martes, 30 de noviembre de 2010

no se bajar esto

cómo te quiero tanto, después de tanto tiempo, es algo que no voy a entender en la reputa vida, me dijo, mientras tomaba de su benjamin syrah, con un cubito jugando a la calesita dentro de la copa. diciembre amanecía y él me quería tanto. tanto, que se levantó para darle play a los bitel.

estamos transmitiendo en vivo desde una esquina ahumada. toda la casa, las cosas, todo huele a humo. no molesta, porque buenos aires es así de intensa. me gusta la música de buenos aires, me dice. ¿qué música? le pregunto. la música, me dice, como si yo tuviera que saber que lo que para él es música, para mí es el respirar insoportable de esta puta ciudad. hoy mi vieja me manda un mensaje, me pedía que le vaya a hacer un trámite. no, le digo, no puedo. y le mandé una foto de la casa rosada, me cuenta. yo le hablo de esa costumbre porteña de citar esquinas con precisión exquisita. quiere mostrarme unas fotos y prende mi computadora. cuando el incendio de hoy a la mañana, fue una de las tres cosas que agarré, le cuento otra vez. en eso, oh no, chusmea el Escritorio. es muy chusma, ya lo sé. ve el despelote de archivos con nombres extraños. ¿y este? no sé qué será, le digo. los guardo con lo primero que se me viene a los dedos. puede ser un número, una palabra porque sí, cualquier cosa. lo abre. es un block de notas que dice "Beaten Soul And Keith Thompson - Change (Spokenapella Mix)". i have no idea wtf is that. debe ser por eso que lo guardé bajo el nombre de "no se bajar esto", que más bien quiere decir "no sé, bajar esto". y yo pienso que cada vez que lo veo conecto con él, con los reportes que nos hacemos, con la edición de la información, lo que nos contamos y lo que no; de lo que hablamos y de lo que no. y también conecto conmigo, con lo que era de mí la última vez que lo ví.

el domingo le mandé un mensaje. ¿me querés?, le preguntaba. sí, me respondió. ¿y vos a mí?. un montón, le contesté. apenas llegamos, le mostré esas cartas que me escribió a los diecisiete años en la única manera que podíamos sostener nuestra relación a distancia: por carta. los permisos para salir con el auto, las profesoras insoportables de 5º año, el viaje de egresados. a diez años atrás, directo. ¿y a qué buzón habrá ido a parar la carta que le escribí en el verano? ¿se acordará de mí cada vez que escuche come togheter? qué bueno que estés acá ¿hacía cuánto que no nos veíamos? ¿por qué siempre hablamos de nuestras primeras veces y no de las últimas? la última fue hace como dos años. yo cumplía 26 y él estudiaba psicología. no sé cuándo lo quise más. si cuando casi se pierde el avión por quedarse conmigo andando en colectivo o cuando se asomó a despedirme desde la terminal, mientras mi micro arrancaba. ¿sabrá que hoy vino como un ángel, a hacerme bien?

caminamos por nueve de julio, abajo de la lluvia. nos sacamos una foto en el obelisco. ¿por qué una foto en el obelisco? ¿por qué semejante pecado? pues porque no teníamos una puta foto juntos. y vos viste mi asunto con las fotos y la gente querida. bueno, otro día te cuento.

¿sabés? me copa cuando dejo cosas despelotadas en mi casa, le cuento. el mouse en la mesada, abajo de un monedero y arriba de un libro, por supuesto. para mí es un arte eso, me dice. paulinho moska dibuja volutas de humo sonoras y ¿entonces? entonces esto funciona así: yo elijo de qué hablar, de qué no, qué digo primero, qué después. y como ahora es más apasionado porque me encanta que estés acá, me chupan un huevo las mayúsculas, le digo. prende un cigarrillo y se ríe. en este momento nada me hace más feliz que verlo reirse. (se ríe para atrás). y que escuchar esa voz que debo escuchar no sé, dos hermosas veces por año. ¿qué hacés? ¿cómo estás? qué bueno que estés acá.

tiene que irse. es la hora. lo acompaño hasta el taxi, lo abrazo fuerte. ¿cuándo nos volveremos a ver? le pregunto. cuando sea, me contesto. vení en el verano, me dice. bueno, voy a tratar, le miento. y me pide algo que yo le prometo (otra vez).

vuelvo a mi piso ahumado, me encuentro al vecino tratando de establecer contacto con un gato que yo nunca antes ví. quiere saber si es gato o gata, si es del edificio, cómo terminó acá y por qué se junta a charlar con su gato en la puerta de su departamento. cómo le contestará todo eso, no sé. me parece que es gata, dice él después de que me despido. sí, es una requete gata, le aseguro y me voy a dormir. mañana lo voy a extrañar mucho, es lo último que pienso antes de apagarme. diez minutos después, un mensaje suyo. Te había extrañado. y me duermo con el celular en la mano.

