jueves, 29 de diciembre de 2011

sax, sex, six

me despierto, (sigo enojada) con ganas de vestirme e irme. no, no te vayas, me dice él. yo, que sigo enojadísima desde anoche, no tengo ganas de componer ninguna situación, de hacer un diván en la cama, desnudos los dos y a vos qué te pasó y a mí me pasó esto, y bueno cosa que (nos) pasan. sólo quiero hacer lo que mejor me sale hacer después de hacer el amor (en el orden de cosas, no es que después de hacer el amor lo haga. haga esto) que es enojarme e irme. entonces, con el alma enfurruñada lo único que quiero es salir de la escena, abandonar el personaje ese de sostener el enojo, de encauzar toda mi energía al objeto de mi enojo, sea una jarra que se me cayó (traicionándome, la desgraciada) o un mal entendido después de hacer el amor y la falta de ganas de irme de noche, mejor me voy mañana. irme, me voy a ir, pero no ahora. mejor estirar este enojo hasta mañana y entonces, bueno, ya tengo el pelo seco, (pero sigo enojada) y es de día. ah muy bien, muy bien. el sol cumplió su trabajo, salió a la mañana, lo mismo hicieron los pájaros y las sombras y (mi enojo sigue ahí) mejor irme y disfrutar de la ciudad a la mañana, tan llena de gente apurada (y yo tan enojada, tan amarga como savia de aloe vera). no sé si es bueno que te quedes, en realidad. yo tampoco, le digo. es una de esas situaciones y a mí me gustaría tanto aprender a desaparecer. me gustaría tanto irme, que el asunto se resuelva y volver cuando el rompecabezas ya esté armado. ¿hablamos después? me propone, cobarde, con miedo a mi enojo. (yo también le tengo miedo a mis enojos, a veces me llevan ((por autopista)) a lugares indeseables) no sé, respondo y me hago la importante, como asegurando una desaparición (ese término maldito que nos lleva a un único lugar, cuando quisiera yo ir a otro) y me voy. abro la puerta-tijera del ascensor con bronca. ahí hay una nena con un vestido escocés, zapatos brillantes, con el pelo lacio, flequillo, adorable, lleva un rosario colgado del cuello y un globo agarrado de la mano, que, de tan enojada que estoy (y como si pudiera así desquitarme con este y todos mis enojos), le pincho justo antes de salir a la calle. el globo explota, la nena se queda quieta. yo me quedo mirándola. yo quería hacerla llorar, quería verla llorar. cuando subiste al ascensor, sabía que ibas a hacer eso, me dice. y de un tirón se desvisten todas mi estupideces y mis paréntesis.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Que solo y triste voy a estar en este cementerio

las monedas que guardé los últimos 12 meses fueron a parar a un rompecabezas con dibujos de Keith Haring. entonces la cena de fin de año me tiene con dos hamburguesas a la mesa, una ensalada de tomate y albahaca (albahaca), una de chauchas y huevo y una de tomate y arvejas. un vaso de agua con jenjibre. de postre, turrón con maní. y sémola crocante en barra. a quién quiero engañar, es un menú de mierda.

hoy estuve todo el día despidiéndome del año. del año en que conocí la muerte, del año que terminé con un gran amor. //Qué calor hará sin vos en verano. //del año en que despedí gente que se iba, y gente que se quedaba, porque la que se iba era yo. del año en que conocí la tristeza más salvaje, la que me llevaba de paseo por insomnios y horas de siesta, siestas de horas. de la tristeza que ni un viaje a Rosario pudo calmar. de esa tristeza que se sentó en el living de mi cabeza como si alguien la hubiera invitado a tal cosa, se sirvió un vaso de whisky y se sacó los zapatos. de una tristeza que ni los pelos de mi gato naranja por toda la casa pudieron distraer. y fue tan fuerte este año que, ¿qué decido? pasar la noche de año nuevo sola, en mi casa. the perfect plan.

si no fuera porque hablé hora y media por teléfono con una de mis amigas de la secundaria (Con Todo Lo Que Eso Implica), creo que podría haberse ganado la cucarda más gorda que haya en la categoría "Momentos depresivos bajo el método Bridget Jones".

Mientras tanto, me corto varios pedazos de la hamburguesa -que ya se enfrió, por supuesto- para así solo dedicarme a tomarlos con el tenedor en la mano izquierda, y con la derecha seguir seleccionando piezas de color y no color. caigo en la cuenta de que aquí y ahora somos mi gato, el rompecabezas y yo. y azul, de Los Piojos, que está rayado justo en Vals Inicial y me quiero cortar las pelotas, qué noche de mierda, tendría que haber ido a comer con la familia de mi mamá, con las tías, el vithel thoné que hizo la tía (seguro) Dora, con mis primos y los hijos de mis primos, que son algo así como mis nietos hermanos y la casa del 3228 era la base de operaciones de las fiestas de fin de año y yo acá, con un rompecabezas de 1000 putas piezas putas, un gato que se para adelante del ventilador y yo creo que me quiere imitar cuando hablo ddeellaannttee ddee llaass aassppaass yy ssee eessccuucchhaa ggrraacciioossoo y Gustavo y Darío habrán gastado montón de plata en pirotecnia. yo me acuerdo re bien de las pirotecnias de los últimos años, de las pirotecnias flacas y las abundantes. de las pirotecnias tristes decretado el duelo nacional, de las nuevas pirotecnias y las tradicionales. y falta poco menos de una hora para la medianoche, para el año nuevo propiamente dicho, pero los vecinos de abajo están haciendo un asado en la vereda (¿no es hermoso eso?) y entre molleja y molleja están tirando unos tiritos de mentira.

el gato se asusta, corre de acá para allá, como si fuera tomy o daly en feliz navidad, y él fuera el gato con un cohete de mecha corta prendiéndose fuego en la punta de su cola. y yo lo agarro, pero basta que ¡pum! otro bombazo y se asuste y el lugar más seguro es ninguno para sus oídos y qué estará pensando este gato, ¿creerá que ganaron los aliados?

sábado, 17 de diciembre de 2011

hasta que un día te amalgames con la tierra (*)

les deseo la muerte a todos. de veras les deseo la muerte. deseo que vean pasar a la parca y comprendan que vos, yo, todos nosotros no somos más que hormigas, que caminamos por el cordón de la vereda de una calle de un barrio de una provincia de un país de algún continente, llevando pedacitos de flores blancas durante el verano para pasar el invierno. que las miraditas en el trabajo, los sobres con celofán, las palabras de tu nuera, a los gritos por teléfono y por más fuerte que sean los gritos en los que vienen, nunca tendrán más volumen que la forma de las nubes, que las definiciones de un niño sobre una palabra que no conoce, que encontrar una valija toda llena de sombreros, que la música de la luna llena con un velo de agua.

yo quiero desear la muerte porque no estoy de acuerdo con la vida eterna, con la juventud estirada, con las operaciones para borrar las arrugas. yo no estoy de acuerdo con los "no cambies nunca", con los "para siempre", con los tatuajes de la banda que me gusta. yo deseo la muerte porque la muerte da vida, porque con la muerte, lo real, las lágrimas, la certeza. nos hace falta tanta solemnidad, despojarnos del ruido, y es la muerte la más pura fuente, una mina de solemnidad descubierta por teléfono a las seis de la mañana. la muerte mata las idioteces, las filosofías baratas, los datos duros que envuelven a cualquier persona y que tenés que dar en la ventanilla de admisión de la guardia del hospital. tu número de documento, tu teléfono, el nombre que eligieron para que lleves toda la vida, de nada sirve cuando funde a negro y vienen los títulos.

deseo que esa muerte que les venga, sea la muerte de la persona que más amen. porque es a esa misma persona a la que más critican, con la que más crueles son, a la que más de una vez le tirarían aceite hirviendo en la cara, mientras la vida les da piola, les da piola y el barrilete vuela, vuela y las tiras de papel flamean, desperdician el tiempo esperando algo de alguien que nunca se los va a dar, sorprendiéndose por lo que ya conocen y después se muere, un velatorio indiscreto, era tan bueno, era tan joven, era tan linda (cosas que todos sabíamos, pero que no le dijimos jamás) y una silla al lado del cajón, un vecino escandaloso, un hijo salido del placard y entonces ese mamá, ¿por qué siempre llegás tarde? fue un rayo, hizo ruido, mucho ruido, quemó la heladera, pero después, comprar otra un sábado a la tarde, esperar el flete el lunes de 14 a 18 y entonces, todo hubiese sido más lindo si mamá, qué bueno que viniste.

les deseo la muerte porque es lo más bello que nos puede pasar. nos une en una emoción universal: yo voy a morir. vos vas a morir. tu madre, tu padre, tus hermanos, tus amigos de la escuela, los del trabajo, los vecinos, los hijos de los vecinos. es sólo una cuestión de tiempo. todos vamos a morir y eso es lo único que sabemos y hasta entonces, ¿qué hacemos?

nos deseo la muerte para que entendamos que las características extrañas de nuestras familias, los amigos con los que no tenemos nada que ver, pero que son necesarios para drenar la cabeza, los gatos que siempre se afilan las uñas sobre la misma cortina con bordado de pecesitos, el perro al que le pagan con alimento su trabajo de ladrar en el frente de una casa con jardín enrejado, las terrazas con ropa tendida, el tiempo, las mañanas camino a la escuela, los colores de la pared, las meriendas con la abuela, el viento en la cara, las cosas por hacer, el anillo que llevás hace más de diez años, la voz de tu amor, el olor de la almohada en la cama de tus padres, eso es la vida. y mientras chistás porque un pibe escucha cumbia en el celular, mientas puteás al que dobló a la izquierda, mientras puteás a tu hermano, la piola corre por tus dedos y no te das cuenta de que lo divertido del barrilete es remontarlo. y no dejarlo escaparse.

(*)

jueves, 15 de diciembre de 2011

por su propio peso (*)

cae un jabón en pan sobre el dedo chiquito del pie que sostiene una humanidad en el medio de la lluvia.
cae un vaso con jugo de limón recién exprimido
cae un noticia como un baldazo de agua fría, un baño de brea
cae el desconsuelo a través de una sonrisa desconocida
cae un ovillo de lana en las garras de un gato solitario que durante todo el día espera el momento en que la puerta se abra y le abran una lata de atún
caen las uñas, los pelos, los dientes, los gritos, los papeles, las hojas, las medias, las carpas y los horneros
caen las guitarras españolas y los bombos legüeros
cae la basura sobre el río,
caen las plumas, las máscaras y los membrillos.
cae una flecha, una ficha y una moneda en una fuente
caen las fotos, las canciones con malos recuerdos y los recuerdos también.
cae el sol, la sombra, las semillas negras con forma de corazón y las flores violetas del jacarandá
cae una pelota descosida, un árbol, un perro atropellado
uno también cae, recae, cae y se vuelve a levantar sólo para volver a rezar, a arder, a caer

sábado, 10 de diciembre de 2011

Y sonaba un cello.



Con las manos ásperas de tanto dormir, salgo a la caza de algunas de las cosas que encuentro siempre por ahí.
Botones, semillas, piezas de rompecabezas.
Pero un sobre bajo la puerta, con un cartón rojo y un cordón naranja.
"Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano".

