miércoles, 13 de octubre de 2010

tazas de te chino

hoy tengo una entrevista con una psicóloga. primera vez. obra social. setentasietecatorce. me quedé demasiado tiempo en la cama y ahora hago todo diciendo "mierda, mierda, mierda; llego tarde, llego tarde, llego tarde". no encuentro qué ponerme, si ir vestida seria o vestida de mí misma, agarro lo principal, una bombacha y un par de medias, vuelvo a la cocina a buscar un trago del té con leche que trago mientras regreso hacia la cajonera a ver qué pantalón tengo limpio para ponerme, y en eso me acuerdo que tengo poca carga en el celular y mientras robo otro sorbo del té con leche, lo enchufo y vuelvo a ver qué me pongo además del pantalón.

me tomo el b, qué subte aburrido el b. porque el a tiene la sabiduría que otorga la madurez; la h tiene la energía de la juventud; la d es sofisticación dandy. el b es un embole. y cometí un acto de torpeza y la comodidad de este asiento no me va a servir de nada porque adentro de mi cartuchera no tengo ni el lápiz delineador ni la máscara de pestañas con las que me iba a pintar los ojos durante el viaje, tal como lo pensé cuando terminé de bañarme. y qué será de mis ojos sin maquillaje, si llego a llorar mucho en la sesión. y en esta gente que va buenos aires arriba tan despreocupada, hay una rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle, está un poco grande o la ropa le queda chica, aunque quién soy yo para juzgarlo y después de todo, está transitando una segunda preadolescencia: es demasiado señora para ser chica y demasiado chica para ser señora. pasa una vendedora de pañuelos que dice ser ciega, pero se detuvo al lado del flaco que tengo adelante, en cuanto él atinó a abrir un bolsillo de su mochila deportiva y pienso por qué será que los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia. si, por ejemplo, los estudiantes no están siempre vestidos de estudiantes; los médicos no están siempre vestidos de médicos; los empleados públicos no están siempre vestidos de empleados públicos, ¿por qué extraña razón los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia? y esa pregunta ya debe haber existido millones de veces pero me chupa un huevo porque me decido a levantarme para ir hacia la puerta, la que viene ya es Medrano y de repente la rubia salta como si la alarma de "bajarse del subte" se le hubiese encendido con un poco de delay, y se baja del subte. transito el último tramo que me queda al mismo tiempo que observo que nadie en este vagón está tan bien vestido como estaba ella.

es raro esperar a alguien en un palier, a.k.a. zaguán. porque ¿qué hacer? posar como para una foto, hacerse el distraído, mirar fijamente que del otro lado del vidrio se vea alguien más que el propio reflejo? esos minutos entre que uno se presenta en voz alta delante de una placa de bronce en la que un portero despuntó su monomanía laboral esta mañana, hasta que finalmente la puerta es abierta, esos minutos han de ser motivo de angustia. además de tener que prepararme para enfrentar mi imagen mental de cómo puede llegar a lucir esta mina con su imagen verdadera, tengo que prepararme para tolerar esa sensación de estar en un laberinto de película cada vez que voy a un departamento que no conozco. y luego de ensayar distintas poses, entre las que destaco "mujer mirando preocupada a la vereda", "leyendo un libro de la colección de página doce" y "apoyome sobre el mármol frío, una pierna extendida, la otra flexionada", cae la muy descocada, con una polera turquesa, pantalón de jean y botas de lo más regulares.
a ver, a ver, ¿qué pasó? para empezar, el turquesa fue el color de moda hace diez años y esas botas son propias de una zapatería para viejas. y yo me habré olvidado el delineador y el rimmel pero vos bien que te podrías haber puesto un poco de brillo en los labios aunque sea, ¿no?

y doce pisos...más tarde, el consultorio es una meca de la simpleza insípida. al entrar hay una mesa de vidrio y cuatro sillas rojas, las paredes blancas como las cortinas y ni un puto cuadro a la vista. unas meninas, un miró, ni un afiche pop art, aunque sea. por el amor de dios, cuánto blanco ¡y todo junto! y adelante, me dice. adelante. adelante a dónde si todo este blanco no me deja ver nada, pienso. entramos en una habitación con un sillón de dos cuerpos color té con leche, con tres almohadones que van en degradé del té con leche al té rojo, casi al mismo rojo del sillón de un cuerpo donde se va a sentar ella. aquí también las paredes están vírgenes y la única interrupción del blanco la comete un título que la corona como licenciada en psicología.

