miércoles, 31 de agosto de 2011

Please Mr Postman

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No. Una vez escuché una entrevista que le hicieron a Claudia Piñeiro diciendo que casi todas las novelas empezaban así, porque los escritores tenían la manía de cronometrar el tiempo, entonces si era una novela, empezaba a la mañana. Bueno, pero a qué otra hora se puede recibir una carta. ¿Una carta? ¿Quién se manda cartas hoy en día? Se acerca el fin del mundo, ya nadie se manda cartas. "Se acerca el fin del mundo, ya nadie se ama", dijo Ariel Minimal en un show con Flopa.

Eran las diez de la mañana y golpearon la puerta en la casa de Nadia Mansilla. A ver. Primero, que ya no se golpean las puertas. A menos que seas una cavernícola, tu departamento tiene que tener un timbre. Segundo, es necesaria la distinción entre casa y departamento. Y en esto me sale la traductora que llevo adentro: en la Ciudad de Buenos Aires, tener casa implica un buen status económico, una vida porteña nacida y criada nacida al ritmo de un 2x4. Implica ser dueña de esa casa, porque no hay quien viva en una casa y la alquile, a menos que se trate de un malabarista mendocino que vive con otros doce amigos amuchados y llenos de piojos en un PH en Balvanera, en el que la heladera nunca tiene más que botellas de agua, en el que comen arroz yamaní y brotes de soja y en el que tocan un djembé hasta que el vecino llama a la policía. Tener una casa, entonces, no es vivir en un departamento. Vivir en una casa no es lo mismo que tener un departamento. Un departamento implica una niñez en un balcón todo enredado (lleno de una red que puede ser de metal o de plástico), algo que sirve tanto para que no se te escape la pelota como para que a los tres años no te autosuicides, como dice Martín Rossi en Viudas, que tan genial le sale el papel de mucamo travesti. Y además, un departamento seguramente es alquilado, porque con lo que salen y la inflación, precio del dólar, del euro, del oro y todas esas cosas que se conversan los sábados a la noche en Niceto, por ejemplo.

Mientras que en le banlieue, vivir en casa es vivir en una casa que seguramente es tuya, que seguramente compartís con tu hermana, tu hermano, la novia o novio de alguno de ellos, sus hijos, tu mamá, tu papá y un perro enorme que de un coletazo te rompió la nenita de vestidito blanco y cabellos dorados de yeso que fue tu souvenir de comunión. No es lo mismo vivir en casa que en departamento. No es lo mismo una casa en Buenos Aires que una casa en el gran Buenos Aires. Así que no pudieron haber golpeado la puerta en la casa de Nadia Mansilla porque o bien tiene para tener una casa pero no para tener un timbre, cosa llamativa; o bien vive en un departamento y no tiene timbre, porque a decir verdad, quién vende productos casa por casa hoy en día, con esta inseguridad, si ya nadie te abre la puerta por temor a que seas un extraterrestre que venga a llevarse todo todo todo todo lo que le pertenece, que a fin de cuentas, mucho esfuerzo le costó, porque el plasma que estúpidamente compró para el Mundial lo va a seguir pagando durante inmensa cantidad de meses, así que si le entrás a robar, llevate también las cuotas. Entonces, no golpearon nada, porque tampoco es que el cartero va a subir hasta el departamento a entregar la bendita carta. Esto no es una PNT y por más joven que parezca, Andrea del Boca ya está muy grande para hacer de Nadia Mansilla, por más que ayer en el baño del trabajo la trataron de usted. Jodido, el asunto.

