martes, 29 de diciembre de 2009

Momentos que voy a recordar en el momento mismo de mi muerte

Cuando me despertaron de la siesta y me sacaron una foto en bombacha, con cara de enojada. Tres años y ya me enojaba. Cuando ví por primera vez la Torre Eiffel. El primer día de clases en la escuela secundaria. Cuando jugábamos en la pelopincho de mis primos, esperando que las nubes se fueran, gritando por que salga el sol. Cuando aprobé economía y terminé el CBC. Cuando mi hermano me hizo reír con un muñeco de Alf. Cuando mi otro hermano me llevó a upa a un cumpleaños, aún a pesar de la lluvia. Cuando llegué a la tumba de Cortázar luego de una travesía por París. Cuando estaba enamorada por primera vez y sonaba el teléfono y no era él. Cuando escuchaba Los Piojos en mi habitación. Cuando mi mamá me dejaba cocinar arroz con azúcar y harina con yerba. Cuando a los 16 años me dormía escuchando la radio. Cuando me bajé del micro escolar y me encontré con mi familia completa, esperándome para festejar mi 5º cumpleaños. Cuando con Juan escuchábamos Viejas Locas en el mp3, por las rutas de Neuquén. Cuando por su cumpleaños le regalé un esmalte para uñas de color rojo a mi madre con mis primeros dineros. Cuando me comí una naranja que pelé con mis propios dedos, en un recreo en segundo grado. Cuando Sebastián me dio el primer beso. Cuando corrí y corrí para tomar un micro a Rosario. Cuando llegamos a Cannes. Cuando llegué sola a París y me quedé dos horas en el aeropuerto porque tenía miedo de salir a la calle. Cuando me rencontré con mi hermano luego de 8 años sin verlo. Cuando terminé de pagar el préstamo para viajar a Francia. Cuando bailábamos con mis primos, jugando con mi cámara de video. Cuando escuché por primera vez Pez. Cuando mi hermano me acompañó a mi primer recital. Cuando me regaló un cuadro suyo. Cuando de niña andábamos en bicicleta con dos amiguitas por terrenos desconocidos. Cuando lo escuché reir a mi sobrino por primera vez. Cuando Gulli me dio un beso en la mejilla. Cuando lo ví venir caminando, por Parque Rivadavia. Cuando dormía en la cama de mi madre, con su perfume en la almohada. Cuando perdí mi soga de saltar en su trabajo. La primer noche que dormí en mi casa de sola. Cuando tuve la entrevista de trabajo de mi trabajo. Cuando me regalaron una bicicleta a mis 22 años. Cuando ví que Alejandra tenía una remera de los Rolling Stones. Cuando retomé francés. Cuando me tomé sola un colectivo por primera vez. Cuando me reencontré con un antiguo amor al que había amado hasta el abismo y no me movilizó nada. Cuando mirábamos el mar desde la ventana con Carina y Sabrina. Cuando ví mi firma en una nota de Página 12. Cuando conocí el cielo de Villa La Angostura. Cuando mi madre me festejó los 10 años. Cuando tomábamos cerveza con mis amigos de la escuela en la puerta de mi casa. Cuando trasnochábamos hablando de miles de cosas. Cuando por primera vez leí un trabajo del curso de periodismo de rock. Cuando terminé un ejercicio de escritura que me llevó cinco meses. Cuando volví de haber ido caminando a Luján con Pamela y Romina. Cada abrazo de la gente que amo. El olor del cuello de Gulli. La voz de mi madre. Los gestos de mi hermano. Los llamados de mi otro hermano. Las noches en el baño de Alejandra. Las cartas de Hernán. Las paredes de mi cuarto adolescente. La caminata de noche por Hamburgo. Aquel amanecer en la terraza, a los siete años. Mi gata Marsha subiéndose a mi falda. Mi perra Lisa volviendo cuando le chiflaba. El corte de pelo de los 15 años. El retorno de Jujuy. La caminata por la estación de Lyon a medianoche, con Belén buscando a Linda. Cuando escuché de un tirón todos los discos de Sumo. Cuando Alejandra me regaló "Historias de Cronopios y de Famas". Cuando usaba un jean oxford con plataformas. Cuando conocí Uruguay. Cuando tomé vino por primera vez. Cuando estaba trepada a los rayos del sol de enero, encima de un ciruelo de la casa de la abuela de una amiga. Cuando hablé con mi profesora de historia, luego de 7 años de haberme recibido, para agradecerle por todo lo que me dió. Cuando caminé bajo la lluvia con mi paraguas transparente. Cuando tomábamos mate cocido con Fede en el kiosko. Cuando iba caminando, miré para atrás y lo ví a Martín, en un recital de Los Piojos. Cuando Sebastián me esperaba en Retiro. Cuando me saqué a pasear por Palermo. Cuando me vestí elegante para pedir un crédito en el banco. Cuando lo terminé de pagar. Cuando firmé mi contrato de alquiler. Cuando Estefanía y Maxi me ayudaron con la mudanza, subiendo mis 24 años de existencia cuatro pisos por escalera. Cuando hablábamos de amores con Maru, en la terraza de mi edificio. Cuando a Vanina y a mí nos agarró la lluvia en un show del Cosquín Rock. Cuando aprendí a tejer. Todas esas veces que me quise. Todas esas veces que me perdoné. Todas esas veces que cumplí con lo que me prometí. Todas esas veces que soñé.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Mientras tanto en Buenos Aires

Eva llora por su violín. Su papá lo pisó al entrar a oscuras a su cuarto.
Azul espera cobrar la plata de una indemnización para comprar algo de ropa femenina y venderla en Venado Tuerto.
Alejo tiene en su habitación una foto con su hermana en Disney.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Se busca ortopedia para la renguera emocional.

Hola. ¿Qué hacés? Te traje tus cosas. Acá están tus llaves. No, nomás me pareció que ya no tengo que tener las llaves de tu casa. Sí. También está la ropa tuya que quedó en mi casa. Y los libros de Bukowski y de Fogwill, también. No, el de Samalea me lo regalaste. Acordate. No. Es como si yo te pidiera los dos compilados de Mandioca que te regalé en octubre. No, no tiene nada que ver. Bueno, no la compliquemos tanto. ¿Me grabaste el cd que te pedí? El de las fotos. Ah. Y, ¿podrías grabármelo ahora? Te espero, no tengo apuro. No, dale. ¿Después cuándo? Si no va a haber un después. Sabés que esta va a ser la última vez que nos veamos. Ya vimos que esto no da para más. Vos y yo no podemos estar juntos, asumámoslo. Dale, espero. Sí, por favor. Tengo una sed. No, agua está bien. Viste que la gaseosa no es lo mejor cuando tenés sed y con este calor, me tomo una coca y me fundo. Dicen que va a llover todo el fin de semana, ¿viste? ¿Qué pulover? Yo no tenía ningún pulover tuyo. Ah, sí, el verde oscuro. Ah, no, pero ese lo uso para abrazarlo cuando me duermo. ¿Me lo regalás? Pasa que la almohada ya perdió tu olor y al pulover todavía le queda un poco. No, no te extraño. Solamente me gusta tu olor. Bien, muy bien. Poco trabajo pero esta semana fue agitada, pasaron mil cosas y están todos re locos. Encima, con el fin de año, viste que todo el mundo se agita. Sí, ví en la tele. Qué terrible. ¿Vos decís? No sé, a mí hay algo que no me cierra. Como cuando me mentiste la otra vez y te descubrí. No, no es un reproche, solamente te estoy graficando. Bueno. Ah, mirá qué bien. Y ¿qué hicieron?. Ah, qué linda. No, no me meto más en tu página. Llego a ver una foto tuya con otra mina y me pego un tiro. Bueno, pero esa vez yo te revisé el correo porque quería estar segura de que no me estuvieras engañando. Y yo qué sé si no estuviste con otra mina. Si yo te digo que no estuve con nadie más y vos tampoco me crees. Bueno, yo también te amo y no quiero conocer a nadie, pero a mí me parece que vos sos distinto. No, vos no entendés. Bueno, sí, siempre la culpa de todo es mía, ¿no? Y vos, ¿cuándo te vas a hacer cargo de algo? No, yo no tuve nada que ver con eso. No, no, yo no estoy con nadie. Vos sos el amor de mi vida, la persona en este mundo para mí y estoy segura de que yo nací para amarte. Así que la única persona con la que quería estar era con vos y mirá lo que estamos haciendo. Yo vine a traerte tus cosas y vos me estás grabando un cd con fotos de momentos lindos. No, no, esto lo decidiste vos. Hacete cargo. Vos quisiste que fuera así, así que bancátela. No, ¿qué tengo que ver yo con lo que vos elegís? No, yo no te trato mal. Bueno, pero eso fue porque estaba pasando por una situación estresante. Sí, siempre son situaciones estresantes. A mí nadie me regaló el manual de uso de la vida. Vos decidiste dejarme. ¿Que yo no te cuidé? ¿Cómo podés decir eso? Lo que más quise fue cuidarte. Ya te dije que no quise decirte eso. Bueno, pero reacciono así porque ya no sé qué hacer. No, no sé qué hacer ni con vos ni conmigo. Bueno, perfecto. ¿Sabés qué? Estoy cansada de llorar por vos. Bueno, yo tampoco te quiero más. Y no quiero saber más nada de vos. Nunca más. Esto se terminó. Vos no sabés quererme. ¿Qué decís? Yo sí sé quererte. Yo me jugué por esto. Me entregué entera. Cambié todo lo que pude. Bueno, hice hasta donde pude. No, vos no. Eso no es cambiar. Yo sí. Vos no. No, vos no. Entonces explicame por qué, después de todo lo que nos pasó, vos no me querés más. Pero si me querés, intentémoslo otra vez. Sí, pero yo te banqué un millón de cosas a vos. ¿Pero por qué no me escuchás cuando te hablo? No, no me digas que te estoy quemando la cabeza, porque no es así. Yo te estoy diciendo las cosas como las veo yo. Sí, pero vos no tenés razón. Vos tampoco me escuchás. No tiene sentido lo que estás diciendo. Bueno basta, no me acuses más. Vos también sos responsable de que todo se haya ido a la mierda. Hacete cargo de algo, alguna vez en la vida. Ah, claro, pero vos no estuviste cuando yo te necesité. Sí, pero por más que yo te haya mandado a la mierda, vos tendrías que haber estado. Y bueno, bancátela. Sí, pero si me fui a la mierda fue porque no quería seguir participando de la escena, no quería ser más tu partenaire en la mentira que vos montaste. Porque no quería hablar con vos, por eso apagué el celular. No fueron cuatro días, fueron tres. Podríar haber vuelto a llamarme y no lo hiciste. ¿Qué? ¿Cómo te podés acordar de eso? ¿Cómo podés traer eso a ahora? Pasó hace mil meses. Ya fue eso. No podés seguir atado al pasado. No, yo no soy rencorosa. Nomás me acuerdo de las cosas que me hiciste. Para que no me las vuelvas a hacer. Bueno, listo. Entonces tenés razón, esto no funciona. Andate a la mierda. No te quiero ver nunca más en la re puta vida. El cd, metételo en el orto.