bueno nos conocemos, me dice. ¿bueno, nos conocemos? ¿qué clase de afirmación es esa? ¿nos conocemos de antes? ¿nos conocemos ahora? ¿nos conocimos? ¿conozcámonos? ah, conozcámonos querés decir, le digo. sí, eso mismo, conozcámonos. y en ese mismo momento me doy cuenta que entre esta psicóloga y yo hay un abismo, "¡muerte al salvaje cambiador de verbos; viva el fundamentalismo de la conjugación!", ni perdón. y procedo a retirarme sabiendo que no la voy a volver a ver nunca más en la vida, por más que hayamos quedado te parece bien, como hoy, el miércoles a las once. sí, dale, macanudo.

me meto en un ¿y aquí debería decir la verdad o disfrazarla con cultura? podría decir que me metí en algún notable bar pero no, voy a ser honesta, tengo la mentira prohibida y lo cierto es que me metí a por un café con leche en el mac donalds de medrano y corrientes. sí. y qué? mientras pienso que la mejor manera para revertir esta mañana es caminando hasta el trabajo, espero mi pedido y no deseo agrandarlo y pido un vaso de soda. en eso veo que una estudiante de medicina está vestida de estudiante de medicina y me da tirria. tomo mi café con leche y en vez de ponerme la radio, recaigo con el umplugged de Charly García. juego a las miradas esquivas con un flaco que desayuna en una mesa próxima hasta que me voy volando a caminar.

paso por locales de ropa, una ferretería llena de cosas que no entiendo, una mueblería que pintó un liquidación de tiza en su frente de vidrio, un hotel lujoso y un hotel de mala muerte, un local de comida peruana; paso por charcos de películas pirateadas, por dos kilos de frutillas diez pesos, por un negro con un paraguas mojado de oro; paso por el kiosco en el que compramos con belén una coca, la vez que fuimos al taller de ana; por el edificio donde vive mi antigua psicóloga, (¿sería mi ex?) y pienso seriamente en tocarle el timbre "hola, ¿me atendés un ratico?", le diría, te lo juro. y sigo caminando y entro en un bar. no. y sigo caminando, no más. y en eso pienso que el once por corrientes puede llegar a enloquecerme, así que al llegar al abasto, elijo (elijo) bajar al subte y montarme en él hasta pasteur. dos estaciones. lo que se dice, un rapidito.

paso el molinete luego de apoyar el frente de mi mochila rosa con enormes círculos verdes, a la altura del bolsillo donde guardo mi tarjeta monedero, me río de los obsoletos que todavía pierden tiempo haciendo la cola, me pregunto si ese tiempo que me ahorro me lo usaré para algo mejor que pagar un plazo fijo en la cama desde que me despierto hasta que me levanto. o algo así. y veo cómo nos tomamos la invasión de esa tarjeta as if y un día de estos terminaremos con chips metidos en las yemas de nuestros dedos y mi infancia, oh, fue tan bonita sin computadoras y con cospeles

en el andén, qué linda palabra andén, me hace acordar al nombre de mi hermano, en el andén veo que el ventilador no funciona, miro un mural que hicieron los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22 en 1985 y pienso que seguramente alguno de ellos se cruzó con luca, tal vez hasta se tomó una ginebra con él y creo que se me va a hacer un poco tarde, cuando veo pasar a la misma rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle. lleva, además, tres bolsas de papel, de distintas tiendas de ropa. de esa ropa que huele bien hasta después que fue lavada seis veces. de esa ropa que vale varias de mis ropas. la rubia con la que hace poco más de una hora fui desde diagonal norte hasta que ella se bajó de repente en el abasto, es la rubia que pasa caminando delante mío mientras estoy apoyada en los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22, en 1985. pero no es la misma, en realidad, porque ok, sí, esta lleva un bolsito rosa chicle pero también carga tres bolsas de papel, y poco más de una hora desfilando en un shopping, con aire acondicionado, escaleras mecánicas, música funcional y gente germinando esperando el sol. esa rubia y yo volvemos hacia el mismo lado desde donde vinimos juntas. coincidimos dos veces en un subte, en un mismo día. esa rubia, sus botas de esta temporada y mis zapatillas gastadas. su camisa blanca bordada y mi remera de cortázar teñida de rosa en mi casa con anilina colibrí. su jean de encaje perfecto y el mío con la entrepierna ya gastada. y pienso que qué loco, cuando llega el subte y ella se sube al vagón siguiente, la muy cobarde. y caigo en la cuenta que hace un año que no me compro ropa, que a diferencia de la mayor parte de las mujeres, no hay tarea que me excite menos que comprarme ropa, que nunca tengo ninguna prenda de la temporada actual cuando llego a la conclusión de que la psicóloga de la entrevista parece una tienda china de ropa para mujeres. y no hay otra manera mejor para describirla