miércoles, 9 de febrero de 2011

Tema para Luis

Caí en un hotel, donde se suelen dar conferencias, estilo Bauen, en un encuentro de cosplayers que era una locura. No sólo había gente disfrazada de cosas que uno ni se imagina, con orejitas de peluche y medias a rayas, si no que además desfilaban y se gritaban cosas que para mí eran puteadas, pero para ellos no y más bien todo lo contrario. Era como un año nuevo en Arribeños, pero en un piso alfombrado y con luces amarillentas y paredes espejadas. Frenesí, colores y aullidos. Yo les pregunté de qué se trataba, para qué se juntaban, y un chico me dijo que era para celebrar sus disfraces. Que todos tenían mucha producción y muchos se pasaron varios meses cosiendo sus trajes. Ah, como una murga, le dije yo. Pero él no me respondió nada. Solamente me miró serio y se alejó. Debo haberlo ofendido.

Miré un rato el desfile. Desfile, bah. Caminaban por el centro del salón, por una alfombra larga y colorada. Los de los costados gritaban y aplaudían a los que pasaban por la pasarela improvisada. Pero no había escenario y público y modelos estaban a la misma altura en el piso. Todos estaban disfrazados, así que era algo así como ir al zoológico, pero sin rejas ni animales. Y sobre todo, sin niños. Aburrida un poco, le pregunté a otro chico si había alguna otra cosa para hacer. Supuse que habría algunas lindas porquerías para comprar o ricas, para comer. Como en el año nuevo en Arribeños. O los fines de semana en Arribeños. En el salón de al lado, me dijo. Y hacia allá fui.

En el salón de al lado, el panorama era menos efervescente y los únicos gritos que se escuchaban eran los que venían del desfile, a unos cuantos metros de distancia. Aquí había prendedores y colgantes y chirimbolos en bandejitas de pana negra y podés probarte lo que quieras, sin compromiso. Como el asunto me resultaba más aburrido aún, decidí irme de ahí. Pregunté qué otra cosa podía hacer y un flaco me dijo que espere a que venga el fotógrafo, así me sacaba unas fotos. Me dijo también que sus fotos son lo más, que lo mejor que a uno le puede pasar es cruzarse con El Fotógrafo (el pibe no usó mayúsculas cuando me hablaba del fotógrafo, pero parecía que se refería a él en ese tono: El Fotógrafo) y que El Fotógrafo quiera sacarle a uno una foto. Yo dije, bueno, en ese caso. Entonces me lo crucé al fotógrafo. Era barbudo, de pelo largo. Lindo pibe. Vos sos El Fotógrafo, le dije. Él miró su cámara y el bolso que colgaba de su hombro y me dió un "sí" con levantamiento de ceja incluido. Esta gente es muy áspera, pensé yo. ¿Me sacás una foto? Tomó la cámara, y sin mirar me disparó con un flash asesino unas 27 veces. ¿Podrías dejar de hacer eso? No. Este es mi estilo para sacar fotografías. Me gusta ver cómo la gente quiere revertir el relampagazo con gestos raros. De más chico trabajaba en la barra de un boliche. Lo que más me gustaba era servir los tequilas y quedarme mirando a los clientes tomarlo. Después del limón sus caras se tranformaban de una manera tan graciosa que siempre deseé sacarles una foto. Eso es lo que estoy haciendo ahora. Ah, le dije, básicamente estás saldando una deuda con tu pasado. ¿Y quién no quiere hacer eso?, me dijo. Su pregunta fue la respuesta que me hizo escapar de ese lugar.

Como no tenía nada que hacer -hacía un rato había mirado el reloj y todavía era temprano- seguí buscando alguna otra opción.

Me puse a mirar videos viejos. En uno estábamos con mis amigas del colegio, yendo a ver a Paul McCartney. Quien cortaba las entradas era mi archienemiga escolar. En el video pude ver que cuando estábamos entrando al estadio, la muy hija de puta nos hizo fuckyou en cuanto le dimos la espalda. Desgraciada. Ojalá que en la reunión de los 25 años de egresadas no te animes a venir.