Hola, ¿qué hacés? Sí, todo bien. Escuchame, te llamaba porque quiero pasar a buscar mis pantuflas. ¿Las tenés por ahí? ¿Esta tarde? Bueno, sí. Llevo un yogur y merendamos juntos, ¿dale?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Mantra para (no) conciliar el sueño. (Ejercicio no sé cuánto.)

Nos despertamos, con la madrugada recién recibida de. Abrimos los ojos. Vemos por la ventana que es de noche. El reloj, nuestro fiel compañero de ojos rojos nos confirma la gravedad del asunto. No nos desesperamos, mantenemos la calma. Confiamos. Creemos en el retorno del sueño. Sentimos que será breve, que en cuestión de momentos volveremos a cruzar el puente hacia el universo onírico donde vos no eras vos, eras mi hermano. Reacomodamos la almohada. Revisamos el estado del cuerpo. Paseo por mis piernas, paseo por mi tronco, paseo por mis brazos. Todo se encuentra en su lugar. Pruebo boca abajo, cambio a boca arriba, intento de costado. Cada alternativa abre una posibilidad nueva. Tengo confianza en que descifraré el código de movimientos hacia una postura ideal. La encuentro y me regocijo. Ahora sólo es cuestión de esperar. El ruido del ascensor no me inquieta. Nada me perturba. Espero que vuelva el sueño, que la mente se calle, cierre su boca y sus ojos. Silencio. Frenamos el avance de la distracción. Si las cuentas todavía no están pagas, si cerré o no la puerta, lo discutiremos en otro momento. Aquí la dispersión es concentración. Vuelvo a mi centro. Necesito dormir, quiero dormir, voy a dormir. Las llaves del vecino son una canción de cuna. Si creemos necesario hacer pipí, nos levantamos, desnudos los pies, y vamos a ir al baño. Siempre con la luz apagada, para que no nos termine de despabilar un foquito de 60 watts. En el regreso, podemos probar con tomar un vaso de agua. Siempre agua de la canilla, no de la heladera, porque no queremos encender un faro en la cocina. Volvemos a la cama, que nos recibe tibia y lo intentamos de nuevo. Otra vez. No importa que ya hayan pasado varios minutos. El tiempo no me corre, conservo la calma. La tranquilidad me ayuda a volver al reposo. Abro las manos, relajo los pies. Espero. En un momento estaré de nuevo sumergida en un mundo irreal, donde puedo volar y ya no escucharé los gemidos de la novia del vecino. Evoco gratos momentos, me deshago de las preocupaciones inútiles. Por más que no me llame y que lo extrañe, no lo voy a llamar, qué se cree. Suspiro. Con el aire se van mis ideas hiladas con pensamientos concretos. Me imagino que llega el amanecer y yo estoy dormida, que me despierto recién cuando empiezan a trabajar los albañiles de la obra de enfrente. El canto de los pájaros es la voz de su ansiedad, no de la mía. Un par de medias puede ayudar. Abrigo mis pies como las estrellas abrigan la belleza de la noche. Me hubiese gustado tener una relación de odio y amor con un profesor universitario de apellido italiano que me apruebe los parciales pero me mande a final, pero eso no me tiene que preocupar ahora porque mi mamá quería que yo fuera abogada, pero no le hice caso y si hago la plancha en el mar de los mandatos, me voy a terminar durmiendo a las diez de la mañana y eso no va a suceder, no, porque cambio la orientación de mi cabeza y me pongo de costado, como duermen los actores en las telenovelas y nada me perturba, nada me inquieta, la tranquilidad llama al sueño y esto es un ratito nomás y ya vuelvo a dormirme. Es solo un ratito. No tengo ganas de ir al baño ni sed; no tengo frío ni hambre. A estos dos condenados se les da por ver una película justo ahora, pero no me importa, no me afecta porque todavía me pesan un poco los párpados y esta cama está más linda que nunca y voy a ponerme una frazada más sólo por si acaso a ver qué pasa y siento el abrazo tibio de la lana y rememoro la tarde de domingo en que la compré en una feria de Costanera Sur y me ofrecieron una verde y yo dije, no no, la naranja y ahora sí va a venir el sueño. Me acomodo el pelo, me saco los anillos y no vuelvo a ver el reloj ni a mirar si esos dos metros con sesenta centímetros de cuadraditos de vidrio se llenan progresivamente de sol. El sueño va a volver a buscarme. Puedo sentirlo. Va a venir por mí. Porque nunca me dejó esperando a la salida de la escuela, siempre me pasó a buscar, siempre fue puntual al final de mis jornadas. Estas no son horas de ver una de acción y no me levanto a golpear la pared, porque eso me despabila. Me concentro en mi descanso, que mañana será un buen día y hace rato que no te lloro en el hombro, almohada, pero qué bien vendrían algunas lágrimas de somnífero. Descarto la leche tibia con miel. No va a ser necesario levantarme para eso, porque en un momento ya estaré completamente dormida. Pruebo mis reflejos con un mosquito como víctima. Su último vuelo fue un día antes de que se retirara, pero no me distrae, no me perturba. Ah, no es uno, son varios. Bien. No me molesta, porque en cuestión de segundos cambio una pastilla y qué rico es el perfume de la pastilla y eso seguramente me remitirá a los veranos en la casa de la tía Beba y nunca me dio tanto miedo el silencio como en la casa de la tía Beba por las noches y por las siestas. Al fin se les da por apagar la tele. Y ese olor me hará dormir. Un olor que viene de una palabra tan linda como Fuji esta hecho para llamar al sueño. Pero no pasé por el súper y tampoco compré jabón en polvo y mañana sin falta porque después ya no puedo, no tengo tiempo y así es como me entero que Denver está bastante lejos de New York como para ir a dedo, veo la furia de una traducción española para destruir una historia deliciosa, y escucho a los obreros hacerse bromas en guaraní.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Te dejé algo de flan en la heladera, cielo.