Hay sol en el living, lluvia en la cocina; todavía es de noche en el dormitorio.
Atravieso la entrada.
Por la calle pasa una maratón.
Y desde un avión lanzan páginas sueltas de libros viejos.
Agarro una. Es la última de un diario.
El pronóstico del tiempo indica:
Etapa alentadora, reuniones importantes.
Propuestas de trabajo.
Sorpresa en el plano afectivo.
Sugerencia: no encerrarse en casa.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Luciano et moi

Luciano me dice que no puede dibujar. que siempre le dijeron que sus dibujos eran feos. que no sabía dibujar. entonces qué hace Luciano? no dibuja. yo le digo, le enseño -c'est mon boulot, mais aussi c'est un spece de violon d'Ingres- que dibujar es algo que sale de adentro de uno, que nunca puede estar mal. que sale como sale y que si uno piensa que sale mal, no va a dibujar más y es al revés: uno tiene que dibujar más para dibujar mejor, le digo. y pienso que eso es extensible a cualquier cosa: tocar la guitarra, escribir poesía, hacer un huevo frito. Luciano me repite que no, que él dibuja mal. que él no sabe dibujar. que nunca va a saber dibujar. yo pienso en todos los Lucianos del mundo, con hermanos y padres que prohíben que salga esa fuerza creadora que brota desde adentro, que cercenan el poder increíble de la creación artística, que anulan capacidades, que ponen llave al mar de posibilidades que se abren si tan solo supieran. los maldigo y pienso que si por mí fuera los mataría, pero tengo que hacer que Luciano los mate con su pensamiento, que no les dé la razón, que no les entregue sus pensamientos. Luciano dibuja una mano y me dice ves? mirá qué fea que me sale. y es una línea con curvas que hacen cinco dedos y vienen de una curva más redonda todavía, un brazo, y de un tipito que sonríe mostrando unos dientes enormes y le muestro dibujos de picasso y le digo vos creés que esto está mal hecho? y él los mira y mira su dibujo y mira el de picasso y vuelve a mirar su dibujo y me levanta los hombros sin respuesta de sus labios
bueno, basta de recreo, volvamos a francés. acá te dibujé una cabeza. tenés que escribirle los nombres a la boca, las orejas, la nariz y los ojos. los ojos me salieron feos, pero bueno.
ah, ves que vos también decís que te salieron feos? me responde.

viernes, 2 de diciembre de 2011

es que hoy ya no soy yo

no entiendo cómo es que me gustás tanto y me despertás estas ganas de arrancarme la piel, de vomitar hasta que la bilis se transforme en sangre. de cortarme el pelo a tijeretazos violentos, de cortarme la piel suavemente con una gillete. cómo es que la fascinación que siento por vos me da ganas de golpearme, de pegarme, de romper todas mis cosas. de agarrar la impresora y tirarla por la ventana, de arrancar de a mechones las páginas de todos mis libros, de partir en cuatro todas mis fotos en papel. cómo es que la pasión que me despertás me da ganas de quemarme con fuego y con agua caliente, de masturbarme hasta sangrar, de tatuarme las palabras que lleven letras más gruesas, las más dolorosas, en la piel que descansa sobre huesos. cómo es que de tan bellos que los veo, tus ojos son mi infierno individual; cómo es que quisiera grabar tu dulce voz y después escucharlo en mi mp3 a todo volumen hasta que sobrevenga la sordera. cómo es que escuchar tu nombre me despierta las ganas de querer darle a todos mis elementos un triste y repentino final a mazazos. no entiendo cómo tu belleza es tan pura, tan sublime que me dan ganas de pegarte, de golpearte en el estómago, de pasarte un fino vidrio roto por la cara, de clavarte un clavo ancho en alguna costilla, de enterrarte en arena caliente y convertirte en vidrio.
no entiendo cómo me gustaría encontrarte por la calle solamente para que me den convulsiones y un golpe en la cabeza al desmayarme me deje inconciente durante varios meses. no puedo comprender cómo es que no sentí todavía tu olor más profundo y sin embargo me dan tantas ganas de comerte. tantas ganas de cortarte en pedacitos finos, deliciosos de piel magra, quitarles los vellos y meterlos en una olla grande con caldo de gallina y después unas papas y unos tomates y almorzarte sola, un domingo a media tarde. no entiendo por qué tus manos me traen tantas ganas de cortarte los dedos, embalsamarlos, hacerme un collar con ellos y llevarlos conmigo, apoyados en mi pecho, a todas partes. no sé por qué me gustás tanto y sin embargo, te odio y te escupiría la próxima vez que te vea, porque en mis diálogos con vos, me contesto respuestas que nunca vas a darme y en todas ellas me decís que no a todo el amor que me hacés sentir en cada latido en el que te siento mío, aunque mis dientes no se hayan rozado con los tuyos, todavía.

martes, 29 de noviembre de 2011

Buenos Aires, Buenos Aires, humedad.

Los exámenes me ponen un poco sensible. Me duele la cabeza, la panza. Tengo náuseas y palpitaciones. El paso de las horas se hace más liviano cuando me encuentro de frente al inodoro y vomito todo esto que no puedo digerir. Kant, Benjamin, Bergson, Wittgenstein. No puedo entender que estén empecinados en darme la receta de una cosa horrible que me gusta tanto comer. No puedo digerir esa información. El desmembramiento del lenguaje me duele en la piel. Asesinos. Me gustaría estar vomitándoles conejitos, así entienden cuánto me duele lo que hacen.

Pero no, vomito lo que tomo o como mientras estudio. Y con el amargor de mi propia bilis en la boca, salgo al balcón a fumar un cigarrillo. Hace mucho calor. Son las cuatro de la mañana. Pájaros ya cantan y en una hora será de día y yo sin haber terminado de estudiar. Mañana parcial y yo escupiendo por la nariz. Un cigarrillo más y el cáncer en la boca dentro de 20 años me recordará esta noche en que el lenguaje es un invento, una traducción.

En el balcón, mi vecino también fuma, acostado en cueros en su hamaca paraguaya. Las ojotas reposan en el suelo y apenas salgo "¿parcial?". Sí, respondo. ¿Cómo sabés?, pregunto.

-Te oí vomitar desde el baño, me contesta.
-Y vos, ¿qué hacés? pregunto ahora yo.
-Nada. Guadalupe estaba de malhumor, discutimos y me vine a leer acá. Le debe estar por venir.
-Odio ese chiste machista.
-Bueno, mirá a quién se lo hago yo también.

Nos quedamos un instante en silencio, mirando el cielo del sur, hacia Avellaneda, Lanús y Quilmes. Más allá está La Plata y Fede vuelve mañana de España. Tal vez si respiro fuerte, respiraré su mismo aire.

-¿Querés venir? le propongo, después de exhalar un anillo de humo.
-Dale, me responde cerrando su libro.

En menos de un minuto estamos desnudándonos y en poco más de dos, nos estamos haciendo el amor. Yo le tapo la boca, él me la tapa a mí. Del otro lado de la pared duerme su novia y no tiene que enterarse que yo estoy moviéndome a su novio. Digamos que los cuernos le crecen en dirección directa hacia donde se los meten. Ella sospecha, yo sé que ella sabe. Una vez él me dijo "es increíble, ustedes son como animales. Enseguida sienten la presencia de otra de su especie. Enseguida se huelen". A lo que yo respondí algo que aprendí con esta puta materia: lo único que nos diferencia de los animales es haber desarrollado el lenguaje.

Para cuando terminamos el asunto de jugar a la escondida-sexo (porque si existe la mancha-pelota, esto puede llamarse escondida-sexo), el chirrido de-falta-de-WD40 de su puerta y enseguida nomás Guadalupe golpea la mía. "No, chiquita, no está tu novio acá. ¿Cuántas veces te tengo que decir que yo no tengo nada con él? Y ahora, disculpame, me tengo que ir. Estoy con alguien que no es tu novio", le contesto envuelta en una sábana, con la puerta apenas abierta, mientras ella otea hacia adentro como una osa que perdió a su crío. Podría decir que en mi respuesta hay una mentira blanca, una de esas mentiras relativas, que son mentiras dependiendo de cómo se las interprete. En mi cama me espera mi vecino, que era mi vecino desde antes que fuera su novio, así que.

Vuelvo a la cama con cuatro vasos. Dos vacíos, dos con agua. Con los dos con agua nos calmamos la sed, nos mojamos la piel. Con los vacíos alargamos las orejas sobre la pared. Escuchamos a Guadalupe putear, llamar al celular que suena en la misma casa donde ella está y putear de nuevo. Yo prendo un cigarrillo en la oscuridad y lo apoyo sobre sus labios, sentados los dos, de frente, sobre la cabecera de mi cama. Nos quedamos escuchando a su novia hasta que sentimos el sonido de llaves, el portazo y la llamada al ascensor. Ella salió a buscarlo y él va aprovechar para volver a su casa, como si nada hubiese pasado. "Chau, estudiá mucho", me despide con un beso en la boca, las dos manos sobre mis orejas, una de ellas con el cigarrillo.

Vuelvo al escritorio. La pila de apuntes crece, algunos vuelan con ayuda del ventilador, que también me apaga los cigarrillos más rápido. Voy a la cocina, me como una naranja. Para cuando termino de leer el primer párrafo al que le estoy dando vueltas desde hace cuatro horas, otra vez las náuseas, otra vez la necesidad de doblarme arriba del inodoro. I look like Stan Marsh. La naranja sale de mí. Las gotas de jugo encapsulado, esparcidas sobre la porcelana blanca. Me miro en el espejo. Tengo los ojos rojos y la nariz mojada. Vuelvo a tomar más agua y vuelvo al balcón a fumar otro cigarrillo. Escucho entrar a Guadalupe. Escucho la discusión y las mentiras, escucho los portazos del armario, las falsas promesas de final. Vuelvo a mis apuntes y sigo sin entender nada sobre la estética de la distracción.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Los resortes simbólicos

Ya se había mudado varias veces, así que todo el asunto le resultaba un
tanto mecánico. Sacar las cosas de los muebles, acomodarlas en cajas;
rotular y ordenar las cajas. Tirar lo que hacía mucho que no usaba. La
mañana del último sábado del mes fue el momento elegido para guardar
su todo. Acostumbrada a vivir en un constante no- rutina, los trabajos
mecánicos no le gustaban para nada. Pero el fin del contrato y varios
contratos en el mismo departamento fueron suficientes motivos para
agarrar los clasificados y buscarse un cambio y otro lugar para vivir. Se
levantó a media mañana, le dio play a un mp3 con todos los discos de Os
Paralamas y empezó a desarmar la escenografía de su vida hasta entonces.

Días atrás le había pedido al chino del supermercado que le guardara
algunas cajas de cartón. Empezó guardando la ropa de invierno y las cosas
que menos usaba. Después siguió con las cosas de la cocina, dejando afuera
lo indispensable. Sartenes y ollas que estaban llenas de tierra, parecían más
un adorno que un utensilio. Luego fueron las del baño. Tiró más de diez
botellas y frascos de productos de belleza vencidos que seguramente habría
comprado por impulso. Separó lo que usaría hasta el día de la mudanza.
Mientras agarraba cada cosa que guardaba, recordaba cómo habían llegado
a sus manos. La campera gris que se compró antes de viajar a Neuquén. El
rallador de queso que le regaló su hermano cuando se mudó sola. Las copas
verdes que habían sido de su compañera de tango. El perfume que su prima
le había regalado a su mamá en Navidad y que ella cambió por el suyo sin
que nadie se diera cuenta.

Después de los compacts, lo más difícil era embalar los libros. Eran unos
cuantos y ocuparían demasiadas cajas, así que pensó que lo mejor sería
apilarlos y empaquetarlos con cinta y pedazos de cartones para proteger los
bordes. Sabía que esa parte le podía tomar un buen rato, así que preparó
el mate y después del mediodía empezó por el estante de los de fotografía
y arte, los únicos que sí puso en una caja. Luego, el estante de arriba de
todo, el de los escritores angloparlantes. Y otra vez el inventario mental.
Uno con una traducción genial, otro que se compró en las vacaciones en
Córdoba con Julia. Un usado del Parque Rivadavia, otro robado a un ex
novio. Después vinieron los nacionales. Uno robado en la calle Corrientes,
otro que nunca le devolvió a Jerónimo, uno encontrado en la Costanera Sur.
Estornudaba al sacudir el polvo. Abría páginas al azar y tomaba traguitos
de oraciones. A algunos les revisaba las hojas con el pulgar izquierdo.