Pero ese tampoco era un plan divertido. Así que probé viendo unas carreras de motos y de autos. Unas se desarrollaban al lado de las otras y de este lado estábamos los que animábamos los rallies, atrás de un alambrado, encima de una montañita de tierra. Yo no sabía muy bien para quién hinchar y me pareció que el asunto era un tanto más complicado que ser de Ford o de Chevrolet, así que elegí agarrar un ladrillo para sentarmele encima y ponerme a mirar la escena. Mi silencio resultó un tanto tibio y me sentí como las chicas esas que iban a los recitales de Los Piojos muy de cartera y botas y pelo planchado. Así que opté por caminar un rato por Palermo.

Agarré Santa Fé, que ahora es doblemano, y a la altura de Plaza Italia empecé a hacer serruchito. Borges, Güemes, Thames, Charcas, Uriarte. Veía las vidrieras con vestidos de diseño como objetos de contemplación y carteles en inglés y veredas llenas de gringos. Cómo cambió esta ciudad con el 4 a 1, pienso. Hay dos Buenos Aires. En una de ellas no estamos invitados y ni siquiera somos bienvenidos. En la otra, no nos gusta estar. Pero eso es de puro argentinos que somos. ¿Sabés qué tienen en común un argentino y una pila? Nada, porque la pila tiene un lado positivo. También hay pitonisas de ocasión, sentadas en banquitos playeros, con una tabla sobre sus rodillas, dispuestas a decirte que tu vida va a ser larga, que tenés un amor que todavía te ama, que vas a tener tres hijos. Y hay cueros y bares y licuados de banana y perros cagando en la vereda. Y árboles que se desintegran y ya está atardeciendo cuando cruzo las vías a la altura de Honduras. Me gusta caminar por acá. Un hombre que pasa por enfrente me silva un piropo. Yo sigo caminando. Esa es mi política frente a los piropos. Cruzo la avenida y sigo por Honduras hasta Bonpland. Frecuenté este barrio durante casi un año. Mi ex novio vivía por acá. Sé que hasta que haya otra referencia más importante, cada vez que ande por esta zona, voy a acordarme de él. La panadería de Carranza, los domingos a la tarde. El primer tren del día. El perfume de los cafés. Todo me es familiar de vuelta. Sigo caminando. Quiero ir a la Plaza Mafalda. Una vez lloré en esa plaza. Estaba con él, pero -extrañamente- él no era la causa de mi llanto. Así que agarro Dorrego. Llego a Zapiola y me debato entre agarrar Zapiola o seguir hasta Freire. Me gusta Freire, mejor, porque tiene esa curvita y además, con él andábamos por ahí. Pasear por ahí es evocarlo, de manera dulce. Además, sé que él no va a estar. Desde que nos separamos, los caminos que él elige son los que yo descarto para no cruzármelo. Creo que es un acuerdo que hicieron nuestros destinos para que no volvamos a estar juntos. Así que Freire será.

Cuando estoy llegando, lo veo ahí parado. Es él. Ese es su buzo naranja y esos son sus pantalones de camouflage. Esa es su mochila marrón. Está sacándole una foto al grafitti que te bendice si pasás con el 151 por el Mercado de Pulgas. Me acerco y él se aleja, va caminando con su mochila abierta. Agarra Freire. Me acerco más y lo saludo. Nos abrazamos. Nos largamos a llorar.

-¿Qué hacés acá? Si vos nunca venís por acá.
-Nunca vengo porque después escribís cosas feas sobre mí en tu blog.
-¿Como lo del libro?
-Como lo del libro. Te juro que no sé de qué hablás. Yo jamás le regalaría ese libro a otra mujer que no fueras vos.
-No importa. Ya pasó. ¿Cómo estás? Estás re lindo. No sé si es porque te extrañaba o porque estás re lindo, pero estás re lindo.
-Gracias. Vos también estás muy linda. Creciste mucho en estos meses, me enteré.
-Sí. Estoy en eso.

Escucho la sirena de los bomberos. Hubo dos incendios en mi manzana y necesito saber que no es acá. Esperame, le digo. Necesito saber que no es acá. Esperame, es un segundo, no te vayas, por favor, voy y vuelvo. Te juro que vuelvo. Sí, andá, me dice, yo te espero. Hace un gesto con la mano, como si me diera permiso a irme, como rasgando unas cuerdas invisibles. Me voy. Me doy vuelta y veo que me está mirando (¿no es hermoso cuando pasa eso?). Me levanta la mano y me sonríe sin mostrar los dientes. Ese gesto también es suyo.

Me levanto de la cama y miro por la ventana. Las sirenas pasaron de largo. No era acá.