Cuando hablan de buchones cobardes, la imagen que acompaña esa definición en mi diccionario interno es la foto de mi hermano. Desde que le contó a mi vieja que a mí me gustaba Martín de quinto grado, la relación con él nunca fue la misma. Aquí iba a citar a un escritor inglés, pero ese cliché, como el cliché de desenmascarar clichés, me dio picazón. Como esa vez que le escribí un correo hermoso a un novio y me contestó “qué lindo, besos”. Hay una escena de Corazón Salvaje, genial. “Fuck me, fuckme, just say it”, le dice el malo. “Fuck me”, accede ella. “Not right now, baby, I got to go”, o algo así le contesta él, y se va de la habitación. Me gusta ese actor. También está en Spider Man. Cuando salió Spider Man, fui dos veces a verla al cine. Tengo otra película a la que vi diez veces, mínimo. Entonces dejé de contar. Es divertido repetir una palabra, hasta que pierde sentido. Sí, lo sabemos. No estoy desnudando nada. Todo un caso es el que se da cuando alguien estornuda varias veces. En situaciones como esa, me veo en el terrible dilema de decirle “Salud!” por cada vez que estornuda o cuando termina. A Tebi le daba alergia al despertarse y a la vez número siete que le dije salud, le avisé que ya no se lo diría nunca más. Algunos meses más tarde dejé de verlo. El año pasado me enteré que fue abuelo. ¿Yo seré abuela? Todo el mundo se queda en el debate en la maternidad o no. La abuelidad es algo tanto más terrible. Nieto mío, todo esto será tuyo algún día. Pero nunca me verá en batón, sentada en la vereda, esperando a su madre. Eso lo puedo asegurar. Lo inesperado de hoy: ver caminar a un desconocido, con andar parecido a un conocido, con un pantalón descocido. Ah, no, a mí con crucigramas no. A mí me gustan las sopas de letras. Tienen algo de resuelto que me aporta tranquilidad. Porque si hay algo que no soporto es no encontrar algo que busco. No hablo del futuro, no hablo del porvenir: a mí lo peor que me podría pasar es que sean las seis menos cuarto de un domingo electoral y no saber dónde está mi DNI. Por eso, cuando era chica quería ser de esos famosos que dicen que cuando eran chicos querían ser astronautas. La televisión nos hizo mierda. No hubo pétalos de rosas en mi primera vez y eso fue algo terrible. Peor aún es que en el verano nunca voy a una casa en la ribera. Gol de Boca. Mi madre cuelga una bandera en la terraza. Al rato pasa un colectivo con hinchas de River. Esa fue la primera vez que tuve miedo. Fui es el pasado de ser y de haber ido. Me gustan esos shortcuts del idioma. Como encontrar, que es una palabra de doble mano. Quien lo programó debe haber sido un psicópata. Limpia, fija y da esplendor. Había. Hubieron. Habemos. Ya conocí dos Papas y recuerdo cada mundial desde el del 90 para acá. Bien. Pero alguien que nació en el 2000 ya va a la escuela, mira tele y se ata las zapatillas by him self. ¿Quien dibujará las manos de las instrucciones de uso? Ya estoy grande como para aprender a manejar. Cecilia dice que se duerme siempre que ve una película. Y si no fuese por las posibilidades tecnológicas actuales, tranquilamente su vida podría titularse “la triste historia de la chica condenada a no conocer los finales” y su vida sería un interrogante eterno. Jamás leeré un artículo periodístico que en su titular contenga la palabra “esperanza” o verbos en gerundio. Imberbes. Insultos eran los de antes. Algo así debiera ocurrírseme en pequeñas contiendas fútiles que atravieso frecuentemente. Contestataria será tu hermana, imbécil. Mire, anoté esta frase suya que me encantó: “mi alegría mayor es ver vacío el canasto de la ropa sucia”. Una amiga tiene un libro mío desde abril. Todavía no me contestó el mail que le mandé pidiéndoselo. Dentro de algunas semanas, esto me inquietará en el momento justo en el que estoy por dormirme. Tome dos días de litro por agua. No tengo una foto con mi familia, alrededor de una torta de cumpleaños, levantando una copa y sonriendo a la cámara. Pfff es sin duda mi onomatopeya preferida. “El movimiento se demuestra andando”, con la voz de Lalo Mir, y yo tenía mi bolsita del jardín de infantes. ¿Entonces, los enanos vendrían a ser los actores de la representación del jardín de infantes? Mi primer amigo se llamaba Eloy. Era rubio y de ojos celestes, pero tenía pinta de preso portorriqueño en una cárcel norteamericana. Siempre me llamó la atención por qué en las películas, los manicomializados siempre se excitan al pensar en el acceso a sus informes profesionales. A veces creo que le caigo bien a mi psicóloga. A mí ella me cae bien porque es la primera vez que tengo una con nombre de hija. Las anteriores tenían nombre de madre. Para mí el mundo se divide entre los que tienen nombre de hijos y los que llevan nombre de padre. Nadia nunca podría ser madre. Nélida nunca podría ser hija. Quiero que mi nombre sea esa palabra que nunca te acordás. Así cuando te viene, tenés esa sensación tan de chasquido de dedos. Algarabía. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. La televisión francesa es insoportablemente educada. Qué raro se sienten los besos en la mejilla izquierda. Quiero hacerme habitué de la oficina de correo de mi barrio. Me encanta responderle “Nueva Zelanda”, cuando la empleada me pregunta a dónde va mi carta. De todas las faunas humanas, las de los estudiantes de psicología, los aspirantes a actores y las madres a tiempo completo deberían extinguirse pronto. ¿Qué hora es a todo esto? A cada fiesta que eran invitados, Federico y Nicolás llegaban primero y eran los últimos en irse. Federico expuso sus obras en el Centro Cultural Recoleta. El pan relleno nació en Plaza Francia, a fines del siglo XX, contarán los historiadores culinarios dentro de muchos lustros. Me encanta la de porquerías que venden de manera ilegal, en el suelo de la calle Florida. Por ahí anduvimos en patines con Cintia, cuando todavía éramos compañeras en la secundaria. Anoche soñé que andaba en patines. Como Juan, que tenía un perro que se llamaba Pirata. La gente que le pone nombres predecibles a sus mascotas, merece el apedreo público en la Plaza Mayor. ¿Quién te has creído, Michel, para sacarnos ese gusto? Patines o bicicleta, subte o colectivo, escaleras o ascensor. Dicotomías en el mundo del transporte. Tengo ganas de cantarle el felíz cumpleaños a alguien y por lo pronto no tengo a nadie agendado. Los integrantes de comunidades de compra venta por Internet me resultan extrañamente parecidos a los seguidores de programas nocturnos de radio AM. No soportaría vivir en este mundo con un apellido común. Tampoco si tuviera que deletrearlo cada vez que lo pronunciara. O si cuando dijera de dónde soy, me comentaran que conocen a alguien de ahí, que se llama tal, que capaz lo conozco. En los manuales de un buen hablador por teléfono, debiera indicarse que quien llama es quien debe identificarse. No quien es llamado. Por mucho menos, puedo borrarle la dentadura a alguien. Bueno, exagero. Tal vez le pegue un pisotón a propósito y actúe un “fue sin querer”. Oui, je sais, laisse tomber.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¿encontraría a Matías? / Allais-je rencontrer Matías?


Hacía un año lo había visto por primera y única vez. Y es sabido que la memoria de rostros no es mi fuerte. El segundo día que fui a la secundaria, tuve que esforzarme bastante en recordar el rostro de mi compañera de banco. ¿Me acordaría de su cara, de su presencia? Si una vez, una única vez hablamos por teléfono. Hola, Matías? Sí, ¿quién habla? Nadia. Ah, ya te paso con Belén. Eso había sido todo lo que habíamos hablado. Y me acuerdo que era antes de mi cumpleaños. Pero ahí estaba, en Plaza San Martín, y el sol y qué bello se pone este rinconcito de Retiro a las seis de la tarde de noviembre. Y los jóvenes empleados que caminan de traje y mochila, y las secretarias ejecutivas, paseando en tacos, con su tarjetita colgando de la cintura. Y Buenos Aires es tan linda en noviembre. Si yo fuera un mes, gustaría de llamarme noviembre. Una vez festejé mi cumpleaños en noviembre. Y yo los cumplo en abril, pero como siempre me cayó mejor noviembre, me dije qué va.

Y mientras tanto yo veía las fotos de una muestra que estaba ahí, en la plaza. Y veía los turistas ver las fotos. Y los oía comentarlas en portugués y comentarlas en alemán. Y un empleado que a cualquiera que se acercara a la muestra, le daba un volante de la muestra. Persiguiendo espectadores de las enormes fotos desparramadas en torno al Monumento a San Martán, estaba el flaco a las corridas, como un chico corriendo patos. Y Matías, no llegaba. La Negra Vernaci entrevistaba a Adriana Varela por la radio, así que la espera, bien.

-¿Hola Matías?
-Nadia, ¿cómo estás? Estoy en el tren, yendo para Capital. Vos tenías que darme un paquete para Belén, ¿no?
-Sí, lo tengo conmigo. ¿Nos vemos hoy?
-Sí. Pero ¿te parece si nos encontramos en otro lugar?
-Sí, todo bien. ¿Retiro te queda bien?
-Dale, para mí es mejor.
-Para mí también. A las seis está bien?
-Seis y cuarto. Después te llamo y coordinamos bien, pero ahí en Retiro, Plaza San Martín en un rato, estamos.
-Hecho, nos vemos entonces.
-Hasta luego.

El martes antes de entrar al curso de francés, había pasado por lo de mi puestero amigo en el Parque Rivadavia. No tenía plata encima, así que me fió dos libros para Belén y dos para mí. El miércoles me vería con Matías y quería llevarle los libros envueltos y armados para que no sea complicado de llevar en la valija. El año pasado le había dado otros dos sueltos y en una bolsa de nylon. Y la gracia del envoltorio es la yapa de un regalo. Así que el martes a la noche, antes de dormir, le dí unas vueltas de papel madera a los dos libros que había elegido esta vez para Belén.

Una vez una amiga me dijo que un novio que ella tenía, sabía bastante de vinos y los fines de semana era parte de las tardes de los sábados el pararse frente a la góndola de los tintos a elegir los sabores para el pedazo de libertad que duraba hasta el lunes. Bien. Algo así me ocurre -y en esto no me voy a hacer la erudita, pero he leído una poca, puedo decir - cuando me paro frente al local de mi puestero amigo y empiezo a revisar esas hileras que tienen mis vinos favoritos. Y elijo. Y a veces me llevo una botella de poesía con la promesa de pagar la próxima. Yo soy alcohólica y el flaco es el dueño del bar. Y fuma que es un espanto, y siempre hablamos de cuándo dejar, y yo sigo sin fumar y yo no puedo largar, pero qué barbaridad, sí, viste vos.

Y en la parte de atrás, con un fibrón negro le dibujé un Obelisco y una Torre Eiffel. Y le escribí "Buenos Aires-París Vía Matías Airlaines".


