martes, 21 de diciembre de 2010

Elvira!, le gusta estar al sol, todo el día y todo el tiempo, le gusta estar al sol.

Qué linda se pone Buenos Aires en diciembre. Sobre todo los días previos a la navidad. Algo pasa y nada pasa. Manifestaciones populares, aumentos y aguinaldos sin cobrar. Y vea usted, ¿cómo le explico a mis hijos que no van a tener regalo de navidad? y al mismo tiempo Vírgenes del Sol, Los Sideral's, decía, al mismo tiempo entrada, plato principal y postre son objeto de discusión en las reuniones circunstanciales. Vitel Thoné sí - Vitel Thoné no es una discusión universal. Y yo que creía que era distintiva de mi familia. Y los "me estoy preparando para que mi cuñada le regale un lindo regalo al más chico, porque como es madrina del más grande, siempre le regala a uno más que al otro. Es justo, pero el más chico se me va a traumar" y asuntos por el estilo. Mientras se definen por si ponerle edulcorante o no a la ensalada de frutas y/o a la sangría, yo pienso -escuchame esto- vino tinto, fruta picada, miel o azúcar y vino o jerez. En pleno verano. ¿A vos te parece tomar eso? ¿no querés reconsiderarlo?

Todo huele así, todo huele a la piel todavía tibia de un durazno, a sandía, a cereza. Todo huele a un chorro de agua fría sobre la piel hasta hacerte hablar para adentro y a jabón de glicerina humeando aun, después de un baño a media tarde. Las pieles transpiradas, los roces más rebeldes en el colectivo, roces de piel contra piel. El olor a humano, a axila, a sangre, a piel, a sudor, a vida. Ese olor por el que pagamos borrar. Y los colectivos con las ventanas abiertas, mientras un ejército de ráfagas húmedas viene desde toda rendija posible. Nunca viajes en colectivo en verano, si llevás un pilón de papeles apilados, indefensos de cualquier contención. Pero, en algún momento, vos te pusiste a pensar lo cansados que estarán los psicólogos de escuchar hablar sobre el mismo fucking tema a montón de sus pacientes?

Una de Sumo sale a todo pedo desde ese stéreo pedorro. Un Gol, un Fitito, una renoleta, una F100, da igual. Estacionado en la vereda, con todas las puertas abiertas. El play trae tu música favorita. Esa que te identifica. Como el tatuaje que te hiciste en el brazo, te identifica esa música. El volumen bien al taco y zas! diversión garantizada. Yo no tuve de eso en la adolescencia y la verdad, fui muy feliz. Te juro. Al mismo tiempo que los almaceneros se hacen una fortuna aparte en concepto de "un envase". Y vos, abrís una cerveza con un destapador, con una muela que te va a costar un huevo arreglar en cinco años; con un encendedor verde que estás esperando que la flaca no se dé cuenta que se lo requete querés robar; con el borde de un cordón, del cordón sobre el que estás sentado, mientras a un par de metros tuyo empieza otra de Sumo y seguís el ritmo con el dedo índice.

Las veredas se llenan de goteras, y tenés que esquivar los gotazos del cielo como soretes en el piso. Familias que llegan, familias que se van. Un vendendor ambulante sueña con un par de botines nuevos a tres por diez pesos lo-que-sea-que-tenga-para-vender. Gente pierde aviones, gente pierde colectivos, gente espera ver otra gente, gente desespera por ver otra gente, gente que no festeja, gente que todavía no cobró el aguinaldo, gente que tiene hambre, gente que tiene sed, gente que tiene sueño, gente que está trabajando, gente que está estudiando; kirchneristas, antikirchneristas. Todos atravesados por un día. Quiéranlo o no. Todos ansiosos, todos apurados. Todos nerviosos. Nerviosos. Como una adolescente pasando sola por una vereda llena de otras adolescentes, de las gritonas, de las que la van a mirar y le van a inventar un punto flojo que la va a hacer poner colorada hasta que llegue a su casa. Así de nerviosa se pone la gente, se pone la ciudad. Y vos, que sacaste al perro sin correa, lo ves montarse una dálmata a todo vapor.

Pero me gusta. Así de mambeadita, me gusta. Me gusta Buenos Aires ahora porque está esperando. Esperando, suspira ansiedad, apreta los dientes. ¿Cuánto disfrutaste el cachetazo de viento fresco del fin de semana? ¿ y el eclipse de ayer? ¿lo viste? ¿viste la luna anoche? ¿ves la luna de tanto en tanto? ¿sabías que ayer empezó el verano? ¿estás en donde querías estar "para cuando empezara el verano"? ¿otra vez vas a arruinarte el ánimo deshaciéndote en lamentos frente a tus balances de fin de año, que, ¡oh, casualidad! siempre dan negativos? ¿y si esta navidad la pasás bien, como para ver qué onda? En mi familia se ponemos re nerviosos con la navidad. Y eso que somos tres, (acá). Es como ir de la cama al living, viviendo en un monoambiente. Después, la solemos pasar de maravillas. Sé de gente que ay, la navidad. Y se explaya lamentándose de su porvenir durante unas ocho horas. Unas ocho horas en un año de ¿cuántos días? con gente a la que no le debe nada, o sí. Pero no importa, el tema es pasarla mal cuando hay que pasarla bien. Porque hay que pasarla bien. Hay que pasarla bien y comprar regalos y creer que con una cena de mierda, con un vitel thoné pedorro vas a arreglar todas las cagadas que te mandaste en el año, claro, por supuesto. ¿a dónde iba yo con todo esto?

A que Buenos Aires se pone tan linda en estos días. A que no me importa la navidad. No me importa la cena ni el repechaje. No me importan esas instituciones malditas que llamamos familia. Todo eso no es nada comparado con ser testigo de estos días en Buenos Aires. Las pieles se descubren, se abren como alcauciles, se deshacen de abrigo. Ves cicatrices de todo tamaño y sentido; pelos y no pelos //piel natural sin depilar// pieles de cuanto color se te ocurra, de cuanto tono imagines, pieles. Pieles transpiradas. Hombres, adultos, jugando al fútbol en la plaza, chicos caminando descalzos, rengueando por la vereda. El olor a Fuyí. El verano floreciendo, la navidad con mayonesa de atún y un vaso de gaseosa bien fría. O agua y arroz yamaní. ¿Cerveza? También, sí, cómo no. Sobre todo si está linda la noche. Eso sí que es un piropo encubierto. Y las separaciones son más crueles a esta altura del año. Y las relaciones que más raro te pegan, empiezan a esta altura del año. En plena madrugada sentís que el vecino de al lado está cogiendo. Y en realidad a esta altura del año todo el mundo está cogiendo en las madrugadas. Es el verano. Es la navidad. Creo que es todo eso. Que Buenos Aires me gusta tanto en estos días que me la cogería toda de lo linda que está.

domingo, 12 de diciembre de 2010

no me vengan con cuentos chinos. uno siempre escucha hablar de la lealtad.

está saliendo el sol, que es sin duda mi dios

afuera los chicos juegan en el pasillo. ya empezó la usurpación de verano. el verano se refleja tan distinto en los chicos. lo sabemos. como sea, me gusta que me usurpen, salir y encontrarlos ahi es ver un programa distinto cada día. desde que tengo gato, soy la estrella del piso. nos deja ver al gatito, señora?, me dicen. señora! deben ser los únicos seres humanos a los que les perdono que me digan señora.

sabés, mis domingos son un desastre si no los encauzo. hoy es el ejemplo. vieras vos qué indómito me resultó el día y todo por no programarle un buen plan. ayer no tuve ganas de ir a ver a mi madre hoy. así que me pasé el domingo encerrada en mi casa, yendo de la cama al living.
y es un monoambiente.

me angustio. pero es una angustia dulce tan dulce la que me sirve en la boca
la soledad de mi casa
suena el teléfono. atención a la vibración y al sonido para saber desde dónde viene el sonido del celular. cómo cambió el campo de acción de nuestros cuerpos, esas mierdas de los celulares, es algo que yo no me puedo explicar. antes sonaba el teléfono y el ring venía de un único lugar. bue. es él? será él? eh? hola? ah, hola ma, y me juro no volver a atender nunca más sin mirar. al fin de cuentas, para qué pago el servicio de caller id si no es para saber quién cuernos me está llamando antes de que diga "hola". el tipo que inventó eso es un amargo hijo de puta.

es uno de los últimos domingos del año. o sea. nos estamos despidiendo de un ciclo. y yo acá, atando y soltando mi pelo, como si hubiera tiempo para tal cosa. y dos copas de vino sucias, en la pileta desde el viernes a la madrugada. un pantalón tirado en el piso del baño, la cama sin hacer, las botellas vacías en la heladera. mis ojos con restos de maquillaje. el sueño de algunos puede ser cambiar el auto, o tener una casa de fin de semana, el sueño de otros puede ser solo tener una guitarra. el gato parece una vieja, los mira por abajo de la puerta, los sigue con la mirada, se mueve de un extremo a otro de la puerta para mirarlos mejor, y después de un rato vuelve, como a decirme, dale, dejame salir a jugar con los chicos. yo también lo hice, García. y como a mí me dijeron que sí, a vos te tengo que decir que no. es la ley de la vida en mambeados como nosotros, hijo mío.

me gusta el reggae, y lo quiero dejar bien en claro en mi mensaje. a mí me ponés intoxicados, viejas locas, y yo me acuerdo de ir en auto de Neuquén a Cutralcó en un viaje místico con juan. y me acuerdo de enterarme ese día que intoxicados tocaban en un boliche al que años antes mi madre no me había dejado ir a bailar con un chico que había conocido dos días antes. hija de puta. entonces, después de haber ido y vuelto de Cutral-có, fui a comprar mi entrada. las vendían en un cotillón. en un cotillón, entendés? una para intoxicados, por favor.
flash.
y el piti terminó saliendo como a las tres de la mañana.

-hola, buenas noches, llamo por la reconeccción del medidor. estoy sin gas
-está equivocado
-cómo?
-estás hablandoa una pizzería

y que este año me pasó de todo de tanto tan
que me siento una sensación nueva
y es esa de querer que termine el año
ya
y la de querer empezar el año nuevo en mi casa,
es que tengo que dejar de pensar en vos pero tengo también tantas ganas de verte
tal vez borracha
o al menos fumada
cantando Juan Pedro Fasola, nuestro gran amigo

no te voy a contar otra vez
mis penas de los últimos meses
de esos asuntos ya hemos hablado bastante
y yo siempre detesté a los que maldecían los años cuando ancianos, por noviembre, diciembre
y ahora pertenezco al club
a vos te parece.

pero esta noche está buenísima
este vino está buenísimo
tu compañía está buenísima
tus ojos están buenísimos

y yo quiero recibir al año nuevo desnuda con vos.

martes, 30 de noviembre de 2010

no se bajar esto

cómo te quiero tanto, después de tanto tiempo, es algo que no voy a entender en la reputa vida, me dijo, mientras tomaba de su benjamin syrah, con un cubito jugando a la calesita dentro de la copa. diciembre amanecía y él me quería tanto. tanto, que se levantó para darle play a los bitel.

estamos transmitiendo en vivo desde una esquina ahumada. toda la casa, las cosas, todo huele a humo. no molesta, porque buenos aires es así de intensa. me gusta la música de buenos aires, me dice. ¿qué música? le pregunto. la música, me dice, como si yo tuviera que saber que lo que para él es música, para mí es el respirar insoportable de esta puta ciudad. hoy mi vieja me manda un mensaje, me pedía que le vaya a hacer un trámite. no, le digo, no puedo. y le mandé una foto de la casa rosada, me cuenta. yo le hablo de esa costumbre porteña de citar esquinas con precisión exquisita. quiere mostrarme unas fotos y prende mi computadora. cuando el incendio de hoy a la mañana, fue una de las tres cosas que agarré, le cuento otra vez. en eso, oh no, chusmea el Escritorio. es muy chusma, ya lo sé. ve el despelote de archivos con nombres extraños. ¿y este? no sé qué será, le digo. los guardo con lo primero que se me viene a los dedos. puede ser un número, una palabra porque sí, cualquier cosa. lo abre. es un block de notas que dice "Beaten Soul And Keith Thompson - Change (Spokenapella Mix)". i have no idea wtf is that. debe ser por eso que lo guardé bajo el nombre de "no se bajar esto", que más bien quiere decir "no sé, bajar esto". y yo pienso que cada vez que lo veo conecto con él, con los reportes que nos hacemos, con la edición de la información, lo que nos contamos y lo que no; de lo que hablamos y de lo que no. y también conecto conmigo, con lo que era de mí la última vez que lo ví.

el domingo le mandé un mensaje. ¿me querés?, le preguntaba. sí, me respondió. ¿y vos a mí?. un montón, le contesté. apenas llegamos, le mostré esas cartas que me escribió a los diecisiete años en la única manera que podíamos sostener nuestra relación a distancia: por carta. los permisos para salir con el auto, las profesoras insoportables de 5º año, el viaje de egresados. a diez años atrás, directo. ¿y a qué buzón habrá ido a parar la carta que le escribí en el verano? ¿se acordará de mí cada vez que escuche come togheter? qué bueno que estés acá ¿hacía cuánto que no nos veíamos? ¿por qué siempre hablamos de nuestras primeras veces y no de las últimas? la última fue hace como dos años. yo cumplía 26 y él estudiaba psicología. no sé cuándo lo quise más. si cuando casi se pierde el avión por quedarse conmigo andando en colectivo o cuando se asomó a despedirme desde la terminal, mientras mi micro arrancaba. ¿sabrá que hoy vino como un ángel, a hacerme bien?

caminamos por nueve de julio, abajo de la lluvia. nos sacamos una foto en el obelisco. ¿por qué una foto en el obelisco? ¿por qué semejante pecado? pues porque no teníamos una puta foto juntos. y vos viste mi asunto con las fotos y la gente querida. bueno, otro día te cuento.

