martes, 26 de mayo de 2009

Querido Diario

Domingo 20 de noviembre de 1990

Hoy escribo con mucha dificultad. Mi casa es un desastre sin turistas. Y tal desorden me aturde hasta ensordecerme. Esta mañana, cuando desperté, encontré mi casa llena de animales. De hecho fue un conejo blanco lo primero que ví al abrir los párpados. Pensé que sería un pedazo de sueño que se me había incrustado en los ojos, pero no. Porque no muy lejos estaba una jirafa, que se entretuvo con la lámpara de papel rojo que tengo hace poco tiempo. También un puma estaba sentado en mi cama. No muy hambriento. O un puma muy educado. Un puma hace de un conejo un pickle y de un humano, un pancho. Pero este no fue el caso. Del mismo modo, unas ovejas que revisaron mis discos, que es lo que tenían a la altura de sus ojos. Y unos toros se fumaron unos puros mientras hablaban de historia con unos pingüinos. Los pingüinos, comentaron que se sentían afortunados por portar diéresis. Y los flamencos volcaron café y no se dignaron a limpiarlo.
Esto es un terrible.
Nada peor que tener un gran número de invitados inquietos, revisando y preguntando por el origen de los objetos. Y ni hablar si los invitados son animales. Y si esos animales preguntan todo y no responden nada, ni le cuento.
Hace un rato llegó un hipopótamo y me pidió que pusiera música de Los Beatles. Yo no sé si para ellos es un himno o solo les gusta mucho, pero se quedaron todos callados cuando sonó Come Togheter. El reloj del puma marcó las doce y en la heladera había montañas de botones. Los hicimos sopa y ya nada fue igual.

Se retiraron al atardecer. Dejaron mi casa llena de envases vacíos y vasos de plástico.
De todas maneras les agradecí la visita.