miércoles, 10 de junio de 2009

Mis noches

Ya de chica era así. Como a los siete años me dedicaba a retar desde la ventana a las señoras que le sacaban un gajito a las plantas de mi mamá. Sin vergüenza les decía que no tenían motivos para lastimar así a la naturaleza. Que entre eso y usar un tapado de visón no había diferencia.

Durante la secundaria, recuerdo que le daba lecciones de fonética a los profesores para que aprendera a pronunciar correctamente los apellidos raros de algunos de mis compañeros.

Y en la facultad, no me detenía nada para llamarle la atención a quienes fumaban y tiraban las colillas de cigarrillos en el suelo, o a quienes dejaban caer los envoltorios de sus alfajores. Esto último es algo que sigo haciendo al día de hoy.

Pero no he venido a contarles de mi pasado si no de mi presente.
Mis días son grises, monótonos y hasta aburridos. Trabajo en una caja de un banco. En una caja es casi literal. Las discusiones con algunos clientes hasta le agregan acción a mis jornadas laborales. cobrar, cobrar, pagar, pagar, "firme donde está la cruz"; "firma, aclaración y documento aquí"; "ese trámite se hace en el cajero automático"; "sí, ya le cambio". Nunca pensé que iba a trabajar en un banco. Ni cuando jugaba al Banco cuando era niña. Pero ahí estoy. No es un trabajo que me guste, pero gano un sueldo que me permite vivir muy cómodamente y darme unos cuantos lujos. Atrás quedaron los estudios de literatura española, latín y semántica. Atrás, mis sueños de publicar un libro, dos libros, diez libros con mis novelas. Novelas que hoy acumulan polvo en estantes en mi casa. Pero me escudo en que soy dueña de esa casa, de ese auto y de los viajes que se me antojan hacer a cualquier lugar del mundo. Me refugio en eso. Me da náuseas mi refugio y no sé cuánto durará. Así son mis días.

Mis noches, sin embargo... Ah, mis noches. Mis noches son mi escape. Mis noches son mi salvación. Mis noches son mi delicia. Mis noches son mis secretos más deliciosamente aventureros.

Eso es lo que he venido a contarles y así lo haré. Acerca de mis noches.

Cumplo con un ritual exquisito. Nadie lo sabe y ahora lo hago público. No en búsqueda de perdón, si no para compartir de los pomos de témpera que colorean mi existencia. O más bien de los aerosoles de pintura.

El ritual es el siguiente y lo hago con la prolijidad que un ritual se merece. Es una misa y como tal, debo cumplir ciertos pasos. Para ello me visto de negro. Un pantalón jogging, unas zapatillas cómodas y en el invierno un canguro negro, sin inscripciones ni ningún detalle que pueda identificarme. En el verano, una remera. Y si está fresco, una camiseta. Siempre de negro.

Armo el bolso con lo indispensable. Unos aerosoles de distintos colores. Rojo, negro, azul, verde. Una vez tuve que comprar alguno amarillo flúor porque así fue necesario. Luego, una botella de agua, y las llaves de mi casa. Nada más era necesario. Al principio me llevaba el reproductor de MP3, pero me distraía bastante y opté por no llevarlo más. Pero eso era todo.

Después de la una de la mañana, y durante varias noches por semana, generalmente lunes, miércoles y viernes, agarraba la bicicleta y me iba a pasear por la ciudad. Mi búsqueda había rendido sus frutos de manera accidental en colectivo. Yo quería algo que me llenara de vida. Pensé en hacer yoga, pero esta ocurrencia me trae más paz que una disciplina que me demanda pararme de manos. Bueno, al grano: me dedico a corregir los errores de ortografía de las pintadas callejeras.