lunes, 20 de septiembre de 2010

un zoom anatómico

dije adiós. salgo media hora tarde. y cargo con un poco de sueño, como si recién saliera de un tenedor libre de modorra. la llegada del colectivo se ve opacada por el paso de un camión de bomberos. a todo vapor, luces y sirena. mitad alarma, mitad aspamento. en el colectivo encuentro cinco centavos. brillantes y acostados con el cinco boca arriba. me siento en el fondo. dos veces. sí, una redundancia. una mujer negra está sentada en la otra punta de la hilera de asientos que nos separa y nos une. se acomoda las tiritas de sus zapatos con meticuloso esmero. un gordo con pinta de recién salido de trabajar escucha el gol de un partido de fútbol con la radio apoyada en la oreja. bien old school. la música parece de domingo a la tarde, pero es viernes a la noche. yo miro por la ventana y detenidos en un semáforo alcanzo a ver una heladera en la cocina de un primer piso. está sola. tiene algunos imanes desordenados encima. también puedo ver un termo apoyado en una mesa. silencio visual. de repente entra en escena un flaco de pelo largo. el actor principal de la pequeña obra de teatro de la que soy única espectadora. está fumando. agarra el termo y se sirve un mate. lo toma apoyado en el marco de la ventana. en una mano un mate, en otra el cigarrillo. cogotea hacia la noche. no me mira. no me ve. se da vueltas, se pone de espaldas. cuando está a punto de abrir la heladera, el colectivo arranca. ya nunca sabré qué tenía ahí, de qué materiales estaba compuesta la cara interna de esa puerta. pienso en esa escena en un tercer piso. en el silencio de una madrugada, en el olor de la noche a cigarrillo y yerba mojada. abro la libreta para anotar el haiku que me acaban de leer solo a mí. busco la primer hoja en blanco disponible. encuentro lo último que escribí: "el amor es tres cuartas partes curiosidad. casanova".