domingo, 8 de agosto de 2010

el domingo es el primer día de la semana, no el último

Domingo. Es el Día del Niño y no tengo a nadie para saludar. ¿Hay algún niño en la sala que se preste para tal fin? Cobardes. Igual, a mí no me gustan los chicos. Hay un sol que se despertó tarde. Tal vez anoche se fue de parranda. Salió de su cuarto después del mediodía. Es domingo en Buenos Aires. Es lunes a la mañana mirado/desde/mi/lupa/interior en mi cabeza. El 9 es un micro escolar y hay gente y hay globos y tuppers envueltos en repasadores. Una embarazada conversa, lleva su recién nacido en brazos, envuelto en tres frazadas distintas: una rosa, una celeste y una blanca. ¿Qué clase de sexo tiene ese bebé? En Constitución el panorama es un jardín de juguetes de dudoso porvenir. Bajo del 9 en Moreno, camino hasta Belgrano, doblo y me encuentro a la embarazada. Touché. Las veredas de San Telmo están de fiesta: hoy van a hacer mucho ruidito con las rueditas de montón de bicicletas nuevas. Ttttrrrrrrrrr. Las bicicletas deben ser el regalo más regalado en el Día del Niño. A mí, mi primer bicicleta me la trajeron los Reyes. Y se la llevaron los cacos. Pero yo lo ví a mi papá cuando el 6 de enero a la tarde, bajaba esa bicicleta roja. Yo lo ví y nunca dije nada. Porque así era el juego. Me acuerdo que me parecía enorme. Es tan rara la noción de tamaño. A mí me parecía enorme. Y ahora me doy cuenta que era chiquitísima. Hoy ví bicicletas blancas, rojas, rosas, verdes, negras. Todas con las gomas llenas de esos pelitos que tienen las gomas nuevas. Los niños invaden muy sutilmente las calles. Nunca nadie los vio en ninguna reunión organizativa, pero ellos igual conquistan cualquier espacio, se adueñan del sonido. Hoy festejan su día porque es un día que después no se festeja. Y porque vivimos en un sistema que se encarga de imponernos festejos para que sigamos consumiendo y alimentemos con horas de nuestra vida el círculo vicioso en el que corremos con el único fin de seguir siendo explotados. Pero ese es otro tema. En Puerto Madero la gente se pasea como si el lugar les perteneciera. Nunca van a ser de aquí. Yo tampoco. Pero el sol nos pega en la cara y nos sentimos tan, tan aliviados. Todos toman gaseosa y tienen hijos y cargan mates. En la Reserva Ecológica, último bastión de la vida silvestre en Buenos Aires, el paisaje distiende. Algún deportista, un gringo en bicicleta, un par de enamorados que están vestidos para ir a comer a Pippo. Menos niños, gracias al cielo. Un matrimonio, un nene de seis y un bebé en un cochecito. Sobre este ripio, esas ruedas no llegan hasta Córdoba. Me duelen los pies pero sigo caminando. Para las almas sensibles, de Pez. Tres remeras, un pulóver y la campera; una calza abajo del pantalón, un par de polainas, dos pares de medias. Llego a la vera del Río. Los niños estaban todos acá. En bicicleta o a pie. Con pelota o raqueta. Están todos juntos acá. Yo, que venía por el camino de ripio, vislumbré el río como el que gritó "¡tierra!" desde el carajo; cuando llego a mi puerto, lo encuentro invadido por el enemigo. Me siento a mirar el montón de agua. Hay un barco enorme. Se aleja. Un negro, que debe ser africano. Su mirada le da al río un color que no conozco. Unos juntan piedras, otros las tiran al río. El aire es bello. El cielo está pelado. El piso es de casas rotas, de lugares que no existen, de gente que pasó; pedazos de piedra, ramas y botellas de plástico. El acto consiste en agacharse, agarrar una piedra y tirarla lo más lejos posible, hacia el agua. Verla hundirse, hasta siempre piedra. Una piedra que tocó mis dedos, se ahogó en el río de La Plata. Ese es el juego que juegan. Un nene se acerca a la orilla, camina con miedo, pisa las piedras con terror a caerse. Camina despacio. Agarra una piedra, la tira. Y la piedra sale volando hacia arriba, cayendo cerca suyo. El agua quedaba varios metros más para adelante. Dommage. Vuelve a intentar. Y cae más o menos igual. Cambia el lanzamiento y casi que pega en el agua. Se acerca, vuelve a tratar. Y la piedra golpea el agua. Lo festeja. Vuelve a hacerlo. Hay mucha torpeza en sus movimientos. Me apena, me aflije. Debería tener un padre que le indique tenés que poner la mano así, la idea es que vaya para adelante, ¿ves? Me pregunto quién le habrá enseñado a mi papá a afeitarse. Más allá un hombre marea una nena. La agarra de sus manos, la da vueltas y después la para. La nena flipa con el efecto mareo. Y quiere otra vez. Dale otra vez, no seas vigilante, que dentro de un rato va a tener 28 años y nadie que le haga eso. Yo me acuerdo la última vez que mi hermano me hizo eso. Y recuerdo haber pensado esto: esa fue la última vez que me hace marear. No lo recuerdo de la última vez que subí a un tobogán. Sí recuerdo la última vez que subí a una calesita. A las de sortija, digo. A mí me gustaba pilotear un avión, porque tenía dos bocinas distintas. El nene después agarra una bicicleta y se va. Parece estar solo. Por eso tiraba tan mal las piedras. Vuelvo a andar. Salgo. Vuelve el ruido de ripio y mis zapatillas. Más bicicletas. El barco se estaba acercando, no alejando. Está más grande. En realidad es enorme. La gente lo mira acercarse. Comentan las maniobras y todo. Salgo a Córdoba. Recorro la avenida Costanera. Acá se venía a ver el río y ahora se huelen los carritos. Bicicletas por todos lados. Y patines. Y niños. Más niños. Como me gustan los extremos, decido ir al cine. Salgo a la Casa Rosada, camino por enfrente a la Plaza. Paso por la Catedral. Justo terminó la misa y salen viejas que lavan sus culpas dejando un billete de cinco pesos a la señora que pide la limosna en la puerta. Me la imagino en el barrio, haciendo correr la voz de que trabaja en la Catedral. Las señoras la miran con desagrado, rezando porque no les vaya a tocar el abrigo. Le dejan el billete y no la miran a la cara. Huelen a plata las viejas con plata. Agarro la Avenida de Mayo. Pienso en un antes que ahora no vale la pena. Más gringos. Menos chicos. Llego al Gomón. Una para la de las 19.50. En la sala no hay niños. Bien. Funde a negro, vienen los títulos. Voy a tomar el colectivo. No se avizoran niños. Luego, sube una familia mamá+papá+nena. La nena tiene un tupper en la mano. ¿Es una costumbre nueva esa de pasear tuppers en el colectivo? Se bajan enseguida. Yo estoy en el umplugged de Charly García. Bajo del colectivo. De una casa sale un hombre que se acerca a un auto. Una nena lo acompaña a la vereda. Una mujer mira desde la puerta. La nena se acerca al hombre y le dice "Chau pá". El Día del Niño me pegó raro, sí.