lunes, 4 de enero de 2010

Qué quiero hacer con esta habilidad - Ejercicio último

A ver, vamos por partes. Tratar de conquistar al mundo, eso lo dejaré en manos de Estados Unidos y su premio Nóbel a la guerra y su Presidente. Negro, pero presidente al fin. Demostrarle algo a mi madre, a esta altura del partido es una utopía. Y si alguna vez gano una fortuna con este talento al que (cada vez que me acuerdo) le saco punta, sería una paradoja que mi padre se acordara de mí. Mi hermano no puede robar la corona del “artista de la familia” y, en todo caso, nunca estuve de acuerdo con esa tiranía. Tampoco podría competir con Tinelli. Prometo darle pelea, pero tan solo durante algunas batallas. Alimentar el hábito de ubicar letras de manera entretenida en otras personas, sembrar el germen de la escritura, eso sí me gustaría. Escribir todos los días, durante ocho horas por día, eso me encantaría sobremanera y cuando llegue ahí, me daré por satisfecha. A propósito, ¿sabían que para simplificar la conjugación del verbo satisfacer hay que guiarse por la del verbo hacer?

También siento que este universo de letras y palabras, de puntos y comas y comas, de sujeto, verbo y predicado me da la bienvenida. Siempre fui una fundamentalista de la ortografía, de los verbos bien usados. Una especie de Eugenia de Chikoff (apreciaciones de clase aparte) de la lengua. Esta tontera me sonríe. Pocas cosas me alegran tanto como corregir a alguien cuando usa erróneamente un condicional. Y para pocas cosas tengo la memoria tan liberada. Si no, explicame vos cómo puede ser que me acuerde de las correcciones en un cuento que escribí cuando estaba en segundo grado. “Nadia, no uses tantas ‘y”, me puso la maestra. Yyyy, tomá, ahí tenés y. Ahora, si me preguntás qué vimos con Marchese en 5º año, ni idea. Es más, ahora que me acuerdo, ni siquiera estuvo Marchese en 5º año. Vino una recién recibida y con cara de recién recibida profesora de matemática. Ah, ese sería otro tema. Yo con esta habilidad quiero que mis profesores se acuerden de mí y digan “esa chica fue alumna mía”. En esa me anoto.

Bien, volviendo a esto de la habilidad con la lengua, llevado al plano escrito, a mí me aporta el equipamiento necesario para desarrollar una expedición. Estar provista para la operación de narrar con destreza pequeñas historias o grandes desastres, enciende mi deseo por hacerlo. Como si contara con una especie de garantía de compra. Cuento leíble o le devolvemos su dinero. Y de última, en estos términos, hasta el naufragio puede ser divertido. Eso es lo que yo quiero. Y quiero en el más sentido de desear y de amar.

Yo quiero hablar sobre los mensajes de texto que le leo a quienes viajan en el mismo colectivo que yo. Que un accidente del azar encienda la llama para contar una historia es algo que me fascina. Me fascina a tal punto que no entiendo cómo no lo hace todo el mundo. Hoy al mediodía, por ejemplo, una señora gorda le mandó un mensaje a una tal Noe que decía “Lavate los dientes y los pies”. ¡“Lavate los dientes y los pies”! ¿Pero qué clase de consejo es ese? ¿Qué mensaje subliminal esconde? ¿Qué relación tiene la señora y Noe? ¿Y por qué los pies y los dientes? Para mí, eso es el mismísimo paraíso. Sí. Mi paraíso tiene 29 caracteres (con espacio). “Lavate los dientes y los pies”.

Con esto no me refiero únicamente al hecho de contar algo, por contarlo y nada más. Lo que a mí me gusta es contar episodios que escapan del ordinario transcurrir de los días; del introducción, nudo y desenlace de la vida. Me seduce la idea de limar un poco la cotidianeidad, reprender lo establecido, llevar a neón lo impuesto en braile. Como cuando en una Navidad, a Lucho, una amiga de su madre con quien compartieron la cena de Nochebuena, Marta, le regaló un vino traído de Mendoza. Un rato después de la entrega, en el fondo de la bolsa de papel que lo contenía, Luis encontró una nota que decía “Marta, muchas felicidades en este día tan especial. Carmen”. Bueno, a mí ese episodio, me llevó a imaginarme por cuántas manos habría pasado ese vino. Hasta donde sabemos, solo por las de Carmen, las de Marta y las de Luis. Pero ¿Y si a Carmen también se lo habían regalado? ¿Y si en realidad ese vino en otra vida habría sido un sanguinario romano que reencarnó en un vino que nadie quería? ¿Y si Luis había hecho lo mismo cuando fue el cumpleaños de un compañerito de 3er grado? ¿Y si ese compañerito nunca había superado aquel episodio donde invitó a su fiesta a un compañero sólo porque su padre se lo pidió, y este compañero le trajo un regalo regalado? Y una vez fui de colada al cumpleaños de un amiguito de mis primos y la tía del cumpleañero le preguntó a la madre quién era yo y la madre le contestó “no, ella es una colada”. Y nunca pude superarlo.

Pero sinceramente, lo que yo más quiero hacer con esta habilidad es obtener la impunidad para hacer comentarios de cualquier índole sin temor a que sean rechazados. Mis comentarios tienen sentimientos, maldita sea. Lo que yo más quiero es poder coquetear con la locura y que nadie me rompa el affaire. Lo que yo más quiero es cerrarle el orto a los que no saben entenderme, autografiándoles mi nuevo libro. Y que sea porque ellos se lo hayan comprado, porque no pienso regalárselos. Lo que yo más quiero es reivindicar a los mambeaditos. Lo que yo más quiero es romper la monotonía de la humanidad sistemática. Lo que yo más quiero es peinar un puma. Lo que yo más quiero es mi nombre junto a otros nombres de buenas escritoras. Lo que yo más quiero es escribir bien. Ahora, si me preguntás qué quiero hacer con esta habilidad, no sé. Pero si tenés ganas, te invito un helado.


Nota: este fue el último ejercicio realizado dentro de las actividades del taller de escritura creativa dictado por Esteban Schmidt. Flipareis y Carlos Sacaan lo recomiendan!