Todavía estaba en el colectivo cuando me llegó un mensaje suyo. Yo maldije porque me cortaba la inspiración. Ahora estoy trabajando en un cuaderno lila. No, no soy feminista, solamente me gusta el color. Y estaba anotando lo siguiente:

Cómo enterarse de una vida triste por Cadena Nacional.
La Negra Vernaci, una mujer que admiro, se queja de otra mujer que admiro: la Presidenta. Porque otra vez cadena nacional y la puta que los parió. Esta vez es para anunciar la implementación de unos nuevos documentos de identidad. Antes de informar sobre los beneficios de los nuevos deeneis, a mí me dicen deeneis y me acuerdo de cuando vine a la gran ciudad a hacerme el deeneí. Y allá en el campo te daban los deeneís como seis meses más tarde. Pero yo, señores, me había venido a la gran ciudad a hacerme el deeneí yo solita y vamos a hacer entrega de una mención especial o algo así, un nombre pomposo, de esos, bueno, de esos a no me acuerdo quién, un trabajador del Registro Nacional de las personas que trabaja ahí desde 1948 y hoy lo sigue haciendo, a los 81 años, de manera desinteresada. Y yo dije for god sake. Sí, casi en voz alta, lo dije. Me importó un huevo si alguien del colectivo se daba vuelta a mirarme después de haberme oído exclamar for god sake. Desde 1948, for god sake. Y el tipo está jubilado y sigue yendo. ¿Va porque quiere? ¿Va porque si tuviera que vivir su jubilación en su casa se moriría de angustia? ¿qué pasaría si tomara un curso de, no sé, pintura? ¿estaba casado? ¿viudo, tal vez? Y sea como fuere, ¿cómo le van a dar una mención a un tipo que a pesar de estar jubilado, sigue yendo a trabajar?

-Ya estoy.

-Yo llego en un ratico. Dónde estás, más precisamente?

Y una vez finalizado el acto la Presidenta aclara que pagó su DNI. Y cierra con un "gracias" con acento a Seinfeld, esa mano, onda tono de remate de serie del Sony. Y me bajé del colectivo.

Tal vez sea el único momento en el que es linda la Plaza San Martín. Será que se crea una burbuja de alivio y felicidad, con tanta gente saliendo de trabajar. Matías no aparecía, pero no era problema. Decidí darle una vuelta al Monumento a San Martín, hasta que Matías me dijera dónde estaba.

Las fotos eran de niños en distintas situaciones de infancia. O sea, niños cartoneros y niños jugando con témpera. Niños con mocos secos y niños con juguetes. Lo mismo de siempre, digamos. Esas acciones que buscan concientizar y esa mano, pero en realidad están evadiendo impuestos o no sé, algo por el estilo. Because we care. Bullshit. Me habían dado ganas de un helado, por más que a la sombra hacía frío. Ya había visto las fotos de ida y vuelta y había seguido al cazador de patos. Matías, sin novedades.

-Estoy como por el Monumento a San Martín. Tengo una campera negra y un jean azul, por si no me recordás.

Sin respuesta, justo cuando pensaba sentarme al sol del atardecer, con lo mezquino que un sol puede ser en un atardecer porteño, me crucé con una de esas miradas de "hey, qué hacés?". Y entonces procedimos a dar pie al saludo de rigor para situaciones como esta.

-¡Matías! ¿cómo estás?
-¡Hola! ¿Qué tal Nadia?
-Bien, muy bien. ¿Te llegaron mis mensajes?
-Sí, pero me quedé sin crédito.
-Me imaginé. Bueno, ¿cómo estás?, ¿qué tal te trata Buenos Aires?
-Uff. No he parado un momento.

Y en ese "no he parado un momento" sentí el perfume de los libros viejos que están en la feria a orillas del Sena, el olor a fritos de los locales de shawarma en el Qartier Latin. En ese "no he parado un momento" no hay apuro, porque si se te escapó el 12 direction Port La Chapelle para ir a Marx Dormoy, tranquilo, en dos minutos 10 segundos vendrá el próximo. En ese "no he parado un momento" hay dos años en París. Y en ese "no he parado un momento" estaba un yeite que yo conocía bien, de oído, pero bien: el de la visita al pago. Llegás, te saluda la familia, que te estaba esperando con la casa recién pintada, asado, amigos, llegué, voy a estar hasta tal día. No, mañana no puedo, voy a ver a mi tía. Pasado. Llamame después y arreglamos. Pelea con la familia. Hoy cena con los pibes del colegio. La vecina me dijo que pasara a verla. Sí. Funciona así.

-¿Vamos a tomar un café?
-Yo tengo ganas de tomar un helado.
-Ah, mirá. Yo no, pero vamos.

Y caminamos por Lavalle. Y cómo encontrás Buenos Aires, y qué tal la familia, y estás comiendo mucha carne, ¿no? Por suerte, sorteamos el tema del clima y hablamos un poco más.
¿Y vos qué estás haciendo?
Bueno, yo estoy escribiendo bastante. Estoy haciendo un taller de escritura que me tiene enganchada. De tanto en tanto cuelgo algunas cosas en un blog que tengo y estoy escribiendo bastante en distintos cuadernos, sobre diferentes cosas. ¿Vos? ¿Qué tal va el bandoneón?

Yo acá estoy tocando bastante. Hacía siete meses que no tocaba. Y por suerte acá surgieron algunos laburos. Ahora estoy muy contento porque toqué con la orquesta de Leopoldo Federico. Fue genial. Surgió todo a último momento y salió re bien. Perfecto. Allá es difícil. A los franceses no les copa un bandoneonista formado en Buenos Aires. Su tango es una copia de una fotocopia, pero prefieren eso a un bandoneonista formado en Buenos Aires. Entonces se hace difícil. Mientras tanto hago otras cosas. Fui a dar un seminario a Berlín, y tomé uno en Praga. El año pasado viajé más. Este, muy poco. El año pasado hasta fui a Tel-Aviv a tocar.

Ah, mirá vos.

Matías miraba la gente y las vidrieras. Me hablaba de lo contenta que está Belén con la casa nueva, que se mudaron un día antes que el viajara a Buenos Aires, que con todo aún embalado, recién mudados, hicieron una reunión en la nueva casa. Que a la casa nueva le da el sol y no tienen a un nigeriano a medio metro, enfrente a la ventana y hay un dormitorio que es dormitorio y un baño grande, no como en el departamento que vos conociste, que era tan chiquito. Y no pude evitar recordar una grabación de Cortázar leyendo un capítulo de su Rayuela, donde habla de la monomanía parisina con el espacio. Y esas erres que eran gés. Y París. Y con qué ganas yo alquilaría ya mismo el minimonoapartamento que ustedes dejaron. Y a la inauguración fue el dueño del departamento que dejamos, un amigo de los dos. Fue con Eric, su novio perfumista, que llevó un vino de 1992. Qué refinado. Y noté que Matías estaba vestido tan elegantemente. Caballero de fina estampa, de zapatillas y jean. Y hoy voy a verme con un amigo. Voy a comer comida india. Ah, qué bien. Sí, para variar un poco, porque desde que llegué estoy comiendo mucho asado.

Y viste que Lavalle está llena de turistas. A veces se me acercan y me dicen "leather jackets" en un inglés bastante parecido al marroquí. Y yo creo que los contrataron y les dijeron tenés que decir esto, repetilo hasta memorizarlo. Y si te ven con pinta de gringo, te atacan al grito de letershaquets?, letershaquets? Pero son muy caras. Sí, son a precio turista. Y qué tal la crisis. Acá cerraron muchos comercios. Por la gripe porcina, ¿no? Sí. Y también por la crisis.

-¿Querés que vamos por Corrientes?
-Dale, ahí me tomo el subte para encontrarme con mi amigo.
-Comida india, qué rico.
-Sí, muy bueno. Esa peli, ¿sabés qué tal está?
-¿Cuál? ¿El secreto de sus ojos? No, no la ví. Pero ví Boogie El Aceitoso.
-¿Y qué tal?
-A mí me gustó. Me gustan las historietas, pero nunca lo leí. Un compañero de trabajo que sí lo leía, dice que está bastante floja. A mí me gustó. Me parece que le faltó un poco de sal a la musicalización, pero en líneas generales está buena. Tiene una buena animación.
-Ahí hace la voz este flaco, Pablo Echarri, ¿no?
-Sí. Está bueno porque no parece que fuera él. Y concuerda bastante con el personaje, que es un dolor de huevos de chabón. Pero la voz es una de esas voces que si escuchás de espaldas, te das vuelta aun que sea para ver si podés acordarte de la cara del chabón que te va a pegar.
-Está bueno.
-¿Ustedes son de ir al cine?
-No. Miramos películas por internet.
-Ah.
-Igual, ahora estamos a una cuadra del cine. Capaz que nos sacamos un abono que hay, que es por mes, ilimitado, a 35 euros.
-Bien. A mí la otra vez me cobraron 23 pesos una entrada.
-Es carísimo.
-Ni hablar.

Caminamos un poco más por Corrientes.
Esa avenida pasó la tarde jugando en el jardín, embarrada, a la noche se puso a cazar luciérnagas y de repente la bañaron, le peinaron el jopo y le pidieron que sonría para una foto.
¿No te resulta chocante ver los culos en las revistas? Porque como vos lo ves una vez por año, capaz que te choca más, que para mí que es más gradual, pero de un año a otro cada vez muestran más el mismisimo agujero del orto.
-Sí, un poco sí. Antes era un poco más...
-...sí. Nunca fueron sutiles, pero qué se yo. No era tan zarpado pasar por un kiosko de revista.
-Y son un montón, encima.
-Sí, viste.

Y seguimos hablando de las revistas y de los giles que compran revistas con camisas de 1500 pesos, cuando ellos ganan esa guita por mes. Con suerte. Y de las compras del último día de regreso, de la valija llena de saquitos de mate cocido, algún vino, alfajores y dulce de leche, de cuánto pagó por su pasaje de avión, de una escala en San Pablo de la que se enteró en San Pablo, de los precios de los cigarrillos en Buenos Aires, de los precios de los cigarrillos en París. De Belén. De Belén y la casa nueva. De Belén y el Máster. De Belén y Vous etes admise en M1. De Belén y su flequillo. De Belén y su clases de español. De Belén y la mudanza. Y todo lo que me contaba eran novedades, porque hacía un buen rato que yo no hablaba con Belén. Verán, Belén llama desde París y puede estar hablando una hora entera sobre la vida, la gata, la casa, el clima, la facultad, los alumnos de español, pues tiene un plan de free para llamadas a teléfonos fijos en nuestro país. Elemento indispensable en la migración 2.0. Además de colarse en los subtes parisinos, cuando llega de trabajar, Belén gusta de hablar a Buenos Aires durante horas con su familia y amigos.