Ya sonaba un disco en vivo para cuando encontró un boleto de colectivo
entre las hojas de uno de historietas de Max Aguirre. Los hojeaba sin
ninguna expectativa y tal vez por eso le sorprendió tanto tropezar con un
pasaje en 55 de noventa centavos, del 15 de julio de 2008 en las páginas
de Los Resortes Simbólicos, ese que compila sus tiras del blog colectivo
Historietas Reales. No recordó de dónde había sacado ese libro pero más
le preocupaba no saber de dónde hacia dónde había ido a las 19.48 de un
día de hacía unos años atrás. La duda la dejó inquieta. ¿Por qué habría
guardado el boleto de un colectivo que nunca toma? ¿Por qué en un libro
de historietas? ¿Hacía mucho frío esa tarde? ¿Llovía?

Casi como un recreo, decidió buscar las respuestas. Fue hasta la PC. Había
sido un martes. Por ese entonces, los martes estudiaba alemán hasta las
siete y media. Así que el martes no era respuesta suficiente. Buscó entre
las cajas ya cerradas, la que tenía guardados sus diarios. Una vez abierta,
buscó el diario de esos días. El 15 de julio no había escrito nada. Pero sí el
14 y el 16. Se leyó a sí misma antes y después de tomar ese colectivo pero
no encontró nada que aporte a su investigación. Un examen de alemán, un
corte de pelo en luna creciente, la dueña del departamento que tal vez lo
venda. Ser la detective de sus propias huellas la distraía un rato de lo que
hasta ese momento le había resultado tan insoportable y automático. Pensó
si el día que se muriera, alguien repararía en el orden de sus libros, en las
confesiones de sus cuadernos. Si yo me muriera, ¿alguien revisaría todas
las cosas que siento?, pensó. Y siguió buscando en la segunda mitad de
julio.

Sentada en el suelo, se sirvió otro mate. Eduardo, su gato, aprovechó para
robarle unas caricias. En julio de 2008 Eduardo no existía ni en sus planes.
Pero sí existían las clases de alemán en Caballito, la pileta de la Facultad de
Derecho, algunas peleas con los compañeros de aquel trabajo inmundo y un
novio que había sido su amante durante mucho tiempo y que fue su novio
durante muy poco. De eso hablaba en ese diario, que terminó pocos días
después. Muchos cambios de aquel ahí y entonces a este aquí y ahora. Todo
menos la relación con su madre, claro. Pero nada de eso aportaba para
saber el origen de ese boleto que a pesar de los meses mantenía congelados
en tinta una fecha, una hora y un lugar.

Buscó el diario que empezaba a fines de julio. Para entonces, ese novio ya
era un ex novio más, Julia se estaba preparando para irse a vivir a Nueva
Zelanda y ella estaba dejando de fumar los mismos cigarrillos que ahora
dejó sobre la mesa, al lado del mate. Además, estaba buscando un trabajo.
Cuando lo encontró, anunció con letras grandes y coloridas: “¡Tengo un
nuevo trabajo!”. Con la indemnización que le dieron cuando la echaron de
ahí compró el sillón en el que estaba leyendo el cuaderno que hablaba de
agosto. Pero ni indicios de a dónde había ido en 55.

Mejor seguir embalando, se dijo. Devolvió los cuadernos a su caja y la
encintó. Mientras guardaba los otros libros de historietas, seguía pensando
qué la había llevado a tomar un colectivo que nunca. Disfrutaba del
recordar. Miraba un punto fijo y trataba de recordar si esa tarde hacía
mucho frío o llovía. De recordar de qué color estaba su ánimo. De recordar
en qué parada lo habría tomado y en cuál habría bajado. A dónde había ido,
eso no podía recordarlo. Recordó que recordar significa volver a pasar por
el corazón. Para ese entonces Jerónimo ya no vivía cerca del 55, recordó. O
tal vez el boleto tendría mal la fecha. Pero si así hubiese sido, no lo hubiese
guardado, pensaba.

Cambió la yerba y llenó otro termo. Un cover de Charly García en
portugués reverberaba en un monoambiente que se comía a sí mismo y ella
tomaba un mate espumante. Siguió guardando cosas. Desde la heladera
desenchufada, el ruido del hielo descongelándose asustaba al gato. Entre
las facturas viejas encontró la foto con su papá que hacía meses que
buscaba sin éxito. Recordar es volver a pasar por el corazón, se repitió.
Entonces, puso Siempre es Hoy, de Gustavo Cerati. Uno de los discos
que había dejado apartados hasta que venga el flete. Volvió a los libros de
historietas. Había dejado el boleto sobre el estante de la biblioteca. Abrió el
libro para guardarlo de vuelta con misterio y todo. “Vivo yéndome y nunca
sé hacia dónde”, leyó en la página donde lo había encontrado.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La cordura de sentir

Adelante, me dijo con su caballerosidad solemne, y subí. Solo son tres pisos, pensé. Sólo son tres pisos, no pasa nada, me mentí. Sólo son tres pisos, quise convencerme. Y sabiendo que el asunto este me desatornilla la sien, la boca empezó a secárseme. A quince segundos por piso, son másmenos tres cuartos de minuto, tal vez un poco menos (nunca fui buena para calcular el tiempo) y estamos, me decía a mí misma. Tragué algo de la escasa saliva, froté los dientes y apreté el botón 3.

-¿Qué tal? ¿Todo bien?, me preguntó.
-Sí, sí. Todo muy bien. Vos, ¿qué tal? ¿Todo bien?, contesté, ya con los labios adheridos a los dientes,
-Sí, sí. Por suerte.

Agradecí a Dios que no me preguntara nada más, porque con tal extensión de dunas reposando sobre mi lengua se me complicaba el asunto de pronunciar palabra. Por un momento pensé que eso de pensar, de sentir lo que pienso, de pensar lo que siento, de decir que tengo la boca seca a causa de esto que siento, nada de eso sin saliva. El pensar y el sentir no pueden verse, pero con saliva uno puede pegar sobres y estampillas y escribir una carta. Y no habíamos salido aún de la planta baja.

-Apretaste el tercero, ¿no?
-Mmmhmm, asentí a labios cerrados y afirmando con la cabeza.

Sentí sus enormes ojos marrones encima mío, hamacándose en mi pelo. Me dispuse a buscar un paquete de caramelos de miel que tenía en la mochila, aunque no sabía si lo llevaba conmigo o no. (En realidad, el asunto era perderme en algo, salir de la escena. Buscar algo es una de las mejores distracciones del mundo. Se la recomiendo mucho a los neuróticos del orden: de tanto en tanto dejar algo fuera de lugar y olvidarse dónde, para después buscarlo por todos lados. La búsqueda y el encuentro qué bellas sensaciones son).

El asunto de la boca seca no fue nada a comparación con lo que sobrevino después. Todavía faltaba piso y medio para que sonara el timbre de llegada cuando el corazón se me empezó a agitar. Ni seis pisos por escalera me hubiesen dado tal taquicardia. (Antes de apagarme, tengo que explotar). A punto de perder el control, sin haber encontrado los caramelos, me apoyé en la pared del ascensor, a ver si así me calmaba un poco. Miré para arriba y respiré profundo, pero mi corazón desoyó mis órdenes y cada vez latía más fuerte.

-¿Escuchás eso? ¿Será del ascensor?, me preguntó, la voz un poco elevada.
-Nosé, respondí rápido, como pude. Y levantando los hombros, como si el asunto no fuera mío.

Las primeras veces que fumé porro, la boca seca me causaba gracia. Eso y creer que me había meado encima. Pero esta boca que no me dejaba hablar, estos segundos que parecían días eran el peor efecto que soporté. Esta droga que hace que mis diálogos internos sean con él, que me hace suspirar y querer encontrarlo por todos lados. Esto de andar dopada y confiar en que todo será bueno. Y mantener la boca cerrada no es suficiente para no hablar del tema. Y el silencio del ruido de la máquina del ascensor se ve golpeado por las huellas que dejan mis latidos.

-Es raro, ¿cómo no escuchás? Cada vez suena más fuerte y más rápido.

Y sin hablar hice ese gesto con la comisura de los labios hacia abajo, como-queriendo-decir que no sabía de qué me estaba hablando, de qué ruido habla, si no se sentía nada.

El ascensor empezó a vibrar al ritmo de mi corazón. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte.

-¿AHORA SÍ LO ESCUCHÁS? me gritó.
-NO, NO ESCUCHO NADA, le contesté.
-ES COMO DE UNA MÁQUINA ENORME, O COMO EL GALOPE DE UN CABALLO QUE TODAVÍA NO FUE DOMADO, CONTRA UNA PARED. ¿ESTARÁN HACIENDO REFACCIONES EN ALGÚN PISO?, me preguntó.
-NI IDEA, dije a los gritos.
-QUÉ RARO, PORQUE SE ESCUCHA MUY FUERTE, subrayó.

Para cuando llegamos al tercero, mi corazón no nos dejó escuchar el claxon. Él atinó a abrir la puerta tijera, pero yo lo hice antes. Quería salir rápido e ir al baño, antes que el café con leche y el alfajor que había merendado antes de llegar, saliera de mí a humedecerme la boca.

martes, 25 de octubre de 2011

Sin ir más lejos

Todas las mañanas son iguales,
lindas, novedosas y especiales(*).


Desde hace algunos meses a esta parte del tiempo, que por las mañanas salgo a caminar por el Parque Ameghino. A veces con música, a veces con el silencio de mi propio pensamiento (¡ojalá!). Con la radio, jamás. No puedo permitir que el estado del mundo me amargue las primeras horas del día. Para mí, la mañana es la adolescencia de la jornada: todo por hacer, tantas posibilidades, tantas horas por delante.

Antes de que fuera mío, conocí el Parque Ameghino hará unos diez años atrás. Esperaba un colectivo que no recuerdo cuál era, pero que me llevaba a la casa de una novia que tuvo mi hermano. A esa novia le debo varias cosas, pero la que más le voy a agradecer fue una noche que me dijo que tenía que lavarme los dientes antes de irme a dormir, siempre. Hasta entonces creía que si me salía una caries, pues, me sacaban el diente y me crecía otro. Tenía 11 años y los mismos dientes que tengo ahora. Y desde ahí, no hay cansancio que venza el ritual de apretar el tubo desde el fondo.

Entonces estaba la cárcel, era de noche y el panorama era casi opuesto al que siento en las mañanas que salgo a caminar. Hace unos años leí Sed, de Guillermo de Posfay, que tan bien supo pintar esta postal. Transcribo:

…También andábamos mucho por los alrededores de la cárcel de Caseros. Era un lugar desgarrador. Nos recostábamos en los jardines del Hospital de Niños y pasábamos horas saturninas oyendo los gritos de los presos. Gemidos en su más baja y prolongada expresión. Durante todo ese tiempo no decíamos nada. Algunas frases reflexivas y sólo eso. Más bien tratábamos de comprenderlos, de situarnos al límite de la libertad para examinarla completa. La cárcel tiene la forma de un ladrillo hueco parado sobre su lado angosto. Los agujeros de los motines están por todos lados, como si hubieran resistido un bombardeo. Las ventanas están cubiertas de bolsas de basuras, lonas, parches. Contemplás un rato el edificio y te ensuciás los ojos. Los hombres se asoman por los agujeros como gusanos. Extienden los brazos hacia fuera, tratando de mojarse con libertad. Debajo hay una calle de empedrados grises donde sin embargo el pasto y los yuyos crecieron con fertilidad. Parece una calle de campo. La naturaleza pelea desde lo cimientos, una buena imagen de esperanza. Los familiares de los presos les gritaban sus cosas, prometiéndose cartas y esperas. Sin embargo, mientras existía el diálogo, la voz de los presos era más imperativa, más enérgica, más valiosa. Los que esperaban por entrar eran gente humilde que cargaban niños y bolsas. A juzgar por aquello los únicos delincuentes parecen ser los pobres. Los carceleros los trataban mal, porque para ellos los familiares de delincuentes de alguna manera también son delincuentes.

