sábado, 30 de octubre de 2010

viernes, 22 de octubre de 2010

no podrás cenar sin tu noticiero

En el medio del bullicio un plato se cae y todos los comensales buscan al culpable, en un repentino operativo de silencio y miradas de sospecha. Hasta que la pista del sonido de vidrios arrastrándose lleva al responsable y entonces todos vuelven a sus puestos. Entra en escena un flaco de rulos, alto muy alto. Lleva una remera naranja muy naranja. Me pregunto si se trata de una redundancia, eso de llamar la atención dos veces. Como un gato negro que sabe tocar jazz. Todos lo miran. Lo miramos. Sus ojos y los míos se trenzan tenso durante unos cuantos segundos mientras pasa por mi mesa y el encanto dura hasta que sale de mi campo de visión. Un matrimonio de adultos muy adultos, un matrimonio de esos que ya festejaron bodas de algún metal noble, con olor a rutina y costumbre y espanto, de esos en los que uno de ellos apaga la televisión sin preguntarle al otro si ya es hora de ir a dormir, un matrimonio rancio, paga la cuenta por separado. Ella está muy enojada pero el saco que cuelga del respaldo de su silla es tan caro que no puede permitirse un escándalo. Se lo pone tan rápido como su cuerpo se lo permite y se va caminando sola y casi apurada hacia la puerta. Él, en cambio, se ocupa de ordenar los billetes en su billetera de cuero marrón, tatuada con una jota y una eme. Los ordena y acomoda para que estén todas las fotografías mirando hacia el mismo lado, en fila. Y recién cuando terminó de acomodarlos, de lustrar los vidrios de sus anteojos y de pasarse la mano por las mechas que le quedan de pelo en resistencia, se marcha. El mozo va a recoger los restos de la guerra que quedaron en el campo de batalla y junta los dos platos, los dos pares de cubiertos, las servilletas, la panera, los vasos con restos del vino de la casa, la discusión, la cena con resistencia, la tarde en que se conocieron y esa amiga que los presentó, la boda en la Iglesia por más que él fuera ateo, la fiesta en la casa de la tía Beba, la compra del terreno y la casa terminada, la llegada del primer hijo en una tarde de calor insoportable y muy poco recomendada para la ocasión, la primera vez que lo tuvieron que llevar a un hospital, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una iglesia, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una escuela, las fotos que se perdieron en la mudanza, las discusiones por las miraditas que le tiraba la cuñada en el cumpleaños de su hermano, las navidades en la casa de mi familia, los años nuevos en la casa de la tuya, el accidente de autos, las vacaciones en las sierras cordobesas todos los putos veranos y los escarbadientes usados en una bandeja . Entonces entra un niño con una camiseta larga. Le llega hasta por las rodillas. Y las mangas me recuerdan una tira de Mafalda en la que maldice porque su madre le compra un guardapolvo varios talles más grandes. El mozo casi lo taclea apenas se acerca a una mesa en la que están dos chicos y dos chicas. Muy incordialmente lo invita a retirarse. Prácticamente lo barre hasta la vereda. Vuelvo la mirada hacia la mesa de los dos pares. Están sentados una frente al otro y uno frente a la otra. No puedo determinar si son amigos, compañeros de la secundaria, colegas de trabajo o se trata de una de esas asquerosas y repugnantes salidas de parejas. Entre las chicas no hay miradas cómplices ni risas a coro. En eso se miran, una de ellas mira a los dos chicos para luego bajar la mirada, limpiarse la boca con una de las servilletas bordó y levantarse para ir al baño. La sigo con los ojos hasta que desaparecen sus pies cuando sube el último escalón que está a mi vista. En la mesa, entre los tres que quedan le revisan la cartera. Uno de ellos vigila y los otros escarban entre cigarrillos, monedero y brillo labial sabor frutilla. Creo que no encontraron nada o tal vez no buscaban nada en particular y se trataba de revisar por gusto. Yo le revisaba la cartera a mi mamá y la muy turra siempre tenía algún caramelo escondido que yo le robaba (con su connivencia). Entonces la chica vuelve, pero ahora tiene el pelo suelto y lo enrosca como se lo enroscaba Susana Gimenez cuando desglosaba qué tenía puesto, quién