¿sabés? me copa cuando dejo cosas despelotadas en mi casa, le cuento. el mouse en la mesada, abajo de un monedero y arriba de un libro, por supuesto. para mí es un arte eso, me dice. paulinho moska dibuja volutas de humo sonoras y ¿entonces? entonces esto funciona así: yo elijo de qué hablar, de qué no, qué digo primero, qué después. y como ahora es más apasionado porque me encanta que estés acá, me chupan un huevo las mayúsculas, le digo. prende un cigarrillo y se ríe. en este momento nada me hace más feliz que verlo reirse. (se ríe para atrás). y que escuchar esa voz que debo escuchar no sé, dos hermosas veces por año. ¿qué hacés? ¿cómo estás? qué bueno que estés acá.

tiene que irse. es la hora. lo acompaño hasta el taxi, lo abrazo fuerte. ¿cuándo nos volveremos a ver? le pregunto. cuando sea, me contesto. vení en el verano, me dice. bueno, voy a tratar, le miento. y me pide algo que yo le prometo (otra vez).

vuelvo a mi piso ahumado, me encuentro al vecino tratando de establecer contacto con un gato que yo nunca antes ví. quiere saber si es gato o gata, si es del edificio, cómo terminó acá y por qué se junta a charlar con su gato en la puerta de su departamento. cómo le contestará todo eso, no sé. me parece que es gata, dice él después de que me despido. sí, es una requete gata, le aseguro y me voy a dormir. mañana lo voy a extrañar mucho, es lo último que pienso antes de apagarme. diez minutos después, un mensaje suyo. Te había extrañado. y me duermo con el celular en la mano.

¿y no vas a poner nada de lo que te insisto para que hagas lo que sabés hacer?
no sé, sí, puede ser. tal vez al final.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Chacun cherche son chat

me dispongo a poner play y justo antes de terminar de sentarme, me doy cuenta que no agarré las agujas y las lanas para finiquitar la bufanda naranja que me estoy tejiendo. el asunto de la bufanda me inquieta bastante. pasé el invierno tejiendo para otros. amigos, gente querida. distintos colores. con flecos y sin flecos. montón. un puñado de míos. horas de quietud que pasaron por mis brazos rebelándose a tal paz. desde charlas con amigos, en mi casa o en las suyas hasta hora, hora y media en colectivo desde el sur porteño al conurbano bonaerense. y si algo amo de todo lo que odio de mi vestimenta sin perfume a Coquetería es que necesito llevar colores estridentes. y, ahora que lo pienso, creo que los adopté desde la vez que leí la palabra "estridente". Raeleá (raepuntoes) "estridente" y vas a ver que eso es lo que soy yo. entonces me estoy tejiendo una bufanda naranja. si fuera amarillo, sería amarillo patito. si fuera rosa, sería fucsia. si fuera celeste, sería turquesa. pero es naranja y es genial.
como garcía.
como el botón de "publicar entrada" de blogger

bueno, ahora le voy a armar los flecos.
más o menos los mido y empiezo a cortar cada uno de los treinta flecos que necesito.
aprendí a tejer hace poco más de un año. soy el as de las dos agujas, no sabés. bueno, no, en realidad no. no todavía. pero me enseñó una amiga y eso es mágico.
entonces ya sé hacer los flecos. sí, sí, yo solita.
tomo un trozo de lana naranja. es áspera y es fina y se parece a la hija de una cinta de esas que son para embalar. ¿cómo se llamaban? corto una tira, la uso de referencia para la segunda. vuelvo a medir, vuelvo a cortar. la dejo. tomo otro trozo de lana. mido. corto.

¿te conté de las veces que me cortaba el pelo? de puro adolescente conflictuadita, por supuesto. vuelvo a medir y vuelvo a cortar. ¿y de las veces que me corté la ropa? arruiné montón de remeras de rock (en realidad son de las únicas que tengo) cortándoles el cuello de maneras imposibles. mido otra y me faltan diez. corto. una vez me corté la mano lavando un vaso que había quedado en la pileta de un departamento que compartía con dos roñosos del demonio. estaba abajo de una sartén y una olla. y me corté. me dejó una cicatriz espectacular para mirar con alguien en la cama, una mañana, y contarle cómo me salió. vuelvo a cortar otro trozo más de lana. me encanta cortar pronto cuando hablo por teléfono. puedo hablar durante horas, pero el momento del adiós, me urge que sea rápido. rápido. ejemplo: bueno, chau. tu tu tu. ah, cierto que los celulares nos robaron el sonido ese. qué pena. vuelvo a medir, solo dos más y con una aguja de crochet voy a meter este montón de lineas de lana entre los puntos del tejido y a llenarme la bufanda de alegres flecos que le den soltura y a arreglarle los puntos, esconder los restos de cirugía. bueno, a mí también un poco, ya que estamos. y qué bueno estuvo tejerla, porque me quedó divina y mientras la película estaba por la mitad, yo estaba cerrando los puntos. y cuando llegaba a su fin, yo estaba terminando de cortar los flecos. qué bueno es tejer. eso de armar algo con los dedos, de crear con las manos y con paciencia. qué terapéutico, me dice todo el mundo. mmh. ¿por qué será? y ahora que lo pienso. lo mejor de tejer no es tejer. lo mejor de tejer es cortar.

sábado, 30 de octubre de 2010

viernes, 22 de octubre de 2010

no podrás cenar sin tu noticiero

En el medio del bullicio un plato se cae y todos los comensales buscan al culpable, en un repentino operativo de silencio y miradas de sospecha. Hasta que la pista del sonido de vidrios arrastrándose lleva al responsable y entonces todos vuelven a sus puestos. Entra en escena un flaco de rulos, alto muy alto. Lleva una remera naranja muy naranja. Me pregunto si se trata de una redundancia, eso de llamar la atención dos veces. Como un gato negro que sabe tocar jazz. Todos lo miran. Lo miramos. Sus ojos y los míos se trenzan tenso durante unos cuantos segundos mientras pasa por mi mesa y el encanto dura hasta que sale de mi campo de visión. Un matrimonio de adultos muy adultos, un matrimonio de esos que ya festejaron bodas de algún metal noble, con olor a rutina y costumbre y espanto, de esos en los que uno de ellos apaga la televisión sin preguntarle al otro si ya es hora de ir a dormir, un matrimonio rancio, paga la cuenta por separado. Ella está muy enojada pero el saco que cuelga del respaldo de su silla es tan caro que no puede permitirse un escándalo. Se lo pone tan rápido como su cuerpo se lo permite y se va caminando sola y casi apurada hacia la puerta. Él, en cambio, se ocupa de ordenar los billetes en su billetera de cuero marrón, tatuada con una jota y una eme. Los ordena y acomoda para que estén todas las fotografías mirando hacia el mismo lado, en fila. Y recién cuando terminó de acomodarlos, de lustrar los vidrios de sus anteojos y de pasarse la mano por las mechas que le quedan de pelo en resistencia, se marcha. El mozo va a recoger los restos de la guerra que quedaron en el campo de batalla y junta los dos platos, los dos pares de cubiertos, las servilletas, la panera, los vasos con restos del vino de la casa, la discusión, la cena con resistencia, la tarde en que se conocieron y esa amiga que los presentó, la boda en la Iglesia por más que él fuera ateo, la fiesta en la casa de la tía Beba, la compra del terreno y la casa terminada, la llegada del primer hijo en una tarde de calor insoportable y muy poco recomendada para la ocasión, la primera vez que lo tuvieron que llevar a un hospital, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una iglesia, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una escuela, las fotos que se perdieron en la mudanza, las discusiones por las miraditas que le tiraba la cuñada en el cumpleaños de su hermano, las navidades en la casa de mi familia, los años nuevos en la casa de la tuya, el accidente de autos, las vacaciones en las sierras cordobesas todos los putos veranos y los escarbadientes usados en una bandeja . Entonces entra un niño con una camiseta larga. Le llega hasta por las rodillas. Y las mangas me recuerdan una tira de Mafalda en la que maldice porque su madre le compra un guardapolvo varios talles más grandes. El mozo casi lo taclea apenas se acerca a una mesa en la que están dos chicos y dos chicas. Muy incordialmente lo invita a retirarse. Prácticamente lo barre hasta la vereda. Vuelvo la mirada hacia la mesa de los dos pares. Están sentados una frente al otro y uno frente a la otra. No puedo determinar si son amigos, compañeros de la secundaria, colegas de trabajo o se trata de una de esas asquerosas y repugnantes salidas de parejas. Entre las chicas no hay miradas cómplices ni risas a coro. En eso se miran, una de ellas mira a los dos chicos para luego bajar la mirada, limpiarse la boca con una de las servilletas bordó y levantarse para ir al baño. La sigo con los ojos hasta que desaparecen sus pies cuando sube el último escalón que está a mi vista. En la mesa, entre los tres que quedan le revisan la cartera. Uno de ellos vigila y los otros escarban entre cigarrillos, monedero y brillo labial sabor frutilla. Creo que no encontraron nada o tal vez no buscaban nada en particular y se trataba de revisar por gusto. Yo le revisaba la cartera a mi mamá y la muy turra siempre tenía algún caramelo escondido que yo le robaba (con su connivencia). Entonces la chica vuelve, pero ahora tiene el pelo suelto y lo enrosca como se lo enroscaba Susana Gimenez cuando desglosaba qué tenía puesto, quién la había maquillado y peinado y las medias son de Silvana, por supuesto. Todos hacen como si la escena anterior no hubiese existido y yo me muero de ganas de decirle a la chica de pelo enroscado que en su ausencia le revisaron la cartera, pero me hipnotiza el mozo hipnotizado frente a la televisión. La mira con la boca abierta, como si fuera una aborigen viendo llegar inmensos barcos a la costa de la playa en donde vivió toda su vida, en el mismo agua donde parió a sus hijos. Entonces el cajero le clava la mirada y lo devuelve a su realidad. La del oficio que aprendió hace varias décadas y el que le dió de comer y con el que se pagó las vacaciones en las Cataratas del Iguazú y la moto para cuando el nene cumplió los 18. Entonces se acerca a una mesa que recién abandonaron y retira su propina con el mantel de cuna. Juna unas monedas y mira con bronca hacia la puerta, como si pudiera hacer viajar una puteada a través del espacio hasta la oreja de los que recién se fueron. Miro hacia la ventana y veo pasar del brazo al matrimonio que hace un rato salió separado. Pienso en las tumbas de grandes amores de la historia que deciden ser enterrados juntos. Compartir la putrefacción. Eso es amor. Bajan las luces y traen una torta con una velita encendida. No es de las tipo bengala, el terror de los miedosos; ni tiene número y hasta se parece demasiado a esas velas malditas que nunca están cuando se corta la luz. La torta va acompañada por un otro mozo (un otro mozo) que la lleva hacia una mesa redonda donde una viejita muy viejita la recibe levantando las cejas. Está con gente tanto más viejita como ella, otros un poco menos y otros que ni siquiera clasifican. Luego de la canción pertinente, sopla después de pensar -mirando fijo la llama, claro- los que tal vez sean sus últimos deseos. Y alguien vuelve a encenderla con un zippo para que una nena de pelo largo, vestido rojo y verde, con voladitos en las medias y zapatitos rojos la apague. La viejita se molesta y las cejas se le arrugan arriba de la nariz. El dueño del zippo se levanta, le da un beso desganado a la viejita; se levanta una mujer de rulos y minifalda blanca, le pone un saquito rojo a la nena y la nena, que se tomó de un saque lo que le quedaba de fanta en el vaso, se va con ellos, mirando para atrás. Este será un recuerdo imborrable. Mientras tanto, la viejita ya empezó a cortar la torta y a repartirla entre los comenzales que quedaron en la mesa. Más acá, una pareja come en el más absoluto de los silencios. Ni siquiera se piden la sal que los haga reaccionar. De nada sirve escaparse de uno mismo. Entra un hombre. Es bastante bajito y lleva un traje de lo más ordinario, con un enorme prendedor en la solapa de su saco marrón que en mayúsculas, a los gritos, dice que puede ayudarme a bajar de peso y ustedeándome, me ordena a que le pregunte cómo. Qué tipo inoportuno, pienso, uno ya no puede comer ni un plato de fideos con pesto en paz. El señor mira para todos los wines, como si fuera a cometer algún crimen, y escurridizo marcha a paso veloz hacia el baño, sin pedir permiso ni preguntar dónde queda. Cuando vuelve el cajero lo mira como si fuera a ladrarle. El acusado se va agradeciendo el uso del escusado. Nomás le falta un sombrero para levantar. Cuando pasa rápido por al lado de mi mesa, escucho la goma de sus zapatos chistarle al suelo, siento el olor a naftalina de su ropa y le perdono todo. Al acercarse a la puerta de entrada, baila un vals durante algunos segundos con una morocha artificial, artificiales son sus pechos, sus labios, aunque los cabellos que cuelgan de sus cabellos, parecen ser naturales. Los dos hacia la derecha, los dos hacia la izquierda, los dos hacia la derecha. Al final es ella quien se queda en la derecha cuando él se va a la izquierda y logra liberarse hacia la calle. Atrás de la morocha viene un flaco rubio, joven y esbelto. Esbelto. Son tal para cual. Para mí que cual es ella y tal es él. Se sientan frente a frente y apenas sentados, se agarran la mano. Se frotan los pulgares y sin mirar la carta, él pide por los dos. Al rato, el acto de amor de sus dedos se desvanece cuando llega a su mesa una regia parrillada para dos. Y entonces, si te visto no me acuerdo.

