martes, 28 de septiembre de 2010

caminamos una calle sin hablar

Colombres me vió triste. Colombres me vio alegre. Colombres me vio ausente. Me vio llorando. Colombres me vio rubia, colorada, morocha; con el pelo corto y el pelo largo. Colombres me vio cachorra, niña, adolescente y mujer. Colombres me vio dando mis primeros pasos y corriendo maratones. Colombres me vio irme y me vio llegar. Colombres me vio volver. Colombres me vio hambrienta y me vio satisfecha. Colombres me vio preocupada por mi nuevo trabajo. Colombres me vio precupada por irme de ahí pronto. Colombres me oyó suspirar por al menos tres amores distintos. Colombres me vio borracha y drogada. Colombres me vio manifestarme en contra de cualquier forma de evasión mental. Colombres me vio sin un cobre en los bolsillos y me vio despedirme de Buenos Aires por 23 días. Colombres me dio picazón con sus árboles de plátano de semillas invasoras. Colombres me vio de noche y de día. De mañana, mañana temprano, amanecer, madrugada, noche; de tarde anocheciendo, de tarde merendando, de tarde con ruido a siesta, al mediodía y a media mañana. Colombres vio cómo construía un hogar. Colombres vió cómo destruía un hogar. Colombres me vio de novia, desilusionada, casada, soltera y enamorada. Colombres me recibió más veces de las que me despidió. Colombres me despertó con bocinazos del 160, el 128, el 127 y el 88. Colombres me dio otoños con hojas prêt à pisar; verano con veredas llenas de cartuchos usados de bombuchas; inviernos con lluvia y taxis huidizos y primaveras con el sol aterrizando en el balcón. Colombres me dio fotos de su cara durante nueve años. Sé cuál era el frente que hoy es otro frente como lo supo ser antes. Colombres me empujó y me abrazó. Colombres me dio una casa con numeración capicúa, con escaleras, un montón de escaleras y con una bañera. Colombres me dio una casa para pintar, revocar, baldear, amoblar y abandonar. Colombres es la calle que eligiría como mejor testigo de mi vida adulta.

domingo, 26 de septiembre de 2010

horses

corren, patean
corren y gritan
gritan y patean
dan portazos
cantan
escupen
se burlan
aplauden
galopan
se empujan, se pelean
se mezquinan
se arrastran
vuelven a correr
se gritan auxilio en castellano neutro
escriben con tiza la pared
se asignan roles que después no cumplen
se levantan la mano
se dan la palabra
se piden pido
vuelven a correr
vuelven a gritar
se encierran
se juran odio
salen de vuelta
abren la puerta, la cierran a golpes
se cantan amor
se niegan
se aceptan
se vuelven a odiar
se lloran
se gritan
se abrazan
cantan una canción inventada
inventan un nuevo juego
para volver a correr
y gritar

esos caballos corriendo con furia
en un establo perimetrado por paredes de departamentos
son los niños del piso
en la libertad del pasillo
a la hora de la siesta

84 - Los sueños son más importantes que dormir.

Yo estaba anidada en su cama, desnuda. Acostada contra la pared, con la cabeza en su cuello. Ese colchón de una plaza donde sus sueños estaban tatuados. Podía sentir la pared fría sobre mi espalda y el olor a vainilla del perfume con el que rociaba su piel. Estaba con un brazo suyo enterrado en mi cintura, con la mano arriba del abajo de mi espalda. Y el otro tapándome, encerrándome en su cuerpo como jaula. Enfrentados los dos. Cara a cara. Horizontales. Yo, apoyada sobre un costado de mi cuerpo, acariciaba su pecho con la mano que estaba libre. Desenredaba los pelos enrulados que habían estaban ahí desde una adolescencia que desconocí. Despuntaba el encanto por deslizar mi muñeca en el centro de su tronco, de deslizar la palma de mi mano y abrir los dedos como un árbol sobre su piel llena de pecas, entre sus pezones y ese detalle de piel que no toma partido por ningún bando. Con mis pies acariciaba sus pies. No había música, sólo su respiración fuerte y el sonido de sus labios besando mi frente. Sus ojos cerrados. Nuestras pieles transpiradas. Promesas de eternidad. Sentí, lamenté que se me desprendiera para prepararse para salir. Salir a la calle, dejar atrás el escenario al que nos subimos desnudos los dos para interpretar un uno de intensidad infinita. Nada más doloroso que decirnos adiós luego de tanto deleite. Sentí hambre. "¿Vamos?" alcancé a escuchar que me decía, al mismo tiempo que desfilaba por la habitación en búsqueda del cinturón que, cómplice mío, un gran aliado, siempre se escondía. Yo seguía acostada, moldeada esperando su retorno a mí. Se agachó para hablarme, se sentó al borde de la cama. Vió mi piel erizada. Me tapó. Me destapé y le pedí que vuelva a la cama. Me dijo que no, que se tenía que ir. Lloré. "Volvé, dale", rogué con insistencia. "Volvé vos", me respondió. Entonces, un globo rojo con forma de corazón me estalló en la cara. ¡Plop! Sonó el teléfono. "¿Estabas soñando lo mismo que yo?".

