jueves, 12 de mayo de 2011

amor, amor mío

Te esperé despierta hasta no sé qué hora era cuando me dormí frente al televisor. Me desperté al rato, con la película que estaba mirando hecha un anuncio de una juguera que hace de todo, pero debe ser carísima. Es rara esa sensación de despertar y encontrar la escenografía para un momento que ya pasó. Las luces encendidas, esa cachetada al despertar. ¿En qué estaba yo? Ah, sí. En que te esperé despierta. Preparé pastel de papas con dos quesos distintos. Yo sé que te gusta así. Si hubieras visto lo lindo que quedó servido en el plato, con unas hojitas de perejil al costado. Quería que festejáramos juntos. Más bien, que festejaras conmigo. Pero bueno. Esta vez, otra vez, no pudo ser. Y también había comprado un vino, uno bueno. No me acuerdo cómo se llamaba. Cuando desarmé la mesa lo guardé en la alacena. Le pedí a un tipo que estaba en la góndola, eligiendo la tercer botella que se iba a llevar. Le tuve que contar un poco de nosotros, qué íbamos a comer, qué estábamos festejando. Le tuve que contar que ibas a venir tarde. El tipo me dijo "bueno, en ese caso, el hombre se le va a dormir, señora". En un momento pensé que eso no sería lo peor que podría llegar a pasar. Pero le dije que no importaba, que la ocasión merecía un buen vino. Me señaló uno que ni sé cómo se llama, pero me dijo que era el más recomendable.

Acosté temprano a los chicos. Ellos también tenían ganas de verte. Les dije que ibas a venir, pero que era una de esas veces que no llegás, que no podés, que estás pero no estás. Que vos también los querías, pero que no tenías el tiempo, que no teníamos tiempo. Y me hicieron eso que saben hacer tan bien, que es hacer como que no importa, decirme que no importa, pero yo sé que sí importa. Me preocupa un poco Romina. Ayer, en el colegio, tenía que dibujar a su papá. La maestra me mandó una nota diciéndome que no pudo dibujar nada. Cuando me mostró la nota, le pregunté qué le pasó y me dijo que no sabía qué dibujar.

Esa fue una cachetada que anunció la de despertar con las luces encendidas. Amor, otra vez te cociné una cena genial y otra vez no llegaste. Me desperté en la mitad de la noche, sentada enfrente a un televisor que daba un programa que mira gente que duerme sola, que vive sola, que está sola. Con las luces que nadie apagó por mí, me desperté por el frío de esperarte y que no vinieras. Siempre me decís que el trabajo, mucho trabajo, muchas cosas que hacer. Pero yo sé que el asunto es por tu mujer.

En este ahora en el que te escribo esto, estoy sentada al sol en la plaza que queda a la vuelta de mi oficina. En esta plaza en donde a veces nos encontramos para comer, para hablar, para que me convenzas que alguna vez todo va a cambiar. Pero Romina sigue sin saber cómo dibujarte y yo como del pastel de papas en un táper, frío. Espero que no se nuble. Espero que apaguemos las luces de este asunto y nos vayamos a dormir. Aunque sea separados, dormir.

lunes, 9 de mayo de 2011

Este globo que sale de mi cabeza

Salí de mi casa después del mediodía, cuando en los pasillos todavía se sentía olor a comidas. Distintos platos, muchos guisos. Me gusta cuando llega el invierno porque el tour por la escalera es más sabroso para mi nariz. En el cuarto cocinan arroz con pollo. En el tercero, demasiados condimentos distintos. En planta baja, milanesas. Ah, digo mi casa y me veo en la obligación de traducir de suburbano a porteño: mi casa es un departamento.

En la puerta, en un cuadrado de tierra que bordea un árbol que está delimitado por el cemento rugoso y berreta con el que para el gobierno de esta sucia ciudad se puede hacer una vereda, dos chicos en short y remera juegan a la bolita. No puedo creer semejante imagen. Tal vez no tengan idea de que ese juego ya podría estar en un museo, junto a una caja de un Pictionary o un Estanciero y una rayuela. ¡Están jugando a la bolita! ¡Y tienen una lechera y todo! Los miro, me miran, sigo caminando.