Bueno, Nadia, me tengo que ir.
Bueno Matías. Voilá el regalo para Belén. Lo envolví bien para que no se rompiera. Son dos libros.
Buenísimo, sí, están muy bien embalados.
Buenísimo. Y no pesan tanto.
Bueno, un gusto haberte visto.
Lo mismo. Gracias por haberte venido hasta acá Matías.


Dentro mío, al despedirlo, al chocar nuestras mejillas en un porteño aurevoir, pensé que ojalá que la próxima vez que lo viera, sea en París, conociendo la casa nueva. Y cuando lo ví irse, ví esos dos libros que con tanto cariño había elegido. Veía cómo empezaban a gatear el camino Buenos Aires-París. Podía ver esas dos dedicatorias que le firmé a Belén, con lo que me gusta regalar libros ajenos con palabras mías, iniciándose en su travesía. Los esperaban unos días más en Buenos Aires, una valija, atravesar los rayos x en el aeropuerto, viajar en camioncito hasta el avión, volar hasta el depósito en manos de los estibadores, atravesar el océano, superar el desafío de las escalas, llegar a destino. Chau Matías. Chau libros. Espero que Belén no los haya leído todavía.

Volví a mi casa embriagada con tanta lembranza parisina. Tomé el colectivo. Une vingt, s'il vous plait. Y cuánto pasará hasta que vuelva a París. Y Buenos Aires me mata, pero París... París me resucita. Y sin saber qué iba a cenar, prendí la compu. Conecté, revisé lo de siempre. Entre los mails, tenía uno de Matías. "Nadia. Perdoná que te dejé colgada. Perdí el celular en el tren y te busqué por Retiro pero como no te encontré, me fui. Arreglemos por acá para vernos otro día. Un abrazo y mil disculpas. Matías".

viernes, 23 de octubre de 2009

Desde la trinchera. (Ejercicio I)

Yo no debía estar acá y si escribo esto es porque espero que alguien llegue a leerlo, y sienta este miedo, esta desolación y este dolor y que pueda percibir el sabor de la muerte inminente tal como yo lo estoy sufriendo ahora, porque nunca entendí bien lo del número bajo, pero yo estoy acá, con las botas agujereadas y el barro entrándome en los pies y las manos lastimadas y la espalda cansada, cargando un uniforme que me queda enorme, una mochila con elementos de supervivencia elegidos por un asesino, seguramente, no sé, y pienso que si alguien llegara a leer esto y pudiera decirle a mi vieja que no llore, que no la pase mal, que el destino de cada uno está escrito y que por más que yo ahora, a esta hora, debería estar entrenando en mi bici, o tal vez tomando unos mates en mi casa y el barro de mis pies debería ser el barro de las calles de mi barrio, por más que todo eso, estoy acá, en una trinchera, cagado de frío, cagado de miedo, cagado de hambre y cagado encima, porque el panorama no es ni siquiera simpático y si tal vez no hubiese sorteado, estaría jugando otra batalla, una que tenga que ver con mi futuro, no con este escenario y ya me imagino mi foto congelada en el tiempo, entre un montón de otras fotos de pibes que se murieron y así me van a recordar, mientras yo en realidad lo que quería era que me recordaran no sé, en un podio, ganándome el oro en alguna olimpíada, o recibiendo una bici de alguna fábrica suiza, o firmando un contrato para una publicidad de una afeitadora, o no sé, entrando en el Guiness por ser el primer argentino en ganar el tour de france o alguna pelotudez así, y no. Estoy acá y mi entrenamiento diario es soportar los misiles estallando desde el océano, andar durante kilómetros peleando una batalla que no elegí pelear, levantando una bandera que seguramente envolverá mi cadáver y llorar como un puto, a escondidas, porque mi vieja ni se debe imaginar todo lo que estoy pasando y todo lo que la extraño a ella y a mis hermanos. No voy a recorrer el mundo con mi bicicleta y eso es lo que más me duele, porque me ilusioné con eso desde que el día en que el viejo me empezó a entrenar y ahora todos esos sueños van a quedar enterrados acá, al menos hasta que encuentren mi cuerpo, con los ojos abiertos, tirado encima de una mezcla de barro y sangre. Y mis amigos van a llorar y van a decir que era tan bueno y la puta que lo parió, son todos putos que no se animan a decir que siempre fui un hijo de puta, que me cagué en todos ellos, porque lo único que quería era entrenar como un pelotudo, que nunca me prendí para salir de kurda con ellos, que nunca me copé con fumar porro con ellos y que mientras se comían un asado un domingo, yo les decía que no podía porque tenía que entrenar y de mí sólo tienen una vaga idea, que tiene más que ver con quien era yo cuando era chico que con quien soy ahora, o mejor dicho quien habré sido, a como están las cosas ahora, que estoy más cerca del pasado que del futuro y me hubiese gustado darle unos besos a Laura antes de despedirme, pegarle una cogida, capaz, y si me estuvo esperando, si de veras me estuvo esperando, como me dijo en la última carta, ojalá Dios quiera que encuentre a alguien que la ame y la sepa cuidar y le dé todo lo que se merece y si hay algo del otro lado, capaz yo la pueda cuidar desde ahí también, no sé ahora que todo es nada, que aquí voy a morir, quiero desprenderme de todo rencor, pero me da por las pelotas pensar que el zurdo Iturraspe termine teniendo el sponsor que iba a ser para mí, o que mi bici termine en un galpón, oxidándose. Igual, más oxidada quedará mi foto.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Iglesias inglesas ilesas

Yo nunca creí que iba a presenciar un velatorio así. Era aun más triste de lo que suelen ser los velatorios. Esa tristeza que se puede palpar, que se puede lamer, que pega en la nuca un toque preciso. No había café, ni inoportunos contadores de chistes de gallegos. Tampoco había sillones ni empleados de la funeraria con cara de póker. Casi me olvido, pero había olor a chocolate. Mucho olor a chocolate. Olor a mucho chocolate. Era un velatorio raro, sí. Cualquier velatorio al aire libre es raro, como mínimo. Pero uno suele presentir la llegada de la parca, y no me digan que su venida siempre sorprende, porque uno la ve venir. Portando esa guadaña con la que rebana la existencia, nunca aparece como quien cae sin avisar a tomar unos mates, solo porque sí. Siempre avisa. Yo la sentía venir, sabía que en breve iba a estar en un velatorio, llorando a alguien que era tan bueno. Y podía imaginarme la escena, contando anécdotas que lo involucraran, donde salía airoso y un comentario suyo era el mejor remate, la salida irrebatible. Y alguna aspirante a Joan Collins, llorando a los gritos un ¿Por qué?" estertóreo. Pero nunca me figuré que sería algo como lo de hoy. Tan injusto, tan doloroso. Porque no era uno solo el ser al que se despedía. Eran tres. Tres. Ahí, laying down, mirando al cielo al que supuestamente van, porque me imagino que debe ser sensacional vivir en el cielo, dormir en las nubes, uff, debe ser genial. Me pregunto dónde van las almas cuando llueven, o si son impermeables. O dónde quedan las alacenas en el cielo, donde guardaran todos los manjares que hay. Y cómo hacen para hacer pis o para lavarse los dientes. O si esos menesteres dejan de ser una vez que uno cruza el túnel y la luz blanca y una vez ví una historieta mal hecha donde la luz blanca era la cola de un conejo enorme que tenía Dios. Pero ponemos a los muertos así, boca arriba, descansando de sí mismos. Debe ser genial poder descansar de uno mismo. Así viven los muertos. Pero yo no soportaría no poder lavarme los dientes. Y veía los tres cuerpos ahí, exentos de alegría, ausentes, insurrectos de la vida, dados por vencidos, vencidos. Y el cielo estaba gris y hacía frío en octubre en Buenos Aires, como hace frío en octubre en París, pero en París es más lindo, por eso es París. Y yo los miraba y a su costado crucé mis manos y miré para abajo y pensé en los que quedan y a mí la muerte nunca me tocó demasiado de cerca y le tengo cierto respeto. Mi abuela se murió cuando yo tenía 3 años, pero era bastante chota como abuela. Quiero decir, mamá, no tomes esto a mal, tal vez como madre debe haber sido buena madre. Ahora, como abuela era un desastre. Nunca una golosina, o permitirme hacer algo que vos no. O un juguete. Lo sé, tuvo tres Días del Niño, no más. Yo no lloré cuando murió mi abuela. Me acuerdo que mi mamá lloraba, lloraba mi tía cuando mi mamá se lo dijo, lloraban mis primos. Lloraba hasta la mujer de mi primo. Me acuerdo que podía ver ese dolor. Y al otro día a mí me agarró fiebre. Calculo que fue mi forma de llorar con el resto. Lloré con transpiración, porque tener fiebre a fines de diciembre, en ese limbo temporal que comienza el veintitrés del doce, es una calor que te la voglio dire. Me acuerdo que ya había pasado Navidad. No me acuerdo que me haya regalado algo mi abuela. Y una vez me dijo que era una mocosa de mierda. Esa no se la voy a perdonar nunca. Así que cuando se murió, sentí más el dolor de los que quedábamos que la inevitable ausencia de mi abuela. Pero eso fue lo más cerca que ví a la muerte. Algunos que se fueron, no de viaje, no de vacaciones, si no que se fueron de nosotros, me generaron más o menos dolor. Pero alguno de los míos, de los míos de veras, no, nunca. Y en este velatorio, sentí ese dolor. Esos tres, ahí, no sentían nada. Nunca sintieron, pero ahora menos. Y yo sentía el dolor de su muerte y el dolor de los que dejaban sin su compañía. En el medio de ese congelamiento cronológico que provoca la muerte, esa pausa en la que nada pasa más que las lágrimas que corren por las mejillas de los deudos, me pregunté por qué. Quién habría sido el culpable. Si su dueña (porque supuse que sería una dueña, aunque podría ser un dueño o varios de los dos) o los padres de su dueña. Los padres de sus dueños son los padres de quienes por un rato son padres y les dan la comidita y los ponen a tomar el té y a jugar a que somos una familia y vos tenés tos y estás llorando y yo te hago upa y te doy una mamadera vacía y hacés provechito y te saco con el carrito cuando mamá sale a hacer las compras y si el carrito me rompe las bolas, me lo lleva mamá y si consigo algún amiguito en el barrio, que hace de papá y lleva el carrito él y si consigo alguna amiguita que venga conmigo a hacerte dormir y después te dejo ahí tirado, y cuando me acuerde te vuelvo a dar de comer, en uno, dos días o una semana. Me pregunté cómo se llamaría, cuántos años cumplió este año. Si se había desecho del pintocito para tomar el uniforme de primer grado, entonces decidió darle muerte a estos tres que yacían sobre el asfalto de Constitución, al lado de un tacho de basura. O si era un desprenderse de la infancia y como ya usaba corpiño, uno nuevo que le había regalado alguna tía que tenía la posta, abandonó a estos tres acá. Una era una pepona, de vestido de estampado escocés, y otros dos bebotes que reposaban desnudos. Enteros, con los ojos abiertos. Desnudos, sí, pero enteros. Los tres, ahí. Tal vez los tres esperarían que un niño cartonero los resucite al encontrarlos en un recorrido con el carrito. Tal vez desolados, solo esperaban que un taxi los pase por encima. Los tres, ahí juntos. Juntos, muertos. Algunas palomas eran sus aves de rapiña. Tres muñecos muertos yacían en el asfalto de Constitución. Yo pasé por el velatorio, suspiré dolida y seguí caminando.