lunes, 20 de septiembre de 2010

un zoom anatómico

dije adiós. salgo media hora tarde. y cargo con un poco de sueño, como si recién saliera de un tenedor libre de modorra. la llegada del colectivo se ve opacada por el paso de un camión de bomberos. a todo vapor, luces y sirena. mitad alarma, mitad aspamento. en el colectivo encuentro cinco centavos. brillantes y acostados con el cinco boca arriba. me siento en el fondo. dos veces. sí, una redundancia. una mujer negra está sentada en la otra punta de la hilera de asientos que nos separa y nos une. se acomoda las tiritas de sus zapatos con meticuloso esmero. un gordo con pinta de recién salido de trabajar escucha el gol de un partido de fútbol con la radio apoyada en la oreja. bien old school. la música parece de domingo a la tarde, pero es viernes a la noche. yo miro por la ventana y detenidos en un semáforo alcanzo a ver una heladera en la cocina de un primer piso. está sola. tiene algunos imanes desordenados encima. también puedo ver un termo apoyado en una mesa. silencio visual. de repente entra en escena un flaco de pelo largo. el actor principal de la pequeña obra de teatro de la que soy única espectadora. está fumando. agarra el termo y se sirve un mate. lo toma apoyado en el marco de la ventana. en una mano un mate, en otra el cigarrillo. cogotea hacia la noche. no me mira. no me ve. se da vueltas, se pone de espaldas. cuando está a punto de abrir la heladera, el colectivo arranca. ya nunca sabré qué tenía ahí, de qué materiales estaba compuesta la cara interna de esa puerta. pienso en esa escena en un tercer piso. en el silencio de una madrugada, en el olor de la noche a cigarrillo y yerba mojada. abro la libreta para anotar el haiku que me acaban de leer solo a mí. busco la primer hoja en blanco disponible. encuentro lo último que escribí: "el amor es tres cuartas partes curiosidad. casanova".

miércoles, 15 de septiembre de 2010

A mí me es fácil olvidar

Escucho la tecla de la luz de la cocina y me despierto. Me doy cuenta que estoy despierto porque se esfuma de mis manos las rayitas de goma del manubrio de la bicicleta del vecino. Es una bicicleta negra, con asiento banana y manubrio tipo chopper. Marcos me la presta para ir de esquina a esquina, sin que me aleje de su campo de visión. Y por un ratito. Después me la pide de vuelta. Él cree que yo voy a su casa por la bicicleta y se abusa un poco de eso. Pero en realidad yo voy a ver a su hermana Flavia, que siempre usa pantalones ajustados y remeras cortas que le dejan la panza al aire. Flavia va a mi escuela, pero a otra división. En la escuela no me dá ni pelota y además siempre me las ingenio para quedar como un tarado delante suyo. Como sea, la bicicleta está buenísima. Y el olor a goma me hace alucinar. Estaba soñando que andaba en esa bicicleta por todo el centro, solo, sin que Marcos me estuviera mirando. Eso, hasta que la luz de la cocina se reflejó en mi cama y entonces los pasos de las chinelas de mamá, y el magiclick y la hornalla abierta y la canilla y la pava con agua sobre el fuego. Quiero seguir durmiendo. No es la primera vez que mamá se levanta en el medio de la noche. Son como las cinco de la mañana y en poco más de dos horas tengo que entrar al colegio. No quiero despertarme ahora. Pero escucho que está inquieta. De más chico tenía un libro de cuentos que se llamaba "El ruido que hace alguien cuando no quiere hacer ruido". O algo así. No sé dónde habrá quedado y si todavía lo tengo conmigo. Y en el fondo siento que quisiera que me levante para ir con ella. Estoy en calzoncillos, así que me pongo el pantalón de la escuela para salir de la cama. Ya no puedo estar en calzoncillos delante suyo como antes. Me da mucha vergüenza. No sé por qué. Voy a la cocina y con la música de un bostezo le pregunto qué está haciendo. Nada, me dice. Pienso si otra vez vamos a darle con el cómo que no estás haciendo nada, nada, te dije que no estoy haciendo nada, volvé a la cama, que no puedo volver a dormir, ya me despertaste, qué hacés y te dije que nada. Así que mejor me lo ahorro y abro la heladera para prepararme una leche con cacao. Me dice que vuelva a la cama. Y yo no solo que no le contesto, si no que me siento en la mesa, con una taza, una cuchara, el cacao y el cartón de leche, dispuesto a ser testigo de lo que sea que esté haciendo. Está de espaldas, revisando el armario de la cocina. Cuando se da vuelta y logro verle la cara, me doy cuenta que hacía rato estaba despierta. No tiene los ojos colorados como cuando recién los abre. Y ya van varias veces que se desvela así.