Ayer me compré Hoy en un recital de Minimal. ¿Sabías que Minimal es zurdo? Yo tampoco, pero tenía mis sospechas. Así que mientras camino, voy cantando esas canciones. Llego tarde, tan tarde, muy tarde. Bueno, no tanto. Con una buena cometa, podría alcanzar los niveles ISO9000 de los estándares de puntualidad. Mientras espero el colectivo, hago sonar dos monedas de cincuenta centavos recién sacaditas del horno de tan brillantes. Las hago jugar a que son las suelas de los zapatos de Fred Astaire, hasta que viene mi colectivo. Subo y veo una pareja de sordos habla en lenguaje de señas en los dos asientos de adelante. ¿Se los habrán dado o será pura coincidencia?

Mi destino es una esquina del barrio donde trabajo. Amo ese barrio. Ir al barrio de mi trabajo un día que no trabajo es la oportunidad para ver la misma ciudad pero en otra estación; escuchar la misma radio, pero en otra frecuencia. Así que bajo en una esquina de San Telmo y me encuentro con un amigo nuevo que tengo. Su lengua materna es la que yo estoy adoptando; mi lengua materna es en la que él se está gestando. Vino acá para replantearse algunas cosas de su vida. Debería haber la crisis del cuarto de vida. Esa es bien puta. Puta traicionera. Sí, la crisis del cuarto de vida es una puta traicionera.

Nos tomamos un otro colectivo. Vamos al Barrio Chino. Yo le hablo en su idioma y él me contesta en el mío. Debe ser gracioso escucharnos. ¿Podés creer que todavía hay porteños que se asombran de ver un gringo? Pensé que ya habíamos superado eso, pero todavía nos sorprende. Hablamos mucho, y en eso de pensar y pensarse en otro idioma, con otras palabras, con palabras que tienen otro peso hacemos un viaje interesante. Es un sabor ameno. Es un saber agradable. Es reconocernos y conocer otra naturaleza cultural. Yo te invitaría a estudiar y estudiarte junto a un extranjero, y vas a ver que este país no es tan de mierda como estamos acostumbrados a decir, porque a fin de cuentas, en todas partes se cuecen habas.

Una vez en el Barrio Chino nos metemos a ver cosas en un supermercado. Él me dice una palabra que yo no conozco en su idioma, que él no sabe cómo se dice en el mío y que en el inglés, esa especie de esperanto que supimos conseguir, yo no la conozco. Así recorremos todo el supermercado hasta que en una góndola de atrás, cerca de los caracoles, frente a los panes, estaban en una bolsa. “¿Qué aprendimos hoy? Poroto. Po-ro-to.” Le pregunto y nos contesto. Justo cuando voy a contarle de la Tota y la Porota, me asombra cómo los orientales todos no tienen reparo en agarrar la comida con las manos. Con todos los dedos, uno agarra un pulpo pescado y pesado y lo mete en una bolsa que chorrea agua de mar sobre el piso de cerámica. A él también le sorprende. Pero seguro que cuando hay que desconcentrar en un estadio, yo en Buenos Aires estoy más cerca de este caos chino que él en su ciudad.

Un rato más tarde, nos encontramos con dos compañeras de estudio mías, más la amiga de una de ellas. Ahora ellos, los extranjeros, son mayoría: de ellas, dos son de la misma nacionalidad de mi amigo. Así que switcheamos, no más castellano. ¿Y si ahora estuviéramos hablando toba? Uno de los primeros gramaticólogos del español ya hablaba de la importancia del idioma como herramienta de dominación. Un poco por democracia, y otro poco por necesidad, nos hablamos en un cocoliche con interferencias orientales, ya en otro supermercado, lleno de gente que se choca y se roza y se pide disculpas en al menos diez palabras distintas. Entre tés, golosinas y jugos de distintos colores, un chino grita mucho. “¡Mucho!”. Le grita a otro que está no muy lejos. “¡Mucho!”. Enseguida, mi amigo me dice que le gusta mucho “un montón”. “’Un montón’ me gusta un montón”, se corrige.