viernes, 15 de octubre de 2010

it's oh so quiet

tengo algo que contarte. pero es un secreto. y por eso, no lo divulgues, porque sólo te lo voy a contar a vos. tenés que darme tu palabra de honor. sos buena en la cama y sabés guardar un secreto hasta quebrar tu cuerpo. algo así, claro. pero más contundente. más de silencio. más de amanecer en un lugar desconocido, sin saber cómo se llama el dueño de la pierna que tenés encima. y nunca confesar tal desvarío, habrase visto, toda esa educación en escuela de monjas para terminar enredada en sábanas desconocidas. o más bien, silencio de colegiales, balvanera o montserrat a la madrugada de día de semana. sí, ese tipo de silencio. porque esas calles deben guardar muchos secretos. sobre todo las que tienen ventanas. debe ser raro vivir en un departamento en planta baja, con ventana a la calle, ¿no? los secretos de esas familias se deben escurrir a la hora de la siesta, como agua por abajo de una puerta sin burletes. entonces, ¿me prometés que lo vas a saber guardar bien? no, en serio te hablo. necesito de tu palabra. bueno, en realidad eso es relativo. lo sé. poca coherencia tiene en sus actos aquel que se dice militante de la justicia y la verdad pero que no cumple con sus compromisos, por mínimos que sean. así que por aquellas veces que me prometiste que ibas a hacer algo que luego no hiciste, se me hace más dificil confiar en vos. bueno, en serio, ¿me vas a prometer que no vas a decir nada? de nada sirve esa promesa. si me cagás una vez es culpa tuya, si me cagás dos veces, es culpa mía. bueno, puede ser, sí, se trata de otra cosa, ok, está bien, pero acá hay muchas cosas en juego. esto es serio. es información confidencial. como cualquier secreto, claro. igual, yo nunca entendí a la gente que los dice, a la espera de que no sean divulgados. es como jugar a la lotería y esperar perder. la gracia de un secreto es cómo va saltando, de boca en boca, de voz en voz como un creativo trabajo en cadena, en el que cada operario le añade su propio color. ¿alguna vez te volvió un secreto que lanzaste? ¿estaba muy distinto a cuando pasó por tus labios? ¿y qué hiciste? ¿pusiste tu mejor cara de yo no fui? si hay algo que admiro de la cultura en la que vivo es esa pasión hermosa en la tarea de hacer se el boludo. ahora, yo te puedo jurar que siempre cumplí mi palabra y cada vez que me dijeron que guardara un secreto, así lo hice. los tengo todos en un arcón de madera, con un código de seguridad de ocho dígitos. será por eso que espero que los demás conserven el mismo código. bueno, ahora que lo pienso, en realidad una vez abrí la boca. pero tenía ganas de cometer una picardía y ahí fue cuando rompí años de confianza depositados en un dime y un direte. qué buen término ese. ese y correveydile. tendría que haber un manual de lo "eso no se hace" donde figuren esas mínimas contravenciones. divulgar un secreto no merece una pena capital, pero es un tipo de traición, sí. bueno, sí, volviendo al tema. ¿me prometés que vas a sellar tus labios? no te creo. no tenés palabra. ¿y si mejor te los sello yo de un beso?

miércoles, 13 de octubre de 2010

tazas de te chino

hoy tengo una entrevista con una psicóloga. primera vez. obra social. setentasietecatorce. me quedé demasiado tiempo en la cama y ahora hago todo diciendo "mierda, mierda, mierda; llego tarde, llego tarde, llego tarde". no encuentro qué ponerme, si ir vestida seria o vestida de mí misma, agarro lo principal, una bombacha y un par de medias, vuelvo a la cocina a buscar un trago del té con leche que trago mientras regreso hacia la cajonera a ver qué pantalón tengo limpio para ponerme, y en eso me acuerdo que tengo poca carga en el celular y mientras robo otro sorbo del té con leche, lo enchufo y vuelvo a ver qué me pongo además del pantalón.

me tomo el b, qué subte aburrido el b. porque el a tiene la sabiduría que otorga la madurez; la h tiene la energía de la juventud; la d es sofisticación dandy. el b es un embole. y cometí un acto de torpeza y la comodidad de este asiento no me va a servir de nada porque adentro de mi cartuchera no tengo ni el lápiz delineador ni la máscara de pestañas con las que me iba a pintar los ojos durante el viaje, tal como lo pensé cuando terminé de bañarme. y qué será de mis ojos sin maquillaje, si llego a llorar mucho en la sesión. y en esta gente que va buenos aires arriba tan despreocupada, hay una rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle, está un poco grande o la ropa le queda chica, aunque quién soy yo para juzgarlo y después de todo, está transitando una segunda preadolescencia: es demasiado señora para ser chica y demasiado chica para ser señora. pasa una vendedora de pañuelos que dice ser ciega, pero se detuvo al lado del flaco que tengo adelante, en cuanto él atinó a abrir un bolsillo de su mochila deportiva y pienso por qué será que los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia. si, por ejemplo, los estudiantes no están siempre vestidos de estudiantes; los médicos no están siempre vestidos de médicos; los empleados públicos no están siempre vestidos de empleados públicos, ¿por qué extraña razón los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia? y esa pregunta ya debe haber existido millones de veces pero me chupa un huevo porque me decido a levantarme para ir hacia la puerta, la que viene ya es Medrano y de repente la rubia salta como si la alarma de "bajarse del subte" se le hubiese encendido con un poco de delay, y se baja del subte. transito el último tramo que me queda al mismo tiempo que observo que nadie en este vagón está tan bien vestido como estaba ella.

es raro esperar a alguien en un palier, a.k.a. zaguán. porque ¿qué hacer? posar como para una foto, hacerse el distraído, mirar fijamente que del otro lado del vidrio se vea alguien más que el propio reflejo? esos minutos entre que uno se presenta en voz alta delante de una placa de bronce en la que un portero despuntó su monomanía laboral esta mañana, hasta que finalmente la puerta es abierta, esos minutos han de ser motivo de angustia. además de tener que prepararme para enfrentar mi imagen mental de cómo puede llegar a lucir esta mina con su imagen verdadera, tengo que prepararme para tolerar esa sensación de estar en un laberinto de película cada vez que voy a un departamento que no conozco. y luego de ensayar distintas poses, entre las que destaco "mujer mirando preocupada a la vereda", "leyendo un libro de la colección de página doce" y "apoyome sobre el mármol frío, una pierna extendida, la otra flexionada", cae la muy descocada, con una polera turquesa, pantalón de jean y botas de lo más regulares.
a ver, a ver, ¿qué pasó? para empezar, el turquesa fue el color de moda hace diez años y esas botas son propias de una zapatería para viejas. y yo me habré olvidado el delineador y el rimmel pero vos bien que te podrías haber puesto un poco de brillo en los labios aunque sea, ¿no?

y doce pisos...más tarde, el consultorio es una meca de la simpleza insípida. al entrar hay una mesa de vidrio y cuatro sillas rojas, las paredes blancas como las cortinas y ni un puto cuadro a la vista. unas meninas, un miró, ni un afiche pop art, aunque sea. por el amor de dios, cuánto blanco ¡y todo junto! y adelante, me dice. adelante. adelante a dónde si todo este blanco no me deja ver nada, pienso. entramos en una habitación con un sillón de dos cuerpos color té con leche, con tres almohadones que van en degradé del té con leche al té rojo, casi al mismo rojo del sillón de un cuerpo donde se va a sentar ella. aquí también las paredes están vírgenes y la única interrupción del blanco la comete un título que la corona como licenciada en psicología.

bueno nos conocemos, me dice. ¿bueno, nos conocemos? ¿qué clase de afirmación es esa? ¿nos conocemos de antes? ¿nos conocemos ahora? ¿nos conocimos? ¿conozcámonos? ah, conozcámonos querés decir, le digo. sí, eso mismo, conozcámonos. y en ese mismo momento me doy cuenta que entre esta psicóloga y yo hay un abismo, "¡muerte al salvaje cambiador de verbos; viva el fundamentalismo de la conjugación!", ni perdón. y procedo a retirarme sabiendo que no la voy a volver a ver nunca más en la vida, por más que hayamos quedado te parece bien, como hoy, el miércoles a las once. sí, dale, macanudo.

me meto en un ¿y aquí debería decir la verdad o disfrazarla con cultura? podría decir que me metí en algún notable bar pero no, voy a ser honesta, tengo la mentira prohibida y lo cierto es que me metí a por un café con leche en el mac donalds de medrano y corrientes. sí. y qué? mientras pienso que la mejor manera para revertir esta mañana es caminando hasta el trabajo, espero mi pedido y no deseo agrandarlo y pido un vaso de soda. en eso veo que una estudiante de medicina está vestida de estudiante de medicina y me da tirria. tomo mi café con leche y en vez de ponerme la radio, recaigo con el umplugged de Charly García. juego a las miradas esquivas con un flaco que desayuna en una mesa próxima hasta que me voy volando a caminar.

paso por locales de ropa, una ferretería llena de cosas que no entiendo, una mueblería que pintó un liquidación de tiza en su frente de vidrio, un hotel lujoso y un hotel de mala muerte, un local de comida peruana; paso por charcos de películas pirateadas, por dos kilos de frutillas diez pesos, por un negro con un paraguas mojado de oro; paso por el kiosco en el que compramos con belén una coca, la vez que fuimos al taller de ana; por el edificio donde vive mi antigua psicóloga, (¿sería mi ex?) y pienso seriamente en tocarle el timbre "hola, ¿me atendés un ratico?", le diría, te lo juro. y sigo caminando y entro en un bar. no. y sigo caminando, no más. y en eso pienso que el once por corrientes puede llegar a enloquecerme, así que al llegar al abasto, elijo (elijo) bajar al subte y montarme en él hasta pasteur. dos estaciones. lo que se dice, un rapidito.

paso el molinete luego de apoyar el frente de mi mochila rosa con enormes círculos verdes, a la altura del bolsillo donde guardo mi tarjeta monedero, me río de los obsoletos que todavía pierden tiempo haciendo la cola, me pregunto si ese tiempo que me ahorro me lo usaré para algo mejor que pagar un plazo fijo en la cama desde que me despierto hasta que me levanto. o algo así. y veo cómo nos tomamos la invasión de esa tarjeta as if y un día de estos terminaremos con chips metidos en las yemas de nuestros dedos y mi infancia, oh, fue tan bonita sin computadoras y con cospeles

en el andén, qué linda palabra andén, me hace acordar al nombre de mi hermano, en el andén veo que el ventilador no funciona, miro un mural que hicieron los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22 en 1985 y pienso que seguramente alguno de ellos se cruzó con luca, tal vez hasta se tomó una ginebra con él y creo que se me va a hacer un poco tarde, cuando veo pasar a la misma rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle. lleva, además, tres bolsas de papel, de distintas tiendas de ropa. de esa ropa que huele bien hasta después que fue lavada seis veces. de esa ropa que vale varias de mis ropas. la rubia con la que hace poco más de una hora fui desde diagonal norte hasta que ella se bajó de repente en el abasto, es la rubia que pasa caminando delante mío mientras estoy apoyada en los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22, en 1985. pero no es la misma, en realidad, porque ok, sí, esta lleva un bolsito rosa chicle pero también carga tres bolsas de papel, y poco más de una hora desfilando en un shopping, con aire acondicionado, escaleras mecánicas, música funcional y gente germinando esperando el sol. esa rubia y yo volvemos hacia el mismo lado desde donde vinimos juntas. coincidimos dos veces en un subte, en un mismo día. esa rubia, sus botas de esta temporada y mis zapatillas gastadas. su camisa blanca bordada y mi remera de cortázar teñida de rosa en mi casa con anilina colibrí. su jean de encaje perfecto y el mío con la entrepierna ya gastada. y pienso que qué loco, cuando llega el subte y ella se sube al vagón siguiente, la muy cobarde. y caigo en la cuenta que hace un año que no me compro ropa, que a diferencia de la mayor parte de las mujeres, no hay tarea que me excite menos que comprarme ropa, que nunca tengo ninguna prenda de la temporada actual cuando llego a la conclusión de que la psicóloga de la entrevista parece una tienda china de ropa para mujeres. y no hay otra manera mejor para describirla