Estoy buscando las cosas para armar el arbolito. Pero si estamos en septiembre. ¿Y qué tiene que ver? ¿O vos hacés las cosas solo cuando te dicen que hay que hacerlas? Si fuese así, ¿por qué no ordenás tu cuarto cuando te digo que lo ordenes? Mamá, para qué querés armar el arbolito ahora. No importa para qué. Quiero armar el arbolito. Si te molesta, volvé a tu cama. Pero para eso ya estoy explotando las burbujas de cacao que quedaron en el fondo de la taza. No sé qué hacer con mi mamá. La otra vez tiró una caja con todos mis muñecos porque decía que había que renovarnos. Por qué no tiró esas bombachas todas rotas que tiene, si había que renovarnos. Esos muñecos, yo los quería mucho. Pero cada vez que puede, mamá tira todo a la basura. Sospecho que esto del arbolito es para tirar las bolas doradas y las guirnaldas y en diciembre preguntarse a dónde estarán las cosas del arbolito que no las encuentra por ningún lado. Con lo nerviosa que se pone cada vez que pierde algo. Parece que va a quemarte con la mirada, cada vez que pierde algo. Tenés que ponerte a buscar vos también, cada vez que pierde algo. Aunque no sepas qué o aunque sepas que lo tiró a la basura, hacé como que también estás buscando, porque si no te juro que te puede fusilar. Pero no. Una vez que dio con la caja correcta, empieza a sacar bolas y estrellitas y guirnaldas y lluvias. Desenreda una madeja de luces y las enchufa con cuidado, para probarlas. Está encandilada por la musiquita y las lucecitas que, todavía un poco enredadas, ensayan un baile delante de sus ojos. Yo la miro y mientras tanto, abro un paquete de galletitas Ópera. Voy por la segunda taza. Ya no me voy a volver a dormir y me imagino que a las once, en la hora de historia, voy a cabecear más que de costumbre. Las lucecitas sobre la cara de mi mamá la iluminan dos veces. Una por el reflejo de sus colores y otra por la alegría que le dan.
Hace un montón que no veo a mi mamá alegre. Siempre está cagándome a pedos por cualquier cosa. Así que la ayudo a desenredar las lucecitas, mientras ella abre los brazos verdes del arbolito y lo para en la mesa. Es chiquito este arbolito. Antes teníamos uno grandote, más lindo, que ya se pueden imaginar dónde fue a parar. Antes de terminar de abrir todas las ramas de plástico, le empieza a colgar todos los adornos. Tengo ganas de que hagamos un viaje, me dice. ¿A dónde te gustaría ir?, me pregunta. Como sé que siempre dibuja castillos en el aire, no le digo nada. Enchufo de vuelta las luces, esta vez extendidas en el respaldo de las sillas. Algunas se rompieron, veo. Algunas se rompieron, dice. Y saca las lluvias y las guirnaldas. Las acomoda sobre el árbol. Vuelan algunas esquirlas brillantes y mi mamá me las sopla en la cara. ¿Qué hacés?, le digo. Ay, che, es una broma, me dice. Una broma es armar el arbolito en septiembre. Esto es una broma. Pero, che, vos siempre tan cabrón. Y vos siempre tan ridícula. Agarro la taza, la dejo en la pileta. Pensaba lavarla, pero sé que le molesta que deje la taza en la pileta y más si tiene cacao. Y me vuelvo a la cama. No sé para qué, porque ya escucho a los pajaritos y los colectivos que andan más seguido y eso significa que en breve me voy a ir a la escuela.
Me quedé con sueño y no puedo faltar. Hoy el gordo Matías iba a traer unas revistas porno de su hermano. Robadas, por supuesto. Como todo lo que tiene siempre el gordo Matías. El pelotudo se cree que se puede ser menos gordo si se es más chorro. Pero al lado del gordo me siento menos tarado y estoy entrando casi tarde cuando en la puerta veo que tengo desatado el cordón del zapato. Me agacho para atármelo, aunque sé que es al pedo. Se me desatan todo el tiempo. Estuve desde marzo hasta acá atándome los cordones con un promedio de tres veces por mañana. Y en eso llega Flavia. Lleva las manos agarradas en las correas de su mochila, a la altura de los hombros. Yo terminé de atarme los cordones, pero no me levanto. Estoy a la altura de su pollera y nunca estuve tan cerca de esas piernas. ¿Qué hacés?, me increpa. Encima me increpa. Nada, le digo yo. Pero no me levanto. No puedo. Me pasa la mano por la cabeza. Nunca sentí algo tan lindo. Me peina con sus dedos. Tenés el pelo lleno de tiritas brillantes, como las de las guirnaldas del arbolito, me dice. ¿Estuviste armando el arbolito esta mañana? Mirá que estamos en septiembre. Y se va corriendo por la galería al patio, a sumarse a la fila de su división.