Este Parque que hoy camino no tiene ya esa cárcel enfrente. Tampoco es el jardín del Hospital de Niños. Es del otro lado, sobre la Avenida Caseros. Pero andar por este aquí y ahora es andar también un poco por ese ahí y entonces y pienso que esa cárcel que ya no está, yo la vi comerse a sí misma a medida que la iban demoliendo hacia adentro. Y que una cárcel es a la arquitectura urbana lo que la soja al suelo fértil: luego de su paso, nada bello puede germinar ahí. Que no está más, pero que alguna vez fue un punto más en la línea manicomializadora, formada por hospitales y psiquiátricos. Y que, irónicamente, este parque alguna vez fue un cementerio.

En esas mañanas, en un parque que fue un cementerio, que queda frente a una cárcel que ya no está, mis mañanas son menos mañana y son más día vivo, día puro, lleno de sangre joven. En esas mañanas camino y el sol me pega en la cara, perros pasean dueños y paseadores, oigo a los chicos para la escuela, veo chicas de pelo mojado, vestidas de oficina y miro travestis vestidas de travestis, que van al Muñiz.

Los hábitos traen el encantador secreto de los actores secundarios. El vendedor de café que llega a las ocho puntual a la puerta del Hospital y que ya debe tener –imagino yo- una sociedad con el vendedor de chipás. Las dos canas que se la pasan paseando por el Parque. El dibujante. El acomodador de autos que me controla las vueltas que le doy al Parque. Un poco me hacen sentir en un Truman Show, cada uno con su número. Mi buen día y su buen día me dan la pauta que todo está donde debe estar. Suspiro. Ellos en su puesto, en su rol y yo en el mío. Caminar.

Salí con el mp3. Los Beatles. Cecilia siempre me dice que yo agarro las bandas cuando ya fueron. Y que un día le voy a decir: “no sabés, estoy escuchando una banda genial. Son de La Plata. Se llaman Los Redonditos de Ricota. No sabés lo bien que suenan. Me parece que la van a pegar”. Magical Mystery Tour. En realidad tengo todos los discos juntos, no vayas a creer que tiro ese disco para hacerme la pulenta.

Estoy en medio del mambo hasta que noto que tengo un cordón suelto. A riesgo de que un auricular se escape de mi oreja y se interrumpa así este momento MTV, me agacho a atarlo y, en el suelo, a centímetros de mi zapatilla veo una vaquita de San Antonio. Me ato el cordón, la miro un poco, le pongo el dedo a ver si pica y la hija de puta despega. Me quedo pensando en la noche que me regalaron una estampita de San Antonio. Sigo caminando.

En eso me para un señor. Me quito el auricular y le pido que me repita. “Que qué estás escuchando”, me reitera.

Hace algunos días publiqué en mi Facebook un video de una gente que pasea por el mundo grabando videos de gente que camina por la calle y a la que le preguntan qué está escuchando. Por un momento creí haber caído en esa especie de cámara no escondida, pero no había cámara y no creo un señor como este –pelado-con-pelo-largo y menos dientes que un niño de seis años- ande por el mundo preguntando a la gente qué está escuchando. Sobre todo porque ante mi silencio, repreguntó “en el walkman, ¿qué estás escuchando?”.

Saco el mp3 del bolsillo del canguro y busco el título. Qué bueno eso. Con el walkman uno no podía saberse el título de los temas, a menos que anduviera con la tapa del cassete encima, cosa que nunca. “Baby you’re a rich man’, de Los Beatles, don”, le contesto sin más, mientras pienso que seguramente me dirá “ah, los Beatles. Esos sí eran buenos”. “Buen tema para cagarse a trompadas en la calle”, me retruca. “Tal vez en otro momento. Ahora no tengo el tiempo”, le respondo.

Sigo la marcha, y pienso en las escenas ultraviolentas de La Naranja Mecánica y Beethoven y Singin’ in the rain” y esas podrían ser buenas cinco del viernes: cinco canciones para cagarse a trompadas, hasta que veo que el tipo me sigue y me dice que no era su intención cagarme a trompadas, me jura, y que le salió salirme con eso porque –señalando la cárcel que ya no existe- el la conoció bien y estar por el barrio lo pone nostálgico. Yo diría violento. O nostálgicamente violento y violéntamente nostálgico.

“Yo tuve una vida larga, hice todo lo que hice. Y así me fue. Bien. Así como me ves, yo tuve mucha plata. Heredé como decirte 500 mil dólares de ahora cuando tenía 25 años. Recorrí Europa, vi a Frank Zappa a King Crimson. Volví, me casé, tuve una hija. Mi mujer me dejó y se llevó a mi hija a vivir a Holanda, cuando la nena tenía 3 años. No la volví a ver nunca más. Caí en una depresión que casi me mata. Veinte días sin comer. Salí en los diarios. Después me mandé una cagada y me comí seis años ahí adentro. Ya no me queda mucha piola y a veces ando por acá, de visita por el barrio. Ahora estoy viendo si puedo vender esto. Es veneno para ratas cortado con cocaína. ¿Te interesa? Me parece que no, pero por ahí sabés de alguien. Decime, no serás católica vos, ¿no? Porque viste que la Iglesia condena el uso de condón y el consumo de drogas. Dentro de poco se van a manifestar en contra de la metamorfosis de las orugas. Bueno, ¿sabés de alguien? No, ¿no?”, me ametralla a palabras la mañana el viejo, sin dejar los ojos quietos ni un instante.

“¿Qué vas a saber vos? Si mirá, hacés vida sana. Haga vida sana, haga vida fina. Yo prefiero la vida fina. Es más cara, pero qué buena vida. Vos pensaste que cuando te pregunté qué estabas escuchando, dijiste ‘uh este tipo, ¿qué me va a decir?’. Pero yo te voy a decir, este tipo puede cambiarte la vida. Porque, mirá, este mundo y yo... es como querer calentar agua poniéndola al fuego en un vaso de plástico. Pero mirá, yo te digo una cosa, hoy te van a dar una buena noticia. Tiene que ver con un trabajo que te van a ofrecer. Un trabajo con alguien a quien vos querés mucho. Prestá atención, oíme bien. Vos atate un lazo de color naranja en el revés de la campera. Vas a ver. Te vas a acordar de mí y no lo vas a poder creer. Y no arrugues, nena, eh. No arrugues. Yo arrugué un montón de veces y mirá, acá estoy, queriendo vender esta mierda en este parque de mierda. Mi vieja me decía siempre ‘no seas pajero, no seas pajero’. Pero yo no le daba bola. No podía parar. Y así se me fueron los laburos y las minas. Para los hombres los laburos y las minas son los dos ordenadores de la vida, ¿entendés? Las minas te ordenan la cabeza y los trabajos te ordenan el tiempo. Pero ¿qué pasa? si tenés una, no tenés el otro. Es como la plata y el tiempo. O la manteca y el pan. Y siempre queda la masturbación. Pero la paja es una anestesia para los que nos sacamos un NDI en el amor. Fah, te maté con el NDI, ¿no? Yo tenía un pibe que me vino con que se sacó un NDI y yo pensaba que se había hecho un documento trucho, pero no, era otra cosa. Era otra cosa, ¿me entendés? Era otra cosa”. Y escupe algo que no existe y sus palabras son pases mágicos y yo veo volar los corazones y las picas de sus dichos y trato de descubrir el truco, cuando me doy cuenta que no hay manera de escapar de él, y que, creyendo que era yo la que estaba apurada, caí en la conejera y no hay retorno.

“No te interrumpo más, porque parece que estás apurada. Te regalaría esto, porque si te sale lo que pude ver que te está esperando, lo vas a necesitar”, me asegura luego de guardar el agnolotti en el bolsillo de su jean gastado, con una de sus manos sucias y callosas y con la otra sacado de su cinto algo parecido a una armónica. “¿Una armónica? ¿Para qué voy a necesitar una armónica?”. “Nena, ¿qué armónica? Es una navaja. La gente puede ser muy salvaje en la calle y hay que estar preparado para cuando alguno quiera venir a hacerse el rey.”

Las fiestas de egresados de la escuela de la calle son los velorios, recuerdo para mis adentros a Mafalda enojada con Susanita y le digo al viejo sin dientes que, si me disculpa, quisiera seguir caminando. “Pero por supuesto, nena. Hoy se vive de prepo y se duerme apurado. Hoy se llega a empeñar al amigo más fiel, nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel (**). Igual, me voy a tomar ese 6. Jugale al seis, que a la tarde seguro sale. Y tomá, esto. Te portaste bien conmigo, te lo merecés”.

El viejo se aleja corriendo, rengo, y me tira un papelito. Por el tamaño y el vuelo, podría ser un naipe. Me acerco al suelo y lo agarro. Es una tarjeta de subte, usada. Tiene una publicidad de la película en la que actúa Alan Pauls, La Vida Nueva y es de 1 viaje.

...no cambia nada estar un poco sucio,
si mi cabeza es eficaz(*).



(*) Sucio y Desprolijo, Pappo's Blues. Autor: Norberto Napolitano
(**) Al mundo le falta un tornillo, Julio Sosa/Carlos Gardel. Autor: Enrique Cadícamo.

domingo, 16 de octubre de 2011

Obra en Construcción:: muestra de fotos



Obra en Construcción
Fotos x Nadia Mansilla

Estas son las fotos de una obra en construcción.

Durante el invierno de 2010, todas las mañanas a las ocho, los albañiles empezaban a trabajar enfrente de mi casa. Puntuales, a cielo descubierto prendían la radio, silbaban canciones, se gritaban indicaciones, martillaban, cortaban fierros y maderas, cargaban ladrillos, mezclaban cemento, arena y agua.

Mientras tanto, yo trataba de dormir. El duelo ocasionado por la muerte de mi padre, me provocaba -entre otras cosas- insomnio. Cuando los obreros empezaban el día, yo estaba logrando terminarlo, después de haber pasado la noche sin poder parar de pensar, escuchando música, escribiendo o mirando fotos viejas.

Los miré desde mi ventana hasta que una de esas mañanas empecé a fotografiarlos. Así pude ver el avance de la edificación, el trabajo sostenido, los cambios de planes y cómo los árboles de alrededor cambiaban el follaje.

Esos albañiles me dieron el indicio más certero de que la vida seguía adelante.
Esa obra en construcción era también mi obra en construcción.


Nadia Mansilla nació en 1982 en Merlo, al oeste del conurbano bonaerense. Periodista de oficio, trabaja en el área de Comunicación y Difusión de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) desde 2004. Paralelamente, fue redactora en organizaciones sociales, contacto de prensa para bandas y periodista de rock. Amante de las expresiones artísticas, curiosa, observadora e inquieta, aprendió en 2007 a sacar fotos. Desde entonces practica ese hobbie con una máquina analógica. Luego de intentos fallidos en Derecho, Periodismo, Filosofía, Comunicación Social, y Artes, actualmente estudia Traducción Literaria en Francés. Escribe en la revista Músicas del Mundo y en sus blogs Flipareis y De Oficio Periodista. Vive en Buenos Aires.
Esta es su primer exposición.


Obra en construcción
(( Fotos ))
Nadia Mansilla
Inaugura: 20OCT11 19hs
Cabrera 3653, Palermo.