domingo, 10 de octubre de 2010

las sábanas, testigo de tu cuerpo desnudo

hago la cama
no me levanté recién
más bien hace unas cinco horas
es domingo y los domingos me gusta hacer la cama
no apenas salgo de ella
eso jamás
jamás

pongo los bitel
sgt pepper
orden + música
el ritual que aprendí cuando pasaba las tardes
después del colegio
escuchando fito páez
y pasando un trapo por el piso de mosaico
o cerámica
nunca entendí la diferencia
verde

abro las ventanas
retiro el acolchado amarillo
que me regaló mi madre apenas me mudé a esta casa
los regalos institucionalizados de mi madre
son todo un tema de conversación
como el secaplatos que nos compró cuando me casé
o las zapatillas cuando cumplí 18
lo sacudo y retiro la frazada naranja
esa que me regaló J
un domingo soleado como este,
pero en ese entonces estaba enamorada

retiro las sábanas lilas
las primeras que lavé en mi casa
las primeras sobre las que lloré por amor
las que más me gusta usar
las primeras que tuve en mi vida de soltera
si esas sábanas hablaran
contarían lo pajera que soy

sacudo los almohadones
son de pluma
como el de Quiroga
pero los míos guardan entre sus plumas, mi sueño de escribir
ok, eso último fue malísimo
debo estar leyendo mucho... bueno, no importa
son cómodos y los amo
un amante que tengo me los hizo conocer

veo que el gato estuvo despuntando
su vicio instintivo
de afilar sus uñas en el borde del colchón
y pienso que maravilloso dejavu
me separé porque sus gatos eran insoportables
y ahora, yo tengo uno by my own


tiendo la cama y pienso
en la vez que me hice pis
y mis papás me hicieron la cama
mientras yo me dormía parada
y por más que yo me sentía en falta
supieron no retarme

tiendo la cama y me acuerdo
de la cama de mi mamá y
del olor de su pelo en la almohada
de jugar de mano con mis hermanos hasta desarmarla
de las luces de la tele reflejándose en su cara dormida
de esa noche de febrero en que me recibí de mujer
(y no estoy hablando de sexo)
de las inyecciones en esa cama
de mi mamá haciéndola conmigo de fiebre
de las fotos con mis juguetes en esa cama

tiendo la cama y me acuerdo
de las noches hablando con Alejandra
y Donna dándonos vuelta todo alrededor de nuestros cuerpos acostados
de las charlas sobre su frazada roja
compartiendo un cenicero
las volutas de humo interceptaban polillas
y nosotras planeábamos cambiar el mundo

hago la cama
porque tal vez hoy reciba visitas
pero la tiendo desprolijo
así no creo que la tiendo porque viene alguien
latiendo

la tiendo porque me gusta tenderla

martes, 28 de septiembre de 2010

caminamos una calle sin hablar

Colombres me vió triste. Colombres me vio alegre. Colombres me vio ausente. Me vio llorando. Colombres me vio rubia, colorada, morocha; con el pelo corto y el pelo largo. Colombres me vio cachorra, niña, adolescente y mujer. Colombres me vio dando mis primeros pasos y corriendo maratones. Colombres me vio irme y me vio llegar. Colombres me vio volver. Colombres me vio hambrienta y me vio satisfecha. Colombres me vio preocupada por mi nuevo trabajo. Colombres me vio precupada por irme de ahí pronto. Colombres me oyó suspirar por al menos tres amores distintos. Colombres me vio borracha y drogada. Colombres me vio manifestarme en contra de cualquier forma de evasión mental. Colombres me vio sin un cobre en los bolsillos y me vio despedirme de Buenos Aires por 23 días. Colombres me dio picazón con sus árboles de plátano de semillas invasoras. Colombres me vio de noche y de día. De mañana, mañana temprano, amanecer, madrugada, noche; de tarde anocheciendo, de tarde merendando, de tarde con ruido a siesta, al mediodía y a media mañana. Colombres vio cómo construía un hogar. Colombres vió cómo destruía un hogar. Colombres me vio de novia, desilusionada, casada, soltera y enamorada. Colombres me recibió más veces de las que me despidió. Colombres me despertó con bocinazos del 160, el 128, el 127 y el 88. Colombres me dio otoños con hojas prêt à pisar; verano con veredas llenas de cartuchos usados de bombuchas; inviernos con lluvia y taxis huidizos y primaveras con el sol aterrizando en el balcón. Colombres me dio fotos de su cara durante nueve años. Sé cuál era el frente que hoy es otro frente como lo supo ser antes. Colombres me empujó y me abrazó. Colombres me dio una casa con numeración capicúa, con escaleras, un montón de escaleras y con una bañera. Colombres me dio una casa para pintar, revocar, baldear, amoblar y abandonar. Colombres es la calle que eligiría como mejor testigo de mi vida adulta.

domingo, 26 de septiembre de 2010

horses

corren, patean
corren y gritan
gritan y patean
dan portazos
cantan
escupen
se burlan
aplauden
galopan
se empujan, se pelean
se mezquinan
se arrastran
vuelven a correr
se gritan auxilio en castellano neutro
escriben con tiza la pared
se asignan roles que después no cumplen
se levantan la mano
se dan la palabra
se piden pido
vuelven a correr
vuelven a gritar
se encierran
se juran odio
salen de vuelta
abren la puerta, la cierran a golpes
se cantan amor
se niegan
se aceptan
se vuelven a odiar
se lloran
se gritan
se abrazan
cantan una canción inventada
inventan un nuevo juego
para volver a correr
y gritar

esos caballos corriendo con furia
en un establo perimetrado por paredes de departamentos
son los niños del piso
en la libertad del pasillo
a la hora de la siesta

84 - Los sueños son más importantes que dormir.

Yo estaba anidada en su cama, desnuda. Acostada contra la pared, con la cabeza en su cuello. Ese colchón de una plaza donde sus sueños estaban tatuados. Podía sentir la pared fría sobre mi espalda y el olor a vainilla del perfume con el que rociaba su piel. Estaba con un brazo suyo enterrado en mi cintura, con la mano arriba del abajo de mi espalda. Y el otro tapándome, encerrándome en su cuerpo como jaula. Enfrentados los dos. Cara a cara. Horizontales. Yo, apoyada sobre un costado de mi cuerpo, acariciaba su pecho con la mano que estaba libre. Desenredaba los pelos enrulados que habían estaban ahí desde una adolescencia que desconocí. Despuntaba el encanto por deslizar mi muñeca en el centro de su tronco, de deslizar la palma de mi mano y abrir los dedos como un árbol sobre su piel llena de pecas, entre sus pezones y ese detalle de piel que no toma partido por ningún bando. Con mis pies acariciaba sus pies. No había música, sólo su respiración fuerte y el sonido de sus labios besando mi frente. Sus ojos cerrados. Nuestras pieles transpiradas. Promesas de eternidad. Sentí, lamenté que se me desprendiera para prepararse para salir. Salir a la calle, dejar atrás el escenario al que nos subimos desnudos los dos para interpretar un uno de intensidad infinita. Nada más doloroso que decirnos adiós luego de tanto deleite. Sentí hambre. "¿Vamos?" alcancé a escuchar que me decía, al mismo tiempo que desfilaba por la habitación en búsqueda del cinturón que, cómplice mío, un gran aliado, siempre se escondía. Yo seguía acostada, moldeada esperando su retorno a mí. Se agachó para hablarme, se sentó al borde de la cama. Vió mi piel erizada. Me tapó. Me destapé y le pedí que vuelva a la cama. Me dijo que no, que se tenía que ir. Lloré. "Volvé, dale", rogué con insistencia. "Volvé vos", me respondió. Entonces, un globo rojo con forma de corazón me estalló en la cara. ¡Plop! Sonó el teléfono. "¿Estabas soñando lo mismo que yo?".

lunes, 20 de septiembre de 2010

un zoom anatómico

dije adiós. salgo media hora tarde. y cargo con un poco de sueño, como si recién saliera de un tenedor libre de modorra. la llegada del colectivo se ve opacada por el paso de un camión de bomberos. a todo vapor, luces y sirena. mitad alarma, mitad aspamento. en el colectivo encuentro cinco centavos. brillantes y acostados con el cinco boca arriba. me siento en el fondo. dos veces. sí, una redundancia. una mujer negra está sentada en la otra punta de la hilera de asientos que nos separa y nos une. se acomoda las tiritas de sus zapatos con meticuloso esmero. un gordo con pinta de recién salido de trabajar escucha el gol de un partido de fútbol con la radio apoyada en la oreja. bien old school. la música parece de domingo a la tarde, pero es viernes a la noche. yo miro por la ventana y detenidos en un semáforo alcanzo a ver una heladera en la cocina de un primer piso. está sola. tiene algunos imanes desordenados encima. también puedo ver un termo apoyado en una mesa. silencio visual. de repente entra en escena un flaco de pelo largo. el actor principal de la pequeña obra de teatro de la que soy única espectadora. está fumando. agarra el termo y se sirve un mate. lo toma apoyado en el marco de la ventana. en una mano un mate, en otra el cigarrillo. cogotea hacia la noche. no me mira. no me ve. se da vueltas, se pone de espaldas. cuando está a punto de abrir la heladera, el colectivo arranca. ya nunca sabré qué tenía ahí, de qué materiales estaba compuesta la cara interna de esa puerta. pienso en esa escena en un tercer piso. en el silencio de una madrugada, en el olor de la noche a cigarrillo y yerba mojada. abro la libreta para anotar el haiku que me acaban de leer solo a mí. busco la primer hoja en blanco disponible. encuentro lo último que escribí: "el amor es tres cuartas partes curiosidad. casanova".

miércoles, 15 de septiembre de 2010

A mí me es fácil olvidar

Escucho la tecla de la luz de la cocina y me despierto. Me doy cuenta que estoy despierto porque se esfuma de mis manos las rayitas de goma del manubrio de la bicicleta del vecino. Es una bicicleta negra, con asiento banana y manubrio tipo chopper. Marcos me la presta para ir de esquina a esquina, sin que me aleje de su campo de visión. Y por un ratito. Después me la pide de vuelta. Él cree que yo voy a su casa por la bicicleta y se abusa un poco de eso. Pero en realidad yo voy a ver a su hermana Flavia, que siempre usa pantalones ajustados y remeras cortas que le dejan la panza al aire. Flavia va a mi escuela, pero a otra división. En la escuela no me dá ni pelota y además siempre me las ingenio para quedar como un tarado delante suyo. Como sea, la bicicleta está buenísima. Y el olor a goma me hace alucinar. Estaba soñando que andaba en esa bicicleta por todo el centro, solo, sin que Marcos me estuviera mirando. Eso, hasta que la luz de la cocina se reflejó en mi cama y entonces los pasos de las chinelas de mamá, y el magiclick y la hornalla abierta y la canilla y la pava con agua sobre el fuego. Quiero seguir durmiendo. No es la primera vez que mamá se levanta en el medio de la noche. Son como las cinco de la mañana y en poco más de dos horas tengo que entrar al colegio. No quiero despertarme ahora. Pero escucho que está inquieta. De más chico tenía un libro de cuentos que se llamaba "El ruido que hace alguien cuando no quiere hacer ruido". O algo así. No sé dónde habrá quedado y si todavía lo tengo conmigo. Y en el fondo siento que quisiera que me levante para ir con ella. Estoy en calzoncillos, así que me pongo el pantalón de la escuela para salir de la cama. Ya no puedo estar en calzoncillos delante suyo como antes. Me da mucha vergüenza. No sé por qué. Voy a la cocina y con la música de un bostezo le pregunto qué está haciendo. Nada, me dice. Pienso si otra vez vamos a darle con el cómo que no estás haciendo nada, nada, te dije que no estoy haciendo nada, volvé a la cama, que no puedo volver a dormir, ya me despertaste, qué hacés y te dije que nada. Así que mejor me lo ahorro y abro la heladera para prepararme una leche con cacao. Me dice que vuelva a la cama. Y yo no solo que no le contesto, si no que me siento en la mesa, con una taza, una cuchara, el cacao y el cartón de leche, dispuesto a ser testigo de lo que sea que esté haciendo. Está de espaldas, revisando el armario de la cocina. Cuando se da vuelta y logro verle la cara, me doy cuenta que hacía rato estaba despierta. No tiene los ojos colorados como cuando recién los abre. Y ya van varias veces que se desvela así.