domingo, 4 de octubre de 2009

Suena un dvd de un hombre vestido de jean y remera azul

Estabas tan linda ayer. Yo te miré y no te diste cuenta. Te ví, te miré, te miraba y vos seguías así, con el sol de octubre pegándote en la cara, con los ojos empapados, mirando la nada. Te seguí y no te percataste. Y te miraba, y te miré cuando bajaste del colectivo. Y estabas tan linda, con el pelo suelto y las pestañas abiertas, todavía húmedas, caminando entre la gente, esquivando peatones y mirando vidrieras al mismo tiempo. Y te quería abrazar, te quería besar, me moría de ganas, pero preferí seguir siguéndote. Preferí seguirte y te seguí. Y masticabas furia en silencio, con fuerza, como quien masca una hoja de coca y se sigue llenando el buche hasta que ya no entre más. Y caminabas rápido y mirabas tu reflejo en las vidrieras y te peinabas el pelo y estabas tan linda y yo quería abrazarte y vos caminabas y caminabas. Con dolor en los pies, caminabas y caminabas con pisadas fuertes, pero sin dejar huella. Y hablabas por teléfono y estabas en otra parte, y volvías con apuro y sin ganas y pasaste la noche en ese bar y yo te miraba, miraba tu ceño fruncido, el dolor en tu piel, tus miradas de ausencia y veía las palabras que eran la tinta para el papel de tu furia y la eternidad cronopia o el calendario fama y la madrugada con volutas y alcohol y vos no me mirabas, no te dabas cuenta que yo estaba ahí, observándote. Fuiste mi presa más deseada; durante horas se me hizo agua la boca al mirarte. Pero seguí mirándote y vos seguiste ignorándome. Y llegó la mañana y un baño tibio antes de ir a la cama desnuda y estabas más linda todavía y yo te miraba y te dormiste menos triste y te despertaste en la tarde y caminaste por San Telmo y yo te seguía y vos todavía tenías el pelo húmedo y caminabas y yo te miraba y volviste a la cama un rato después y yo te miraba y después de hacer el amor seguías estando linda, o más linda aún, con el pelo hecho un solo de saxofón y la espalda transpirada y yo quería taparte para que no pases frío y vos sonreías de placer y olías a sexo fresco, a lujuria reciente y a bebé recién bañado y jurabas amor eterno en el medio de una pequeña muerte y quiero darte mi vida y casémonos en Uruguay. Yo me reía de lo que decías y te miraba con ternura y te acariciaba el pelo, qué largo y lindo que lo tenés siempre y te mordía el cuello y no te dabas cuenta que yo estaba ahí, mirándote. Y "Mis fotos entre tus libros. Tus dibujos entre mis discos. Somos tan Radar", un haiku de intimidad, una vasija milenaria conservada envuelta en lienzos. Y yo no puedo creer que estés tan linda, que cada vez estés más linda, más grande, más bella, más sabia y más más. Estás creciendo tanto y me enorgullecés todo el tiempo y caminás fuerte, aunque te duelan los pies. Y después fuiste a comprar algo rico para comer, porque yo sé bien que te gusta comer algo rico después de hacer el amor y después de comer, una película de domingo en el cable y sos tan chiquita que lloraste al final y yo te entendí y estabas envuelta en esos brazos que no son los tuyos, pero te pertenecen y entendí tu dolor y tu pena y tu pena y ahí me viste y yo te abracé, y te abrasé y te encendiste y suspirabas y yo te juraba que todo iba a estar bien y vos llorabas como quien se desprende de vieja ropa guardada en el placard y yo te decía en voz baja que vas bien y que todo es aquí y ahora y después vos escribías y yo te miraba y hay una versión en piano de este tema, por Thom Yorke, que de es la hostia.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Domingo

La vida moderna es una locura. Para llegar más rápido a cualquier lugar, tenés que ir en subte, por abajo de la tierra, sin poder ver el sol. Capáz que te subís en el Microcentro y está soleado y salís en Parque Chas y ya se hizo de noche, o se nubló. Y es sabido que ese desconcierto debe ser muy desconcertante. Y la gente fuma todo el tiempo por la calle y San Telmo tiene calles tan angostas que uno se fuma los cigarrillos de todos los transeúntes, desde Constitución a Retiro. Y las chicas van tan apuradas, con carpetas en sus brazos, sus nuevos niños, y sus tarjetitas blancas colgando del aro del pantalón. Ahí iba un cinturón, nena. Un cinturón. Qué pensarán los diseñadores de indumentaria de principios de siglo cuando crearon ese aro, cuando pensaron en un lugar para poner el reloj, ahora usurpado por una tarjeta blanca, que nada dice, pero que sabe muchísimo. Y no tenés un lugar donde comer sano y bien, que no te cueste un ojo de la cara. En eso te llama una amiga, que si le manda un mail a un pibe o lo llama por teléfono, es una disyuntiva que les puede tomar un buen rato. Y si llegás a estar en un colectivo por el centro y justo dijiste cinco minutos más, cinco minutos más y llegás tarde al trabajo y la buchona de siempre justo te encontró cuando ibas apurada hasta la oficina, con la ridícula idea que ese apuro te iba a ser de alguna utilidad. Y salís y el gimnasio, porque viene el verano y no sea cosa que. Y la vieja que cuándo vas a venir a verme, que me tenés acá olvidada, que yo no sé si es viernes o lunes, pero sabés que los malvones están divinos, lástima que no los puedas venir a ver. Mamá, me estoy quedando sin batería en el celular, porque se me pasó ponerlo a cargar. ¿Ya cambiaste tu cepillo de dientes en esta estación? Y vos estás que te debatís entre una hora extra más o ir a estudiar mientras una docena de mates hace su cuota en esa gastritis crónica con la que pagás la universidad pública. Y los cursos. Y la cuenta de luz, que vence justo cuando no podés pagarla y ahora quién podrá defenderme.

Y entonces, domingo.

Domingo es domingo acá y en cualquier lugar.
Un domingo es un domingo en todo el mundo.
No porque sea nombre de peluquero, si no porque es un día universal.
Uno puede ser un miércoles en París y otro muy distinto en Buenos Aires.
Pero un domingo es un domingo en el Quartier Latin y en Parque Patricios, soberanamente domingo. Y no hay subtes que no le tenga miedo al domingo.
No hay delivery que ose faltarle el respeto al domingo.
No hay plancha que no espere el domingo. No hay cama ni casa ni uñas que no deseen que sea domingo para estar acompañadas.
No hay domingo que pueda pasar desapercibido.
Algunos se deprimen los domingos y yo creo que es porque el domingo tiene tanta fuerza que conecta con lo más débil de cada uno y eso se traduce en lágrimas de pulseada perdida.
Un martes puede ser tan insípido como un jueves.
Pero un domingo es un domingo y levántese la galera para nombrarlo.
Y el domingo este domingo es de lluvia, así se le antojó a último momento.
Y el domingo es amor y el domingo de lluvia es más amor y hacer cucharita y leer el diario, comer cosas ricas, ¡y paseos! y mirar películas y hablar de nada y desenchufar la máquina.
Y si de lunes-a-viernes (y sostengo que eso debería ser una palabra sola) estás con el triciclo de acá para allá, que patatín, patatán, y le regalás un domingo a alguien, ese alguien debería sentirse... Debería sentirse domingo.