Cierra: 30OCT11 (de 18 a 22hs)

jueves, 13 de octubre de 2011

La otra vez fui a la Bond Street y me sentí un viejo choto

Salí un rato de la escena, como para tomarme un recreo. En realidad, nunca fui muy de fiestas. De hecho, siempre sentí las salidas nocturnas como recreos en los que me sentaba en un banco a mirar cómo los demás corrían, jugaban a la rayuela, saltaban la soga o compraban alfajores en el kiosko. Ahora necesitaba un poco de soledad entre tantos desconocidos enredados en volutas de humo y música en un espantoso random vía youtube. Y un descanso del coqueteo de miradas con Mauro.

Yo sabía que él iba a ir a la fiesta. Casi que fui por eso. Fui por eso. Con mis mejores cartas, mi mejor corpiño y un San Telmo Syrah al que sólo le saqué los ojos de encima para mirarlo a Mauro. Estaba dispuesta a investigar a fondo hasta encontrar un indicio de onda. Hace varios meses que venimos jugando al ni si ni no, ni blanco ni negro y ya tenía ganas de saber si era yo el objeto de su deseo o si las veces que me pidió la abrochadora era porque de veras la suya no tenía más ganchitos.

El jueguito de las miradas -observaba cuando me distraía del asunto Mauro- funciona de manera similar en todos los seres humanos. Sigo sosteniendo que por más blackberry y facebook, a los seres humanos nos cuesta cada vez más comunicarnos. Mientras yo lo miraba cuando él no me miraba y él me miraba cuando yo hacía que no lo estaba mirando, pude notar el mismo juego entre otras duplas en la fiesta. Te doy mi teléfono, te toco la mano, me muerdo el labio, me junto el pelo despacio, casi sin querer, pero te me acercás a robarme un beso y te pego un carterazo en la sien por desubicado, sería más o menos el temita con el asunto ese de ensayar la reproducción.

Justamente, le comenté a Érica qué jodidos estamos. A lo que ella me respondió “nos venden comunicación para descomunicarnos. Yo lo dije un montón de veces en clase y quedé como Caruso, con todos mirándome como si estuviera loca”. Caruso es uno de sus alumnos de Lengua, en un 5º año que la estrena como profesora, un par de horas a la semana. De tan inteligente, Caruso es un imbécil. Y con ese apellido, ella no sabe si retarlo o darle un abrazo fraterno.

Érica no me ayuda con Mauro en absoluto. Puede decirme que es gay y al rato decirme que tal vez le gusta hinchar las pelotas y que me pide la abrochadora para bajar hasta nuestra oficina solo para perder tres minutos entre subir y bajar. Tres minutos que tranquilamente se ahorraría llamando a Insumos y pidiendo que le traigan ganchitos. Así que no cuento con más complicidad de su parte que su compañía en la fiesta de cumpleaños de un compañero que a ninguna de los dos nos cae demasiado bien. Pero ahí está Mauro, con una remera de El Grito de Munch.

Siempre va con esas remeras a la oficina. Supongo (o quiero suponer) que sabe que me calienta verlo con esas remeras locas. A saber, tiene una de la Naranja Mecánica; una de la Persistencia de la Memoria, pero simpsonizada; una de + bien; una con la cartoncita y el cartoncito de leche de Blur; una con las siluetas del falso HELP, del disco beatle, y un montón más que ahora no recuerdo. Pero la que tiene esta noche es una de las que más me gusta, porque es violeta, tipo borravino, y entre el humo y el syrah hoy dejo todas las dudas en esta noche, en esta fiesta en un dos ambientes de Belgrano o me voy de acá con una certeza y nunca, pero nunca más le convido broches.

Justamente, mientras pienso esto, estoy mirando la ropa colgada en el lavadero que está al lado de la cocina. Es un tender plegable, amurado a la pared, arriba del lavarropas. Puedo ver que el lavarropas tiene ropa adentro y puedo oler que la tiene hace varios días. Me gusta meterme a ver cocinas ajenas, sí. Más me gusta mirar botiquines, pero alacenas son aceptables también. Esta es bastante aburrida, típica de ambiente monohabitado. No tiene nada de particular: un frasco con Criollitas, una sal con más arroz que sal, un aceite con mucho polvo grasoso pegado en la botella. En la mesada hay montoncitos de vasos descartables con restos de vino, fernet y cerveza, paquetes vacíos de papas y palitos y algunos sánguches de miga de choclo y aceitunas, huérfanos de paladares que los sepan comprender. Una cucaracha bebé pasea por el borde de los azulejos amarillos con dibujos de florcitas y yo la sigo con la mirada una, dos, tres bocanadas de cigarrillo, apoyada en la mesa para descansar con glamour del taco de mis botas.

Me gustaría tener un novio que viva solo, como me parece que vive Mauro, pienso, un poco para juntar coraje y volver en breve al duelo de miradas. Con el cigarrillo entre el dedo índice y el mayor, dibujo círculos con el cigarrillo como lápiz. De repente, la cucaracha se va rápidamente y yo miro hacia la puerta. Es Mauro.

-Nena, ¿qué hacés acá?, me pregunta.

-Nena, ¿qué vas a hacer tan sola hoy?, le contesto.

-Aceptame como soy, soy muy diferente a vos, me responde y me roba el cigarrillo y una pitada.

-Nena, yo no quiero joderte, solo quiero estar un rato más con vos... le digo y recupero mi cigarrillo.

Toma un trago de su vaso de cerveza y el gas le hace hacer una mueca de satisfacción.

-Mauro, qué buenas tus remeras, le digo. Y bajando los párpados, dirijo mi mirada al gris de su calzoncillo que asoma por abajo del pantalón.

-Mirá vos. A mí me gustan las tuyas. Y--

Lo interrumpo para preguntarle una pelotudez. Así como no soporto ser parte de la fiesta, no soporto el juego de seducción. Nunca sorteé las trampas del amor, y me lanzo desde un trampolín como un suicida se lanza desde una torre gemela, preparada para una muerte elegante. Pronta entrega, por favor.

-¿Qué te pasa a vos conmigo, Mauro?

Silencio. Abrió la heladera y me contó que a la mañana bautizaron a su sobrino.

-Si vuelvo a comer un sánguche de miga más, voy a vomitar hasta los cordones de las zapatillas acá mismo.

Más silencio.

-En mi casa tengo unas milanesas hechas que me dejó mi vieja el jueves. ¿Querés venir a comer milanesas a mi casa? Y de paso te muestro qué otras remeras tengo. Te iba a decir, a mí me gustan las tuyas.

-Y me ibas a decir otra cosa más.

-Ah, sí. Te la digo en el taxi.

Saludo a Érica, que no me da mucha pelota ni toma registro de lo que está pasando; le doy un último beso al San Telmo y me voy. Nos vamos.

Yo tampoco entendía muy bien lo que estaba pasando, si el syrah ahora me pintaba para las alucinaciones o si Mauro se habría quedado sin broches en su casa.

Lo último que recuerdo es la sorprendente habilidad con la que, con una sola mano, me desabrochó el corpiño.

domingo, 9 de octubre de 2011

How does it feel?

No puedo soportar la lentitud de la Avenida Córdoba a las cinco de la tarde. No puedo soportar a la gente que no me saluda en el pallier. No puedo soportar la repetición vacua de retar al gato. No puedo soportar que se acabe el agua fría. No puedo soportar que no me hayas preguntado cómo estoy. No puedo soportar que tengas una novia. No puedo soportar que no te mueras de intriga por saber en qué ando. No puedo soportar que en tu heladera nunca haya nada que me guste a mí. No puedo soportar las fotos que me sacaste cuando todo era sonrisas y luz. No puedo soportar que huelas tan rico. No puedo soportar que me seas tan importante. No puedo soportar el síndrome premenstrual ajeno. No puedo soportar tu fina ropa blanca. No puedo soportar tus ojos hermosos y esa costumbre que tenés de hablar. No puedo soportar que te guardes todo lo que me deseas. No puedo soportar estar atada a vos. No puedo soportar que sigas viviendo sin plata. No puedo soportar tus monólogos de cocainómano y esos besos sucios que me duermen la lengua. No puedo soportar que seas tan pero tan excéntrica. No puedo soportar las remeras de rock. No puedo soportar tu mono con mis amantes. No puedo soportar las ganas de morderte y dejarte marcas por todo el cuerpo y que tu novia se entere que anoche dormiste conmigo. No puedo soportar que se desvíe el colectivo y acá nadie diga nada. No puedo soportar que seamos tan indiferentes con los pobres. No puedo soportar que no me atiendas el teléfono porque si sí, se enoja tu novio. No puedo soportar los túneles. No puedo soportar que cada vez que vengas a mi casa quieras hacerme el amor. No puedo soportar las lágrimas convincentes. No puedo soportar que acabes tan silenciosamente. No puedo soportar tu manía de comerte las uñas. No puedo soportar que te guste Spinetta. No puedo soportar que grites para hablar por teléfono. No puedo soportar que te vas a España. No puedo soportar que siempre me escondas algo. No puedo soportar que arrastres los pies para caminar. No puedo soportar ser la favorita de mi padre. No puedo soportar que toques el saxo. No puedo soportar Ramos Mejía. No puedo soportar los anteojos espejados. No puedo soportar a la virgen desatanudos. No puedo soportar que la serpiente viaje por la sal. No puedo soportar que te hayas dado vuelta para decirme “mire, señora, ¿no es hermoso mi hermanito?”. No soporto pensar en las ganas que voy a tener de verte. No puedo soportar desmaquillarme los ojos sin haber salido a la calle. No puedo soportar que creas que no sé que te acostás con mi marido. No puedo soportar la humedad de Buenos Aires.

jueves, 6 de octubre de 2011

I am he as you are he as you are me and we are all together

Con esto del premio nobel, anoche busqué un disco que me grabaste con cosas de Dylan, carita feliz y corazones en el frente del cd (as usual).
Lo encontré y está todo rayado, imposible de recuperar.
Me dolió tanto ver esos surcos imborrables, tatuados sobre Blonde on Blonde.
Podrías grabármelo de nuevo, pero ya no sería el mismo disco.

Tu me manques, climbing up the Eiffel Tower.

martes, 27 de septiembre de 2011

nunca me imaginé regresar a mi tiempo de niño

¿y si esto que sos ahora, extrañando lo que fuiste antes, fuera lo que vas a extrañar después?
¿y si miraras las fotos de tu hoy mañana, con la misma nostalgia con la que mirás las fotos de tu pasado?
¿si aquello que se fue y que fuiste fuera nada comparado con lo que fuiste hoy, cuando sea ayer?

¿y, sobre todo, si el fin del mundo lo vivieras muerto y no como una película?

representatividad constante. Ahora y Aquí, siempre.

martes, 13 de septiembre de 2011

refugiándome en vos, mi última droga (*)

quiero leer tus cuadernos de notas. saber el orden de tus discos y qué es lo que tiene que tener una chica para que la sigas con la mirada cuando andás por la calle. quiero saber si alguna vez pediste un autógrafo, si guardás recuerdos de cosas que viviste hace más de diez años y quiero saber de qué prima estabas enamorado y qué cosas perdiste hace mucho y todavía lamentás. quiero saber qué proporciones tiene que tener tu café con leche perfecto, si te gusta más el calor o el frío; qué detestás más de estos días que corren y si te gustan las tortugas, los perros o los gatos. quiero saber cuál es tu gusto de helado favorito, cuál es tu esquina predilecta de esta ciudad, qué sentiste cuando empezaste a estudiar y qué cuando saliste solo de noche por primera vez. quiero saber cuál fue la primer revista que compraste y cuál la última. quiero ver tus dibujos de chico y si saludás al chofer cuando subís al colectivo. quiero escuchar tu mejor anécdota y quiero verte llorar. quiero ver todas las fotos de todos los viajes que hayas hecho. quiero verte comprando cigarrillos y cargando música en tu mp3. quiero verte durmiendo en un micro de larga distancia, viajando a cualquier parte, cruzando la pampa. quiero escuchar tu voz en vivo, desde un teléfono y en voz baja, a punto de dormirte. quiero que me convides la mitad de la última galletita del frasco y quiero despedirte, darme vuelta y ver que me estabas mirando. quiero te.

quiero saber todo de vos y al mismo tiempo, no necesito saber nada más tuyo.
no necesito saber nada.
más.