Estoy buscando las cosas para armar el arbolito. Pero si estamos en septiembre. ¿Y qué tiene que ver? ¿O vos hacés las cosas solo cuando te dicen que hay que hacerlas? Si fuese así, ¿por qué no ordenás tu cuarto cuando te digo que lo ordenes? Mamá, para qué querés armar el arbolito ahora. No importa para qué. Quiero armar el arbolito. Si te molesta, volvé a tu cama. Pero para eso ya estoy explotando las burbujas de cacao que quedaron en el fondo de la taza. No sé qué hacer con mi mamá. La otra vez tiró una caja con todos mis muñecos porque decía que había que renovarnos. Por qué no tiró esas bombachas todas rotas que tiene, si había que renovarnos. Esos muñecos, yo los quería mucho. Pero cada vez que puede, mamá tira todo a la basura. Sospecho que esto del arbolito es para tirar las bolas doradas y las guirnaldas y en diciembre preguntarse a dónde estarán las cosas del arbolito que no las encuentra por ningún lado. Con lo nerviosa que se pone cada vez que pierde algo. Parece que va a quemarte con la mirada, cada vez que pierde algo. Tenés que ponerte a buscar vos también, cada vez que pierde algo. Aunque no sepas qué o aunque sepas que lo tiró a la basura, hacé como que también estás buscando, porque si no te juro que te puede fusilar. Pero no. Una vez que dio con la caja correcta, empieza a sacar bolas y estrellitas y guirnaldas y lluvias. Desenreda una madeja de luces y las enchufa con cuidado, para probarlas. Está encandilada por la musiquita y las lucecitas que, todavía un poco enredadas, ensayan un baile delante de sus ojos. Yo la miro y mientras tanto, abro un paquete de galletitas Ópera. Voy por la segunda taza. Ya no me voy a volver a dormir y me imagino que a las once, en la hora de historia, voy a cabecear más que de costumbre. Las lucecitas sobre la cara de mi mamá la iluminan dos veces. Una por el reflejo de sus colores y otra por la alegría que le dan.
Hace un montón que no veo a mi mamá alegre. Siempre está cagándome a pedos por cualquier cosa. Así que la ayudo a desenredar las lucecitas, mientras ella abre los brazos verdes del arbolito y lo para en la mesa. Es chiquito este arbolito. Antes teníamos uno grandote, más lindo, que ya se pueden imaginar dónde fue a parar. Antes de terminar de abrir todas las ramas de plástico, le empieza a colgar todos los adornos. Tengo ganas de que hagamos un viaje, me dice. ¿A dónde te gustaría ir?, me pregunta. Como sé que siempre dibuja castillos en el aire, no le digo nada. Enchufo de vuelta las luces, esta vez extendidas en el respaldo de las sillas. Algunas se rompieron, veo. Algunas se rompieron, dice. Y saca las lluvias y las guirnaldas. Las acomoda sobre el árbol. Vuelan algunas esquirlas brillantes y mi mamá me las sopla en la cara. ¿Qué hacés?, le digo. Ay, che, es una broma, me dice. Una broma es armar el arbolito en septiembre. Esto es una broma. Pero, che, vos siempre tan cabrón. Y vos siempre tan ridícula. Agarro la taza, la dejo en la pileta. Pensaba lavarla, pero sé que le molesta que deje la taza en la pileta y más si tiene cacao. Y me vuelvo a la cama. No sé para qué, porque ya escucho a los pajaritos y los colectivos que andan más seguido y eso significa que en breve me voy a ir a la escuela.
Me quedé con sueño y no puedo faltar. Hoy el gordo Matías iba a traer unas revistas porno de su hermano. Robadas, por supuesto. Como todo lo que tiene siempre el gordo Matías. El pelotudo se cree que se puede ser menos gordo si se es más chorro. Pero al lado del gordo me siento menos tarado y estoy entrando casi tarde cuando en la puerta veo que tengo desatado el cordón del zapato. Me agacho para atármelo, aunque sé que es al pedo. Se me desatan todo el tiempo. Estuve desde marzo hasta acá atándome los cordones con un promedio de tres veces por mañana. Y en eso llega Flavia. Lleva las manos agarradas en las correas de su mochila, a la altura de los hombros. Yo terminé de atarme los cordones, pero no me levanto. Estoy a la altura de su pollera y nunca estuve tan cerca de esas piernas. ¿Qué hacés?, me increpa. Encima me increpa. Nada, le digo yo. Pero no me levanto. No puedo. Me pasa la mano por la cabeza. Nunca sentí algo tan lindo. Me peina con sus dedos. Tenés el pelo lleno de tiritas brillantes, como las de las guirnaldas del arbolito, me dice. ¿Estuviste armando el arbolito esta mañana? Mirá que estamos en septiembre. Y se va corriendo por la galería al patio, a sumarse a la fila de su división.

jueves, 9 de septiembre de 2010

sos un traidor, un infiel y un enigma

de días en días

-porque aquí no caben expresiones como "de tanto en tanto" o "algunos días". se trata más bien de una mezcla de los dos. equilibrada mezcla. tampoco es una frecuencia. no-

de días en días gusto de traer un amante distinto a mi casa,
que festeje mis chistes y tome de mi vino.
que me deje jugarle con la luz y la sombra de mi lámpara favorita en el mundo.
que me seduzca por completo y me lleve a la cama
y me espere hasta que me venga un orgasmo y me duerma.
de tanto en tanto me gusta
cazarlo en la calle corrientes
mirarlo fijo, clavarle los ojos, seguirlo con la mirada, inspeccionarlo un poco
rozarle la piel, oler su cuerpo
agarrarlo fuerte, apretarlo con mi mano
elegirlo como a una presa perfecta
verás, yo soy una cazadora furtiva, sí
aunque no sé de qué otra manera se puede ser cazador
pero me gusta el trabajo de ir de caza sin grandes expectativas

-hay cosas mías que quisiera que no sepas nunca-

me gusta la tarea de la seducción
me gusta que me seduzca
esos verbos malditos que levantan las banderas de la duda
me gusta que me seduzca porque me dejo seducir
después de todo, es un amante perfecto siempre, aún cuando es malo
mal amante, amante al fin
y el género es secundario
puede ser un hombre o una mujer
o varios hombres y varias mujeres
anoche vine con varias mujeres
las amé a todas,
más que nada porque estaban todas juntas
pero más aún porque estaban
porque eran
a veces es un hombre solo
tengo un amante predilecto, tu sais
un amante fijo, verás
c'est mon amant
un amante fijo que a veces me agota
no, perdón, no quise decir eso
últimamente no viene tan seguido a mi cama
porque en realidad está siempre

-sobre gris una perfecta estrella AMARILLA-

hoy lloré teniéndolo en mis manos
cuando le encontré la página 115 señalada en un cuento corto
lloré como hacía mucho no lloraba
porque esa página señalada fue una miga que me dejó el pasado
ese pasado absurdo
que habita en cuadernos repletos de palabras
y en fotos llenas de olor a primavera

-a mí la primavera siempre me va a hacer acordar a esos días-

lloré porque ese amante me había sido infiel
y no tolero la infidelidad por parte de un amante
un amante es un amante, no hay lazos más que el amor pasajero
pero la fidelidad
la fidelidad no es un juego
y lloré por alguien que anda por ahí
y lloré por lo que dicen las líneas de una mano
pero sequé mis lágrimas porque al fin de cuentas
se trataba de un amante prestado o regalado
como si una amiga me hubiese presentado a alguien
o no
como si hubiese pasado un tren y seguido de largo sin frenar en la estación donde yo estaba
o no
como si alguien me dijera que pida un deseo para una estrella fugaz que no alcancé a ver
o no
como si mi amante me hubiese sido infiel.
eso
pero volviendo al tema

-el amor es tres cuartas partes curiosidad-

me gusta traerme de esos amantes
me gusta la promiscuidad, literalmente hablando
aunque
a veces me caso y tenemos muchos hijos y vivimos happily ever after
a veces sólo abuso de sus intenciones
y me gusta la seducción de la charla desinteresada camino a mi casa
sin demasiada atención
como si estuviera haciéndome rulos con un mechón de pelo y mascando chicle
no me importa lo que tengas para decir, sólo hago como que te escucho
pero cuando estemos en mi casa
ahí, ahí te quiero ver de veras
te quiero ver desnudo, de verdad
entonces llegamos y nos sentamos en la mesa del comedor y abro un vino y empieza el juego
de atrás para adelante, de adelante para atrás
y el olor y las fotos
y el tamaño de la letra y la textura del papel
y nunca conocí a nadie como vos
y ya no vuelvo a estar sola
y te amo
esta noche te amo
te juro que te amo
aunque recién te conozco, aunque mañana cuando me despierte, me levantaré rápido, me iré pronto y vos seguirás en la mesa de luz y ahí pasarás el día, tal vez hasta la noche siguiente

y entonces nos quedaremos chapando en la mesa un buen rato
yo tomo un poco más de vino y te desnudo página por página
y vos me das lo más lindo que tenés de vos
total, un día de estos hablaré de vos y alguien me dirá un dato obseno de tu existencia
y entonces ya no te querré
y habremos pasado algunas noches juntos

tal vez me dormí teniéndote en mis brazos
y caí rendida después de tanto orgasmo visual

-mi pequeña muerte-

y la luz quedó prendida
¿hay algún silencio más bello que el de la noche con la luz prendida?
sí, el de una radio todavía encendida en la madrugada de un día de semana

-dejo la radio prendida para que, si quieren venir a robar, crean que hay alguien-

y puedo levantarme un amante en el parque rivadavia
un domingo a la tarde
mientras los viejos se debaten la gloria en un partido de ajedrez
un nene aprende a andar en bicicleta
una chica aprovecha de la edad de su hija para subirse a la calesita
y yo en el puesto 96, eligiendo un nuevo amor
y puedo levantarme un amante en la calle corrientes
en edipo, uno que venga con coño y joder
con tarjeta de crédito
en libertador, uno barato, berreta
en efectivo
y puedo levantarme un amante en dorrego y bonpland
esperando no enamorarme de esa esquina una tarde de otoño
yo con una camisa a cuadros rojos y un rodete alto
y vos arriba de un tablón con caballetes, a la interperie, y todo lleno de polvo

-as if-

me gusta la idea
del amante ocasional
del amante
me gusta la idea del amante
me gusta traerlos a mi casa sin prolegómenos
llevarlos a la cama y que duerman conmigo
al día siguiente, viajar juntos en colectivo o subte
elegir la música para que compartamos
no sé
a veces mis amantes son míos
a veces son prestados
a veces son regalados
me gusta la idea de charlar sobre esos amantes compartidos
o los amantes que nunca desnudé, pero siempre quise
cuando en una fiesta o reunión, alguien los menciona y yo redescubro el deseo
qué linda sensación la del deseo
¿hay algo más animal que el deseo?
o esos amantes que deseo y deseo y luego de un tiempo conquisto
sos mío

hoy me encontré con una escritora
que prologó el amante que anoche traje a mi casa
sentada enfrente mío, me sedujo la magia del momento

-en cualquier enamoramiento uno quiere mirarle todo a ese objeto de deseo-

generalmente
general y mente dos palabras sueltas que solas no suelen estar juntas
generalmente mis amantes duermen amontonados en una biblioteca que llegó a mi casa el día que cumpli 27 años
salvo contadas excepciones
una, dos, tres, tal vez ocho
que los eché de mi casa
fuera, fuera, ya no tenés un lugar en mi casa ni en mi corazón
entonces mis amantes fueron a otro lugar
una vez tiré un amante a la basura
alguno ha terminado en la salamandra
y me gustaría que esa frase sea leída con las cejas levantadas
alguno ha terminado en la salamandra
pero por lo regular
los dejo en esa biblioteca
y a veces los dejo que sean amantes de algún amigo que quiera amarlos como yo
de días en días

