miércoles, 2 de diciembre de 2009

Mantra para (no) conciliar el sueño. (Ejercicio no sé cuánto.)

Nos despertamos, con la madrugada recién recibida de. Abrimos los ojos. Vemos por la ventana que es de noche. El reloj, nuestro fiel compañero de ojos rojos nos confirma la gravedad del asunto. No nos desesperamos, mantenemos la calma. Confiamos. Creemos en el retorno del sueño. Sentimos que será breve, que en cuestión de momentos volveremos a cruzar el puente hacia el universo onírico donde vos no eras vos, eras mi hermano. Reacomodamos la almohada. Revisamos el estado del cuerpo. Paseo por mis piernas, paseo por mi tronco, paseo por mis brazos. Todo se encuentra en su lugar. Pruebo boca abajo, cambio a boca arriba, intento de costado. Cada alternativa abre una posibilidad nueva. Tengo confianza en que descifraré el código de movimientos hacia una postura ideal. La encuentro y me regocijo. Ahora sólo es cuestión de esperar. El ruido del ascensor no me inquieta. Nada me perturba. Espero que vuelva el sueño, que la mente se calle, cierre su boca y sus ojos. Silencio. Frenamos el avance de la distracción. Si las cuentas todavía no están pagas, si cerré o no la puerta, lo discutiremos en otro momento. Aquí la dispersión es concentración. Vuelvo a mi centro. Necesito dormir, quiero dormir, voy a dormir. Las llaves del vecino son una canción de cuna. Si creemos necesario hacer pipí, nos levantamos, desnudos los pies, y vamos a ir al baño. Siempre con la luz apagada, para que no nos termine de despabilar un foquito de 60 watts. En el regreso, podemos probar con tomar un vaso de agua. Siempre agua de la canilla, no de la heladera, porque no queremos encender un faro en la cocina. Volvemos a la cama, que nos recibe tibia y lo intentamos de nuevo. Otra vez. No importa que ya hayan pasado varios minutos. El tiempo no me corre, conservo la calma. La tranquilidad me ayuda a volver al reposo. Abro las manos, relajo los pies. Espero. En un momento estaré de nuevo sumergida en un mundo irreal, donde puedo volar y ya no escucharé los gemidos de la novia del vecino. Evoco gratos momentos, me deshago de las preocupaciones inútiles. Por más que no me llame y que lo extrañe, no lo voy a llamar, qué se cree. Suspiro. Con el aire se van mis ideas hiladas con pensamientos concretos. Me imagino que llega el amanecer y yo estoy dormida, que me despierto recién cuando empiezan a trabajar los albañiles de la obra de enfrente. El canto de los pájaros es la voz de su ansiedad, no de la mía. Un par de medias puede ayudar. Abrigo mis pies como las estrellas abrigan la belleza de la noche. Me hubiese gustado tener una relación de odio y amor con un profesor universitario de apellido italiano que me apruebe los parciales pero me mande a final, pero eso no me tiene que preocupar ahora porque mi mamá quería que yo fuera abogada, pero no le hice caso y si hago la plancha en el mar de los mandatos, me voy a terminar durmiendo a las diez de la mañana y eso no va a suceder, no, porque cambio la orientación de mi cabeza y me pongo de costado, como duermen los actores en las telenovelas y nada me perturba, nada me inquieta, la tranquilidad llama al sueño y esto es un ratito nomás y ya vuelvo a dormirme. Es solo un ratito. No tengo ganas de ir al baño ni sed; no tengo frío ni hambre. A estos dos condenados se les da por ver una película justo ahora, pero no me importa, no me afecta porque todavía me pesan un poco los párpados y esta cama está más linda que nunca y voy a ponerme una frazada más sólo por si acaso a ver qué pasa y siento el abrazo tibio de la lana y rememoro la tarde de domingo en que la compré en una feria de Costanera Sur y me ofrecieron una verde y yo dije, no no, la naranja y ahora sí va a venir el sueño. Me acomodo el pelo, me saco los anillos y no vuelvo a ver el reloj ni a mirar si esos dos metros con sesenta centímetros de cuadraditos de vidrio se llenan progresivamente de sol. El sueño va a volver a buscarme. Puedo sentirlo. Va a venir por mí. Porque nunca me dejó esperando a la salida de la escuela, siempre me pasó a buscar, siempre fue puntual al final de mis jornadas. Estas no son horas de ver una de acción y no me levanto a golpear la pared, porque eso me despabila. Me concentro en mi descanso, que mañana será un buen día y hace rato que no te lloro en el hombro, almohada, pero qué bien vendrían algunas lágrimas de somnífero. Descarto la leche tibia con miel. No va a ser necesario levantarme para eso, porque en un momento ya estaré completamente dormida. Pruebo mis reflejos con un mosquito como víctima. Su último vuelo fue un día antes de que se retirara, pero no me distrae, no me perturba. Ah, no es uno, son varios. Bien. No me molesta, porque en cuestión de segundos cambio una pastilla y qué rico es el perfume de la pastilla y eso seguramente me remitirá a los veranos en la casa de la tía Beba y nunca me dio tanto miedo el silencio como en la casa de la tía Beba por las noches y por las siestas. Al fin se les da por apagar la tele. Y ese olor me hará dormir. Un olor que viene de una palabra tan linda como Fuji esta hecho para llamar al sueño. Pero no pasé por el súper y tampoco compré jabón en polvo y mañana sin falta porque después ya no puedo, no tengo tiempo y así es como me entero que Denver está bastante lejos de New York como para ir a dedo, veo la furia de una traducción española para destruir una historia deliciosa, y escucho a los obreros hacerse bromas en guaraní.