miércoles, 15 de septiembre de 2010

A mí me es fácil olvidar

Escucho la tecla de la luz de la cocina y me despierto. Me doy cuenta que estoy despierto porque se esfuma de mis manos las rayitas de goma del manubrio de la bicicleta del vecino. Es una bicicleta negra, con asiento banana y manubrio tipo chopper. Marcos me la presta para ir de esquina a esquina, sin que me aleje de su campo de visión. Y por un ratito. Después me la pide de vuelta. Él cree que yo voy a su casa por la bicicleta y se abusa un poco de eso. Pero en realidad yo voy a ver a su hermana Flavia, que siempre usa pantalones ajustados y remeras cortas que le dejan la panza al aire. Flavia va a mi escuela, pero a otra división. En la escuela no me dá ni pelota y además siempre me las ingenio para quedar como un tarado delante suyo. Como sea, la bicicleta está buenísima. Y el olor a goma me hace alucinar. Estaba soñando que andaba en esa bicicleta por todo el centro, solo, sin que Marcos me estuviera mirando. Eso, hasta que la luz de la cocina se reflejó en mi cama y entonces los pasos de las chinelas de mamá, y el magiclick y la hornalla abierta y la canilla y la pava con agua sobre el fuego. Quiero seguir durmiendo. No es la primera vez que mamá se levanta en el medio de la noche. Son como las cinco de la mañana y en poco más de dos horas tengo que entrar al colegio. No quiero despertarme ahora. Pero escucho que está inquieta. De más chico tenía un libro de cuentos que se llamaba "El ruido que hace alguien cuando no quiere hacer ruido". O algo así. No sé dónde habrá quedado y si todavía lo tengo conmigo. Y en el fondo siento que quisiera que me levante para ir con ella. Estoy en calzoncillos, así que me pongo el pantalón de la escuela para salir de la cama. Ya no puedo estar en calzoncillos delante suyo como antes. Me da mucha vergüenza. No sé por qué. Voy a la cocina y con la música de un bostezo le pregunto qué está haciendo. Nada, me dice. Pienso si otra vez vamos a darle con el cómo que no estás haciendo nada, nada, te dije que no estoy haciendo nada, volvé a la cama, que no puedo volver a dormir, ya me despertaste, qué hacés y te dije que nada. Así que mejor me lo ahorro y abro la heladera para prepararme una leche con cacao. Me dice que vuelva a la cama. Y yo no solo que no le contesto, si no que me siento en la mesa, con una taza, una cuchara, el cacao y el cartón de leche, dispuesto a ser testigo de lo que sea que esté haciendo. Está de espaldas, revisando el armario de la cocina. Cuando se da vuelta y logro verle la cara, me doy cuenta que hacía rato estaba despierta. No tiene los ojos colorados como cuando recién los abre. Y ya van varias veces que se desvela así.

Estoy buscando las cosas para armar el arbolito. Pero si estamos en septiembre. ¿Y qué tiene que ver? ¿O vos hacés las cosas solo cuando te dicen que hay que hacerlas? Si fuese así, ¿por qué no ordenás tu cuarto cuando te digo que lo ordenes? Mamá, para qué querés armar el arbolito ahora. No importa para qué. Quiero armar el arbolito. Si te molesta, volvé a tu cama. Pero para eso ya estoy explotando las burbujas de cacao que quedaron en el fondo de la taza. No sé qué hacer con mi mamá. La otra vez tiró una caja con todos mis muñecos porque decía que había que renovarnos. Por qué no tiró esas bombachas todas rotas que tiene, si había que renovarnos. Esos muñecos, yo los quería mucho. Pero cada vez que puede, mamá tira todo a la basura. Sospecho que esto del arbolito es para tirar las bolas doradas y las guirnaldas y en diciembre preguntarse a dónde estarán las cosas del arbolito que no las encuentra por ningún lado. Con lo nerviosa que se pone cada vez que pierde algo. Parece que va a quemarte con la mirada, cada vez que pierde algo. Tenés que ponerte a buscar vos también, cada vez que pierde algo. Aunque no sepas qué o aunque sepas que lo tiró a la basura, hacé como que también estás buscando, porque si no te juro que te puede fusilar. Pero no. Una vez que dio con la caja correcta, empieza a sacar bolas y estrellitas y guirnaldas y lluvias. Desenreda una madeja de luces y las enchufa con cuidado, para probarlas. Está encandilada por la musiquita y las lucecitas que, todavía un poco enredadas, ensayan un baile delante de sus ojos. Yo la miro y mientras tanto, abro un paquete de galletitas Ópera. Voy por la segunda taza. Ya no me voy a volver a dormir y me imagino que a las once, en la hora de historia, voy a cabecear más que de costumbre. Las lucecitas sobre la cara de mi mamá la iluminan dos veces. Una por el reflejo de sus colores y otra por la alegría que le dan.
Hace un montón que no veo a mi mamá alegre. Siempre está cagándome a pedos por cualquier cosa. Así que la ayudo a desenredar las lucecitas, mientras ella abre los brazos verdes del arbolito y lo para en la mesa. Es chiquito este arbolito. Antes teníamos uno grandote, más lindo, que ya se pueden imaginar dónde fue a parar. Antes de terminar de abrir todas las ramas de plástico, le empieza a colgar todos los adornos. Tengo ganas de que hagamos un viaje, me dice. ¿A dónde te gustaría ir?, me pregunta. Como sé que siempre dibuja castillos en el aire, no le digo nada. Enchufo de vuelta las luces, esta vez extendidas en el respaldo de las sillas. Algunas se rompieron, veo. Algunas se rompieron, dice. Y saca las lluvias y las guirnaldas. Las acomoda sobre el árbol. Vuelan algunas esquirlas brillantes y mi mamá me las sopla en la cara. ¿Qué hacés?, le digo. Ay, che, es una broma, me dice. Una broma es armar el arbolito en septiembre. Esto es una broma. Pero, che, vos siempre tan cabrón. Y vos siempre tan ridícula. Agarro la taza, la dejo en la pileta. Pensaba lavarla, pero sé que le molesta que deje la taza en la pileta y más si tiene cacao. Y me vuelvo a la cama. No sé para qué, porque ya escucho a los pajaritos y los colectivos que andan más seguido y eso significa que en breve me voy a ir a la escuela.
Me quedé con sueño y no puedo faltar. Hoy el gordo Matías iba a traer unas revistas porno de su hermano. Robadas, por supuesto. Como todo lo que tiene siempre el gordo Matías. El pelotudo se cree que se puede ser menos gordo si se es más chorro. Pero al lado del gordo me siento menos tarado y estoy entrando casi tarde cuando en la puerta veo que tengo desatado el cordón del zapato. Me agacho para atármelo, aunque sé que es al pedo. Se me desatan todo el tiempo. Estuve desde marzo hasta acá atándome los cordones con un promedio de tres veces por mañana. Y en eso llega Flavia. Lleva las manos agarradas en las correas de su mochila, a la altura de los hombros. Yo terminé de atarme los cordones, pero no me levanto. Estoy a la altura de su pollera y nunca estuve tan cerca de esas piernas. ¿Qué hacés?, me increpa. Encima me increpa. Nada, le digo yo. Pero no me levanto. No puedo. Me pasa la mano por la cabeza. Nunca sentí algo tan lindo. Me peina con sus dedos. Tenés el pelo lleno de tiritas brillantes, como las de las guirnaldas del arbolito, me dice. ¿Estuviste armando el arbolito esta mañana? Mirá que estamos en septiembre. Y se va corriendo por la galería al patio, a sumarse a la fila de su división.