lunes, 30 de agosto de 2010

imthewarlus

vos lees el cronista y yo el diario de andrés fava, ninguno de los dos trajimos las cartas correctas para jugar acá y yo tengo la sensación, sí, de estar en una fiesta, mirando todo desde un sillón, al lado de una invitada tan colada como yo y se me viene el encanto de las fiestas a las que se asiste de colado y no puedo decir de colada todavía, porque tampoco puedo decir una misma, se me hace revista de cocina, manualidades y confección de vestidos de estampado a cuadros. nunca pensé que aprendería a tejer. a solo dos pesos con toda la fruta en flores y la señora de la ventana del asiento de atrás le pide a la señora del pasillo que anote el teléfono de antonio. se pone los anteojos, y lo busca en su celular y yo adoro la gente que hace de la mirada una ceremonia. yo tambén lo hago. sí. si estoy sin anteojos y achino los ojos y les digo, c'mon guys, estoy segura de que con un poco de esfuerzo pueden llegar a ver el nombre de esa calle. pero anteojos y celular no sé. es raro, es. nos ayudan con 0.10 centavos para poder comprar la leche y el pan para mis hermanitos más chiquitos. muchas grasias. vos tenés pinta de tener más hijitos que hermanitos. dale. ojalá dios los recompense. desde hace un par de años que esas fotocopias son moda en el marketing del mendigo. los errores de ortografía también. yo lo que no soporto es que usen a los chicos, me dijo cruzando uruguay. este tren, decía yo, es de otras lecturas. de crónica, de papparazzi. un espanto. en liniers justo me freno frente a un puesto de revistas atiborrado de ejemplares y me pregunto si las revistas tendrán un geriátrico donde encontrarse de vuelta y qué fue de tu vida toco y canto, y, le enseñé los acordes de Tan Solo a una piba de 14 años y vos? y yo, con esta nota de tapa de la trata de personas sólo serví para que le den dos corchazos al periodista, qué se le va a hacer. en fin. la felicidad es artifical pra mí. esto es una varieté: cada vendedor llega, hace su número, recoge aplausos en forma de ventas y se va. el valor del boleto debe ser la entrada más barata. una vez un mimo me dijo que era linda, después de ponerle cinco pesos en una galera de pana roja. vendrá santa rosa? parece que sí. puede una rosa ser santa? no me gustan las flores ni las plantas. se me hace que los vendedores de estación tienen relaciones reales tipo facebook, un comentario al pasar con los clientes regulares y hasta la próxima, y son vistos por mucha más gente que anda por ahí, observa su mercadería y se va sin preguntar ni comentar nada. sans rien dire. gracias por leer esto que escribo, pienso, que cuento, que veo. una señora lee de parado. qué habilidad. yo tengo un bolso pequeño. este partir es partirme. hay otras gentes con bolsos grandes. con bolsos grandes muy grandes. con bolsos chicos. hay uno con un bolso verde. ah, el discreto en canto de los bolsos de coloquios medicinales. la semana del duodeno, del 7 al 12 de julio. es el original de georgalos, dos pesos lo que vale. gente que duerme. ¿vos sabés si tus padres te miraban cuando dormías? madera rosa. serenidad escrito en una lengua muerta. esa frase me parece arrasadora. una imagen tuya conmigo fuera de plano. siempre estuve fuera de plano en esas fotos. encuentro de mis ojos con otros ojos. otra vez. otra vez. nada más indimidante. un romance de tránsito. morón explota. morón es. yo quisiera haber nacido en morón. morón es más power. me llama mi mamá. me pone tan nerviosa hablar por celular en espacios compartidos con desconocidos. sutil y suavemente piel. neurosis volumen XXXVII. no sé, es como si me viera obligada a mostrar mi intimidad, y no sé si quiero que este señor que está enfrente mío, leyendo un artículo sobre la revolución de mayo, sepa que estoy bien, que mi salida de ayer estuvo muy buena, que el hijo de puta de mi vecino celebró su cumpleaños con una fiesta insoportable que no me dejó dormir hasta que se hizo de día, que lo odio mucho, que hoy comí polenta. siento celos de mis asuntos, de mis cosas, las guardo bajo las alas del silencio. fah, qué solemnidad al pedo. en realidad, creo que eso y el temita de querer irme siempre fueron dos regalos de mi papá. los únicos, capaz. me decía que tenía una doble biografía, cosa que yo no entendía. ja. qué puntualidad. alfajores, cerveza, máquinas de afeitar. y esa voz, de dónde la sacaste? en qué escuela se les enseña a los vendedores ambulantes a poner la voz así, cómo si estuvieran hablando luego de fumar una pitada que no quieren largar. y el asunto ese de desmenuzar los beneficios de cualquier elemento. estos tipos, cuando llegan a sus casas, ¿cómo describen sus días? nos rumiamos eternos en mi canción de cuna. el horror, un vendedor de compilados de mp3. melódico. melódico dice. amadeus, mozart, mercedes sosa, revolcándose en sus cenizas. una versión en español de un tema de bryan adams. eutanasia ya, por favor, eutanasia. por suerte ya me bajo. cruzar el túnel. esperame en la calesita. en algún caballito en particular? en la morsa.

martes, 24 de agosto de 2010

hombre barbudo enfadado con dos mujeres y dos espectadores

Usted estará tan por encima que dará gusto
entonces yo sabré que el sistema ha funcionado
y empezaré a rehabilitarme furiosamente
pondré el despertador a las tres de la mañana
suspenderé mi vida conyugal
y las demás recaídas que conozco
para que, sólo queden las que no conozco
y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos tía
y será tan hermoso decir...
ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado
el mío todo de frutilla
y el de usted con chocolate y un bizcochito.




tengo dos gotas de vino guardadas en 31 canciones. una foto mirando hacia abajo a punto de saltar. tengo de señalador un boleto de colectivo de un día triste. tengo el sonido del mar dentro de un violín. tengo una gotera que aprendí a amar. libros viejos, pero viejos de veras, con las hojas amarillas y olor a fotografía blanco y negro y jopo y gomina. tengo que aprender a atarme los cordones y a cortar la comida, a viajar en el micro escolar y a dormir la siesta cuando suena esa canción que es un embole, pero después viene la merienda y el atardecer desde la ventana y la tele para mí. ¿sabés cómo se dice mariposa en inglés? ¿y elefante? ¿sabés cómo se dice elefante en inglés? tengo una libreta llena de globos sueltos, como flecos coloridos que se escaparon de una bufanda de palabras. tengo un montón de mayúsculas guardadas en un cajón de madera, junto a una taza naranja, un cordón huérfano y tinta china guardada desde 1986. tengo una mesa que me bienviene por las noches y me echa por las mañanas. tengo una escalera que lleva al techo, pero del lado de adentro. un gato negro se subió ahí la otra noche y yo me estiré para sacarlo. tengo números de teléfono en una agenda de papel, a los que con gusto llamaré desde la bañera para ahogar mis penas. tengo un tren que tomar a rosario, santiago del estero o villa del parque. tengo medias blancas y medias de colores. tengo una visa vencida al país de la locura y la quiero renovar, pero esta vez que sea con menos derechos y obligaciones, por favor. tengo un encuentro en la torre eiffel un día nublado de octubre, con la persona que me enseñó cómo extrañar. tengo dos pares de anteojos que volaron desde el mar hacia mí en una maravillosa caja de colores, con un gallo, una botella del tamaño de mi mano, un tatuaje en las manos y un gato famélico. restos de un sueño que no me acuerdo pero desperté con el anillo en otro dedo. algo debo haber querido recordar y no sé qué habrá sido. qué es. qué será. qué sería. tengo ganas de escribirte una canción. tengo una llamada en espera. zapatillas de colores y un deseo navideño que olvidé en un cuaderno cuadriculado. tengo papel de regalo usado que será para volver a ser papel de regalo usado que será para volver a ser papel de regalo usado. un documental de cómo es mentira que el hombre viajó a la luna y con eso, se borrarían todos los testimonios de una generación entera que alucinó mirando el gran acontecimiento por la televisión. ¿sabés por qué lloro? le pregunté. sí, porque no nos vemos mucho, me contestó. ocho años después. tengo sal y agua y miel y cereza y vino y semillas de girasol. tengo el perfume de grasa que me recuerda a alguien a quien así recordé. eso me recuerda que tengo un recuerdo lindo olvidado con bronca. tengo quince años y el pelo recién cortado. tengo un caleidoscopio esdrújulo. tengo ganas de olvidarte casi mecánicamente me ocupo de ello todos los días desde que me levanto hasta que me acuesto. el desafío es a la hora de cerrar los ojos. tengo un perfume apoyado en dos lunares y huele a café con leche y películas en la cama. tengo un amigo distinto para cada necesidad, a los que abrazo democráticamente y sobre los que reposo con más alivio que de costumbre desde que me tropecé.

en realidad quería decirte que hoy se terminó nuestro romance. no podés ser tan bonito. no lo soporto más. hagamos la división de bienes de manera sencilla. yo me quedo con todo esto y más. y vos. vos quedate con el boleto de metró empapado en lágrimas, que te dejé ese lunes trece. me levanto la galera y te despido caminando hacia atrás, con el viento envolviéndome en mi cabello y en mi piloto violeta. aurevoir.

-En general me distraigo del vacío escribiendo lo que deseo perpetuable.

miércoles, 18 de agosto de 2010

así se siente, mirá

que iba a ir a ver esa peli que me hiciste ver y que se veía como la mierda, pero como llovió no pude ir
que en su lugar iba a ir a ver a Kapanga, pero me colgué y no fui
que voy por la mitad de la biografía de Charly García y estoy entendiendo esa vez que me pediste que te grabe Serú Girán. Cosa que en ese momento no pude entender.
que tuve una semana genial en la oficina. una semana entera.
que terminé otras 2 bufandas
que el trámite me cuesta 3000 pesos + 1400 pesos
que Belén se volvió a París
que vamos a hacer un libro juntas
que volví dos veces a la mañana a mi casa
que el fin de semana largo me lo pasé tomando vino
que me escribió Mariano, que está todo bien, que depende de mí
que mi vieja está haciendo aquagym
que tengo dos amigos nuevos
que quisiera tener 27 años
que se la quemé al flaco de la palta
que voy a empezar a hacer dibujo
que mi propio enano de jardín me volvió a escribir
que un dibujante miró mis fotos y me dijo que estaban buenas
que una vaca sale 2000 pesos
que tengo muchas ideas
que me escribió Land
que antes de ayer todos los caminos me llevan a Chile
que le pedí su teléfono a un flaco por la calle
y a qué flaco, te vas a morir
que me tenés que prestar unas Cazador
que fui a una fiesta
que fui a un boliche
que fui a un cumpleaños
que fui a una casa de familia
que fui a una casa de un estudiante de letras
que me crucé con una flaca por la calle
que fui a abrazar a Ken
que me llamaron a las dos de la tarde y no supe qué contestar
que fui Evita
que todavía no empecé a correr pero
que me entró mi pantalón vestido de novia
que mi hermano me dio un beso y un abrazo delante de otra gente
que qué vas a hacer para tu cumpleaños
que cómo me gustaría regalarte una kalimba
que por qué no le pregunto a Luján
que cuánto que te gusta que te quiera tanto
que cuándo vamos a ir a tomar un helado


