domingo, 13 de septiembre de 2009

Lágrimas

Esto es de no creer. Una extraña seguidilla de casualidades me tiene como testigo desde hace algunos días y esto ya se pasó de castaño oscuro.

Al principio, bueno, era tan solo un hallazgo. Encontré una lágrima en mi almohada cuando me desperté. Estamos, dije, esto es así. Esa vez no fue tan grave, era sólo una lágrima. Pero al rato encontré otra en el baño, mientras me bañaba y nadie me miraba sentado en el inodoro, por no poder bañarse conmigo a causa de las diferencias en la elección de la temperatura de la ducha. Casi la confundo con una gota de agua, pero su resistencia era tan fuerte que enseguida la pude distinguir. Al otro rato, encontré otra. Esta vez yendo a la planta baja por ascensor y no por la escalera. Más luego, otra. Ahí fue cuando me empezó a llamar la atención: estaba en el colectivo, a punto de cruzar la autopista.

El transcurso del trabajo, lo mismo de siempre. Patatín, patatán. Y cuando me estaba olvidando del tema, pumba, apareció otra lágrima. Yo estaba en el 29, pasando por atrás de la Casa Rosada, ahí donde está la frontera arquitectónica entre el pasado y el futuro. Me empecé a preguntar de dónde salían, cómo llegaban hasta mí. Pero sin demasiada profundidad, porque hasta entonces, eran tan sólo unas lágrimas encontradas al azar.

Más luego, conmigo distraída en ocupaciones domésticas, encontré otra mientras lavaba los dos platos, los dos vasos, los dos pares de cubiertos que dejamos la otra vez. Por poco y le paso la esponja con detergente. Ese día me fui a dormir temprano, con la radio prendida toda la noche. No sé si fue por eso, pero mi sueño se vio interrumpido varias veces. Unas cuatro, mínimo. Y en cada corte, una lágrima me atravesaba la sien. Y me provocaba el mismo efecto que una bala. Digo yo una bala, porque creo que una bala también provocaría un desangramiento, el mismísimo freno del tiempo y los ojos en blanco. Unas cuatro en una noche. Ahí ya fue mucho.

Pero lo que siguió, ya me descolocó. Empecé a encontrar montoncitos de lágrimas por todos lados. Había algunas acurrucadas en el borde de mi ventana. Por un momento pensé que sería nieve, pero estaba soleado y, vamos, es septiembre. Ahí vi que estaban justo en el cuadrante que muestra la Torre de la cancha de Huracán. Otras dos, arriba de la jirafa que tengo pegada en el vidrio. Luego, otras más, en el puesto de diarios donde compramos los diarios esos domingos que ensayamos un ritual. Otras, en la calle donde está la feria de los jueves. Otras más, entre arriba del disco de Samalea, o encima del libro de Bukowski. Había un par en las noticias de hoy, en la nota que dice que Jeff Bridges va a volver a trabajar con los hermanos Coen. Otras, un poco menos, entre mi ropa, donde tengo ese enorme pulóver azul. Y donde más hallé fue en ese árbol donde fuimos a reposar mientras desayunábamos, esas mañanas de julio.

Otras más hay entre esos libros regalados y encima de ese arcón que no es mío, pero que está conmigo. Hay otras más entre mi casa, amontonadas en los rincones del baño y de la cocina. Encontré dos en un sueño, donde iba a una librería y vendían libros que eran suyos. Esas eran tres, dos zurdas y una diestra. A esta altura ya las puedo diferenciar. Ahora mismo, en el aire hay una flotando, abrazada por la música de Joni Mitchell. Esta mañana hubo una mientras limpiaba.

Y yo ya no sé qué hacer con tantas lágrimas. Si ignorarlas; ponerme un negocio y empezar a venderlas, o coleccionarlas. Si las colecciono, sería ordenándolas por fecha del hallazgo, lugar y origen. Creo que voy a hacer eso. No sé.