la había maquillado y peinado y las medias son de Silvana, por supuesto. Todos hacen como si la escena anterior no hubiese existido y yo me muero de ganas de decirle a la chica de pelo enroscado que en su ausencia le revisaron la cartera, pero me hipnotiza el mozo hipnotizado frente a la televisión. La mira con la boca abierta, como si fuera una aborigen viendo llegar inmensos barcos a la costa de la playa en donde vivió toda su vida, en el mismo agua donde parió a sus hijos. Entonces el cajero le clava la mirada y lo devuelve a su realidad. La del oficio que aprendió hace varias décadas y el que le dió de comer y con el que se pagó las vacaciones en las Cataratas del Iguazú y la moto para cuando el nene cumplió los 18. Entonces se acerca a una mesa que recién abandonaron y retira su propina con el mantel de cuna. Juna unas monedas y mira con bronca hacia la puerta, como si pudiera hacer viajar una puteada a través del espacio hasta la oreja de los que recién se fueron. Miro hacia la ventana y veo pasar del brazo al matrimonio que hace un rato salió separado. Pienso en las tumbas de grandes amores de la historia que deciden ser enterrados juntos. Compartir la putrefacción. Eso es amor. Bajan las luces y traen una torta con una velita encendida. No es de las tipo bengala, el terror de los miedosos; ni tiene número y hasta se parece demasiado a esas velas malditas que nunca están cuando se corta la luz. La torta va acompañada por un otro mozo (un otro mozo) que la lleva hacia una mesa redonda donde una viejita muy viejita la recibe levantando las cejas. Está con gente tanto más viejita como ella, otros un poco menos y otros que ni siquiera clasifican. Luego de la canción pertinente, sopla después de pensar -mirando fijo la llama, claro- los que tal vez sean sus últimos deseos. Y alguien vuelve a encenderla con un zippo para que una nena de pelo largo, vestido rojo y verde, con voladitos en las medias y zapatitos rojos la apague. La viejita se molesta y las cejas se le arrugan arriba de la nariz. El dueño del zippo se levanta, le da un beso desganado a la viejita; se levanta una mujer de rulos y minifalda blanca, le pone un saquito rojo a la nena y la nena, que se tomó de un saque lo que le quedaba de fanta en el vaso, se va con ellos, mirando para atrás. Este será un recuerdo imborrable. Mientras tanto, la viejita ya empezó a cortar la torta y a repartirla entre los comenzales que quedaron en la mesa. Más acá, una pareja come en el más absoluto de los silencios. Ni siquiera se piden la sal que los haga reaccionar. De nada sirve escaparse de uno mismo. Entra un hombre. Es bastante bajito y lleva un traje de lo más ordinario, con un enorme prendedor en la solapa de su saco marrón que en mayúsculas, a los gritos, dice que puede ayudarme a bajar de peso y ustedeándome, me ordena a que le pregunte cómo. Qué tipo inoportuno, pienso, uno ya no puede comer ni un plato de fideos con pesto en paz. El señor mira para todos los wines, como si fuera a cometer algún crimen, y escurridizo marcha a paso veloz hacia el baño, sin pedir permiso ni preguntar dónde queda. Cuando vuelve el cajero lo mira como si fuera a ladrarle. El acusado se va agradeciendo el uso del escusado. Nomás le falta un sombrero para levantar. Cuando pasa rápido por al lado de mi mesa, escucho la goma de sus zapatos chistarle al suelo, siento el olor a naftalina de su ropa y le perdono todo. Al acercarse a la puerta de entrada, baila un vals durante algunos segundos con una morocha artificial, artificiales son sus pechos, sus labios, aunque los cabellos que cuelgan de sus cabellos, parecen ser naturales. Los dos hacia la derecha, los dos hacia la izquierda, los dos hacia la derecha. Al final es ella quien se queda en la derecha cuando él se va a la izquierda y logra liberarse hacia la calle. Atrás de la morocha viene un flaco rubio, joven y esbelto. Esbelto. Son tal para cual. Para mí que cual es ella y tal es él. Se sientan frente a frente y apenas sentados, se agarran la mano. Se frotan los pulgares y sin mirar la carta, él pide por los dos. Al rato, el acto de amor de sus dedos se desvanece cuando llega a su mesa una regia parrillada para dos. Y entonces, si te visto no me acuerdo.

