viernes, 19 de marzo de 2010

Call nine one one, now!

Siento que viene un estornudo, miro la luz, cierro los ojos y en el mismo momento que miles de partículas de mi saliva me salpican el codo, pienso que todo esto hubiese sido diferente si aquella vez que te enojaste porque no te llamé, te mandaba a la mierda por imbécil. Pero me doy cuenta que sin vos no hubiese conocido París, pero tampoco Hamburgo y creo que no hice peor desperdicio que estar sentada en un local de comida, escribiendo que tenía miedo de estar ahí porque las calles son todas irregulares y los alemanes no hablan inglés, pero en Berlín la cosa fue distinta porque encontramos estacionamiento y yo dejé cargando mi celular en el auto, pero cuando volví, noté que no servía de nada porque el auto estaba apagado. Y para cuando me llamaste fue un hola qué tal, me estoy por quedar sin batería porque en este continente los enchufes son distintos y yo me puedo meter el cargador ahí donde no me da el sol, hasta dentro de quince días cuando esté con mi hermano, en un supermercado, comprando un pijama y un conversor que un año y cinco meses después, estará en mi mesa de luz, dandole fuego a mi sueño de volver a ese continente.

Ahora, yo digo, Colette, ¿será tan feminista como dice esa postal de la Librería Edipo? Y si de feministas se habla, mientras escucho que abajo dos conductores se putean por alguna maniobra mal hecha y hoy me dijeron boluda por cruzar mal la calle y ayer en la 9 de Julio y Avenida de Mayo, un tipo le gritó a una mina que vaya a lavar los platos , mataría que le cuenten del asunto al coordinador de un museo perdido en el medio de la nada, cuyos habitantes describen el abandono del pueblo, el despoblamiento poblacional, en Salta y el tipo le calla la boca a la mina que trabaja con él. Y a mí me gustaría escribir sobre esas cosas que nos pasan a las mujeres. Pero no al estilo Cosmo (diez consejos para volverlo loco en la cama) o Para Tí (el último grito de la moda ¿a quién se le habrá ocurrido que había que escucharlo?) o alguna de esa mano (cómo bajar 20 kilos en 5 días, con la dieta del carpincho). Si no más bien al estilo Las 12 ( Nuevas presentaciones para despenalizar el aborto). Y ayer me dí cuenta que si tuviera que describirme, no, no soy una chica Cosmo. Soy una chica Suplemento Radar: cuando me deprimo, me compro libros. O discos. Ayer me compré cuatro. Animal, Carpo, Manal y Charly. Y lloré cuando sonó Rezo por vos, en la época Chipi-chipi y María Gabriela era tan bella y tengo el vago recuerdo de Catalina Dlugi diciendo cien veces "Charly está mejor". Y la otra vez tocó en el Luna y yo pensaba tantas cosas y había gente linda, pero llovía cuando estaba llegando y yo, sin mi paragüas y te escribí "Rezo por vos" y me contestaste "Gracias" y entendí que no entendías o que te hacías el que no entendía, pero al otro día entendí todo.

Las diéresis me encantan.

Tenías un lugar en mi cuerpo. ¿Sabías? Queda en la intersección del tronco, arriba del pecho, y el brazo derecho. Estaba perfectamente diseñado para encajar con el costado izquierdo de tu cara. Y parecía que mi piel tenía el olor de una canción de cuna, porque bastaba que apoyaras tu mejilla para que tus ojos se cerraran y en cuestión de segundos cayeras en mis brazos, en el cuerpo de la pileta onírica. No hay nada que extrañe más que tenerte ahí. Y las caminatas por Buenos Aires, hablando de todo. Hablando de mucho. Hablando de más.
Yo ví que tenías un número de teléfono, sin nombre, en la libreta negra. Yo sabía que ahí estaban las dos entradas de uno de aquellos lunes en que íbamos caminando al cine. Y también sabía que si nos peléabamos, mis pantuflas rosadas iban a quedar en tu casa. Esta tarde paseé por Corrientes, mirando libros, con dos pesos en el monedero. Pero cuando ví al vendedor de garrapiñadas que todos los miércoles nos proveía de la llama de un fósforo, el invierno pasado, a vos con maní y a mí con semillas de girasol, me hice la distraída, como si no lo conociera. Como si no lo hubiese visto nunca. Pero encontré un Warhol for dummies, dibujado por Liniers y pregunté cuánto salía, y me pregunté si de haber estado conmigo ahí y entonces, me hubieses hecho el chiste de Liniers y el papel higiénico. El martes, tomé un colectivo, miré el boleto y mirá-vos-lo-que-son-las-cosas, que el número era el mismo que el de tu edificio.
Ahora, lo que más más me duele es pensar que cuando den las onceycuarentaycinco, no me vas a llamar. Y me duele que nunca hayamos ido a casarnos a Uruguay. Pero mejor, me tomo un antigripal, porque ya voy a estornudar de nuevo. Y sigo sin leer a Colette.