Pues bien, hay gente que podría sentirse domingo y elige sentirse, no sé, miércoles.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Lágrimas

Esto es de no creer. Una extraña seguidilla de casualidades me tiene como testigo desde hace algunos días y esto ya se pasó de castaño oscuro.

Al principio, bueno, era tan solo un hallazgo. Encontré una lágrima en mi almohada cuando me desperté. Estamos, dije, esto es así. Esa vez no fue tan grave, era sólo una lágrima. Pero al rato encontré otra en el baño, mientras me bañaba y nadie me miraba sentado en el inodoro, por no poder bañarse conmigo a causa de las diferencias en la elección de la temperatura de la ducha. Casi la confundo con una gota de agua, pero su resistencia era tan fuerte que enseguida la pude distinguir. Al otro rato, encontré otra. Esta vez yendo a la planta baja por ascensor y no por la escalera. Más luego, otra. Ahí fue cuando me empezó a llamar la atención: estaba en el colectivo, a punto de cruzar la autopista.

El transcurso del trabajo, lo mismo de siempre. Patatín, patatán. Y cuando me estaba olvidando del tema, pumba, apareció otra lágrima. Yo estaba en el 29, pasando por atrás de la Casa Rosada, ahí donde está la frontera arquitectónica entre el pasado y el futuro. Me empecé a preguntar de dónde salían, cómo llegaban hasta mí. Pero sin demasiada profundidad, porque hasta entonces, eran tan sólo unas lágrimas encontradas al azar.

Más luego, conmigo distraída en ocupaciones domésticas, encontré otra mientras lavaba los dos platos, los dos vasos, los dos pares de cubiertos que dejamos la otra vez. Por poco y le paso la esponja con detergente. Ese día me fui a dormir temprano, con la radio prendida toda la noche. No sé si fue por eso, pero mi sueño se vio interrumpido varias veces. Unas cuatro, mínimo. Y en cada corte, una lágrima me atravesaba la sien. Y me provocaba el mismo efecto que una bala. Digo yo una bala, porque creo que una bala también provocaría un desangramiento, el mismísimo freno del tiempo y los ojos en blanco. Unas cuatro en una noche. Ahí ya fue mucho.

Pero lo que siguió, ya me descolocó. Empecé a encontrar montoncitos de lágrimas por todos lados. Había algunas acurrucadas en el borde de mi ventana. Por un momento pensé que sería nieve, pero estaba soleado y, vamos, es septiembre. Ahí vi que estaban justo en el cuadrante que muestra la Torre de la cancha de Huracán. Otras dos, arriba de la jirafa que tengo pegada en el vidrio. Luego, otras más, en el puesto de diarios donde compramos los diarios esos domingos que ensayamos un ritual. Otras, en la calle donde está la feria de los jueves. Otras más, entre arriba del disco de Samalea, o encima del libro de Bukowski. Había un par en las noticias de hoy, en la nota que dice que Jeff Bridges va a volver a trabajar con los hermanos Coen. Otras, un poco menos, entre mi ropa, donde tengo ese enorme pulóver azul. Y donde más hallé fue en ese árbol donde fuimos a reposar mientras desayunábamos, esas mañanas de julio.

Otras más hay entre esos libros regalados y encima de ese arcón que no es mío, pero que está conmigo. Hay otras más entre mi casa, amontonadas en los rincones del baño y de la cocina. Encontré dos en un sueño, donde iba a una librería y vendían libros que eran suyos. Esas eran tres, dos zurdas y una diestra. A esta altura ya las puedo diferenciar. Ahora mismo, en el aire hay una flotando, abrazada por la música de Joni Mitchell. Esta mañana hubo una mientras limpiaba.

Y yo ya no sé qué hacer con tantas lágrimas. Si ignorarlas; ponerme un negocio y empezar a venderlas, o coleccionarlas. Si las colecciono, sería ordenándolas por fecha del hallazgo, lugar y origen. Creo que voy a hacer eso. No sé.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Balloon heart shaped

Cruzar un puente. La voz que quiebra un vidrio. Agua encerrada. Ruido afuera. Mis manos mojadas. Una tijera abierta de piernas. Un domingo nublado. Música para volar. Un tren que se escapa. Agua fría. Recortes de diarios. La perla que escupe el silencio. Ese teléfono que no para de sonar. Sangre. La pared de madera ya está vacía. Una gotera laboriosa. Historietas en común. Azúcar. Luz artificial. Un rey depuesto. Una foto con mi sombra fuera de foto. Un baño caliente. Una bocina. Instrucciones de uso. Un paseo por el zoológico. Un panadero y un cactus, paseando por Parque Lezama. Un imán. Mi bufanda violeta y amarilla. Confianza. Existe algo que seguramente debe ser maravilloso, que se llama confianza. Tus caramelos de menta. Viajar a Rosario. Un libro nuevo. Té. Mis revistas desordenadas y masacradas. Un cubo Ribik. El piso está limpio. Lo mismo mis cuadernos de colores. Un perro maldice la madrugada. Una fruta atacada por labios asesinos. La lluvia ya no abraza al pasto. Un árbol que fue sillón. Tu cama y mi casa. Una letra borrada. Pertenencia. Un xilofón. Esos vasos de burbujas eran para vos y yo. Treinta y cinco años. Un pájaro asustado. Tu mensaje en el contestador. El pasillo oscuro. Tirarse de espaldas. Sueños confusos. Un par de tacos desperdigados por ahí. Fotos sin revelar. Lapiceras guachas de tinta. No existe frazada que cubra este dolor.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

ya

ya no vuelvo
ya no creo
ya no rezo
ya no sueño
ya no abrazo
ya no río
ya no corro
ya no guardo
ya no duermo
ya no muerdo
ya no rompo
ya no quiebro
ya no pego
ya no siento
ya no duelo
ya no araño
ya no pienso
ya no suspiro
ya no adoro
ya no espero
ya no lloro
ya no aprieto
ya no te quiero

miércoles, 22 de julio de 2009

God bless twitter

anoche soñé con vos
estábamos de viaje y mi mochila pesaba mucho
y yo te dije que era mejor pelar manzanas verdes que rojas, porque si te cortabas, era más fácil distinguir la sangre
y vos me decías que la sangre era la mejor tinta para escribir en la arena
y yo te decía que no teníamos nada para escribir
y vos sacabas un papel de tus zapatillas y me decías que podíamos escribir una lista de supermercado con las cosas que jamás compraríamos
y después aparecíamos en la facultad y vos no eras vos, eras tu hermana y tenías el pelo largo, largo, con rulos
y te peinabas los rulos y tenías un vestido, y me hablabas de marx y del anarquismo y de Rusia y del capitalismo
y yo te preguntaba dónde paraba el 65
y vos sacabas una banana de tu morral y mientras te la comías, atendías tu celular diciendo "susana, te estoy llamando desde bariloche!!!!"
y al final yo me iba caminando y terminaba en constitución, y un travesti desmaquillado, con olor a amanecer dominical, me preguntó la hora

martes, 14 de julio de 2009

vos y yo

deberíamos hablar de acuerdos
de firmas
de pactos
de paz

vos y yo nos debemos una charla
donde no nos recriminemos nada
ni nos reprochemos lo que no hicimos
lo que quedó por hacer
lo que hicimos mal

vos y yo tendríamos que vernos las caras
que las volutas de humo nos salpiquen los ojos
revolver un café
recién azucarado
y apoyar la cucharita sobre el plato
y los brazos sobre un mantel a cuadros

y llorarnos todo lo que no nos lloramos
y acariciarnos las manos
como pidiéndonos perdón
como otorgándonos misericordia
como aceptando el derecho del error

vos y yo nunca más nos hablamos
y yo sé que te amaron
y vos sabés que a mí me amaron
y yo sé que vos amaste
mejor de lo que me amaste a mí
que escribiste poesía
y vos sabés que yo amé
mejor de lo que te amé a vos
y que escribí poesía

entonces
deberíamos hablar de acuerdos
yo existo en tu pasado
vos en el mío
pero yo ya no soy esa
y vos ya no sos quien eras
y espero que seamos felices

miércoles, 10 de junio de 2009

Juan

Juan se despertó a la mañana temprano. Ya había dormido lo suficiente. Fue al baño, porque tenía ganas de hacer pis. También se lavó la cara, semidormido. Desayunó un café con leche con pan con manteca. Eso es lo que le gustaba desayunar.
Luego fue a trabajar. Era su obligación de todos los días para a fin de mes obtener el dinero con el que mantenerse.
Tomó el subte, sin duda la vía más rápida y sencilla para llegar a su trabajo.
Allí realizó lo de siempre: algunos menesteres que le ordenó su jefe, llamados, formularios. Ese era su trabajo.
Finalizada la jornada, retornó a su casa, como casi todos los días.
Volvió a tomar el subte. Mientras lo esperaba, compró una revista porque le gustó, en un kiosko de revistas en la estación. Llegó a su casa. Le dolían los pies, así que se sacó los zapatos. Leyó la revista. Se hizo de noche y se preparó la cena. Tenía hambre, así que comió rápido.
Miró un poco de tele, porque estaba aburrido.
Se acostó en la cama. Estaba cansado.
Y todo perdió sentido cuando empezó a soñar.

Mis noches

Ya de chica era así. Como a los siete años me dedicaba a retar desde la ventana a las señoras que le sacaban un gajito a las plantas de mi mamá. Sin vergüenza les decía que no tenían motivos para lastimar así a la naturaleza. Que entre eso y usar un tapado de visón no había diferencia.

Durante la secundaria, recuerdo que le daba lecciones de fonética a los profesores para que aprendera a pronunciar correctamente los apellidos raros de algunos de mis compañeros.