viernes, 15 de octubre de 2010

it's oh so quiet

tengo algo que contarte. pero es un secreto. y por eso, no lo divulgues, porque sólo te lo voy a contar a vos. tenés que darme tu palabra de honor. sos buena en la cama y sabés guardar un secreto hasta quebrar tu cuerpo. algo así, claro. pero más contundente. más de silencio. más de amanecer en un lugar desconocido, sin saber cómo se llama el dueño de la pierna que tenés encima. y nunca confesar tal desvarío, habrase visto, toda esa educación en escuela de monjas para terminar enredada en sábanas desconocidas. o más bien, silencio de colegiales, balvanera o montserrat a la madrugada de día de semana. sí, ese tipo de silencio. porque esas calles deben guardar muchos secretos. sobre todo las que tienen ventanas. debe ser raro vivir en un departamento en planta baja, con ventana a la calle, ¿no? los secretos de esas familias se deben escurrir a la hora de la siesta, como agua por abajo de una puerta sin burletes. entonces, ¿me prometés que lo vas a saber guardar bien? no, en serio te hablo. necesito de tu palabra. bueno, en realidad eso es relativo. lo sé. poca coherencia tiene en sus actos aquel que se dice militante de la justicia y la verdad pero que no cumple con sus compromisos, por mínimos que sean. así que por aquellas veces que me prometiste que ibas a hacer algo que luego no hiciste, se me hace más dificil confiar en vos. bueno, en serio, ¿me vas a prometer que no vas a decir nada? de nada sirve esa promesa. si me cagás una vez es culpa tuya, si me cagás dos veces, es culpa mía. bueno, puede ser, sí, se trata de otra cosa, ok, está bien, pero acá hay muchas cosas en juego. esto es serio. es información confidencial. como cualquier secreto, claro. igual, yo nunca entendí a la gente que los dice, a la espera de que no sean divulgados. es como jugar a la lotería y esperar perder. la gracia de un secreto es cómo va saltando, de boca en boca, de voz en voz como un creativo trabajo en cadena, en el que cada operario le añade su propio color. ¿alguna vez te volvió un secreto que lanzaste? ¿estaba muy distinto a cuando pasó por tus labios? ¿y qué hiciste? ¿pusiste tu mejor cara de yo no fui? si hay algo que admiro de la cultura en la que vivo es esa pasión hermosa en la tarea de hacer se el boludo. ahora, yo te puedo jurar que siempre cumplí mi palabra y cada vez que me dijeron que guardara un secreto, así lo hice. los tengo todos en un arcón de madera, con un código de seguridad de ocho dígitos. será por eso que espero que los demás conserven el mismo código. bueno, ahora que lo pienso, en realidad una vez abrí la boca. pero tenía ganas de cometer una picardía y ahí fue cuando rompí años de confianza depositados en un dime y un direte. qué buen término ese. ese y correveydile. tendría que haber un manual de lo "eso no se hace" donde figuren esas mínimas contravenciones. divulgar un secreto no merece una pena capital, pero es un tipo de traición, sí. bueno, sí, volviendo al tema. ¿me prometés que vas a sellar tus labios? no te creo. no tenés palabra. ¿y si mejor te los sello yo de un beso?