que no te enfermes nunca más, Federico

domingo, 8 de agosto de 2010

el domingo es el primer día de la semana, no el último

Domingo. Es el Día del Niño y no tengo a nadie para saludar. ¿Hay algún niño en la sala que se preste para tal fin? Cobardes. Igual, a mí no me gustan los chicos. Hay un sol que se despertó tarde. Tal vez anoche se fue de parranda. Salió de su cuarto después del mediodía. Es domingo en Buenos Aires. Es lunes a la mañana mirado/desde/mi/lupa/interior en mi cabeza. El 9 es un micro escolar y hay gente y hay globos y tuppers envueltos en repasadores. Una embarazada conversa, lleva su recién nacido en brazos, envuelto en tres frazadas distintas: una rosa, una celeste y una blanca. ¿Qué clase de sexo tiene ese bebé? En Constitución el panorama es un jardín de juguetes de dudoso porvenir. Bajo del 9 en Moreno, camino hasta Belgrano, doblo y me encuentro a la embarazada. Touché. Las veredas de San Telmo están de fiesta: hoy van a hacer mucho ruidito con las rueditas de montón de bicicletas nuevas. Ttttrrrrrrrrr. Las bicicletas deben ser el regalo más regalado en el Día del Niño. A mí, mi primer bicicleta me la trajeron los Reyes. Y se la llevaron los cacos. Pero yo lo ví a mi papá cuando el 6 de enero a la tarde, bajaba esa bicicleta roja. Yo lo ví y nunca dije nada. Porque así era el juego. Me acuerdo que me parecía enorme. Es tan rara la noción de tamaño. A mí me parecía enorme. Y ahora me doy cuenta que era chiquitísima. Hoy ví bicicletas blancas, rojas, rosas, verdes, negras. Todas con las gomas llenas de esos pelitos que tienen las gomas nuevas. Los niños invaden muy sutilmente las calles. Nunca nadie los vio en ninguna reunión organizativa, pero ellos igual conquistan cualquier espacio, se adueñan del sonido. Hoy festejan su día porque es un día que después no se festeja. Y porque vivimos en un sistema que se encarga de imponernos festejos para que sigamos consumiendo y alimentemos con horas de nuestra vida el círculo vicioso en el que corremos con el único fin de seguir siendo explotados. Pero ese es otro tema. En Puerto Madero la gente se pasea como si el lugar les perteneciera. Nunca van a ser de aquí. Yo tampoco. Pero el sol nos pega en la cara y nos sentimos tan, tan aliviados. Todos toman gaseosa y tienen hijos y cargan mates. En la Reserva Ecológica, último bastión de la vida silvestre en Buenos Aires, el paisaje distiende. Algún deportista, un gringo en bicicleta, un par de enamorados que están vestidos para ir a comer a Pippo. Menos niños, gracias al cielo. Un matrimonio, un nene de seis y un bebé en un cochecito. Sobre este ripio, esas ruedas no llegan hasta Córdoba. Me duelen los pies pero sigo caminando. Para las almas sensibles, de Pez. Tres remeras, un pulóver y la campera; una calza abajo del pantalón, un par de polainas, dos pares de medias. Llego a la vera del Río. Los niños estaban todos acá. En bicicleta o a pie. Con pelota o raqueta. Están todos juntos acá. Yo, que venía por el camino de ripio, vislumbré el río como el que gritó "¡tierra!" desde el carajo; cuando llego a mi puerto, lo encuentro invadido por el enemigo. Me siento a mirar el montón de agua. Hay un barco enorme. Se aleja. Un negro, que debe ser africano. Su mirada le da al río un color que no conozco. Unos juntan piedras, otros las tiran al río. El aire es bello. El cielo está pelado. El piso es de casas rotas, de lugares que no existen, de gente que pasó; pedazos de piedra, ramas y botellas de plástico. El acto consiste en agacharse, agarrar una piedra y tirarla lo más lejos posible, hacia el agua. Verla hundirse, hasta siempre piedra. Una piedra que tocó mis dedos, se ahogó en el río de La Plata. Ese es el juego que juegan. Un nene se acerca a la orilla, camina con miedo, pisa las piedras con terror a caerse. Camina despacio. Agarra una piedra, la tira. Y la piedra sale volando hacia arriba, cayendo cerca suyo. El agua quedaba varios metros más para adelante. Dommage. Vuelve a intentar. Y cae más o menos igual. Cambia el lanzamiento y casi que pega en el agua. Se acerca, vuelve a tratar. Y la piedra golpea el agua. Lo festeja. Vuelve a hacerlo. Hay mucha torpeza en sus movimientos. Me apena, me aflije. Debería tener un padre que le indique tenés que poner la mano así, la idea es que vaya para adelante, ¿ves? Me pregunto quién le habrá enseñado a mi papá a afeitarse. Más allá un hombre marea una nena. La agarra de sus manos, la da vueltas y después la para. La nena flipa con el efecto mareo. Y quiere otra vez. Dale otra vez, no seas vigilante, que dentro de un rato va a tener 28 años y nadie que le haga eso. Yo me acuerdo la última vez que mi hermano me hizo eso. Y recuerdo haber pensado esto: esa fue la última vez que me hace marear. No lo recuerdo de la última vez que subí a un tobogán. Sí recuerdo la última vez que subí a una calesita. A las de sortija, digo. A mí me gustaba pilotear un avión, porque tenía dos bocinas distintas. El nene después agarra una bicicleta y se va. Parece estar solo. Por eso tiraba tan mal las piedras. Vuelvo a andar. Salgo. Vuelve el ruido de ripio y mis zapatillas. Más bicicletas. El barco se estaba acercando, no alejando. Está más grande. En realidad es enorme. La gente lo mira acercarse. Comentan las maniobras y todo. Salgo a Córdoba. Recorro la avenida Costanera. Acá se venía a ver el río y ahora se huelen los carritos. Bicicletas por todos lados. Y patines. Y niños. Más niños. Como me gustan los extremos, decido ir al cine. Salgo a la Casa Rosada, camino por enfrente a la Plaza. Paso por la Catedral. Justo terminó la misa y salen viejas que lavan sus culpas dejando un billete de cinco pesos a la señora que pide la limosna en la puerta. Me la imagino en el barrio, haciendo correr la voz de que trabaja en la Catedral. Las señoras la miran con desagrado, rezando porque no les vaya a tocar el abrigo. Le dejan el billete y no la miran a la cara. Huelen a plata las viejas con plata. Agarro la Avenida de Mayo. Pienso en un antes que ahora no vale la pena. Más gringos. Menos chicos. Llego al Gomón. Una para la de las 19.50. En la sala no hay niños. Bien. Funde a negro, vienen los títulos. Voy a tomar el colectivo. No se avizoran niños. Luego, sube una familia mamá+papá+nena. La nena tiene un tupper en la mano. ¿Es una costumbre nueva esa de pasear tuppers en el colectivo? Se bajan enseguida. Yo estoy en el umplugged de Charly García. Bajo del colectivo. De una casa sale un hombre que se acerca a un auto. Una nena lo acompaña a la vereda. Una mujer mira desde la puerta. La nena se acerca al hombre y le dice "Chau pá". El Día del Niño me pegó raro, sí.

jueves, 5 de agosto de 2010

recuerdo de tu paso por mí

vengo a descubrir un viejo ardid, una triquiñuela espantosa, una estrategia burda y sin embargo siniestra, de la que mucho se habló en conversaciones telefónicas y en canciones de desamor: la trampa de las cosas olvidadas en la casa de un ex

esta trampa, que requiere de una sutil habilidad por parte del cazador, no es más que la mismísima condena al tormento de un intento futil y anodino, reservado para víctimas proclives al masoquismo y cobardes de poca monta

cedés, libros de bukowski, pañuelos violetas, cualquier elemento de valor mínimo puede convertirse en guillotina camuflada, trampa de oso o áspera soga que en cuestión de minutos ahogará las posiblidades de un mañana feliz, un futuro mejor, una colección de teléfonos en los bolsillos de un jean, juntados un sábado a la noche en un boliche bailable, también llamado boite o una tarde de lectura en la paz de un banco de plaza, sin el suplicio del ruido mental

atención, mis queridos cofrades, que esta maña requiere que haya un cazador y haya alguien que quiera ser cazado. no hay que dejarse engañar por el teatro de la mente, ese que dentro nuestro nos quiere ver llorar y que se regodea del dolor sólo para buscar la panacea en un "te tengo que dar tus cosas", una frase terrible, terrible, que se disfraza de despedida para maquillar un vamos otra vez

el fraude astuto que encierra un "te tengo que dar tus cosas" sólo puede ser anulado por el poder infinito del "mis cosas me importan un huevo, no quiero verte nunca más en mi vida". no hay otra piedra que anule esa tijera; no hay otra respuesta para escapar de semejante engaño, por más que "tus cosas" involucre un ejemplar de los evangelios apócrifos, firmado por Borges, dedicado a una tal M Kodama; por más que se trate de un último ejemplar en vinilo de Artaud, con las puntas enteras de su tapa; por más que de una piedra del Muro de Berlín estemos hablando; por más que sea el mismísimo Grito de Munch, nada vale tanto como la sed de libertad y el hastío cansado de ser hastío, que grita desde el fondo de un colectivo que iba a ninguna parte, "no, por favor, otra vez no"

asimismo, esto es aplicable también en el sentido inverso, en cuanto a cosas de un ex, olvidadas en la casa propia. por ejemplo, uno puede adueñarse de ropa interior del sexo opuesto (o no), que bien podría servir como trapito para limpiar las suelas de esas zapatillas traviesas que osan pasar por encima de soretes de perro; uno puede quedarse con esos libros de colección y usarlos para nivelar una mesa renga; o puede cortar bizcochuelos recién horneados con esos cedés que alguna vez fueron un préstamo y hoy sufren una reubicación en sus tareas, etc. y además, de paso realiza el ejercicio creativo de darle nuevos usos a objetos de poco afecto personal, que muy contentos estarán de que no sean el arma que ejecute una pena tal como la reincidencia misma

viernes, 30 de julio de 2010

declaración de amor eterno o alguna pelotudez semejante

no sé por qué amo mi casa, yo creo que todo el mundo ama su casa, le gusta, le pone la lechucita que le regaló el tío antonio, traída de Bahía Blanca, el cuadro de cuando el sobrino debutó en el club del barrio, le compra tazas de boca y un sillón violeta, que va a ir con esa lámpara naranja que mamá dejó en la casa de la abuela
no, yo amo mi casa y no tiene nada de eso
mi casa es un parque de estímulos visuales, tengo una virgencita del tiempo, un cubo rubik, un sticker de una tortuga en la cocina, una bola 8 mágica, un paraguas chino, es una locura, esa casa, por dios, no te puedo explicar lo que es, te volves loco, te volves loco
no, yo amo eso, sí, pero no debo ser la única que llenó de chirimbolos el bulín para que sea una tienda kitch, lo sé, esto es ser parte de una logia bastarda que sólo unos pocos saben apreciar
no, en realida, yo creo que amo que mi casa esté en una calle empedrada
por ejemplo
porque resbala las gomas los días de lluvia y acompaña con un murmuro cada paso de un auto
amo el sonido de las uñas de los perros cuando pasan por la noche

o, me gusta cuando bajo del colectivo, camino esas dos cuadras y siempre el mismo panorama, ellos están ahí, con un grabador re pulenta, escuchando cumbia o rocanrol
eso, sí,
amo que tenga una esquina con pibes fumando
las esquinas con pibes fumando son espacios en extinción y alguien debería hacer algo
porque no hablo de la legalización
hablo de la pérdida del hábito, la anulación del ritual compartido
entre la generación de mi hermano y la mía, las sociedades artísticas nunca superan el miembro
hace diez años, él estuvo en un proyecto colectivo que incluía unas 15 personas de distintas disciplinas
hoy ¿cuántos buses de cargan ideas? ¿cuántos troles llevan ideas en conjunto?

amo que esté en el piso más alto, porque puedo ver más cielo
porque mi cama apunta al sur, y mi luna y mis nubes son las mismas que miran en Avellaneda, Quilmes, quien te dice La Plata.
porque veo pasar aviones y yo me acuerdo que quiero estar en uno

amo que sea tan chota, que las cosas se rompan y me las tenga que ingeniar
porque no sé para qué demonios me compré un destornillador phillips, pero el día que me toque usarlo, voy a estar muy orgullosa de mí
porque no tengo gas y me cago de frío y hasta hace poco no tenía ascensor ni portero eléctrico, pero te juro que es la cueva más linda que ví en mi vida
con la canilla que hay que apretar fuerte; con la luz de la cocina que no anda
la amo así como es

amo que tenga una ventana enorme
y amo ver la lucha increíble de la luz, que no cesa la pelea contra la capa de mugre que envuelve mis vidrios

amo que mi casa tenga un gato
o un gato tenga a mi casa
porque ¿quién era que hablaba de las cosas que no es que uno las tenga
si no que las tienen ellos a usted? creo que era Cortázar, en Cronopios y Famas, sí
(para mis adentros pienso que alguien un día va a leer eso último y va a ir al puesto 96 del parque rivadavia, o cualquiera similar dentro de cincuenta años y va a preguntar si tienen "Cronopios y Famas" de Cortázar y el tipo le va a decir que no. O va a ver que se vende sólo en Rosario, como me pasó a mí con Reunión en el Restaurante Nostalgia, que lo recomienda este flaco, el de Alta Fidelidad, pero en 31 canciones, Hornby. "No, Cronopios y Famas, no".
y no es que yo tengo un gato
ni tengo un gato en mi casa
el gato me tiene a mí y a mi casa
eso es lo que me fascina
cómo algo tan chiquito, puede poseer tanto
al mismo tiempo, que, claro, elucubro la manera en la que el gato me pague una parte del alquiler,
como sea, amo mi casa porque tiene un gato

amo mi casa porque me enseñó a caminar sola, a arreglar y cerrar y firmar, y acordar
y a pagar un alquiler en tiempo y forma
con una taza de té en una mano y una masita seca en la otra


amo mi casa porque tiene una salamandra


amo mi casa porque me quiso siempre,
de fiesta, o triste,
rota o arreglada
mi casa me quiso dormida y amargada
y parada y sentada
apurada y tarada, tarada, tarada
mi casa me quiso con lágrimas, con sangre, con sudor, con sexo,
con amor, con bronca,
siempre me esperó, para cagarnos de frío juntas

amo mi casa porque es mi casa, y la amo porque es mía y la alquilo, pero es mía
por eso la amo, porque mi casa ya no es más la casa de alguien más también,
es mí casa, por eso la amo, sí