Y en la facultad, no me detenía nada para llamarle la atención a quienes fumaban y tiraban las colillas de cigarrillos en el suelo, o a quienes dejaban caer los envoltorios de sus alfajores. Esto último es algo que sigo haciendo al día de hoy.

Pero no he venido a contarles de mi pasado si no de mi presente.
Mis días son grises, monótonos y hasta aburridos. Trabajo en una caja de un banco. En una caja es casi literal. Las discusiones con algunos clientes hasta le agregan acción a mis jornadas laborales. cobrar, cobrar, pagar, pagar, "firme donde está la cruz"; "firma, aclaración y documento aquí"; "ese trámite se hace en el cajero automático"; "sí, ya le cambio". Nunca pensé que iba a trabajar en un banco. Ni cuando jugaba al Banco cuando era niña. Pero ahí estoy. No es un trabajo que me guste, pero gano un sueldo que me permite vivir muy cómodamente y darme unos cuantos lujos. Atrás quedaron los estudios de literatura española, latín y semántica. Atrás, mis sueños de publicar un libro, dos libros, diez libros con mis novelas. Novelas que hoy acumulan polvo en estantes en mi casa. Pero me escudo en que soy dueña de esa casa, de ese auto y de los viajes que se me antojan hacer a cualquier lugar del mundo. Me refugio en eso. Me da náuseas mi refugio y no sé cuánto durará. Así son mis días.

Mis noches, sin embargo... Ah, mis noches. Mis noches son mi escape. Mis noches son mi salvación. Mis noches son mi delicia. Mis noches son mis secretos más deliciosamente aventureros.

Eso es lo que he venido a contarles y así lo haré. Acerca de mis noches.

Cumplo con un ritual exquisito. Nadie lo sabe y ahora lo hago público. No en búsqueda de perdón, si no para compartir de los pomos de témpera que colorean mi existencia. O más bien de los aerosoles de pintura.

El ritual es el siguiente y lo hago con la prolijidad que un ritual se merece. Es una misa y como tal, debo cumplir ciertos pasos. Para ello me visto de negro. Un pantalón jogging, unas zapatillas cómodas y en el invierno un canguro negro, sin inscripciones ni ningún detalle que pueda identificarme. En el verano, una remera. Y si está fresco, una camiseta. Siempre de negro.

Armo el bolso con lo indispensable. Unos aerosoles de distintos colores. Rojo, negro, azul, verde. Una vez tuve que comprar alguno amarillo flúor porque así fue necesario. Luego, una botella de agua, y las llaves de mi casa. Nada más era necesario. Al principio me llevaba el reproductor de MP3, pero me distraía bastante y opté por no llevarlo más. Pero eso era todo.

Después de la una de la mañana, y durante varias noches por semana, generalmente lunes, miércoles y viernes, agarraba la bicicleta y me iba a pasear por la ciudad. Mi búsqueda había rendido sus frutos de manera accidental en colectivo. Yo quería algo que me llenara de vida. Pensé en hacer yoga, pero esta ocurrencia me trae más paz que una disciplina que me demanda pararme de manos. Bueno, al grano: me dedico a corregir los errores de ortografía de las pintadas callejeras.

lunes, 1 de junio de 2009

un panadero y un cactus


un panadero y un cactus son muy amigos y van a aprender a bailar catala juntos/ ahí comprenden que tienen muchas cosas en común y se ponen de novios y son felices para siempre/ panadero y cactus/ y escriben sus nombres en un corazón en un árbol del parque lezama/ después se compran una torta y la comen caminando y mas luego juegan al elástico/ hasta que cae el sol y cada uno se tiene que ir a su casa/ no van a dormir juntos/ no sea cosa que/ quién sabe

martes, 26 de mayo de 2009

Querido Diario

Domingo 20 de noviembre de 1990

Hoy escribo con mucha dificultad. Mi casa es un desastre sin turistas. Y tal desorden me aturde hasta ensordecerme. Esta mañana, cuando desperté, encontré mi casa llena de animales. De hecho fue un conejo blanco lo primero que ví al abrir los párpados. Pensé que sería un pedazo de sueño que se me había incrustado en los ojos, pero no. Porque no muy lejos estaba una jirafa, que se entretuvo con la lámpara de papel rojo que tengo hace poco tiempo. También un puma estaba sentado en mi cama. No muy hambriento. O un puma muy educado. Un puma hace de un conejo un pickle y de un humano, un pancho. Pero este no fue el caso. Del mismo modo, unas ovejas que revisaron mis discos, que es lo que tenían a la altura de sus ojos. Y unos toros se fumaron unos puros mientras hablaban de historia con unos pingüinos. Los pingüinos, comentaron que se sentían afortunados por portar diéresis. Y los flamencos volcaron café y no se dignaron a limpiarlo.
Esto es un terrible.
Nada peor que tener un gran número de invitados inquietos, revisando y preguntando por el origen de los objetos. Y ni hablar si los invitados son animales. Y si esos animales preguntan todo y no responden nada, ni le cuento.
Hace un rato llegó un hipopótamo y me pidió que pusiera música de Los Beatles. Yo no sé si para ellos es un himno o solo les gusta mucho, pero se quedaron todos callados cuando sonó Come Togheter. El reloj del puma marcó las doce y en la heladera había montañas de botones. Los hicimos sopa y ya nada fue igual.

Se retiraron al atardecer. Dejaron mi casa llena de envases vacíos y vasos de plástico.
De todas maneras les agradecí la visita.

lunes, 4 de mayo de 2009

algunas cosas para hacer si el cielo tiene nubes rosadas

-Salir con una red a cazar helicópteros. Guardarlos en un frasco y darles de comer para después usarlos para pasear.
-Entrar desnudo a un banco.
-Ir a la Reserva Ecológica, en horario de verano, y armar una casa con los escombros de la orilla del río.
-Enseñarle a hablar a un pato.
-Coleccionar frascos con agua de diferentes lugares.
-Llorar en la tumba de un desconocido.
-Responderle "Salud!" a alguno que estornude por la calle.
-Caminar por el cordón de la vereda, un domingo por la mañana.
-Comprar el diario y regalárselo a un perro.
-Pintarse las uñas de un color distinto en cada dedo.
-Dejarse restos de pasta dental al borde de la boca, a modo de tatuaje rudimentario.
-Escribir "lalala" con tiza por las calles de San Telmo.
-Olvidar un libro en un banco de plaza.
-Llevar a pasear artículos de un supermercado para que puedan conocer otras góndolas.
-Regalarle un disco de Los Beatles a un niño o niña de 7 años.
-Pintar remeras.
-Dibujar una planta.
-Cantar en el ascensor.
-Andar en bicicleta sin manos.
-Darle los buenos días a una araña.

miércoles, 28 de enero de 2009

La tarde del 31

Si no vendo todo ahora, hoy los pibes no comen. Es corta. Es así. Le compré un paquete entero de petardos al Cordobés y me parece que me los voy a meter en el culo. Este Cordobés hijo de puta ya me engrampó varias veces. No sé cómo hace, pero siempre le compro lo que él no vende. Y yo tampoco. Lo mismo pasó el verano pasado con las pistolitas de agua y ahora estoy con las putas pistolitas en la casilla desde febrero, esperando que venga el calor. Igual, Natalia también salió a vender y creo que a ella le va a ir mejor. Siempre vende más que yo. Así los gasta también. El otro día, aparecerse con ese celular de 200 pesos. Decí que era afanado y lo pagó a un cuarto de lo que sale. Pero que lo vea la vieja, que hacía un rato le había dicho que no tenía un mango para pasarle. Me dio una verguenza. Acá, si sigo sin vender, afano un celular así y lo hago guita. No me importa nada. Estoy podrido de las navidades y los años nuevos de mierda. Lo único que cambia es que cada año tenemos un pibe más en la mesa. Yo qué se . Pero este fin de año yo quiero comer un asado. EN la Navidad no se pudo, pero yo quiero comer un asado. Pero un asado como los que hacía el marido de mi vieja. Un asado de verdad. Y estos petardos, que no los quiere nadie. ¿Serán muy caros? Pero, si los pongo más baratos y tampoco los vendo, a las seis de la tarde los voy a estar regalando. Y a las nueve, voy a estar pagando para que se los lleven. No puedo ponerlos más baratos todavía. Capáz que los otros trenes vienen más llenos y algo sale. Todavía no es tan tarde. También salió a pedir el Rulo con Pablito. No me gusta que el Rulo salga a pedir con el bebé, porque después se va con los pibes y la bolsita y ya se lo olvidó al Mauro una vez en Once. Pero a veces el Rulo viene con buena guita y ni Natalia ni yo le preguntamos cómo la hizo. El Rulo con sus llantas es felíz y yo no se las puedo pagar. Ahora, si viene con la novia embarazada, lo mato. Aunque seguro va a pasar como con Pancho y se la trae a vivir con nosotros a la casilla. Este Rulo... Uh, si pudiera me voy iría a la casilla tomar unos mates para aclarar la garganta. No me da más la garganta. Tampoco las gambas. Encima está por llover. Le voy a enviar un mensaje a la Laura para que levante la ropa de la soga.
Y encima, entre los pibes, los veterando de guerra, los que venden turrones y los pungas, no sé cómo voy a hgacer para vender estos putos petardos. Cinco pesos lo que valen. Cordobés y la concha de tu puta madre. No le vuelvo a comprar más nada. Virgencita, dame una mano, dale? Ayudame a vender estos petardos y yo te prometo que no me mamo más. Lo único que quiero es comerme un asado de veras con la Naty y los chicos. Con morcilla y chorizo.