miércoles, 4 de noviembre de 2009

¿encontraría a Matías? / Allais-je rencontrer Matías?


Hacía un año lo había visto por primera y única vez. Y es sabido que la memoria de rostros no es mi fuerte. El segundo día que fui a la secundaria, tuve que esforzarme bastante en recordar el rostro de mi compañera de banco. ¿Me acordaría de su cara, de su presencia? Si una vez, una única vez hablamos por teléfono. Hola, Matías? Sí, ¿quién habla? Nadia. Ah, ya te paso con Belén. Eso había sido todo lo que habíamos hablado. Y me acuerdo que era antes de mi cumpleaños. Pero ahí estaba, en Plaza San Martín, y el sol y qué bello se pone este rinconcito de Retiro a las seis de la tarde de noviembre. Y los jóvenes empleados que caminan de traje y mochila, y las secretarias ejecutivas, paseando en tacos, con su tarjetita colgando de la cintura. Y Buenos Aires es tan linda en noviembre. Si yo fuera un mes, gustaría de llamarme noviembre. Una vez festejé mi cumpleaños en noviembre. Y yo los cumplo en abril, pero como siempre me cayó mejor noviembre, me dije qué va.

Y mientras tanto yo veía las fotos de una muestra que estaba ahí, en la plaza. Y veía los turistas ver las fotos. Y los oía comentarlas en portugués y comentarlas en alemán. Y un empleado que a cualquiera que se acercara a la muestra, le daba un volante de la muestra. Persiguiendo espectadores de las enormes fotos desparramadas en torno al Monumento a San Martán, estaba el flaco a las corridas, como un chico corriendo patos. Y Matías, no llegaba. La Negra Vernaci entrevistaba a Adriana Varela por la radio, así que la espera, bien.

-¿Hola Matías?
-Nadia, ¿cómo estás? Estoy en el tren, yendo para Capital. Vos tenías que darme un paquete para Belén, ¿no?
-Sí, lo tengo conmigo. ¿Nos vemos hoy?
-Sí. Pero ¿te parece si nos encontramos en otro lugar?
-Sí, todo bien. ¿Retiro te queda bien?
-Dale, para mí es mejor.
-Para mí también. A las seis está bien?
-Seis y cuarto. Después te llamo y coordinamos bien, pero ahí en Retiro, Plaza San Martín en un rato, estamos.
-Hecho, nos vemos entonces.
-Hasta luego.

El martes antes de entrar al curso de francés, había pasado por lo de mi puestero amigo en el Parque Rivadavia. No tenía plata encima, así que me fió dos libros para Belén y dos para mí. El miércoles me vería con Matías y quería llevarle los libros envueltos y armados para que no sea complicado de llevar en la valija. El año pasado le había dado otros dos sueltos y en una bolsa de nylon. Y la gracia del envoltorio es la yapa de un regalo. Así que el martes a la noche, antes de dormir, le dí unas vueltas de papel madera a los dos libros que había elegido esta vez para Belén.

Una vez una amiga me dijo que un novio que ella tenía, sabía bastante de vinos y los fines de semana era parte de las tardes de los sábados el pararse frente a la góndola de los tintos a elegir los sabores para el pedazo de libertad que duraba hasta el lunes. Bien. Algo así me ocurre -y en esto no me voy a hacer la erudita, pero he leído una poca, puedo decir - cuando me paro frente al local de mi puestero amigo y empiezo a revisar esas hileras que tienen mis vinos favoritos. Y elijo. Y a veces me llevo una botella de poesía con la promesa de pagar la próxima. Yo soy alcohólica y el flaco es el dueño del bar. Y fuma que es un espanto, y siempre hablamos de cuándo dejar, y yo sigo sin fumar y yo no puedo largar, pero qué barbaridad, sí, viste vos.

Y en la parte de atrás, con un fibrón negro le dibujé un Obelisco y una Torre Eiffel. Y le escribí "Buenos Aires-París Vía Matías Airlaines".