jueves, 9 de septiembre de 2010

sos un traidor, un infiel y un enigma

de días en días

-porque aquí no caben expresiones como "de tanto en tanto" o "algunos días". se trata más bien de una mezcla de los dos. equilibrada mezcla. tampoco es una frecuencia. no-

de días en días gusto de traer un amante distinto a mi casa,
que festeje mis chistes y tome de mi vino.
que me deje jugarle con la luz y la sombra de mi lámpara favorita en el mundo.
que me seduzca por completo y me lleve a la cama
y me espere hasta que me venga un orgasmo y me duerma.
de tanto en tanto me gusta
cazarlo en la calle corrientes
mirarlo fijo, clavarle los ojos, seguirlo con la mirada, inspeccionarlo un poco
rozarle la piel, oler su cuerpo
agarrarlo fuerte, apretarlo con mi mano
elegirlo como a una presa perfecta
verás, yo soy una cazadora furtiva, sí
aunque no sé de qué otra manera se puede ser cazador
pero me gusta el trabajo de ir de caza sin grandes expectativas

-hay cosas mías que quisiera que no sepas nunca-

me gusta la tarea de la seducción
me gusta que me seduzca
esos verbos malditos que levantan las banderas de la duda
me gusta que me seduzca porque me dejo seducir
después de todo, es un amante perfecto siempre, aún cuando es malo
mal amante, amante al fin
y el género es secundario
puede ser un hombre o una mujer
o varios hombres y varias mujeres
anoche vine con varias mujeres
las amé a todas,
más que nada porque estaban todas juntas
pero más aún porque estaban
porque eran
a veces es un hombre solo
tengo un amante predilecto, tu sais
un amante fijo, verás
c'est mon amant
un amante fijo que a veces me agota
no, perdón, no quise decir eso
últimamente no viene tan seguido a mi cama
porque en realidad está siempre

-sobre gris una perfecta estrella AMARILLA-

hoy lloré teniéndolo en mis manos
cuando le encontré la página 115 señalada en un cuento corto
lloré como hacía mucho no lloraba
porque esa página señalada fue una miga que me dejó el pasado
ese pasado absurdo
que habita en cuadernos repletos de palabras
y en fotos llenas de olor a primavera

-a mí la primavera siempre me va a hacer acordar a esos días-

lloré porque ese amante me había sido infiel
y no tolero la infidelidad por parte de un amante
un amante es un amante, no hay lazos más que el amor pasajero
pero la fidelidad
la fidelidad no es un juego
y lloré por alguien que anda por ahí
y lloré por lo que dicen las líneas de una mano
pero sequé mis lágrimas porque al fin de cuentas
se trataba de un amante prestado o regalado
como si una amiga me hubiese presentado a alguien
o no
como si hubiese pasado un tren y seguido de largo sin frenar en la estación donde yo estaba
o no
como si alguien me dijera que pida un deseo para una estrella fugaz que no alcancé a ver
o no
como si mi amante me hubiese sido infiel.
eso
pero volviendo al tema

