domingo, 27 de septiembre de 2009

Domingo

La vida moderna es una locura. Para llegar más rápido a cualquier lugar, tenés que ir en subte, por abajo de la tierra, sin poder ver el sol. Capáz que te subís en el Microcentro y está soleado y salís en Parque Chas y ya se hizo de noche, o se nubló. Y es sabido que ese desconcierto debe ser muy desconcertante. Y la gente fuma todo el tiempo por la calle y San Telmo tiene calles tan angostas que uno se fuma los cigarrillos de todos los transeúntes, desde Constitución a Retiro. Y las chicas van tan apuradas, con carpetas en sus brazos, sus nuevos niños, y sus tarjetitas blancas colgando del aro del pantalón. Ahí iba un cinturón, nena. Un cinturón. Qué pensarán los diseñadores de indumentaria de principios de siglo cuando crearon ese aro, cuando pensaron en un lugar para poner el reloj, ahora usurpado por una tarjeta blanca, que nada dice, pero que sabe muchísimo. Y no tenés un lugar donde comer sano y bien, que no te cueste un ojo de la cara. En eso te llama una amiga, que si le manda un mail a un pibe o lo llama por teléfono, es una disyuntiva que les puede tomar un buen rato. Y si llegás a estar en un colectivo por el centro y justo dijiste cinco minutos más, cinco minutos más y llegás tarde al trabajo y la buchona de siempre justo te encontró cuando ibas apurada hasta la oficina, con la ridícula idea que ese apuro te iba a ser de alguna utilidad. Y salís y el gimnasio, porque viene el verano y no sea cosa que. Y la vieja que cuándo vas a venir a verme, que me tenés acá olvidada, que yo no sé si es viernes o lunes, pero sabés que los malvones están divinos, lástima que no los puedas venir a ver. Mamá, me estoy quedando sin batería en el celular, porque se me pasó ponerlo a cargar. ¿Ya cambiaste tu cepillo de dientes en esta estación? Y vos estás que te debatís entre una hora extra más o ir a estudiar mientras una docena de mates hace su cuota en esa gastritis crónica con la que pagás la universidad pública. Y los cursos. Y la cuenta de luz, que vence justo cuando no podés pagarla y ahora quién podrá defenderme.

Y entonces, domingo.

Domingo es domingo acá y en cualquier lugar.
Un domingo es un domingo en todo el mundo.
No porque sea nombre de peluquero, si no porque es un día universal.
Uno puede ser un miércoles en París y otro muy distinto en Buenos Aires.
Pero un domingo es un domingo en el Quartier Latin y en Parque Patricios, soberanamente domingo. Y no hay subtes que no le tenga miedo al domingo.
No hay delivery que ose faltarle el respeto al domingo.
No hay plancha que no espere el domingo. No hay cama ni casa ni uñas que no deseen que sea domingo para estar acompañadas.
No hay domingo que pueda pasar desapercibido.
Algunos se deprimen los domingos y yo creo que es porque el domingo tiene tanta fuerza que conecta con lo más débil de cada uno y eso se traduce en lágrimas de pulseada perdida.
Un martes puede ser tan insípido como un jueves.
Pero un domingo es un domingo y levántese la galera para nombrarlo.
Y el domingo este domingo es de lluvia, así se le antojó a último momento.
Y el domingo es amor y el domingo de lluvia es más amor y hacer cucharita y leer el diario, comer cosas ricas, ¡y paseos! y mirar películas y hablar de nada y desenchufar la máquina.
Y si de lunes-a-viernes (y sostengo que eso debería ser una palabra sola) estás con el triciclo de acá para allá, que patatín, patatán, y le regalás un domingo a alguien, ese alguien debería sentirse... Debería sentirse domingo.

Pues bien, hay gente que podría sentirse domingo y elige sentirse, no sé, miércoles.