Todavía estaba en el colectivo cuando me llegó un mensaje suyo. Yo maldije porque me cortaba la inspiración. Ahora estoy trabajando en un cuaderno lila. No, no soy feminista, solamente me gusta el color. Y estaba anotando lo siguiente:

Cómo enterarse de una vida triste por Cadena Nacional.
La Negra Vernaci, una mujer que admiro, se queja de otra mujer que admiro: la Presidenta. Porque otra vez cadena nacional y la puta que los parió. Esta vez es para anunciar la implementación de unos nuevos documentos de identidad. Antes de informar sobre los beneficios de los nuevos deeneis, a mí me dicen deeneis y me acuerdo de cuando vine a la gran ciudad a hacerme el deeneí. Y allá en el campo te daban los deeneís como seis meses más tarde. Pero yo, señores, me había venido a la gran ciudad a hacerme el deeneí yo solita y vamos a hacer entrega de una mención especial o algo así, un nombre pomposo, de esos, bueno, de esos a no me acuerdo quién, un trabajador del Registro Nacional de las personas que trabaja ahí desde 1948 y hoy lo sigue haciendo, a los 81 años, de manera desinteresada. Y yo dije for god sake. Sí, casi en voz alta, lo dije. Me importó un huevo si alguien del colectivo se daba vuelta a mirarme después de haberme oído exclamar for god sake. Desde 1948, for god sake. Y el tipo está jubilado y sigue yendo. ¿Va porque quiere? ¿Va porque si tuviera que vivir su jubilación en su casa se moriría de angustia? ¿qué pasaría si tomara un curso de, no sé, pintura? ¿estaba casado? ¿viudo, tal vez? Y sea como fuere, ¿cómo le van a dar una mención a un tipo que a pesar de estar jubilado, sigue yendo a trabajar?

-Ya estoy.

-Yo llego en un ratico. Dónde estás, más precisamente?

Y una vez finalizado el acto la Presidenta aclara que pagó su DNI. Y cierra con un "gracias" con acento a Seinfeld, esa mano, onda tono de remate de serie del Sony. Y me bajé del colectivo.

Tal vez sea el único momento en el que es linda la Plaza San Martín. Será que se crea una burbuja de alivio y felicidad, con tanta gente saliendo de trabajar. Matías no aparecía, pero no era problema. Decidí darle una vuelta al Monumento a San Martín, hasta que Matías me dijera dónde estaba.

Las fotos eran de niños en distintas situaciones de infancia. O sea, niños cartoneros y niños jugando con témpera. Niños con mocos secos y niños con juguetes. Lo mismo de siempre, digamos. Esas acciones que buscan concientizar y esa mano, pero en realidad están evadiendo impuestos o no sé, algo por el estilo. Because we care. Bullshit. Me habían dado ganas de un helado, por más que a la sombra hacía frío. Ya había visto las fotos de ida y vuelta y había seguido al cazador de patos. Matías, sin novedades.

-Estoy como por el Monumento a San Martín. Tengo una campera negra y un jean azul, por si no me recordás.

Sin respuesta, justo cuando pensaba sentarme al sol del atardecer, con lo mezquino que un sol puede ser en un atardecer porteño, me crucé con una de esas miradas de "hey, qué hacés?". Y entonces procedimos a dar pie al saludo de rigor para situaciones como esta.

-¡Matías! ¿cómo estás?
-¡Hola! ¿Qué tal Nadia?
-Bien, muy bien. ¿Te llegaron mis mensajes?
-Sí, pero me quedé sin crédito.
-Me imaginé. Bueno, ¿cómo estás?, ¿qué tal te trata Buenos Aires?
-Uff. No he parado un momento.

Y en ese "no he parado un momento" sentí el perfume de los libros viejos que están en la feria a orillas del Sena, el olor a fritos de los locales de shawarma en el Qartier Latin. En ese "no he parado un momento" no hay apuro, porque si se te escapó el 12 direction Port La Chapelle para ir a Marx Dormoy, tranquilo, en dos minutos 10 segundos vendrá el próximo. En ese "no he parado un momento" hay dos años en París. Y en ese "no he parado un momento" estaba un yeite que yo conocía bien, de oído, pero bien: el de la visita al pago. Llegás, te saluda la familia, que te estaba esperando con la casa recién pintada, asado, amigos, llegué, voy a estar hasta tal día. No, mañana no puedo, voy a ver a mi tía. Pasado. Llamame después y arreglamos. Pelea con la familia. Hoy cena con los pibes del colegio. La vecina me dijo que pasara a verla. Sí. Funciona así.

