viernes, 1 de agosto de 2008

La gotera.

La gotera arribó a la puerta de mi casa impiadosa, la muy déspota. Habíamos acordado algo, que ella no me dispararía sus gotas de descuido cuando yo estuviera abriendo la puerta, porque eso de estar buscando las llaves y que un balazo me distraiga era un chiste de muy mal gusto.
Yo sabía de su ensañamiento, pero tampoco tenía que ser tan cruel.
Hablé con el dueño de la casa, pero él, hombre ocupado y desmemoriado (una mezcla picante, una conjunción molesta) tenía varios inconvenientes en ponerle punto final a la gotera. Cuando se lo hacía, la tinta se corría.
Así que, en cuestión de semanas, aprendí a convivir con la gotera.
Cuando volvía del trabajo, cansado por mis tareas y agobiado por la situación cotidianamente estresante, la gotera me saludaba efusivamente. Cuando volvía de mis habituales caravanas de fin de semana, ella me demostraba frialdad.
Por supuesto que yo expresaba mi desagrado frente a su presencia. No disfracé mi disgusto en ningún momento. Por más que ella me acariciara con la fuerza de la gravedad, cada vez que pasaba por ahí.
Hubo momentos, claro, en los que desarrollé cierta fobia por cruzar esa puerta. A veces no tenía ganas de que mi cabeza interceptara su afecto por el piso de mi entrada. Pasé varios días sin salir al mundo exterior, con tal de no ser tocado por su violenta tensión superficial.
Mientras tanto, llamaba al dueño del departamento, el dueño me llamaba a mí, yo lo volvía a llamar, y él volvía a llamarme, al mismo tiempo que la gotera crecía.

Ya no sólo había tomado la entrada de mi casa. Ahora, esparcía por el pasillo su zona de influencia. La vecina de al lado me trató de idiota, y me dijo que era un tarado por tomarle afecto a una simple gotera, y porque a través suyo, se había mojado entera su colección de revistas.

Yo le respondí que no era una simple gotera. Que yo sentía los gritos de su voz, que susurraraban "dejame expresarme/soy una gotera que necesita vivir, necesita manifestarse/ ser libre, salir del monótono camino que tenemos las gotas de agua en las cañerías./ Yo sólo quiero ser una gota felíz".

A pesar de que la vecina de al lado, y el de al lado de al lado, y los del otro lado me increpaban todos los días al ir del departamento al ascensor, yo ya no llamaba al dueño para que arreglara la gotera. Él tampoco me llamaba a mí, claro. Era un hombre demasiado ocupado como para acordarse de mi pequeña gran compañera. Mientras los vecinos usaban cuanto método cohercitivo había para finalizar con la pérdida, como si yo fuese el dueño del destino de familia de moléculas de agua, yo me sumergía en mi departamento, atormentado por lo que sucedía afuera. En algún momento la gotera me dijo que se reunían a evaluar el plan de acción a seguir para dejarla sin vida. Yo no le creí, hasta que ví salir de uno de los departamentos de la punta norte a todos los vecinos del piso. Cuando los crucé, se pusieron colorados/nerviosos/patitiesos/obsecuentes y otras reacciones más, propias de alguien que es sorprendido con las manos en la masa.
De hecho, un día llegué y habían aplicado un pastiche inútil donde la gotera tenía su espacio de expresión. Por supuesto que ella y su belleza lo vencieron y al cabo de un par de horas, la gotera y yo volvimos a estar felices, contra el mundo.

Para ese entonces, entrar a mi casa requería el uso de botas. Un paraguas, jamás. Ese es el insulto más procaz que puede recibir una gota. Y yo, que más que afecto ya le tenía un amor inconmensurable, no quería despreciarla de manera tan atroz. Así que recibía su vertiente con alegría y la desparramaba por mis brazos.

Un día, amanecí con el agua hasta la naríz. Y eso que yo dormía en posición vertical. La gotera se había tomado revancha con los vecinos, que durante la madrugada habían querido asfixiarla con su artillería más pesada. Para salir, usé un bote de papel, que tenía de recuerdo en mi casa, de un día lluvioso que habíamos salido con Cecilia a andar por los cordones de la ciudad. La gotera me miró, me pidió perdón y yo entendí. Subí al resto de los vecinos al bote y nos fuimos por la escalera. Bajamos los cuatro pisos y una vez en la calle, comimos chocolate y nunca más volvimos. La gotera nos siguió unas cuadras. Yo la veía mirándonos hasta que ya no nos vió ella a nosotros ni yo a ella. La amé tanto, que tuve que dejarla ser.