miércoles, 13 de octubre de 2010

tazas de te chino

hoy tengo una entrevista con una psicóloga. primera vez. obra social. setentasietecatorce. me quedé demasiado tiempo en la cama y ahora hago todo diciendo "mierda, mierda, mierda; llego tarde, llego tarde, llego tarde". no encuentro qué ponerme, si ir vestida seria o vestida de mí misma, agarro lo principal, una bombacha y un par de medias, vuelvo a la cocina a buscar un trago del té con leche que trago mientras regreso hacia la cajonera a ver qué pantalón tengo limpio para ponerme, y en eso me acuerdo que tengo poca carga en el celular y mientras robo otro sorbo del té con leche, lo enchufo y vuelvo a ver qué me pongo además del pantalón.

me tomo el b, qué subte aburrido el b. porque el a tiene la sabiduría que otorga la madurez; la h tiene la energía de la juventud; la d es sofisticación dandy. el b es un embole. y cometí un acto de torpeza y la comodidad de este asiento no me va a servir de nada porque adentro de mi cartuchera no tengo ni el lápiz delineador ni la máscara de pestañas con las que me iba a pintar los ojos durante el viaje, tal como lo pensé cuando terminé de bañarme. y qué será de mis ojos sin maquillaje, si llego a llorar mucho en la sesión. y en esta gente que va buenos aires arriba tan despreocupada, hay una rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle, está un poco grande o la ropa le queda chica, aunque quién soy yo para juzgarlo y después de todo, está transitando una segunda preadolescencia: es demasiado señora para ser chica y demasiado chica para ser señora. pasa una vendedora de pañuelos que dice ser ciega, pero se detuvo al lado del flaco que tengo adelante, en cuanto él atinó a abrir un bolsillo de su mochila deportiva y pienso por qué será que los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia. si, por ejemplo, los estudiantes no están siempre vestidos de estudiantes; los médicos no están siempre vestidos de médicos; los empleados públicos no están siempre vestidos de empleados públicos, ¿por qué extraña razón los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia? y esa pregunta ya debe haber existido millones de veces pero me chupa un huevo porque me decido a levantarme para ir hacia la puerta, la que viene ya es Medrano y de repente la rubia salta como si la alarma de "bajarse del subte" se le hubiese encendido con un poco de delay, y se baja del subte. transito el último tramo que me queda al mismo tiempo que observo que nadie en este vagón está tan bien vestido como estaba ella.

es raro esperar a alguien en un palier, a.k.a. zaguán. porque ¿qué hacer? posar como para una foto, hacerse el distraído, mirar fijamente que del otro lado del vidrio se vea alguien más que el propio reflejo? esos minutos entre que uno se presenta en voz alta delante de una placa de bronce en la que un portero despuntó su monomanía laboral esta mañana, hasta que finalmente la puerta es abierta, esos minutos han de ser motivo de angustia. además de tener que prepararme para enfrentar mi imagen mental de cómo puede llegar a lucir esta mina con su imagen verdadera, tengo que prepararme para tolerar esa sensación de estar en un laberinto de película cada vez que voy a un departamento que no conozco. y luego de ensayar distintas poses, entre las que destaco "mujer mirando preocupada a la vereda", "leyendo un libro de la colección de página doce" y "apoyome sobre el mármol frío, una pierna extendida, la otra flexionada", cae la muy descocada, con una polera turquesa, pantalón de jean y botas de lo más regulares.
a ver, a ver, ¿qué pasó? para empezar, el turquesa fue el color de moda hace diez años y esas botas son propias de una zapatería para viejas. y yo me habré olvidado el delineador y el rimmel pero vos bien que te podrías haber puesto un poco de brillo en los labios aunque sea, ¿no?

y doce pisos...más tarde, el consultorio es una meca de la simpleza insípida. al entrar hay una mesa de vidrio y cuatro sillas rojas, las paredes blancas como las cortinas y ni un puto cuadro a la vista. unas meninas, un miró, ni un afiche pop art, aunque sea. por el amor de dios, cuánto blanco ¡y todo junto! y adelante, me dice. adelante. adelante a dónde si todo este blanco no me deja ver nada, pienso. entramos en una habitación con un sillón de dos cuerpos color té con leche, con tres almohadones que van en degradé del té con leche al té rojo, casi al mismo rojo del sillón de un cuerpo donde se va a sentar ella. aquí también las paredes están vírgenes y la única interrupción del blanco la comete un título que la corona como licenciada en psicología.