(*) Pez
Julia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Miro por la ventana y veo un hombre que duerme en la vereda de enfrente. A pocos metros, tres chicos se patean una pelota. El sol me ilumina a mí, los ilumina a ellos, ilumina al hombre que se cubre la cabeza con una frazada que, agujereada, muestra sus rodillas vestidas con un pantalón marrón. Los chicos gritan, el hombre acostado en cartones se mueve, inquieto. Un pelotazo le da en la panza. Los chicos salen corriendo, el hombre se destapa. Mira, los ve correr, se queda mirando, vuelve a taparse. Un par de minutos después, los chicos vuelven con la pelota. El nuevo juego es pasarle la pelota de cerca al hombre, que ahora les da la espalda. Pasa un perro con una rama en la boca, después una familia. Un nene que lleva un carrito atado de un hilo, una mamá que lleva un bolso enorme y un papá que lleva un cochecito con un bebé. Cuando ven al hombre que sigue moviéndose desde abajo de su frazada sucia se alejan de la vereda y cruzan, rápido, la calle empedrada.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Hubo un silencio y miró a la nada, incrédulo. De repente, se echó un suspiro, con más énfasis en la aspiración que en la expulsión del aire. Expulsión sin melodía. Un suspiro -por así llamarlo- rápido, como si hubiese querido drogarse de oxígeno, que le llegue rápido al cerebro, que alterara esa realidad de silencio. Un silencio que nos había quebrado. Nada para declarar. Su suspiro eléctrico cortó nuestro silencio. Su egoísmo, el de siempre, enfrentándose con mi necesidad de descubrirlo todo. Yo quería sacar a la luz eso que él se guardaba para él. Ese suspiro era más de lo mismo. Se robó mi aire, rápido, oportunista de emociones. Se levantó en dos movimientos. Se vistió y se fue sin saludar. Nunca más supe de él. No lo llamé, no me llamó. Ninguno ganó, ninguno perdió. Tampoco fue un empate.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Please Mr Postman

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No. Una vez escuché una entrevista que le hicieron a Claudia Piñeiro diciendo que casi todas las novelas empezaban así, porque los escritores tenían la manía de cronometrar el tiempo, entonces si era una novela, empezaba a la mañana. Bueno, pero a qué otra hora se puede recibir una carta. ¿Una carta? ¿Quién se manda cartas hoy en día? Se acerca el fin del mundo, ya nadie se manda cartas. "Se acerca el fin del mundo, ya nadie se ama", dijo Ariel Minimal en un show con Flopa.

Eran las diez de la mañana y golpearon la puerta en la casa de Nadia Mansilla. A ver. Primero, que ya no se golpean las puertas. A menos que seas una cavernícola, tu departamento tiene que tener un timbre. Segundo, es necesaria la distinción entre casa y departamento. Y en esto me sale la traductora que llevo adentro: en la Ciudad de Buenos Aires, tener casa implica un buen status económico, una vida porteña nacida y criada nacida al ritmo de un 2x4. Implica ser dueña de esa casa, porque no hay quien viva en una casa y la alquile, a menos que se trate de un malabarista mendocino que vive con otros doce amigos amuchados y llenos de piojos en un PH en Balvanera, en el que la heladera nunca tiene más que botellas de agua, en el que comen arroz yamaní y brotes de soja y en el que tocan un djembé hasta que el vecino llama a la policía. Tener una casa, entonces, no es vivir en un departamento. Vivir en una casa no es lo mismo que tener un departamento. Un departamento implica una niñez en un balcón todo enredado (lleno de una red que puede ser de metal o de plástico), algo que sirve tanto para que no se te escape la pelota como para que a los tres años no te autosuicides, como dice Martín Rossi en Viudas, que tan genial le sale el papel de mucamo travesti. Y además, un departamento seguramente es alquilado, porque con lo que salen y la inflación, precio del dólar, del euro, del oro y todas esas cosas que se conversan los sábados a la noche en Niceto, por ejemplo.

Mientras que en le banlieue, vivir en casa es vivir en una casa que seguramente es tuya, que seguramente compartís con tu hermana, tu hermano, la novia o novio de alguno de ellos, sus hijos, tu mamá, tu papá y un perro enorme que de un coletazo te rompió la nenita de vestidito blanco y cabellos dorados de yeso que fue tu souvenir de comunión. No es lo mismo vivir en casa que en departamento. No es lo mismo una casa en Buenos Aires que una casa en el gran Buenos Aires. Así que no pudieron haber golpeado la puerta en la casa de Nadia Mansilla porque o bien tiene para tener una casa pero no para tener un timbre, cosa llamativa; o bien vive en un departamento y no tiene timbre, porque a decir verdad, quién vende productos casa por casa hoy en día, con esta inseguridad, si ya nadie te abre la puerta por temor a que seas un extraterrestre que venga a llevarse todo todo todo todo lo que le pertenece, que a fin de cuentas, mucho esfuerzo le costó, porque el plasma que estúpidamente compró para el Mundial lo va a seguir pagando durante inmensa cantidad de meses, así que si le entrás a robar, llevate también las cuotas. Entonces, no golpearon nada, porque tampoco es que el cartero va a subir hasta el departamento a entregar la bendita carta. Esto no es una PNT y por más joven que parezca, Andrea del Boca ya está muy grande para hacer de Nadia Mansilla, por más que ayer en el baño del trabajo la trataron de usted. Jodido, el asunto.

Al comienzo de ese día, Nadia Mansilla recibió una carta. ¿De ese día o de aquel día? Ese día suena a día demasiado específico. Y aquel día parece un día zarpado en memorable. ¿Zarpado en memorable? ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó? El otro día venía en el colectivo. Mi amado nueve, que me trae de Retiro hasta Parque Patricios. Salgo del Lenguas Vivas, camino por esas calles todas llenas de galerías de arte con cuadros en exposición, con rubias platinadas que Blackberry en mano, pasean a sus perros de moda, vestidas con ropa deportiva de moda (más de moda que deportiva), con sus buzos GAP y sus gorritas Nike. Un día voy a tomar coraje y a decirle a alguna “¿sabías que esa gorrita la cosió un niño huérfano en Malasia?” Seguro que la muy desgraciada me va a contestar: “¿Y? La ropa que usé esta tarde la cosió un boliviano hacinado en Flores”. Y al rato me subo al 9 y vienen de Retiro escuchando Wachiturros hoy, y en tres meses estaré escuchando otra banda de moda, con el celular al taco y yo me quedo con la genuina alegría de molestar a otro, que con la indiferencia del porteño de clase alta que hace patinar la y griega de la elle en Calle y de la y de Arroyo.

Una vez leí en una entrevista que le hicieron a Santoro (Esto no es una alpargata) donde decía sobre el 17 de Octubre y las patas en la fuente, algo así como que el peronismo no propicia la lucha de clases sino más bien todo lo contrario: lo que hace es crear una burguesía habilitada para el goce capitalista convirtiéndolo en democrático, algo que es un hecho revolucionario, porque no es lo mismo ver a un negro gozar que a un muchacho bien. Ver gozar a un negro es de mal gusto. Entonces el peronismo irrumpe y habilita ese goce masivo, siendo el símbolo de eso las patas en la fuente, que algunos llamaron aluvión zoológico en pos de no homolgar el goce del otro, asumiendo que no es tan humano como “nosotros”. Entonces, a menos que esté durmiendo, ni me inmuto si están con el “tirate un paso, tirate un paso” a todo culo. Como mucho les pediré que lo bajen un poco, qué se yo. ¿A qué venía todo esto? Ah, a que zarpado en memorable. Que el otro día iba en el colectivo, leyendo un libro que presté y me devolvieron y tuve que interrumpir mi lectura porque había dos chicos hablando de sus historietas amorosas. Una chica y un chico. Y por dios te juro, no les entendía nada de lo que estaban hablando. Salvo que ella lo bloqueó al pibe de Facebook, después el resto, ni jota. Y pensaba yo, claro, no son ellos los ágrafos de mierda que no saben hablar, como dice el Ministro de Educación Juan Strassnoy, para quien un médico podría decir “Uh, pintó la parca”, ante un paciente agonizante. Es el idioma el que está mutando, está cambiando, se está moviendo. Porque,fíjeseusté, dentro de todas esas terminologías que usaban estos chicos, que no tendrían más de 20 años, había un campo muy amplio. No eran pocas las palabras que usaban, no era un léxico reducido: era un léxico nuevo, grande, luminoso, con neologismos de palabras que pasearon por el latín, el griego, el romano, el español, el quechua, el criollo, el lunfardo, el… ¿cómo no tenemos un nombre que designe a las palabras salidas del rocanrol? y la cárcel. Zarpado en zarpado el idioma que se está mezclando. Es como lo que hace El Chávez, que dijo una vez en una entrevista que su música era el producto de ir escuchando Massive Attack en su mp3 y llegar en el tren a Morón y que esa música se trenzara con la cumbia que sonaba en la estación. Zarpado. Pero zarpado en el sentido de algo increíble, osado, fuera de lo común. Porque zarpado también puede ser algo desubicado, fuera de lugar. Bueno. Evitemos que en la Argentina nuestros jóvenes pierdan el habla.

¿Y qué pasó con la carta? ¿Golpean la puerta o tocan el timbre? ¿Es en una casa o en un departamento? ¿Y si la hubiese traído el portero? Ah, eso sería fantástico. Ahí está. Eran las diez de la mañana cuando el portero golpeó la puerta. Traía una carta para Nadia Mansilla. Y pero… c’mon. En primer lugar, la podría haber deslizado por debajo de la puerta. Sobre todo porque es portero y los porteros suelen ser bastante… expeditivos, so to speak. En segundo lugar, a las diez de la mañana tendría que estar en el trabajo, así que no es una buena hora para recibir una carta. Sobre todo si el conflicto de esta historia está en el contenido de esa carta.

Ah, eso. ¿Qué dice la carta? ¿Un hermano que escribe para decir que vuelve de Francia a vivir a Buenos Aires? ¿Los resultados de un examen médico? ¿Una vieja amiga de la secundaria que consiguió la dirección postal, intentando contactarla, después de tantos años? ¿Una propuesta de trabajo en Canadá? Pero si ninguna de esas cosas se comunica por carta. El correo electrónico nos robó la maravilla del suspenso, de la espera, de la sorpresa. ¿Quién va a enviar una carta? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿con qué sentido?

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla abrió un sobre. De niña, las postales que enviaba mi hermano y el cartero tocando el timbre al irse en su bici, anunciando en un grito "¡Carta de Leo!". De adolescente, Hernán, Nadia, el santafesino, un londinense y una flaca de General Madariaga que no me acuerdo como se llamaban. Belén, mi profesora de historia y Francisca, de este lado del siglo. Todos mis amigos postales en ese momento. Era una postal de París, enviada por Nathalie. Una foto del Sena y la Torre Eiffel al fondo. "¡Hola Nadia! ¿Qué tal? Sé que hace mucho que no te he escrito...", en su estudiado español. Tal vez estuvo ahí desde anoche y no la vi cuando entré. Tal vez llegó hoy. Pero eran las diez de la mañana cuando abrí el sobre. Eso ya lo dije al principio. Bueno. Eran las diez menos cuarto cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No, con mi nombre real no. Esto se está volviendo demasiado autobiográfico. Bueno. Eran las diez de la mañana cuando

viernes, 19 de agosto de 2011

Delicuescencia

Jueves sobre la ciudad y tu voz es un fantasma que no está ¿qué voy a hacer? Buenos Aires es tan cruel (*) y mi pelo ondulado me resulta una obra de arte, belleza en líneas que se doblan y se abrazan, el marrón oscuro más lindo que vi jamás.