Y yo pienso esto: cuando escucho a alguien hablar mi idioma, quiero decir, alguien que tiene otro idioma como lengua primaria, es como si yo trabajara en un supermercado y conociera la ubicación de (casi) todos los productos en cada góndola. Entonces ese alguien viene por primera vez y yo lo miro cómo pasea por las góndolas hasta encontrar dónde está cada producto que quiere agarrar. Cuando yo visito su supermercado, todavía doy muchas vueltas hasta encontrar los porotos, por ejemplo.

Él se decepciona un poco al ver que aquello a lo que decimos barrio son una, dos, tres, cuatro calles de supermercados, bazares y restoranes. Así que nos vamos los cinco hacia Cabildo y Juramento, una esquina casi tan densa como Acoyte y Rivadavia, como Corrientes y Callao. Dos más y tengo las cinco del viernes de esta semana. Mis amigas se van y nos sentamos en la terraza de un café a seguir hablándonos de hablar. Me tomo el café con leche con él hasta que me tengo que ir y entonces me tomo un colectivo. Bajo y me tomo una gaseosa que compré en un supermercado chino en el Abasto. Tengo una obra de teatro que ver. Es una que habla sobre cómo el ser argentino está basado en la figura ídolo de cartón, que tal vez ni siquiera era argentino y a quien se lo reconoce como músico, sin saber tocar la guitarra; del que se dice que cada día canta mejor, cuando le componían todos los temas. Un poco de eso somos. Pudiendo ser Lepera, todos queremos ser Gardel. Alucinante.

Como estoy cerca del Konex, a la salida me decido a pasar por ahí. Me enteré que había unas TedTalk y pensé en dar una vuelta para ver de qué se trataba. O como dicen los chicos ahora, de qué la iba. Pero, justamente, para entrar había que haber sido invitado. Y para haber sido invitado, había que tener entre 16 y 21 años. O sea, diecinueve. O dieciocho. Mientras escucho a Zambayonny gritando que no pudo dejar la paja, veo que parado en la puerta está mi profesor de física de la escuela. Hola, qué tal, yo fui alumna suya hace unos diez años atrás. Y el tipo se acuerda de un trabajo que hice sobre el agua. Con ese trabajo llegué al diez de promedio y zafé de llevármela en cuarto año: siempre me gustó estar al límite. Él está con su mujer, esperando por el hijo de ambos, que está adentro. Mientras les contesto qué hice durante este tiempo, recibo un mensaje de texto. Hay una fiesta en Chacarita y otra por mi barrio. Es sábado a la noche y yo ya tuve mi salida ayer viernes. Además, tengo trabajos que hacer para la facultad. Así que no voy a ninguna de las dos. Elijo irme a mi casa, a estudiar lengua y gramática.

Voy hasta Corrientes. Ya es tarde para el subte. Qué pena conmigo, opción descartada. Paseo por las paradas de un montón de colectivos. Al final, elijo viajar tomando dos colectivos. Así que espero dos colectivos distintos para ir a un mismo lugar. Viene uno, pero elijo esperar al de atrás, al que Murphy me asegura que viene vacío. Y así es. Bajo para tomar el otro, me decido a tomar un helado. Elijo dulce de leche, maracuyá y avellana. Sí, yo tampoco entendí lo de la avellana. Pero elegí eso. Me tomo el otro colectivo. Elegir y decidir son casi primos, ¿viste?

Me bajo a dos cuadras de mi casa, con un pibe con el que viajamos sentados juntos desde que él se subió, en la parada siguiente a la que subí yo. Caminamos esas dos cuadras a tres metros de diferencia –él adelante, yo atrás- hasta mi edificio. ¿Me creerías si te dijera que los chicos seguían jugando a la bolita? Ahora de campera y largos. ¿Habrán estado ahí toda la tarde? Yo viajando a un montón de países distintos, en un montón de colectivos y ellos, toda esta tarde de sábado jugando a la bolita. Las manos negras, el honor en juego. La pinza, Bretodeau, ¿la conoce a la pinza, Bretodeau? El flaco y yo entramos a mi edificio. Me pregunto si este pallier será también parte de mi casa. De ser así, tranquilamente podría poner unas plantas y algunos afiches de películas. Él, todavía adelante, llama al ascensor aunque sigue de largo y toma las escaleras. Compartimos el asiento de un colectivo, pero no se animó al ascensor. ¿Cómo tendría que traducir eso?