible. Encendido al botón del patrón que no se bancaba un obrero pidiéndole haga cumplir nuestros derechos. Eso hubiese quemado, con tal de que nada de esto pase.
Miré por última vez mi transitorio departamento, donde un rato antes había acomodado algunas de las cosas con las que vagaba siempre. Seguían golpeando la puerta. "Capataz", decía el anuncio por el que empecé a trabajar ahí, después que el viejo se haya ido con el Tata Velázquez a escuchar el boxeo. No sabían que estaban contratando a la fiera más temida: la de un laburante con conciencia de clase. Y menos sabía yo que era verdad que esto iba a terminar así, cuando algunos de los cumpas de la facultad hacía semanas que no venían a clase.
En la recorrida ocular, me detuve en las fotos. Creo que quería retenerlas en mi retina. El casorio por la Iglesia había estado tan bueno. Me acuerdo que en la fiesta, el Leo, el hermano mayor de María Elena había comprado un vino re berreta y los muchachos se encargaron de ir a buscar uno bueno, por todos lados, en el Fiat 600 del Gordo. Ese Fiat 600 tenía más historias que la Biblia. Pero estaba tan linda María Elena. Mi mujer, mi mujercita. La primera vez que dormimos juntos, me hizo escuchar Los Beatles en el Winco que le habían regalado hacía una semana los viejos. ¡Y yo no entendía qué decían! Y la vez que la llevé a la kermesse, y le dije que quería casarme con ella, me dijo "Mirá que le tengo que preguntar a mi hermano mayor primero". El Leo era jodido cuando yo empecé a ir a la casa. Y después que nació Emiliano, terminó siendo el cuñado más macanudo que me podía tocar. El Leo. El Leo la amaba a María Elena y según él, ahora tenía que protegerla. Mi María Elena. Yo sé que nos vamos a volver a ver. No sé dónde estás, pero yo sé que nos vamos a volver a ver.
Y nuestro Emiliano. "¿Emiliano?", nos dijo la empleada del Registro Civil, cuando lo fuimos a anotar con Ramírez. "Sí, Emiliano. ¿Por qué?", le dije, desafiante. "No, por nada. Por nada. Chicha, Emiliano se puede, ¿no?", de preguntó a una compañera suya, mirándome de arriba a abajo. Y yo que especialmente me había puesto el único traje que tengo desde los 16. Emiliano, mi pequeño Emiliano. Cuando te amacaba y me gritabas "¡Más fuerte, papi, más fuerte! ¡Hasta la luna!" y en el medio de la noche teníamos toda la plaza para nosotros dos solos. Emiliano, yo me encargué de que guardes lo mejor de mí. Te dejé un montón de escritos que Graciela o alguien de su familia te tienen que dar cuando cumplas los 18. Emiliano. Mi Emiliano. Lo mejor que puedo dejar en este mundo, lleva tu nombre.
Y los viejos. Los viejos se iban a sentir tan mal. Yo nunca pensé que militando les iba a hacer daño. Si ellos estaban orgullosos de todo lo que había aprendido. La vez que la vieja vió que yo estaba leyendo El Manifiesto, me trajo un matecocido con leche y un platito verde con sus galletitas y me dijo "Si te llama Felipe, le digo que no estás, ¿si?". Y el Viejo. El viejo que, cuando yo le contaba que los lápices de mis compañeros tenían etiquetas con su nombre pegado y que yo lo quería hacer también, me decía "Para todos, todo", y no me dejaba etiquetar mis útiles.
Tomé las fotos y me senté a esperar lo peor. Que derriben la puerta, entren y rompan todo, me lleven de las mechas hasta un falcon verde y vaya a saber qué vendría después. Escribí la pared y lo oculté con un escritorio. Respiré profundo. Y me dí cuenta que eran unos niños jugando a hacer aquello que escuchaban cada tanto en sus propios pasillos.

32 años. Nunca más.

domingo, 9 de marzo de 2008

Agoniza lentamente y luego muere en el olvido

Miles de papelitos, de distinto origen, color y sabor, yacen enredados entre otros miles de papelitos , de distinto origen, color y sabor.Una idea que se cuela dentro de la información monocorde que abunda arriba del colectivo, que genera el aroma de aquello que pasó y no volverá, que moviliza una frase oída al pasar. Todos son elementos para escribir, para volcar, para frasear.Algunas de ellas, ideas tenaces, surgen a la expresión y se tranforman en un texto. Otras nacen, crecen, se alimentan, pero no se reproducen en otras letritas.Pocas logran subsistir, pues la mayoría agoniza lentamente y luego muere en el olvido.Tal vez esta sea una de esas.Todas, forman parte de una sensibilidad distinta para observar este mundo que a veces pareciera olvidarse del círculo cromático.

"Trato de aplicar colores como palabras que forman poemas, como notas que forman música".