bueno nos conocemos, me dice. ¿bueno, nos conocemos? ¿qué clase de afirmación es esa? ¿nos conocemos de antes? ¿nos conocemos ahora? ¿nos conocimos? ¿conozcámonos? ah, conozcámonos querés decir, le digo. sí, eso mismo, conozcámonos. y en ese mismo momento me doy cuenta que entre esta psicóloga y yo hay un abismo, "¡muerte al salvaje cambiador de verbos; viva el fundamentalismo de la conjugación!", ni perdón. y procedo a retirarme sabiendo que no la voy a volver a ver nunca más en la vida, por más que hayamos quedado te parece bien, como hoy, el miércoles a las once. sí, dale, macanudo.

me meto en un ¿y aquí debería decir la verdad o disfrazarla con cultura? podría decir que me metí en algún notable bar pero no, voy a ser honesta, tengo la mentira prohibida y lo cierto es que me metí a por un café con leche en el mac donalds de medrano y corrientes. sí. y qué? mientras pienso que la mejor manera para revertir esta mañana es caminando hasta el trabajo, espero mi pedido y no deseo agrandarlo y pido un vaso de soda. en eso veo que una estudiante de medicina está vestida de estudiante de medicina y me da tirria. tomo mi café con leche y en vez de ponerme la radio, recaigo con el umplugged de Charly García. juego a las miradas esquivas con un flaco que desayuna en una mesa próxima hasta que me voy volando a caminar.

paso por locales de ropa, una ferretería llena de cosas que no entiendo, una mueblería que pintó un liquidación de tiza en su frente de vidrio, un hotel lujoso y un hotel de mala muerte, un local de comida peruana; paso por charcos de películas pirateadas, por dos kilos de frutillas diez pesos, por un negro con un paraguas mojado de oro; paso por el kiosco en el que compramos con belén una coca, la vez que fuimos al taller de ana; por el edificio donde vive mi antigua psicóloga, (¿sería mi ex?) y pienso seriamente en tocarle el timbre "hola, ¿me atendés un ratico?", le diría, te lo juro. y sigo caminando y entro en un bar. no. y sigo caminando, no más. y en eso pienso que el once por corrientes puede llegar a enloquecerme, así que al llegar al abasto, elijo (elijo) bajar al subte y montarme en él hasta pasteur. dos estaciones. lo que se dice, un rapidito.

paso el molinete luego de apoyar el frente de mi mochila rosa con enormes círculos verdes, a la altura del bolsillo donde guardo mi tarjeta monedero, me río de los obsoletos que todavía pierden tiempo haciendo la cola, me pregunto si ese tiempo que me ahorro me lo usaré para algo mejor que pagar un plazo fijo en la cama desde que me despierto hasta que me levanto. o algo así. y veo cómo nos tomamos la invasión de esa tarjeta as if y un día de estos terminaremos con chips metidos en las yemas de nuestros dedos y mi infancia, oh, fue tan bonita sin computadoras y con cospeles