Hasta los quince años tuve el pelo largo. Me identificaba. Largo, muy largo, lacio, un poco ondulado, bello, brillante pelo, cabello, qué lindo era tener el pelo largo y que se me acalambraran los brazos al trenzarlo, cepillarlo durante años con el mismo cepillo de mango verde, atarlo cada noche antes de ir a dormir y haber mantenido una promesa durante catorce años, once meses y veintiocho días de los quince años que tenía que tenerlo largo.

Sentí en el pelo corto un mundo todo nuevo.

Ahora que lo dejo suelto, largo por primera vez después de tanto tiempo (no tan largo como aquel largo, pero lo más cercano que estuvo de ese largo en los últimos catorce años), lo dejo suelto, lo dejo libre, lo miro, lo veo tan largo, tan creciendo, una, dos, tres canas pero sin embargo, tan oscuro, tan brillante. Me veo la sombra cuando camino de noche y esa sombra que se mueve por sí misma es mi pelo. Puro pelo que baila al ritmo de mis pasos. Pelo largo, pelo suelto, pelo bueno, parte de mí, de mi sangre, de mi cuerpo, de mi piel, mis uñas y mis ojos en mi pelo largo. Pelo que crece y me enreda hasta ser algo más grande que yo. Pelo hermoso, pelo mío es él que crece por más que lo haya podado tantas veces, cuando cada dolor de la vida me tocaba el nervio de una muela careada en la boca del alma y yo te cortaba, pelo, para cortar ese dolor, y todavía crecés. Crece este pelo mío, pelo hermoso es él y a la vez es mío. Pelo que me viste desnuda y me viste vestida. Que me envuelve y se mueve cuando dejo a algún amante dormir al amanecer entre mis piernas. Mío y como yo, se enreda y se suelta, oscuro. Alguna vez fuiste azul. Alguna vez serás gris y te amaré más todavía porque querrá decir que hemos caminado mucho, pelo mío. Corto nunca más; rubio, solo para alguna ocasión especial. Rojo, ni en sueños. Pelo del color que me sale, que es el mejor color, porque es el único que tengo. Pelo mío, largo, lacio. La única compañía que admito cuando me encuentro a solas frente al espejo. Seguí saliendo de mí, seguí creciendo conmigo, seguí estando ahí, seguí siendo mi amigo, mi pelo, mi textura favorita, mi olor preferido. Te extrañé tanto pelo largo, que ahora solo quiero abrazarte, atenderte, bienvenirte. No vuelvo a mutilarte nunca más, te lo prometo. No vuelvo a echarte así de mi nuca, más. No vuelvo a sacarme tu compañía nunca más. No vuelvo a soltarte nunca más. Seguí siendo mi sombra cuando camino, los pedazos de mí que quedan en la ducha y las migas que le dejo a las novias de mis amantes.


… elle ne portait que des chaussons de cygne et démêlait avec un peigne d’écaille les fils noirs de ses long cheveux que pendaient le long de son visage. (**)



(*) PEZ

(**) Qui peut savoir ce qu'est l'amour? Bounine/Statzynsky

viernes, 12 de agosto de 2011

la noche antes del fin del mundo

once de agosto de dos mil once
un puente a tus ojos celestes cerrados desde hace tanto
reducción de daños
casi luna llena
buenos aires
chubascos emocionales
de mañana espero las estrellas
de noche sueño con el sol
dos relojes de arena
uno violeta
el otro, sorpresa
alicia en el país de las maravillas
no sabés lo difícil que es vivir en la ciudad de la furia

jueves, 4 de agosto de 2011

La palabra del día.

< < Caco > >

Mañana tengo que entregar este puto parcial y si no baja el volumen de ese celular, juro que lo mato, lo mato, lo mato.


-Disculpa que te moleste. ¿Sería mucho pedirte que le bajes un poquito el volúmen?
-No para nada. Pero de ahí a que lo haga.
-Ah, viene difícil el asunto. Mirá, te cuento, a ver si nos entendemos, yo estudio y mañana tengo un parcial. Estoy con los minutos contados y pensaba aprovechar el tiempo de viaje para estudiar. Pero entre el bebé del asiento aquel no para de llorar, la mina aquella que le está contando toda su vida a una tal Mariela y vos que estás con la música a todo pedo, yo no voy a poder leer nada, voy a perder un montón de tiempo y creeme que es grave.
-Y bueno, problema tuyo. Tendrías que haber estudiado antes.
-Sí, en eso estamos de acuerdo. Pero mirá, si fuera yo la que está con la música y vos me pidieras que la bajara, te juro que la bajaría.
-¿Eh? Me mareaste. No te entendí nada.
-Bueno. Escuchame. Vos, ¿estudiás?
-No, qué voy a estudiar yo. Tengo tres pibes, ¿cuándo querés que estudie?
-Bueno, ¿estudiaste alguna vez?
-Dejé la escuela en tercer año porque era la segunda vez que hacía tercero.
-Bueno. ¿Viste cuando tenías una prueba?
-Sí.
-Bueno. ¿Te ponías nervioso?
-Sí.
-Bueno, esto es lo mismo. Mañana tengo una prueba, no terminé de leer todo lo que había que leer y como no tengo tiempo, pensaba usar el tiempo... ¿podés bajar la música al menos mientras yo te explico esto?
-¿Al menos? Pará, ¿qué te fumaste? ¿Un Buscando a Nemo?
-¿Eh?
-Al menos dicen en las películas.
-Bueno. ¿Podrías bajar la música mientras yo te explico esto?
-Ahi esta mejor, ¿ves? Pero no, no puedo bajar la música.
-Ah. Sos bravo, pibe, eh. ¿De qué laburás?
-De repositor en el Carrefour de la calle Arroyo.
-No te la puedo creer. Yo estudio ahí a la vuelta.
-Uh, qué loco. Es el destino que quiere que nos encontremos. Uuuhhh.
-Bueno, tampoco te pasés de vivo.
-Y pero, flaca, ¿qué querés que haga? Mirá con lo que me salís. Ahora decime que estaba escrito en las estrellas que nos teníamos que encontrar en este colectivo.
-No. Lo que estaba escrito es que vos bajabas el volumen y me dejabas estudiar.
-¿Pero qué culpa tengo yo que vos no hayas estudiado antes?
-No, en eso estamos de acuerdo. Pero como no puedo volver el tiempo atrás ¿podrías por favor bajar la música de tu celular?
-Bueno. Pero, ¿vos qué me das a cambio?
-Lo que quieras.
-Tu número de teléfono.
-Cómo no. Anotá. Seis siete siete dos, cuatro cuatro cero cero.
-Piola. A ver, te llamo así me agendás.
-No. No. Llamame mañana, después del mediodía, que ya rendí el parcial entonces voy a poder atenderte.
-Ah vos me tomás por gil a mí. Te pensás que no sé que mandaste cualquier verdura y que este es el teléfono de Magoya.
-Pero no, te digo. Llamame mañana. Después de las 16 me encontrás seguro. Ahora, ¿vas a bajar el volumen o qué?
-O qué.
-¿Qué?
-Ya tengo tu número, amiga. ¿Para qué voy a bajar el volumen?
-Ah. Buenísimo. Un hombre de palabra. ¿Sabés qué? No bajés nada. Ya fue todo. Me bajo yo del colectivo y fin del tema.
-Bueno, amiga. Bajate del colectivo. Y la próxima vez que tengas parcial, estudiá antes, amiga.
-Gracias, gracias. Viniendo de un hombre de palabra, que sabe poner las necesidades de los demás por delante de las suyas, voy a tener muy en cuenta tu consejo.
-Dale, amiga.

Pedí permiso entre la pequeña multitud. Mariela ya estaba al tanto de todos los movimientos de su amiga y el bebé ahora chupaba una teta en público que todos miraban asombrados. Vamos, quién no chupo una teta en público, pensaba, mientras empujaba y me empujaban para bajar. Por un peso veinticinco más, podía agrandar mi combo y tomarme otro colectivo con menos gente y más silencio. Esos malditos celulares se adueñaron del sonido en el transporte público. Los odio. A los fabricantes de celulares, no al repositor. Los fabricantes de celulares facturan millones con tecnología infinitamente renovable. Los repositores encuentran alegría en invadirte con su musiquita el viaje en el colectivo. Y para un peronista no hay nada mejor que otro peronista.

Me bajé del colectivo sin poder evitar el ademán idiota y tardío de revisar que todo estuviera en su lugar. Bolsillo de la mochila cerrado, listo. Llaves en el bolsillo de la campera, listo. Celular en el bolsillo del pantalón. ¿Celular en el bolsillo del pantalón? ¿Celular? Un inmundo caco habilidoso me aplazó en el parcial.

miércoles, 22 de junio de 2011

L' art m'ennuie (pour Belén)

Un gallo da vueltas en una calesita. Un caracol y un pescado van juntos al supermercado y compran una vieja. Un gato vomita sobre un casette en el que está sentado un señor. Mettre la langue lá, ou ça fait mal. Un perro pegaso no encuentra un sindicato para afiliarse. Just what is it that makes today's homes so different, so appealing? Un par de pezones masticables. I want to achieve it through not dying. L'art est inutile. Rentrez chez vous. Una mujer que escucha Sargent Pepper a todo volumen. Una gorda salta una soga mientras su piel juega a ser la de un camaleón daltónico. Otro gato sobrevuela una esquina parisina. Un teléfono haciendo boxeo. ¡Señor Humberto, no sabe lo que pasa! De un lado, un dedo vestido y aburrido. Del otro, la protección contra el amor propio. Un pescado que siempre mira a la izquierda. (Siempre mira a la izquierda). Nous déclarons que la splendeur du monde s'est enrichie d'une beauté nouvelle la beauté de la vitesse. Elvira estrena sus nuevos anteojos rojos. Mujeres desnudas. Hombres abrigados. Gatos. Lenguas con anillos. Estoy a punto de estornudar, pero antes voy a tomar el micrófono y decirte que vayas a comprar el pan y unas felicidades para el domingo. Alguna con almendras. The cat is under the table. Una paloma es amiga de una bailarina. Esa foto que mañana será vieja me saluda desde ayer. Collares de perlas y ventanas. Suripantas de a montones, con el pelo suelto y con el pelo atado. ¿Alguna vez visitaste un parque de diversiones desnudo y con los ojos cerrados? Pasame la manteca, querida. Estos dibujos huelen a río, a espalda transpirada, a encaje negro y a caramelos. O nada que ver. Más bien todo lo contrario. Vení, sacate las zapatillas y sentate conmigo a mirarlos.

jueves, 12 de mayo de 2011

amor, amor mío

Te esperé despierta hasta no sé qué hora era cuando me dormí frente al televisor. Me desperté al rato, con la película que estaba mirando hecha un anuncio de una juguera que hace de todo, pero debe ser carísima. Es rara esa sensación de despertar y encontrar la escenografía para un momento que ya pasó. Las luces encendidas, esa cachetada al despertar. ¿En qué estaba yo? Ah, sí. En que te esperé despierta. Preparé pastel de papas con dos quesos distintos. Yo sé que te gusta así. Si hubieras visto lo lindo que quedó servido en el plato, con unas hojitas de perejil al costado. Quería que festejáramos juntos. Más bien, que festejaras conmigo. Pero bueno. Esta vez, otra vez, no pudo ser. Y también había comprado un vino, uno bueno. No me acuerdo cómo se llamaba. Cuando desarmé la mesa lo guardé en la alacena. Le pedí a un tipo que estaba en la góndola, eligiendo la tercer botella que se iba a llevar. Le tuve que contar un poco de nosotros, qué íbamos a comer, qué estábamos festejando. Le tuve que contar que ibas a venir tarde. El tipo me dijo "bueno, en ese caso, el hombre se le va a dormir, señora". En un momento pensé que eso no sería lo peor que podría llegar a pasar. Pero le dije que no importaba, que la ocasión merecía un buen vino. Me señaló uno que ni sé cómo se llama, pero me dijo que era el más recomendable.