jueves, 29 de julio de 2010

un nuevo acorde

Cómo me gusta cuando abre la puerta y entra. Se me llena la casa de ella. Cuando empiezo a escuchar su llavero, me convierto en un gato, que espera su llegada, que espera su caricia, su presencia. Y cómo me gusta que haga siempre lo mismo. Su ritual habitual es mi delicia. Siempre el mismo mecanismo. Varía el vestuario, pero los diálogos y el escenario, son siempre igual. Llega, abre la puerta sin vacilar, porque apenas sale del ascensor ya tiene la llave preparada. No es como yo, que me atormento en la puerta, lidiando con la certeza de que perdí las llaves, hasta el momento mismo en que abro la puerta. No. Ella las trae en la mano y abre directamente, de un solo intento. Ganaría un viaje a Bariloche en Feliz Domingo, sin ningún problema. Abre, dice "hola amor", cierra y sube las escaleras. Abre la puerta, da su buenavenida. "Hola amor". No me llama, no pregunta si estoy y nunca cambia el tono en su anuncio. ¿Sabrá que estoy cuando dice "hola amor? ¿O será que dice "hola amor" porque esta es la casa en la que nos amamos? ¿saludará igual si no estoy? Entonces cierra y sube las escaleras. Y sube de un saque. No hay dudas en esa subida. No hay pesadez en sus pasos. Sube como un rayo. Y sacude las llaves en su mano cuando sube las escaleras. Las tuvo presas entre sus dedos antes de abrir, las libera en su mano mientras sube la escalera. Y ahí, cuando yo la puedo ver, antes de venir a mí, siempre hace eso que me vuelve loco. No sé si es el orden o la sensualidad de sus movimientos, pero me vuelve loco. Deja las llaves, se saca los zapatos y se saca el saco, siempre de abajo para arriba. Creo que eso es lo que me inquieta. Que se desprenda los botones de abajo para arriba. Cuando se saca las camisas hace lo mismo. Desactiva los botones de abajo para arriba. Tal vez porque su mejor secreto son esos lunares en el pecho, entonces los preserva lo más posible. Nunca los desnuda primero. No. Hace rogar esos lunares. Siempre desenlaza los botones de abajo para arriba. Y lo hace como si no lo hiciera. Me pregunta qué hacía y yo no puedo contestar esa pregunta ni ninguna otra mientras ella está desabrochando esa prisión que encierra su piel, de abajo para arriba. O es el pelo largo, siempre suelto, siempre ordenado. Ese pelo parece un ejército de niños bien disciplinados, que juegan en el recreo sin correr, que saben que en breve harán fila para volver al salón. Sí, debe ser el pelo. Siempre que vamos caminando, me gusta ver cómo esos hilos se mecen como en una hamaca paraguaya vertical, al son de su taconeo. Es el pelo, es el pelo y yo creo que son los botones. O es la manera que desabrocha su saco de pana gris, o la forma en la que se libera de la bufanda y yo creo que es el pelo. Toda su presencia es una distracción. Tal vez no sea ni el pelo ni los botones. Tal vez sea el perfume que me deja cada mañana cuando se va. Ese perfume que pondría celosa a cualquier mujer, si ella fuera mi amante. Ella estuvo acá, y encima hace poco, pero estuvo acá, puedo sentirlo, puedo sentirla todavía. Ella no se va hasta que no se va su perfume y encima, cuando su perfume se está yendo, ella taconea desde el pasillo, con la llave en la mano y abre la puerta y dice "hola amor". Sube las escaleras, se desabrocha el saco de abajo para arriba. De-abajo-para-arriba. Y me pregunta cómo estoy, qué estaba haciendo. Y yo qué sé qué estaba haciendo, si ahora no puedo más que hacer lo que pueda, con vos invadiendo mi casa, tirando tus zapatos, soltándote de una bufanda. Y yo qué sé qué estaba haciendo si ahora lo único que puedo hacer es pensarte desnuda en mi cama, y que me sonrías. Porque si algo tiene de bello es lo auténtica que es para hacer el amor. Ella no aprendió a hacer el amor mirando películas porno. Ella no pone cara de actriz de película porno cuando hace el amor. Ella sonríe cuando me hace el amor. Creo que la primer noche que pasamos juntos, supe que iba a estar con ella toda la vida porque no gemía como gimen todas las mujeres con las que hice el amor. Ella sonreía y se reía y me acariciaba y se movía como un gato, como un gato jugando con un ovillo de lana, se estiraba, se balanceaba, se mecía. Y sonreía. Y me pregunta cómo estoy y yo quiero verla desnuda, ya, pronto, la quiero con sus lunares a punto de tirotearme y sonriendo. Quiero cubrirla de besos, quiero morderle el cuello, quiero apretar su cuerpo contra el mío, quiero arañarle la espalda y que ella me la arañe a mí, me muerda, me tire del pelo. Ahora, ya, es urgente. Y así llega a mi casa, con tal impunidad. Yo me olvidé qué estaba haciendo cada vez que la ví llegar. Su llegada me cura del espanto, de la soledad. Para mí el tormento es escuchar el ascensor, que llega hasta mi piso y que no sea ella. Eso es el tormento. Es tal el dolor que cuando siento que es ella que abre la puerta con la llave certera, siento que descansan todas mis defensas. Esa misma noche, después de verla sonreír, después de que me abrazara para dormirse, cuando despertamos y yo subí la persiana, miré por la ventana, completamente conmigo, y me dí vuelta y encontré sus ojos buscando los míos, supe que ella me había venido a buscar. No había más alternativas. Ella me había venido a salvar. Supe que ella era y estaba para mí. Y que ya no iba a sentir más pena, porque estaba ella. Ella, sus lunares y sus botones. Ella y sus zapatos. Sus anillos y sus aros, su perfume y sus libros de economía, ella y su encanto por los jazmines; ella y su odio a los subtes; ella y su risa; ella y sus estornudos estertóreos. Ella y su gata venían por mí. Ya no tendría que esperar más por nada ni por nadie, porque ahora estaba ella, que todas las noches me esperaba con una sonrisa en la penumbra y con su piel y su perfume preguntando por mí. Y ahora abre la puerta, mirala, es ella, es tan linda, tan mía, tan pura, tan ella. Sube las escaleras, viene hacia mí. "Hola amor". Ahí está su perfume. Se estaba escapando y ella lo volvió a encerrar en mi casa. Cerró la puerta y sube las escaleras de un sacudón, no arrastra los pies ni sube de a poco. Por más cansada que esté. Sube de un saque. Hace lo mismo cuando las baja. No las baja de a poco, las baja de un tirón. Sube rápido, deja las llaves, y la delicia de sus dedos bailando un tango con sus botones. Me clava esos ojos, con su perfume como un cuchillo para mi cuerpo y yo no sé más nada del mundo.

-Hola amor. ¿Y? ¿Novedades? ¿Qué tal te fue con el médico?

domingo, 18 de julio de 2010

un acertijo en una lengua muerta

Últimamente Gonzalo me pregunta preguntas extrañas. Siempre cosas sobre los chicos; siempre raras, intrigantes. No sé si es el tono de su voz en el teléfono o si con los años nos perdimos las frecuencias, pero siempre me deja pensando un buen rato cuando me pregunta algo. Esta tarde, cuando le contaba que salimos a comer por el cumpleaños de la nena, me preguntó si hoy le había olido la cabeza y si el olor de su pelo era parecido al del hermano. Me dejó pensando, el hijo de puta. Y lo mejor de todo es que después la sigue como si no hubiese pasado nada. Y yo me acuerdo que cuando subimos al colectivo, nos dieron un asiento y yo la agarré a ella y ella supo acomodarse bien, comodidad x 2 asegurada, sus rodillas en el límite de mis piernas, asegurándose con fuerza, su brazo engarzado a mi cuello, casi distraída, casi para mí, y me acuerdo de su pelo haciendo un velcro con mi barba de dos días y me acuerdo de haberla olido hasta bajar del colectivo, pero no recordaba ese olor, y nunca lo había comparado con el del nene y nunca recuerdo el olor de las cabezas de mis hijos hasta que las vuelvo a oler, ahora-que-me-doy-cuenta, y entonces me resultan conocidas, pero hasta entonces no recordaba con quién tenía que encontrarme al olerlas. Y ¿cómo puede Gonzalo saber eso, preguntarlo para exponerlo y luego continuar con un así que en Buenos Aires hace mucho frío, leí en el diario. Lo más grave es que yo pestañeomiroaunladomiroalotropiensounsegundounsegundomedespienso y digo sí, mucho frío, no sabés lo que es. En la casa de Nora, me dijo hoy, que no le salía agua de las canillas, de lo congelada que estaba. Y decí que acá nosotros tenemos buena calefacción, que si no. Y a mí me llama la atención que me pregunte cosas raras. Sobretodo últimamente, que parece que le empieza a hacer ruido la campanita del número redondo. Si cada vez que hablo con la madre, me dice que todavía espera que le dé un nieto. Un nieto, le pide la madre. El otro no le da ni una novia y ella le pide un nieto. Sí, pero vio como es esto, él tiene una carrera con la música, y eso es un matrimonio artístico. ¿Matrimonio qué? Yo lo único que sé es que mis amigas de la Iglesia se juntan en la Plaza con sus nietitos todos los domingos y yo no voy porque me cansé de no llevar nunca un nietito. Encima, con lo que te mezquinan los nietos, las hijas de puta. Bueno, yo le voy a decir cuando se conecte, que usted le manda saludos. Y un nietito. Sí, un nietito también le voy a decir.

No, Gonzalo, son los dos diestros, ya te dije la otra vez. Emmmh, no preguntaron qué es la muerte todavía. No, nunca les dije nada. Ah, mirá vos. Me la voy a comprar, entonces, cómo dijiste que se llamaba? Enciclopedia sobre la Sexualidad, es algo como un manual? Bueno, pero la nena tiene 10 y el nene 9, no te parece que es un poco pronto. Ah, leíste eso. Bueno, gracias por el dato. ¿Eh? Ah. No, nunca vieron un oftalmólogo, pero están bien, ven bien. Te digo que ven bien. Pero dejate de joder, che, si no hay antecedentes de Daltonismo en la familia.

Gonzalo me parece que te pasa algo, mi viejo. Mirá, últimamente me preguntás todas cosas raras, loco. No puede ser. Daltonismo, me decís, que la tengo que revisar por si tiene Daltonismo. ¿Pero qué te pasa? No te parece que yo podría haberme dado cuenta ya si tiene Daltonismo, o si el nene es enano? Si está enferma de un mal incurable, de posibilidades de 1 en un millón; si son zurdos, si tienen una pasión oculta con el oboe, o si son potenciales conductores de Fórmula 1. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Tenés ganas de sentar cabeza? Si siempre dijiste que eso no era para vos. ¿Por qué tanta curiosidad de repente? ¿No estás haciendo la mosca con el bandoneón? Y entonces, ¿qué es? Pero claro que la vida no es fácil, a cada uno le toca un cachetazo más o menos fuerte para aprender a vivir. Bueno, sí, nosotros la peleamos y seguimos adelante. Sí, te escucho. No, no me acuerdo. Ah, sí. Sí, ella entró en 3º año, a mitad de año. Sí, que se hizo amiga de Ana María Terfi y Mariela Palacios. Sí. Ah, sí, vos tenías un metejonazo con esa flaca... Ah, no, no sabía que había pasado nada. !¿No me digas que te contactó? ¿Por Facebook? ¿En serio? ¿Está buena? ¡No te la puedo creer, después de tantos años! ¿Y qué te dijo? Ah, sí. Sí. Pará, ¿esto cuándo fue? ¡¿Hace tres meses?! Ah, te lo tenías bien guardado, eh. ¿Y qué te dijo? ¿Qué? ¿Eh? ¿Vos me estás hablando en serio? Y pero cuántos años tiene. bz0ch0y0ch0,bsmellevocu4tro. Ah, sí, dan los números. ¿Y cuándo venís a conocerlo? ¿Qué? ¡¡¿¿Pero vos sos pelotudo??!! Cómo no lo vas a querer conocer, boludo. Pero che, qué te pasa, decime vos estás loco. Un hijo es lo más grande que hay. No importa cómo, es el sentimiento más noble. Vas a abrazar a un pedazo de vos que ahora es otro! ¡Y todo un otro! Gonzalo, llama a esa flaca y decile que vas a venir a conocerlo. Ya mismo hacelo. Vení y yo te acompaño Gonzalo. Gonzalo, no, no va a ser daltónico. Y si es daltónico, vivió toda su vida así, y llegó hasta vos, no está nada mal ni tiene nada extraño. Al contrario. Bueno, pero suspendé una gira, pateala para más adelante y vení a conocerlo. Aunque sea hacelo por el pibe y después ves qué te pasa a vos con eso, pero vení a conocerlo, te digo, que es lo más grandioso que vas a experimentar. Gonzalo, vas a olerle la cabeza a un ser que alguna vez fue una gota de placer y ahora es una persona. Gonzalo, calmate. Yo te voy a acompañar, si querés te aguanto en la puerta, pero hacelo. Bueno, loco, yo siempre te entendí desde que eramos pibes y vos te fuiste a pasear por New York con el bandoneon y 200 dólares y me plantaste a mí cuando íbamos a hacer socio juntos. Vos me plantaste y yo me la banqué y me banqué tu sueño de la música y la bohemia, mientras yo pasaba el verano estudiando. Yo me banqué que no vinieras a mi casamiento porque los acontecimientos sociales que el sistema impone para que nos divirtamos obligatoriamente no van a contar nunca con tu presencia; yo me banqué que en lo mejor de nuestra amistad vos decidieras irte a Nueva Zelanda de gira con un grupo de teatro. ¡Con un grupo de teatro, Gonzalo! Yo estaba bautizando a la más grande y vos estabas haciendo la ser o no ser en Nueva Zelanda, Gonzalo. Y ahora me preguntás cómo es tener un hijo. Bueno, andá y tenelo. A ver qué se siente, a ver si así me podés entender, a ver si así me dejás de mirar desde arriba. Andá y tené un hijo. Y bancátelo si tiene fiebre, si te rompe la camisa cuando le hacés upa, porque se prende del bolsillo. Y bancátelo si un día viene y te dice que para qué lo trajiste al mundo. Andá, tené un hijo y a ver si alguna vez me traés un libro de diseño o de música copado, y no esas torreifél de metal, un souvenir de mierda que te los venden por dos pesos y es la mismísima mierda más adorable para quedar bien. Tené huevos, Gonzalo. Tené un hijo y a ver si así podés entender que Roma es un poroto al lado de verlo decirte "papá. Tené un hijo y despertate en el medio de la noche, con el pibe meado, a cambiarle las sábanas, cuando dos minutos te estabas cogiendo a la mina de tus sueños, en el medio del programa de televisión. No, no estoy enojado. Te estoy diciendo que asumas lo que hiciste: tuviste un hijo. Te enteraste tarde. Qué pena. Ahora, andá y tenelo todo lo que lo puedas tener. Y largá la caravana un poco, que hay otras cosas más profundas que bailar duro.