miércoles, 14 de octubre de 2009

Iglesias inglesas ilesas

Yo nunca creí que iba a presenciar un velatorio así. Era aun más triste de lo que suelen ser los velatorios. Esa tristeza que se puede palpar, que se puede lamer, que pega en la nuca un toque preciso. No había café, ni inoportunos contadores de chistes de gallegos. Tampoco había sillones ni empleados de la funeraria con cara de póker. Casi me olvido, pero había olor a chocolate. Mucho olor a chocolate. Olor a mucho chocolate. Era un velatorio raro, sí. Cualquier velatorio al aire libre es raro, como mínimo. Pero uno suele presentir la llegada de la parca, y no me digan que su venida siempre sorprende, porque uno la ve venir. Portando esa guadaña con la que rebana la existencia, nunca aparece como quien cae sin avisar a tomar unos mates, solo porque sí. Siempre avisa. Yo la sentía venir, sabía que en breve iba a estar en un velatorio, llorando a alguien que era tan bueno. Y podía imaginarme la escena, contando anécdotas que lo involucraran, donde salía airoso y un comentario suyo era el mejor remate, la salida irrebatible. Y alguna aspirante a Joan Collins, llorando a los gritos un ¿Por qué?" estertóreo. Pero nunca me figuré que sería algo como lo de hoy. Tan injusto, tan doloroso. Porque no era uno solo el ser al que se despedía. Eran tres. Tres. Ahí, laying down, mirando al cielo al que supuestamente van, porque me imagino que debe ser sensacional vivir en el cielo, dormir en las nubes, uff, debe ser genial. Me pregunto dónde van las almas cuando llueven, o si son impermeables. O dónde quedan las alacenas en el cielo, donde guardaran todos los manjares que hay. Y cómo hacen para hacer pis o para lavarse los dientes. O si esos menesteres dejan de ser una vez que uno cruza el túnel y la luz blanca y una vez ví una historieta mal hecha donde la luz blanca era la cola de un conejo enorme que tenía Dios. Pero ponemos a los muertos así, boca arriba, descansando de sí mismos. Debe ser genial poder descansar de uno mismo. Así viven los muertos. Pero yo no soportaría no poder lavarme los dientes. Y veía los tres cuerpos ahí, exentos de alegría, ausentes, insurrectos de la vida, dados por vencidos, vencidos. Y el cielo estaba gris y hacía frío en octubre en Buenos Aires, como hace frío en octubre en París, pero en París es más lindo, por eso es París. Y yo los miraba y a su costado crucé mis manos y miré para abajo y pensé en los que quedan y a mí la muerte nunca me tocó demasiado de cerca y le tengo cierto respeto. Mi abuela se murió cuando yo tenía 3 años, pero era bastante chota como abuela. Quiero decir, mamá, no tomes esto a mal, tal vez como madre debe haber sido buena madre. Ahora, como abuela era un desastre. Nunca una golosina, o permitirme hacer algo que vos no. O un juguete. Lo sé, tuvo tres Días del Niño, no más. Yo no lloré cuando murió mi abuela. Me acuerdo que mi mamá lloraba, lloraba mi tía cuando mi mamá se lo dijo, lloraban mis primos. Lloraba hasta la mujer de mi primo. Me acuerdo que podía ver ese dolor. Y al otro día a mí me agarró fiebre. Calculo que fue mi forma de llorar con el resto. Lloré con transpiración, porque tener fiebre a fines de diciembre, en ese limbo temporal que comienza el veintitrés del doce, es una calor que te la voglio dire. Me acuerdo que ya había pasado Navidad. No me acuerdo que me haya regalado algo mi abuela. Y una vez me dijo que era una mocosa de mierda. Esa no se la voy a perdonar nunca. Así que cuando se murió, sentí más el dolor de los que quedábamos que la inevitable ausencia de mi abuela. Pero eso fue lo más cerca que ví a la muerte. Algunos que se fueron, no de viaje, no de vacaciones, si no que se fueron de nosotros, me generaron más o menos dolor. Pero alguno de los míos, de los míos de veras, no, nunca. Y en este velatorio, sentí ese dolor. Esos tres, ahí, no sentían nada. Nunca sintieron, pero ahora menos. Y yo sentía el dolor de su muerte y el dolor de los que dejaban sin su compañía. En el medio de ese congelamiento cronológico que provoca la muerte, esa pausa en la que nada pasa más que las lágrimas que corren por las mejillas de los deudos, me pregunté por qué. Quién habría sido el culpable. Si su dueña (porque supuse que sería una dueña, aunque podría ser un dueño o varios de los dos) o los padres de su dueña. Los padres de sus dueños son los padres de quienes por un rato son padres y les dan la comidita y los ponen a tomar el té y a jugar a que somos una familia y vos tenés tos y estás llorando y yo te hago upa y te doy una mamadera vacía y hacés provechito y te saco con el carrito cuando mamá sale a hacer las compras y si el carrito me rompe las bolas, me lo lleva mamá y si consigo algún amiguito en el barrio, que hace de papá y lleva el carrito él y si consigo alguna amiguita que venga conmigo a hacerte dormir y después te dejo ahí tirado, y cuando me acuerde te vuelvo a dar de comer, en uno, dos días o una semana. Me pregunté cómo se llamaría, cuántos años cumplió este año. Si se había desecho del pintocito para tomar el uniforme de primer grado, entonces decidió darle muerte a estos tres que yacían sobre el asfalto de Constitución, al lado de un tacho de basura. O si era un desprenderse de la infancia y como ya usaba corpiño, uno nuevo que le había regalado alguna tía que tenía la posta, abandonó a estos tres acá. Una era una pepona, de vestido de estampado escocés, y otros dos bebotes que reposaban desnudos. Enteros, con los ojos abiertos. Desnudos, sí, pero enteros. Los tres, ahí. Tal vez los tres esperarían que un niño cartonero los resucite al encontrarlos en un recorrido con el carrito. Tal vez desolados, solo esperaban que un taxi los pase por encima. Los tres, ahí juntos. Juntos, muertos. Algunas palomas eran sus aves de rapiña. Tres muñecos muertos yacían en el asfalto de Constitución. Yo pasé por el velatorio, suspiré dolida y seguí caminando.