martes, 26 de abril de 2011

Buenos Aires no duerme

El espectáculo es bello por donde se lo mire. Sobre todo por lo fugaz, porque va a durar hasta que corte el semáforo y empiecen a pasar los autos por alguna de las dos manos de esta avenida, en donde cae una lluvia de hojas amarillas. Caen por más que no haya más que asfalto para regar. Caen y hacen un sonido parecido al de un palo de agua. La última vez que oí un palo de agua también había hecho el amor hacía un rato, estaba desnuda sobre un piso de parqué y sobre la mesa, sobres del banco. Y ahora, este ruido parecido al de aquella tarde de sábado y yo también estoy parecida a aquella tarde de sábado. Pero es mañana de domingo y camino por la avenida toda vestida de anoche, medias de red y campera negra. El pelo suelto, el maquillaje corrido. Me siento tan impuntual. Comparto la vereda con chicos vestidos de domingo, con sus padres vestidos de domingo también y con viejas que van a comprar el diario y las pastas frescas paseando el perro al que le dan tres retráctiles metros de libertad.

Camino rápido, me pongo el emepetres. De mañana, el fin de la noche es esta mañana de videoclip. Y el videoclip es más aventuroso. Aventuroso, quiero decir, más lleno de aventura. De aventura, quiero decir, de romance fugaz. De romance fugaz, quiero decir, de sexo casual. De sexo casual, quiero decir, de haber dado un nombre que no era el mío, de miedo al sida, de irme y haber dejado un teléfono cualquiera. Un teléfono cualquiera, quiero decir, un número formado con los números que se me antojaron en el momento. El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio.

El sol me pega en la cara y con la mañana, el gusto a cigarrillo se siente más fuerte. Sobre todo porque no fui una buena nena y fui a la cama sin lavarme los dientes. Entre otras cosas. Mal, nena, mal. Mala nena. Una nena de campera rosa va de la mano de su papá. Él la lleva de la mano, más bien apurado, la hace caminar a los saltitos. Ella cruza la calle sin mirar, mientras lleva en la otra mano un huevo más grande que su cabeza. Y sobre los hombros, una mochila escolar. Supongo, me imagino, que es de esas nenas que se devuelven hacia el fin del fin de semana. Y que ese huevo es para compartir en su casa, en la casa de la madre, en la casa de la madre que alguna vez fue la de la madre y el padre y ahora es la de la madre y otro hombre, que le hizo otro hijo a su madre, un hijo que no es hijo del padre que es su padre, pero con quien ella va a compartir un huevo de pascuas. Porque en esta mañana todo huele parecido a Navidad y es porque es Pascuas. Domingo de Pascuas. El domingo pasado también amanecí en una casa desconocida y al salir a la calle también sentí algo parecido, menos parecido pero parecido al fin, a Navidad. Era domingo de Ramos. De Pablo Ramos es el libro que me pongo a leer en cuanto me subo al colectivo.

Me siento atrás, en uno de los asientos individuales. Es uno de esos nuevos y está limpio. En uno de los dos asientos que miran-para-el-otro-lado hay un pibe que debe tener unos 18 años. Lo miro, me mira. Me fascina el cruce de miradas que únicamente pueden darse en un colectivo. Sobre todo porque él tiene 18 años y yo podría ser su madre. Bueno, bastante precoz. Pero anoche también fui un tanto precoz y mejor sigo leyendo mi libro, pero miro y veo que en el otro asiento que mira-para-el-otro-lado hay un flaco más o menos de mi edad, que me cae interesante. Me cae visualmente interesante. Ese no podría haber sido mi hijo y con mucho gusto lo haría padre. Con él juego un rato más al te miro, me mirás, miro para otro lado, te vuelvo a mirar y me estás mirando, y este romance va a terminar en cuanto el colectivo frene y yo me baje, lo sé, pero qué lindo es mirarte y ver que me estás mirando. Me recuerda al amor más lindo y puro que tuve, al único que pudo compatibilizar esos dos adjetivos, a mi primer amor, a un amor de secundaria. Pero Pablo Ramos me espera y además, tengo a mi lado una ventana.