en el andén, qué linda palabra andén, me hace acordar al nombre de mi hermano, en el andén veo que el ventilador no funciona, miro un mural que hicieron los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22 en 1985 y pienso que seguramente alguno de ellos se cruzó con luca, tal vez hasta se tomó una ginebra con él y creo que se me va a hacer un poco tarde, cuando veo pasar a la misma rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle. lleva, además, tres bolsas de papel, de distintas tiendas de ropa. de esa ropa que huele bien hasta después que fue lavada seis veces. de esa ropa que vale varias de mis ropas. la rubia con la que hace poco más de una hora fui desde diagonal norte hasta que ella se bajó de repente en el abasto, es la rubia que pasa caminando delante mío mientras estoy apoyada en los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22, en 1985. pero no es la misma, en realidad, porque ok, sí, esta lleva un bolsito rosa chicle pero también carga tres bolsas de papel, y poco más de una hora desfilando en un shopping, con aire acondicionado, escaleras mecánicas, música funcional y gente germinando esperando el sol. esa rubia y yo volvemos hacia el mismo lado desde donde vinimos juntas. coincidimos dos veces en un subte, en un mismo día. esa rubia, sus botas de esta temporada y mis zapatillas gastadas. su camisa blanca bordada y mi remera de cortázar teñida de rosa en mi casa con anilina colibrí. su jean de encaje perfecto y el mío con la entrepierna ya gastada. y pienso que qué loco, cuando llega el subte y ella se sube al vagón siguiente, la muy cobarde. y caigo en la cuenta que hace un año que no me compro ropa, que a diferencia de la mayor parte de las mujeres, no hay tarea que me excite menos que comprarme ropa, que nunca tengo ninguna prenda de la temporada actual cuando llego a la conclusión de que la psicóloga de la entrevista parece una tienda china de ropa para mujeres. y no hay otra manera mejor para describirla

domingo, 10 de octubre de 2010

las sábanas, testigo de tu cuerpo desnudo

hago la cama
no me levanté recién
más bien hace unas cinco horas
es domingo y los domingos me gusta hacer la cama
no apenas salgo de ella
eso jamás
jamás

pongo los bitel
sgt pepper
orden + música
el ritual que aprendí cuando pasaba las tardes
después del colegio
escuchando fito páez
y pasando un trapo por el piso de mosaico
o cerámica
nunca entendí la diferencia
verde

abro las ventanas
retiro el acolchado amarillo
que me regaló mi madre apenas me mudé a esta casa
los regalos institucionalizados de mi madre
son todo un tema de conversación
como el secaplatos que nos compró cuando me casé
o las zapatillas cuando cumplí 18
lo sacudo y retiro la frazada naranja
esa que me regaló J
un domingo soleado como este,
pero en ese entonces estaba enamorada

retiro las sábanas lilas
las primeras que lavé en mi casa
las primeras sobre las que lloré por amor
las que más me gusta usar
las primeras que tuve en mi vida de soltera
si esas sábanas hablaran
contarían lo pajera que soy

sacudo los almohadones
son de pluma
como el de Quiroga
pero los míos guardan entre sus plumas, mi sueño de escribir
ok, eso último fue malísimo
debo estar leyendo mucho... bueno, no importa
son cómodos y los amo
un amante que tengo me los hizo conocer

veo que el gato estuvo despuntando
su vicio instintivo
de afilar sus uñas en el borde del colchón
y pienso que maravilloso dejavu
me separé porque sus gatos eran insoportables
y ahora, yo tengo uno by my own


tiendo la cama y pienso
en la vez que me hice pis
y mis papás me hicieron la cama
mientras yo me dormía parada
y por más que yo me sentía en falta
supieron no retarme

tiendo la cama y me acuerdo
de la cama de mi mamá y
del olor de su pelo en la almohada
de jugar de mano con mis hermanos hasta desarmarla
de las luces de la tele reflejándose en su cara dormida
de esa noche de febrero en que me recibí de mujer
(y no estoy hablando de sexo)
de las inyecciones en esa cama
de mi mamá haciéndola conmigo de fiebre
de las fotos con mis juguetes en esa cama

tiendo la cama y me acuerdo
de las noches hablando con Alejandra
y Donna dándonos vuelta todo alrededor de nuestros cuerpos acostados
de las charlas sobre su frazada roja
compartiendo un cenicero
las volutas de humo interceptaban polillas
y nosotras planeábamos cambiar el mundo

hago la cama
porque tal vez hoy reciba visitas
pero la tiendo desprolijo
así no creo que la tiendo porque viene alguien
latiendo

la tiendo porque me gusta tenderla