-el amor es tres cuartas partes curiosidad-

me gusta traerme de esos amantes
me gusta la promiscuidad, literalmente hablando
aunque
a veces me caso y tenemos muchos hijos y vivimos happily ever after
a veces sólo abuso de sus intenciones
y me gusta la seducción de la charla desinteresada camino a mi casa
sin demasiada atención
como si estuviera haciéndome rulos con un mechón de pelo y mascando chicle
no me importa lo que tengas para decir, sólo hago como que te escucho
pero cuando estemos en mi casa
ahí, ahí te quiero ver de veras
te quiero ver desnudo, de verdad
entonces llegamos y nos sentamos en la mesa del comedor y abro un vino y empieza el juego
de atrás para adelante, de adelante para atrás
y el olor y las fotos
y el tamaño de la letra y la textura del papel
y nunca conocí a nadie como vos
y ya no vuelvo a estar sola
y te amo
esta noche te amo
te juro que te amo
aunque recién te conozco, aunque mañana cuando me despierte, me levantaré rápido, me iré pronto y vos seguirás en la mesa de luz y ahí pasarás el día, tal vez hasta la noche siguiente

y entonces nos quedaremos chapando en la mesa un buen rato
yo tomo un poco más de vino y te desnudo página por página
y vos me das lo más lindo que tenés de vos
total, un día de estos hablaré de vos y alguien me dirá un dato obseno de tu existencia
y entonces ya no te querré
y habremos pasado algunas noches juntos

tal vez me dormí teniéndote en mis brazos
y caí rendida después de tanto orgasmo visual

-mi pequeña muerte-

y la luz quedó prendida
¿hay algún silencio más bello que el de la noche con la luz prendida?
sí, el de una radio todavía encendida en la madrugada de un día de semana

-dejo la radio prendida para que, si quieren venir a robar, crean que hay alguien-

y puedo levantarme un amante en el parque rivadavia
un domingo a la tarde
mientras los viejos se debaten la gloria en un partido de ajedrez
un nene aprende a andar en bicicleta
una chica aprovecha de la edad de su hija para subirse a la calesita
y yo en el puesto 96, eligiendo un nuevo amor
y puedo levantarme un amante en la calle corrientes
en edipo, uno que venga con coño y joder
con tarjeta de crédito
en libertador, uno barato, berreta
en efectivo
y puedo levantarme un amante en dorrego y bonpland
esperando no enamorarme de esa esquina una tarde de otoño
yo con una camisa a cuadros rojos y un rodete alto
y vos arriba de un tablón con caballetes, a la interperie, y todo lleno de polvo

-as if-

me gusta la idea
del amante ocasional
del amante
me gusta la idea del amante
me gusta traerlos a mi casa sin prolegómenos
llevarlos a la cama y que duerman conmigo
al día siguiente, viajar juntos en colectivo o subte
elegir la música para que compartamos
no sé
a veces mis amantes son míos
a veces son prestados
a veces son regalados
me gusta la idea de charlar sobre esos amantes compartidos
o los amantes que nunca desnudé, pero siempre quise
cuando en una fiesta o reunión, alguien los menciona y yo redescubro el deseo
qué linda sensación la del deseo
¿hay algo más animal que el deseo?
o esos amantes que deseo y deseo y luego de un tiempo conquisto
sos mío

hoy me encontré con una escritora
que prologó el amante que anoche traje a mi casa
sentada enfrente mío, me sedujo la magia del momento

-en cualquier enamoramiento uno quiere mirarle todo a ese objeto de deseo-

generalmente
general y mente dos palabras sueltas que solas no suelen estar juntas
generalmente mis amantes duermen amontonados en una biblioteca que llegó a mi casa el día que cumpli 27 años
salvo contadas excepciones
una, dos, tres, tal vez ocho
que los eché de mi casa
fuera, fuera, ya no tenés un lugar en mi casa ni en mi corazón
entonces mis amantes fueron a otro lugar
una vez tiré un amante a la basura
alguno ha terminado en la salamandra
y me gustaría que esa frase sea leída con las cejas levantadas
alguno ha terminado en la salamandra
pero por lo regular
los dejo en esa biblioteca
y a veces los dejo que sean amantes de algún amigo que quiera amarlos como yo
de días en días