Acosté temprano a los chicos. Ellos también tenían ganas de verte. Les dije que ibas a venir, pero que era una de esas veces que no llegás, que no podés, que estás pero no estás. Que vos también los querías, pero que no tenías el tiempo, que no teníamos tiempo. Y me hicieron eso que saben hacer tan bien, que es hacer como que no importa, decirme que no importa, pero yo sé que sí importa. Me preocupa un poco Romina. Ayer, en el colegio, tenía que dibujar a su papá. La maestra me mandó una nota diciéndome que no pudo dibujar nada. Cuando me mostró la nota, le pregunté qué le pasó y me dijo que no sabía qué dibujar.

Esa fue una cachetada que anunció la de despertar con las luces encendidas. Amor, otra vez te cociné una cena genial y otra vez no llegaste. Me desperté en la mitad de la noche, sentada enfrente a un televisor que daba un programa que mira gente que duerme sola, que vive sola, que está sola. Con las luces que nadie apagó por mí, me desperté por el frío de esperarte y que no vinieras. Siempre me decís que el trabajo, mucho trabajo, muchas cosas que hacer. Pero yo sé que el asunto es por tu mujer.

En este ahora en el que te escribo esto, estoy sentada al sol en la plaza que queda a la vuelta de mi oficina. En esta plaza en donde a veces nos encontramos para comer, para hablar, para que me convenzas que alguna vez todo va a cambiar. Pero Romina sigue sin saber cómo dibujarte y yo como del pastel de papas en un táper, frío. Espero que no se nuble. Espero que apaguemos las luces de este asunto y nos vayamos a dormir. Aunque sea separados, dormir.

lunes, 9 de mayo de 2011

Este globo que sale de mi cabeza

Salí de mi casa después del mediodía, cuando en los pasillos todavía se sentía olor a comidas. Distintos platos, muchos guisos. Me gusta cuando llega el invierno porque el tour por la escalera es más sabroso para mi nariz. En el cuarto cocinan arroz con pollo. En el tercero, demasiados condimentos distintos. En planta baja, milanesas. Ah, digo mi casa y me veo en la obligación de traducir de suburbano a porteño: mi casa es un departamento.

En la puerta, en un cuadrado de tierra que bordea un árbol que está delimitado por el cemento rugoso y berreta con el que para el gobierno de esta sucia ciudad se puede hacer una vereda, dos chicos en short y remera juegan a la bolita. No puedo creer semejante imagen. Tal vez no tengan idea de que ese juego ya podría estar en un museo, junto a una caja de un Pictionary o un Estanciero y una rayuela. ¡Están jugando a la bolita! ¡Y tienen una lechera y todo! Los miro, me miran, sigo caminando.

Ayer me compré Hoy en un recital de Minimal. ¿Sabías que Minimal es zurdo? Yo tampoco, pero tenía mis sospechas. Así que mientras camino, voy cantando esas canciones. Llego tarde, tan tarde, muy tarde. Bueno, no tanto. Con una buena cometa, podría alcanzar los niveles ISO9000 de los estándares de puntualidad. Mientras espero el colectivo, hago sonar dos monedas de cincuenta centavos recién sacaditas del horno de tan brillantes. Las hago jugar a que son las suelas de los zapatos de Fred Astaire, hasta que viene mi colectivo. Subo y veo una pareja de sordos habla en lenguaje de señas en los dos asientos de adelante. ¿Se los habrán dado o será pura coincidencia?

Mi destino es una esquina del barrio donde trabajo. Amo ese barrio. Ir al barrio de mi trabajo un día que no trabajo es la oportunidad para ver la misma ciudad pero en otra estación; escuchar la misma radio, pero en otra frecuencia. Así que bajo en una esquina de San Telmo y me encuentro con un amigo nuevo que tengo. Su lengua materna es la que yo estoy adoptando; mi lengua materna es en la que él se está gestando. Vino acá para replantearse algunas cosas de su vida. Debería haber la crisis del cuarto de vida. Esa es bien puta. Puta traicionera. Sí, la crisis del cuarto de vida es una puta traicionera.

Nos tomamos un otro colectivo. Vamos al Barrio Chino. Yo le hablo en su idioma y él me contesta en el mío. Debe ser gracioso escucharnos. ¿Podés creer que todavía hay porteños que se asombran de ver un gringo? Pensé que ya habíamos superado eso, pero todavía nos sorprende. Hablamos mucho, y en eso de pensar y pensarse en otro idioma, con otras palabras, con palabras que tienen otro peso hacemos un viaje interesante. Es un sabor ameno. Es un saber agradable. Es reconocernos y conocer otra naturaleza cultural. Yo te invitaría a estudiar y estudiarte junto a un extranjero, y vas a ver que este país no es tan de mierda como estamos acostumbrados a decir, porque a fin de cuentas, en todas partes se cuecen habas.

Una vez en el Barrio Chino nos metemos a ver cosas en un supermercado. Él me dice una palabra que yo no conozco en su idioma, que él no sabe cómo se dice en el mío y que en el inglés, esa especie de esperanto que supimos conseguir, yo no la conozco. Así recorremos todo el supermercado hasta que en una góndola de atrás, cerca de los caracoles, frente a los panes, estaban en una bolsa. “¿Qué aprendimos hoy? Poroto. Po-ro-to.” Le pregunto y nos contesto. Justo cuando voy a contarle de la Tota y la Porota, me asombra cómo los orientales todos no tienen reparo en agarrar la comida con las manos. Con todos los dedos, uno agarra un pulpo pescado y pesado y lo mete en una bolsa que chorrea agua de mar sobre el piso de cerámica. A él también le sorprende. Pero seguro que cuando hay que desconcentrar en un estadio, yo en Buenos Aires estoy más cerca de este caos chino que él en su ciudad.

Un rato más tarde, nos encontramos con dos compañeras de estudio mías, más la amiga de una de ellas. Ahora ellos, los extranjeros, son mayoría: de ellas, dos son de la misma nacionalidad de mi amigo. Así que switcheamos, no más castellano. ¿Y si ahora estuviéramos hablando toba? Uno de los primeros gramaticólogos del español ya hablaba de la importancia del idioma como herramienta de dominación. Un poco por democracia, y otro poco por necesidad, nos hablamos en un cocoliche con interferencias orientales, ya en otro supermercado, lleno de gente que se choca y se roza y se pide disculpas en al menos diez palabras distintas. Entre tés, golosinas y jugos de distintos colores, un chino grita mucho. “¡Mucho!”. Le grita a otro que está no muy lejos. “¡Mucho!”. Enseguida, mi amigo me dice que le gusta mucho “un montón”. “’Un montón’ me gusta un montón”, se corrige.

Y yo pienso esto: cuando escucho a alguien hablar mi idioma, quiero decir, alguien que tiene otro idioma como lengua primaria, es como si yo trabajara en un supermercado y conociera la ubicación de (casi) todos los productos en cada góndola. Entonces ese alguien viene por primera vez y yo lo miro cómo pasea por las góndolas hasta encontrar dónde está cada producto que quiere agarrar. Cuando yo visito su supermercado, todavía doy muchas vueltas hasta encontrar los porotos, por ejemplo.

Él se decepciona un poco al ver que aquello a lo que decimos barrio son una, dos, tres, cuatro calles de supermercados, bazares y restoranes. Así que nos vamos los cinco hacia Cabildo y Juramento, una esquina casi tan densa como Acoyte y Rivadavia, como Corrientes y Callao. Dos más y tengo las cinco del viernes de esta semana. Mis amigas se van y nos sentamos en la terraza de un café a seguir hablándonos de hablar. Me tomo el café con leche con él hasta que me tengo que ir y entonces me tomo un colectivo. Bajo y me tomo una gaseosa que compré en un supermercado chino en el Abasto. Tengo una obra de teatro que ver. Es una que habla sobre cómo el ser argentino está basado en la figura ídolo de cartón, que tal vez ni siquiera era argentino y a quien se lo reconoce como músico, sin saber tocar la guitarra; del que se dice que cada día canta mejor, cuando le componían todos los temas. Un poco de eso somos. Pudiendo ser Lepera, todos queremos ser Gardel. Alucinante.

Como estoy cerca del Konex, a la salida me decido a pasar por ahí. Me enteré que había unas TedTalk y pensé en dar una vuelta para ver de qué se trataba. O como dicen los chicos ahora, de qué la iba. Pero, justamente, para entrar había que haber sido invitado. Y para haber sido invitado, había que tener entre 16 y 21 años. O sea, diecinueve. O dieciocho. Mientras escucho a Zambayonny gritando que no pudo dejar la paja, veo que parado en la puerta está mi profesor de física de la escuela. Hola, qué tal, yo fui alumna suya hace unos diez años atrás. Y el tipo se acuerda de un trabajo que hice sobre el agua. Con ese trabajo llegué al diez de promedio y zafé de llevármela en cuarto año: siempre me gustó estar al límite. Él está con su mujer, esperando por el hijo de ambos, que está adentro. Mientras les contesto qué hice durante este tiempo, recibo un mensaje de texto. Hay una fiesta en Chacarita y otra por mi barrio. Es sábado a la noche y yo ya tuve mi salida ayer viernes. Además, tengo trabajos que hacer para la facultad. Así que no voy a ninguna de las dos. Elijo irme a mi casa, a estudiar lengua y gramática.

Voy hasta Corrientes. Ya es tarde para el subte. Qué pena conmigo, opción descartada. Paseo por las paradas de un montón de colectivos. Al final, elijo viajar tomando dos colectivos. Así que espero dos colectivos distintos para ir a un mismo lugar. Viene uno, pero elijo esperar al de atrás, al que Murphy me asegura que viene vacío. Y así es. Bajo para tomar el otro, me decido a tomar un helado. Elijo dulce de leche, maracuyá y avellana. Sí, yo tampoco entendí lo de la avellana. Pero elegí eso. Me tomo el otro colectivo. Elegir y decidir son casi primos, ¿viste?

Me bajo a dos cuadras de mi casa, con un pibe con el que viajamos sentados juntos desde que él se subió, en la parada siguiente a la que subí yo. Caminamos esas dos cuadras a tres metros de diferencia –él adelante, yo atrás- hasta mi edificio. ¿Me creerías si te dijera que los chicos seguían jugando a la bolita? Ahora de campera y largos. ¿Habrán estado ahí toda la tarde? Yo viajando a un montón de países distintos, en un montón de colectivos y ellos, toda esta tarde de sábado jugando a la bolita. Las manos negras, el honor en juego. La pinza, Bretodeau, ¿la conoce a la pinza, Bretodeau? El flaco y yo entramos a mi edificio. Me pregunto si este pallier será también parte de mi casa. De ser así, tranquilamente podría poner unas plantas y algunos afiches de películas. Él, todavía adelante, llama al ascensor aunque sigue de largo y toma las escaleras. Compartimos el asiento de un colectivo, pero no se animó al ascensor. ¿Cómo tendría que traducir eso?