Al comienzo de ese día, Nadia Mansilla recibió una carta. ¿De ese día o de aquel día? Ese día suena a día demasiado específico. Y aquel día parece un día zarpado en memorable. ¿Zarpado en memorable? ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó? El otro día venía en el colectivo. Mi amado nueve, que me trae de Retiro hasta Parque Patricios. Salgo del Lenguas Vivas, camino por esas calles todas llenas de galerías de arte con cuadros en exposición, con rubias platinadas que Blackberry en mano, pasean a sus perros de moda, vestidas con ropa deportiva de moda (más de moda que deportiva), con sus buzos GAP y sus gorritas Nike. Un día voy a tomar coraje y a decirle a alguna “¿sabías que esa gorrita la cosió un niño huérfano en Malasia?” Seguro que la muy desgraciada me va a contestar: “¿Y? La ropa que usé esta tarde la cosió un boliviano hacinado en Flores”. Y al rato me subo al 9 y vienen de Retiro escuchando Wachiturros hoy, y en tres meses estaré escuchando otra banda de moda, con el celular al taco y yo me quedo con la genuina alegría de molestar a otro, que con la indiferencia del porteño de clase alta que hace patinar la y griega de la elle en Calle y de la y de Arroyo.

Una vez leí en una entrevista que le hicieron a Santoro (Esto no es una alpargata) donde decía sobre el 17 de Octubre y las patas en la fuente, algo así como que el peronismo no propicia la lucha de clases sino más bien todo lo contrario: lo que hace es crear una burguesía habilitada para el goce capitalista convirtiéndolo en democrático, algo que es un hecho revolucionario, porque no es lo mismo ver a un negro gozar que a un muchacho bien. Ver gozar a un negro es de mal gusto. Entonces el peronismo irrumpe y habilita ese goce masivo, siendo el símbolo de eso las patas en la fuente, que algunos llamaron aluvión zoológico en pos de no homolgar el goce del otro, asumiendo que no es tan humano como “nosotros”. Entonces, a menos que esté durmiendo, ni me inmuto si están con el “tirate un paso, tirate un paso” a todo culo. Como mucho les pediré que lo bajen un poco, qué se yo. ¿A qué venía todo esto? Ah, a que zarpado en memorable. Que el otro día iba en el colectivo, leyendo un libro que presté y me devolvieron y tuve que interrumpir mi lectura porque había dos chicos hablando de sus historietas amorosas. Una chica y un chico. Y por dios te juro, no les entendía nada de lo que estaban hablando. Salvo que ella lo bloqueó al pibe de Facebook, después el resto, ni jota. Y pensaba yo, claro, no son ellos los ágrafos de mierda que no saben hablar, como dice el Ministro de Educación Juan Strassnoy, para quien un médico podría decir “Uh, pintó la parca”, ante un paciente agonizante. Es el idioma el que está mutando, está cambiando, se está moviendo. Porque,fíjeseusté, dentro de todas esas terminologías que usaban estos chicos, que no tendrían más de 20 años, había un campo muy amplio. No eran pocas las palabras que usaban, no era un léxico reducido: era un léxico nuevo, grande, luminoso, con neologismos de palabras que pasearon por el latín, el griego, el romano, el español, el quechua, el criollo, el lunfardo, el… ¿cómo no tenemos un nombre que designe a las palabras salidas del rocanrol? y la cárcel. Zarpado en zarpado el idioma que se está mezclando. Es como lo que hace El Chávez, que dijo una vez en una entrevista que su música era el producto de ir escuchando Massive Attack en su mp3 y llegar en el tren a Morón y que esa música se trenzara con la cumbia que sonaba en la estación. Zarpado. Pero zarpado en el sentido de algo increíble, osado, fuera de lo común. Porque zarpado también puede ser algo desubicado, fuera de lugar. Bueno. Evitemos que en la Argentina nuestros jóvenes pierdan el habla.

¿Y qué pasó con la carta? ¿Golpean la puerta o tocan el timbre? ¿Es en una casa o en un departamento? ¿Y si la hubiese traído el portero? Ah, eso sería fantástico. Ahí está. Eran las diez de la mañana cuando el portero golpeó la puerta. Traía una carta para Nadia Mansilla. Y pero… c’mon. En primer lugar, la podría haber deslizado por debajo de la puerta. Sobre todo porque es portero y los porteros suelen ser bastante… expeditivos, so to speak. En segundo lugar, a las diez de la mañana tendría que estar en el trabajo, así que no es una buena hora para recibir una carta. Sobre todo si el conflicto de esta historia está en el contenido de esa carta.