¿y no vas a poner nada de lo que te insisto para que hagas lo que sabés hacer?
no sé, sí, puede ser. tal vez al final.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Chacun cherche son chat

me dispongo a poner play y justo antes de terminar de sentarme, me doy cuenta que no agarré las agujas y las lanas para finiquitar la bufanda naranja que me estoy tejiendo. el asunto de la bufanda me inquieta bastante. pasé el invierno tejiendo para otros. amigos, gente querida. distintos colores. con flecos y sin flecos. montón. un puñado de míos. horas de quietud que pasaron por mis brazos rebelándose a tal paz. desde charlas con amigos, en mi casa o en las suyas hasta hora, hora y media en colectivo desde el sur porteño al conurbano bonaerense. y si algo amo de todo lo que odio de mi vestimenta sin perfume a Coquetería es que necesito llevar colores estridentes. y, ahora que lo pienso, creo que los adopté desde la vez que leí la palabra "estridente". Raeleá (raepuntoes) "estridente" y vas a ver que eso es lo que soy yo. entonces me estoy tejiendo una bufanda naranja. si fuera amarillo, sería amarillo patito. si fuera rosa, sería fucsia. si fuera celeste, sería turquesa. pero es naranja y es genial.
como garcía.
como el botón de "publicar entrada" de blogger

bueno, ahora le voy a armar los flecos.
más o menos los mido y empiezo a cortar cada uno de los treinta flecos que necesito.
aprendí a tejer hace poco más de un año. soy el as de las dos agujas, no sabés. bueno, no, en realidad no. no todavía. pero me enseñó una amiga y eso es mágico.
entonces ya sé hacer los flecos. sí, sí, yo solita.
tomo un trozo de lana naranja. es áspera y es fina y se parece a la hija de una cinta de esas que son para embalar. ¿cómo se llamaban? corto una tira, la uso de referencia para la segunda. vuelvo a medir, vuelvo a cortar. la dejo. tomo otro trozo de lana. mido. corto.

¿te conté de las veces que me cortaba el pelo? de puro adolescente conflictuadita, por supuesto. vuelvo a medir y vuelvo a cortar. ¿y de las veces que me corté la ropa? arruiné montón de remeras de rock (en realidad son de las únicas que tengo) cortándoles el cuello de maneras imposibles. mido otra y me faltan diez. corto. una vez me corté la mano lavando un vaso que había quedado en la pileta de un departamento que compartía con dos roñosos del demonio. estaba abajo de una sartén y una olla. y me corté. me dejó una cicatriz espectacular para mirar con alguien en la cama, una mañana, y contarle cómo me salió. vuelvo a cortar otro trozo más de lana. me encanta cortar pronto cuando hablo por teléfono. puedo hablar durante horas, pero el momento del adiós, me urge que sea rápido. rápido. ejemplo: bueno, chau. tu tu tu. ah, cierto que los celulares nos robaron el sonido ese. qué pena. vuelvo a medir, solo dos más y con una aguja de crochet voy a meter este montón de lineas de lana entre los puntos del tejido y a llenarme la bufanda de alegres flecos que le den soltura y a arreglarle los puntos, esconder los restos de cirugía. bueno, a mí también un poco, ya que estamos. y qué bueno estuvo tejerla, porque me quedó divina y mientras la película estaba por la mitad, yo estaba cerrando los puntos. y cuando llegaba a su fin, yo estaba terminando de cortar los flecos. qué bueno es tejer. eso de armar algo con los dedos, de crear con las manos y con paciencia. qué terapéutico, me dice todo el mundo. mmh. ¿por qué será? y ahora que lo pienso. lo mejor de tejer no es tejer. lo mejor de tejer es cortar.