-¿Vamos a tomar un café?
-Yo tengo ganas de tomar un helado.
-Ah, mirá. Yo no, pero vamos.

Y caminamos por Lavalle. Y cómo encontrás Buenos Aires, y qué tal la familia, y estás comiendo mucha carne, ¿no? Por suerte, sorteamos el tema del clima y hablamos un poco más.
¿Y vos qué estás haciendo?
Bueno, yo estoy escribiendo bastante. Estoy haciendo un taller de escritura que me tiene enganchada. De tanto en tanto cuelgo algunas cosas en un blog que tengo y estoy escribiendo bastante en distintos cuadernos, sobre diferentes cosas. ¿Vos? ¿Qué tal va el bandoneón?

Yo acá estoy tocando bastante. Hacía siete meses que no tocaba. Y por suerte acá surgieron algunos laburos. Ahora estoy muy contento porque toqué con la orquesta de Leopoldo Federico. Fue genial. Surgió todo a último momento y salió re bien. Perfecto. Allá es difícil. A los franceses no les copa un bandoneonista formado en Buenos Aires. Su tango es una copia de una fotocopia, pero prefieren eso a un bandoneonista formado en Buenos Aires. Entonces se hace difícil. Mientras tanto hago otras cosas. Fui a dar un seminario a Berlín, y tomé uno en Praga. El año pasado viajé más. Este, muy poco. El año pasado hasta fui a Tel-Aviv a tocar.

Ah, mirá vos.

Matías miraba la gente y las vidrieras. Me hablaba de lo contenta que está Belén con la casa nueva, que se mudaron un día antes que el viajara a Buenos Aires, que con todo aún embalado, recién mudados, hicieron una reunión en la nueva casa. Que a la casa nueva le da el sol y no tienen a un nigeriano a medio metro, enfrente a la ventana y hay un dormitorio que es dormitorio y un baño grande, no como en el departamento que vos conociste, que era tan chiquito. Y no pude evitar recordar una grabación de Cortázar leyendo un capítulo de su Rayuela, donde habla de la monomanía parisina con el espacio. Y esas erres que eran gés. Y París. Y con qué ganas yo alquilaría ya mismo el minimonoapartamento que ustedes dejaron. Y a la inauguración fue el dueño del departamento que dejamos, un amigo de los dos. Fue con Eric, su novio perfumista, que llevó un vino de 1992. Qué refinado. Y noté que Matías estaba vestido tan elegantemente. Caballero de fina estampa, de zapatillas y jean. Y hoy voy a verme con un amigo. Voy a comer comida india. Ah, qué bien. Sí, para variar un poco, porque desde que llegué estoy comiendo mucho asado.

Y viste que Lavalle está llena de turistas. A veces se me acercan y me dicen "leather jackets" en un inglés bastante parecido al marroquí. Y yo creo que los contrataron y les dijeron tenés que decir esto, repetilo hasta memorizarlo. Y si te ven con pinta de gringo, te atacan al grito de letershaquets?, letershaquets? Pero son muy caras. Sí, son a precio turista. Y qué tal la crisis. Acá cerraron muchos comercios. Por la gripe porcina, ¿no? Sí. Y también por la crisis.

-¿Querés que vamos por Corrientes?
-Dale, ahí me tomo el subte para encontrarme con mi amigo.
-Comida india, qué rico.
-Sí, muy bueno. Esa peli, ¿sabés qué tal está?
-¿Cuál? ¿El secreto de sus ojos? No, no la ví. Pero ví Boogie El Aceitoso.
-¿Y qué tal?
-A mí me gustó. Me gustan las historietas, pero nunca lo leí. Un compañero de trabajo que sí lo leía, dice que está bastante floja. A mí me gustó. Me parece que le faltó un poco de sal a la musicalización, pero en líneas generales está buena. Tiene una buena animación.
-Ahí hace la voz este flaco, Pablo Echarri, ¿no?
-Sí. Está bueno porque no parece que fuera él. Y concuerda bastante con el personaje, que es un dolor de huevos de chabón. Pero la voz es una de esas voces que si escuchás de espaldas, te das vuelta aun que sea para ver si podés acordarte de la cara del chabón que te va a pegar.
-Está bueno.
-¿Ustedes son de ir al cine?
-No. Miramos películas por internet.
-Ah.
-Igual, ahora estamos a una cuadra del cine. Capaz que nos sacamos un abono que hay, que es por mes, ilimitado, a 35 euros.
-Bien. A mí la otra vez me cobraron 23 pesos una entrada.
-Es carísimo.
-Ni hablar.