viernes, 5 de marzo de 2010

estúpida película

Desde que empezó el mundial que estamos con este rito. Alquilar una película para mirar después del partido. Como terminan a la madrugada, terminamos desvelados en el sillón pulgoso que hay en la sala que vendría a ser un comedor, o lo más parecido a la normalidad en este caótico tugurio de Palermo. Me encanta el espíritu malevo de este barrio. Me encanta despertarme en el departamento que alquilo con dos casi desconocidos y desayunar abajo, en la casa tomada. Me encanta el almacén de José y me encanta cuando estamos trabajando todos juntos, cada uno en su obra y voy a comprar los siete sánguches de milanesa al Farolito de Salguero. Me encanta el pasillo largo que va a mi departamento, porque ahora vivo en un departamento. Y me encanta saludar a las mellizas de la encargada cuando las cruzo en la escalera, saludan a coro y con una sonrisa de maldición angelical. Y me encanta que hoy Mariano alquiló 1984. Y me encanta que comamos fideos fríos que flotan como pescados en una olla gigante. Y me encanta que seamos tan sudacas y estemos acá, cagados de hambre pero contentos. Y la odio a Angélica, pero me encanta que todas las mañanas mientras pinta, canta tangos. Y a mí el mundial me chupa un huevo. Lo único, la inaguración fue muy linda. Pero estos chinos son una cosa de no creer. Y no tendré trabajo pero tengo un marido. A Esteban tampoco le importa el mundial y a mí me encanta que no le importe. Y me encanta que me encante que no me importe el mundial. ¿Y la vieja dónde mirará el partido? ¿En la clínica? ¿Los dejarán mirar el partido? Igual, a la noche todos los pacientes están dormidos y ella siempre mira tele, entre ronda y ronda. Pero ya no la extraño. No. Y no quiero ir a mirar el partido. Suena Alas, de Cabezones y me mola encerrarme acá, a escuchar ese y el compilado, que tiene una versión de un tema de The Cure que me mata, me mata, and softer than shadow and quicker than flies his arms are all around me and his tongue in my eyes y me imagino en un video de Linkin Park, vestida de negro, con el pantalón de los bolsillos grandes, el que llevo siempre a Cemento, con las botas con plataforma negras y la cámara me enfoca y hay un asistente atrás de la cámara, siguiendo mi mirada con un ventilador y el pelo -largo, muy largo y negro- se me vuela. Si tan solo me creciera más rápido. Capáz que si le hago un corte, lo ayudo a creecer más rápido, por más de que ya lo tengo bastante corto, pero un poco más, le doy más forma, a ver ahí, o es mucho pelo, no, a ver cómo quedaría si me lo corto ahí, no, uh, uy, uy qué cagadón me hice. Qué cagada me hice en el pelo. Otra vez. Otra vez me corté el pelo. Otra vez me voy a tener que llenar de hebillas y mierdas para disfrazar esto. Otra vez, carajo, la última vez dije que nunca más. Otra vez con las vinchas y la puta madre. Puta puta puta madre. Hola, ah, ya empieza? Sí, sí Marian, ya bajo. Puta puta puta madre. Ahora qué carajo, qué carajo hago, otra vez con la cabeza hecha un desastre, soy un desastre, qué más tengo que hacer. A ver. Unos clips. No. Bueno. Bueno, ya fue todo. Voy así y a la mierda. Qué me van a decir. Si no me dice nada Esteban cuando llegue, ya está, zafé de comerme una gastada otra vez y listo. La última me largué a llorar como una idiota porque me trataron de limadita. Yo no creo que porque me ahorre los diez pesos que puede salirme un corte, sea una limadita. Pero capaz que ni se dan cuenta, porque voy a entrar por atrás y me voy a acomodar por ahí y seguro está todo apagado y con la luz de la tele, dibujándonos sombras en las caras, ni se va a notar. Sí. Ya está. Mañana me armo alguna vincha para pilotear esto y a la mierda. Uh, estos cerraron con llave. Carajo, voy a tener que tocar el timbre. Espero que no venga Angélica.
-¿Quién es?
-Angélica, soy yo, Laura.
Fue un instante. Apenas abrió la puerta, sin anestesia, sin prolegómenos y sin mostrar siquiera el fulgor de su espada, me dijo
-Te cortaste el pelo. Te queda lindo.
Y saqué la pierna que metí en la casa, pisé la vereda, y volví por el pasillo, totalmente convencida de que en algún otro momento, alquilaré 1984 y de que Angélica es una puta.