domingo, 26 de septiembre de 2010

84 - Los sueños son más importantes que dormir.

Yo estaba anidada en su cama, desnuda. Acostada contra la pared, con la cabeza en su cuello. Ese colchón de una plaza donde sus sueños estaban tatuados. Podía sentir la pared fría sobre mi espalda y el olor a vainilla del perfume con el que rociaba su piel. Estaba con un brazo suyo enterrado en mi cintura, con la mano arriba del abajo de mi espalda. Y el otro tapándome, encerrándome en su cuerpo como jaula. Enfrentados los dos. Cara a cara. Horizontales. Yo, apoyada sobre un costado de mi cuerpo, acariciaba su pecho con la mano que estaba libre. Desenredaba los pelos enrulados que habían estaban ahí desde una adolescencia que desconocí. Despuntaba el encanto por deslizar mi muñeca en el centro de su tronco, de deslizar la palma de mi mano y abrir los dedos como un árbol sobre su piel llena de pecas, entre sus pezones y ese detalle de piel que no toma partido por ningún bando. Con mis pies acariciaba sus pies. No había música, sólo su respiración fuerte y el sonido de sus labios besando mi frente. Sus ojos cerrados. Nuestras pieles transpiradas. Promesas de eternidad. Sentí, lamenté que se me desprendiera para prepararse para salir. Salir a la calle, dejar atrás el escenario al que nos subimos desnudos los dos para interpretar un uno de intensidad infinita. Nada más doloroso que decirnos adiós luego de tanto deleite. Sentí hambre. "¿Vamos?" alcancé a escuchar que me decía, al mismo tiempo que desfilaba por la habitación en búsqueda del cinturón que, cómplice mío, un gran aliado, siempre se escondía. Yo seguía acostada, moldeada esperando su retorno a mí. Se agachó para hablarme, se sentó al borde de la cama. Vió mi piel erizada. Me tapó. Me destapé y le pedí que vuelva a la cama. Me dijo que no, que se tenía que ir. Lloré. "Volvé, dale", rogué con insistencia. "Volvé vos", me respondió. Entonces, un globo rojo con forma de corazón me estalló en la cara. ¡Plop! Sonó el teléfono. "¿Estabas soñando lo mismo que yo?".