Caminamos un poco más por Corrientes.
Esa avenida pasó la tarde jugando en el jardín, embarrada, a la noche se puso a cazar luciérnagas y de repente la bañaron, le peinaron el jopo y le pidieron que sonría para una foto.
¿No te resulta chocante ver los culos en las revistas? Porque como vos lo ves una vez por año, capaz que te choca más, que para mí que es más gradual, pero de un año a otro cada vez muestran más el mismisimo agujero del orto.
-Sí, un poco sí. Antes era un poco más...
-...sí. Nunca fueron sutiles, pero qué se yo. No era tan zarpado pasar por un kiosko de revista.
-Y son un montón, encima.
-Sí, viste.

Y seguimos hablando de las revistas y de los giles que compran revistas con camisas de 1500 pesos, cuando ellos ganan esa guita por mes. Con suerte. Y de las compras del último día de regreso, de la valija llena de saquitos de mate cocido, algún vino, alfajores y dulce de leche, de cuánto pagó por su pasaje de avión, de una escala en San Pablo de la que se enteró en San Pablo, de los precios de los cigarrillos en Buenos Aires, de los precios de los cigarrillos en París. De Belén. De Belén y la casa nueva. De Belén y el Máster. De Belén y Vous etes admise en M1. De Belén y su flequillo. De Belén y su clases de español. De Belén y la mudanza. Y todo lo que me contaba eran novedades, porque hacía un buen rato que yo no hablaba con Belén. Verán, Belén llama desde París y puede estar hablando una hora entera sobre la vida, la gata, la casa, el clima, la facultad, los alumnos de español, pues tiene un plan de free para llamadas a teléfonos fijos en nuestro país. Elemento indispensable en la migración 2.0. Además de colarse en los subtes parisinos, cuando llega de trabajar, Belén gusta de hablar a Buenos Aires durante horas con su familia y amigos.

Bueno, Nadia, me tengo que ir.
Bueno Matías. Voilá el regalo para Belén. Lo envolví bien para que no se rompiera. Son dos libros.
Buenísimo, sí, están muy bien embalados.
Buenísimo. Y no pesan tanto.
Bueno, un gusto haberte visto.
Lo mismo. Gracias por haberte venido hasta acá Matías.


Dentro mío, al despedirlo, al chocar nuestras mejillas en un porteño aurevoir, pensé que ojalá que la próxima vez que lo viera, sea en París, conociendo la casa nueva. Y cuando lo ví irse, ví esos dos libros que con tanto cariño había elegido. Veía cómo empezaban a gatear el camino Buenos Aires-París. Podía ver esas dos dedicatorias que le firmé a Belén, con lo que me gusta regalar libros ajenos con palabras mías, iniciándose en su travesía. Los esperaban unos días más en Buenos Aires, una valija, atravesar los rayos x en el aeropuerto, viajar en camioncito hasta el avión, volar hasta el depósito en manos de los estibadores, atravesar el océano, superar el desafío de las escalas, llegar a destino. Chau Matías. Chau libros. Espero que Belén no los haya leído todavía.

Volví a mi casa embriagada con tanta lembranza parisina. Tomé el colectivo. Une vingt, s'il vous plait. Y cuánto pasará hasta que vuelva a París. Y Buenos Aires me mata, pero París... París me resucita. Y sin saber qué iba a cenar, prendí la compu. Conecté, revisé lo de siempre. Entre los mails, tenía uno de Matías. "Nadia. Perdoná que te dejé colgada. Perdí el celular en el tren y te busqué por Retiro pero como no te encontré, me fui. Arreglemos por acá para vernos otro día. Un abrazo y mil disculpas. Matías".