Me encanta viajar en colectivo, si es en un asiento que da a la ventana. Podría tomarme el 37 desde Lanús hasta Ciudad Universitaria veinte veces, si me asegurara un asiento con ventana. O cualquier colectivo que dure lo mismo. Miro la gente. Miro las ventanas de los primeros pisos. Veo una vieja cosiendo. Qué hermosa postal la de ver una vieja enhebrando una aguja. Quisiera sacarle una foto. También creo ver a María Kodama. Y si no era, qué gusto haber cruzado a alguien parecida, porque ver a María Kodama (o a alguien parecida) representa la obligación de plantearse una duda existencial a esta altura del partido: canas, ¿sí o no? Como sea, miro y veo las panaderías y una señora que elige una pastafrola, la señala con el dedo. “Esa”, leo que dicen sus labios. Y la empleada, con un gorrito, corrobora su elección. ¿Con quién compartirá esa pastafrola? La otra vez me enteré que “compañero” viene de un término que hace referencia a compartir el pan. Y los huevos de Pascua, ¿de dónde vienen? Si los conejos son mamíferos. No bien termino de pensar eso, levanto la mirada y donde estaba sentado el pibe de 18, está sentado un viejo. ¿Qué pasó? ¿Qué te pasó? Me distraje un segundo y te volviste viejo. Así de repente. Creo que eso nos pasa a todos. Como cuando vemos la foto de alguien a quien conocimos de joven y de repente peina canas y decimos que está viejo. Pues bueno, el que lo dice, está lo mismo de viejo. O como en las reuniones de ex alumnos, convocados por Facebook: todos dicen que sus compañeros de escuela están hechos mierda. Lo que no reparan es que eso significa que ellos mismos también lo están. Y la prueba está que en ese asiento, donde hace algunas cuadras estaba sentado un pibe de 18, ahora hay un viejo de anteojos, pelado y canoso, con una boina en la mano. Como la vida misma.

Jugueteo un rato más a las miraditas con el flaco del otro asiento y me pregunto si el pibe de anoche se llamaba como me dijo que se llamaba o también él me mintió con su nombre. Eso hubiese estado sensacional: dos desconocidos, desconociéndose aún más. Qué época de mierda para las relaciones humanas. Creo que la posmodernidad va a lograr eliminar lo que más de ¿cuántos miles? cinco, diez, veinte mil años de historia de la humanidad no pudieron: que nos sigamos reproduciendo. Si sigue habiendo tanta vuelta para que la gente se ame, en breve los hijos van a ser cosa de un selecto grupo de iluminados. Y esto de despertar con resaca y olor a cigarrillo y sexo en una casa ajena, mercantilizando el deseo carnal es horrorosamente simplista, sí. Pero sobre todo es inquietantemente atractivo. Odio los adverbios. Inquietantemente. Inquietante mente. Inquiétate mente.

Escucho Te ví. Y el flaco se para para darle el asiento a una señora que no se lo merece, porque no es ni tan vieja, ni tan gorda, ni tan embarazada, ni tan niño. Pero el flaco se lo da igual, qué buen pibe, y se acerca hacia donde estoy yo, parado, frente a la puerta, apoyado en esos caños que son para las sillas de ruedas. Te dije que era uno de esos colectivos nuevos. El juego sigue un rato y yo quiero terminar de leer este libro, pero no puedo evitarlo, lo miro, me mira, miro para otro lado, lo vuelvo a mirar. Al lado suyo hay otro flaco que quiere sumarse al juego. Estás bueno, bastante bueno, pero soy una putita fiel y empecé el juego con él, con él lo tengo que seguir jugando. Siempre fui así. Lo hacía cuando era chica, a la vuelta de mi casa, cuando jugaba a la rayuela con las hijas del policía, y ahora lo hago con vos, porque con él estaba jugando desde antes que vos subieras, qué se le va a hacer.

El colectivo se llena. Lleno de gente que va hacia el sur, a ese paraje hermoso que es más allá de la General Paz, del Riachuelo. Ah, esos lugares. Santos lugares. Si vivís en Lanús, Avellaneda, Ciudadela, Vicente López no te agarra stress, no te agarra ACV, no te agarra nada de eso. Te lo juro. Ni los pibes tienen DDA, ni ninguna de esas pelotudeces que te agarran solamente en Buenos Aires. Hablando de pibes, el viejo ahora es una mujer con un pibe. Yo ya no entiendo más nada. Además, me tengo que bajar. No veo la hora de abrir la puerta de mi casa, desabrocharme las botas, sacarme esta ropa que apesta a Marlboro de dieciséis, bañarme, lavarme los dientes, guardar los aros, las pulseras y los anillos, apagar el celular, desconectar el teléfono, bajar la persiana hasta el dormitorio quede a oscuras, meterme en la cama, invitar a la gata a mis pies y dormir hasta que el sol caiga. Hoy no va a haber pastas en familia, ni siquiera de las frías y sin queso rayado porque se acabó hace rato. Ni siquiera tarde a la tarde. Tampoco huevos de chocolate. No. Nada de eso. Hoy duermo todo el día. Bostezo. Por última vez miro por la ventana y me paro. Me acerco a la puerta, a tocar el timbre. Escucho Balada de Donna Helena, la parte en la que la canción da un giro inesperado alucinante, viste, bueno, esa.

-Yo bajo en la que viene. ¿Y vos?