jueves, 29 de julio de 2010

un nuevo acorde

Cómo me gusta cuando abre la puerta y entra. Se me llena la casa de ella. Cuando empiezo a escuchar su llavero, me convierto en un gato, que espera su llegada, que espera su caricia, su presencia. Y cómo me gusta que haga siempre lo mismo. Su ritual habitual es mi delicia. Siempre el mismo mecanismo. Varía el vestuario, pero los diálogos y el escenario, son siempre igual. Llega, abre la puerta sin vacilar, porque apenas sale del ascensor ya tiene la llave preparada. No es como yo, que me atormento en la puerta, lidiando con la certeza de que perdí las llaves, hasta el momento mismo en que abro la puerta. No. Ella las trae en la mano y abre directamente, de un solo intento. Ganaría un viaje a Bariloche en Feliz Domingo, sin ningún problema. Abre, dice "hola amor", cierra y sube las escaleras. Abre la puerta, da su buenavenida. "Hola amor". No me llama, no pregunta si estoy y nunca cambia el tono en su anuncio. ¿Sabrá que estoy cuando dice "hola amor? ¿O será que dice "hola amor" porque esta es la casa en la que nos amamos? ¿saludará igual si no estoy? Entonces cierra y sube las escaleras. Y sube de un saque. No hay dudas en esa subida. No hay pesadez en sus pasos. Sube como un rayo. Y sacude las llaves en su mano cuando sube las escaleras. Las tuvo presas entre sus dedos antes de abrir, las libera en su mano mientras sube la escalera. Y ahí, cuando yo la puedo ver, antes de venir a mí, siempre hace eso que me vuelve loco. No sé si es el orden o la sensualidad de sus movimientos, pero me vuelve loco. Deja las llaves, se saca los zapatos y se saca el saco, siempre de abajo para arriba. Creo que eso es lo que me inquieta. Que se desprenda los botones de abajo para arriba. Cuando se saca las camisas hace lo mismo. Desactiva los botones de abajo para arriba. Tal vez porque su mejor secreto son esos lunares en el pecho, entonces los preserva lo más posible. Nunca los desnuda primero. No. Hace rogar esos lunares. Siempre desenlaza los botones de abajo para arriba. Y lo hace como si no lo hiciera. Me pregunta qué hacía y yo no puedo contestar esa pregunta ni ninguna otra mientras ella está desabrochando esa prisión que encierra su piel, de abajo para arriba. O es el pelo largo, siempre suelto, siempre ordenado. Ese pelo parece un ejército de niños bien disciplinados, que juegan en el recreo sin correr, que saben que en breve harán fila para volver al salón. Sí, debe ser el pelo. Siempre que vamos caminando, me gusta ver cómo esos hilos se mecen como en una hamaca paraguaya vertical, al son de su taconeo. Es el pelo, es el pelo y yo creo que son los botones. O es la manera que desabrocha su saco de pana gris, o la forma en la que se libera de la bufanda y yo creo que es el pelo. Toda su presencia es una distracción. Tal vez no sea ni el pelo ni los botones. Tal vez sea el perfume que me deja cada mañana cuando se va. Ese perfume que pondría celosa a cualquier mujer, si ella fuera mi amante. Ella estuvo acá, y encima hace poco, pero estuvo acá, puedo sentirlo, puedo sentirla todavía. Ella no se va hasta que no se va su perfume y encima, cuando su perfume se está yendo, ella taconea desde el pasillo, con la llave en la mano y abre la puerta y dice "hola amor". Sube las escaleras, se desabrocha el saco de abajo para arriba. De-abajo-para-arriba. Y me pregunta cómo estoy, qué estaba haciendo. Y yo qué sé qué estaba haciendo, si ahora no puedo más que hacer lo que pueda, con vos invadiendo mi casa, tirando tus zapatos, soltándote de una bufanda. Y yo qué sé qué estaba haciendo si ahora lo único que puedo hacer es pensarte desnuda en mi cama, y que me sonrías. Porque si algo tiene de bello es lo auténtica que es para hacer el amor. Ella no aprendió a hacer el amor mirando películas porno. Ella no pone cara de actriz de película porno cuando hace el amor. Ella sonríe cuando me hace el amor. Creo que la primer noche que pasamos juntos, supe que iba a estar con ella toda la vida porque no gemía como gimen todas las mujeres con las que hice el amor. Ella sonreía y se reía y me acariciaba y se movía como un gato, como un gato jugando con un ovillo de lana, se estiraba, se balanceaba, se mecía. Y sonreía. Y me pregunta cómo estoy y yo quiero verla desnuda, ya, pronto, la quiero con sus lunares a punto de tirotearme y sonriendo. Quiero cubrirla de besos, quiero morderle el cuello, quiero apretar su cuerpo contra el mío, quiero arañarle la espalda y que ella me la arañe a mí, me muerda, me tire del pelo. Ahora, ya, es urgente. Y así llega a mi casa, con tal impunidad. Yo me olvidé qué estaba haciendo cada vez que la ví llegar. Su llegada me cura del espanto, de la soledad. Para mí el tormento es escuchar el ascensor, que llega hasta mi piso y que no sea ella. Eso es el tormento. Es tal el dolor que cuando siento que es ella que abre la puerta con la llave certera, siento que descansan todas mis defensas. Esa misma noche, después de verla sonreír, después de que me abrazara para dormirse, cuando despertamos y yo subí la persiana, miré por la ventana, completamente conmigo, y me dí vuelta y encontré sus ojos buscando los míos, supe que ella me había venido a buscar. No había más alternativas. Ella me había venido a salvar. Supe que ella era y estaba para mí. Y que ya no iba a sentir más pena, porque estaba ella. Ella, sus lunares y sus botones. Ella y sus zapatos. Sus anillos y sus aros, su perfume y sus libros de economía, ella y su encanto por los jazmines; ella y su odio a los subtes; ella y su risa; ella y sus estornudos estertóreos. Ella y su gata venían por mí. Ya no tendría que esperar más por nada ni por nadie, porque ahora estaba ella, que todas las noches me esperaba con una sonrisa en la penumbra y con su piel y su perfume preguntando por mí. Y ahora abre la puerta, mirala, es ella, es tan linda, tan mía, tan pura, tan ella. Sube las escaleras, viene hacia mí. "Hola amor". Ahí está su perfume. Se estaba escapando y ella lo volvió a encerrar en mi casa. Cerró la puerta y sube las escaleras de un sacudón, no arrastra los pies ni sube de a poco. Por más cansada que esté. Sube de un saque. Hace lo mismo cuando las baja. No las baja de a poco, las baja de un tirón. Sube rápido, deja las llaves, y la delicia de sus dedos bailando un tango con sus botones. Me clava esos ojos, con su perfume como un cuchillo para mi cuerpo y yo no sé más nada del mundo.

-Hola amor. ¿Y? ¿Novedades? ¿Qué tal te fue con el médico?