viernes, 4 de abril de 2008

Hormigas

Casi sin darme cuenta, se ha sumado un conjunto de inquilinos a mi casa. Es una muchedumbre de pequeñas dimensiones, que realizó un arduo trabajo de expedición hasta que se instaló, vaya a saber en qué específico rincón de mi apartamento al sur de la ciudad.
Ante la toma de espacio y el encuentro cada vez más habitual, he decidido llevar adelante una política de enfrentamiento lenta, pero sin duda eficaz: las destruyo, sin piedad, de manera individual.
De esta manera, cuando veo una hormiga (solamente en mi casa, porque a las que están en la plaza les tengo respeto), puedo apagar un sahumerio sobre su lomo, soplarla con el secador de pelo o dejar que caiga, viva, en el inodoro, mientras tiro la cadena. Me regocijo con su pesar.
Al imaginarlas navegar por las cañerías de la ciudad, volar varios metros hasta quedar desorientadas o aumentar su temperatura corporal, creo que van a transmitir -vía antenitas, que sería como nuestro cable coaxil- la información de que la dueña de casa es jodida y así lograré que se vayan.
De frente a esto, me resisto al uso de químicos que me quiten de un plumazo esta cuota diaria de sadismo, y gesto la fe que se irán algún día. Si no, llegaré como el malón de la paz, con calma y en tren y me uniré a su ejército.