Ah, eso. ¿Qué dice la carta? ¿Un hermano que escribe para decir que vuelve de Francia a vivir a Buenos Aires? ¿Los resultados de un examen médico? ¿Una vieja amiga de la secundaria que consiguió la dirección postal, intentando contactarla, después de tantos años? ¿Una propuesta de trabajo en Canadá? Pero si ninguna de esas cosas se comunica por carta. El correo electrónico nos robó la maravilla del suspenso, de la espera, de la sorpresa. ¿Quién va a enviar una carta? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿con qué sentido?

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla abrió un sobre. De niña, las postales que enviaba mi hermano y el cartero tocando el timbre al irse en su bici, anunciando en un grito "¡Carta de Leo!". De adolescente, Hernán, Nadia, el santafesino, un londinense y una flaca de General Madariaga que no me acuerdo como se llamaban. Belén, mi profesora de historia y Francisca, de este lado del siglo. Todos mis amigos postales en ese momento. Era una postal de París, enviada por Nathalie. Una foto del Sena y la Torre Eiffel al fondo. "¡Hola Nadia! ¿Qué tal? Sé que hace mucho que no te he escrito...", en su estudiado español. Tal vez estuvo ahí desde anoche y no la vi cuando entré. Tal vez llegó hoy. Pero eran las diez de la mañana cuando abrí el sobre. Eso ya lo dije al principio. Bueno. Eran las diez menos cuarto cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No, con mi nombre real no. Esto se está volviendo demasiado autobiográfico. Bueno. Eran las diez de la mañana cuando

viernes, 19 de agosto de 2011

Delicuescencia

Jueves sobre la ciudad y tu voz es un fantasma que no está ¿qué voy a hacer? Buenos Aires es tan cruel (*) y mi pelo ondulado me resulta una obra de arte, belleza en líneas que se doblan y se abrazan, el marrón oscuro más lindo que vi jamás.

Hasta los quince años tuve el pelo largo. Me identificaba. Largo, muy largo, lacio, un poco ondulado, bello, brillante pelo, cabello, qué lindo era tener el pelo largo y que se me acalambraran los brazos al trenzarlo, cepillarlo durante años con el mismo cepillo de mango verde, atarlo cada noche antes de ir a dormir y haber mantenido una promesa durante catorce años, once meses y veintiocho días de los quince años que tenía que tenerlo largo.

Sentí en el pelo corto un mundo todo nuevo.

Ahora que lo dejo suelto, largo por primera vez después de tanto tiempo (no tan largo como aquel largo, pero lo más cercano que estuvo de ese largo en los últimos catorce años), lo dejo suelto, lo dejo libre, lo miro, lo veo tan largo, tan creciendo, una, dos, tres canas pero sin embargo, tan oscuro, tan brillante. Me veo la sombra cuando camino de noche y esa sombra que se mueve por sí misma es mi pelo. Puro pelo que baila al ritmo de mis pasos. Pelo largo, pelo suelto, pelo bueno, parte de mí, de mi sangre, de mi cuerpo, de mi piel, mis uñas y mis ojos en mi pelo largo. Pelo que crece y me enreda hasta ser algo más grande que yo. Pelo hermoso, pelo mío es él que crece por más que lo haya podado tantas veces, cuando cada dolor de la vida me tocaba el nervio de una muela careada en la boca del alma y yo te cortaba, pelo, para cortar ese dolor, y todavía crecés. Crece este pelo mío, pelo hermoso es él y a la vez es mío. Pelo que me viste desnuda y me viste vestida. Que me envuelve y se mueve cuando dejo a algún amante dormir al amanecer entre mis piernas. Mío y como yo, se enreda y se suelta, oscuro. Alguna vez fuiste azul. Alguna vez serás gris y te amaré más todavía porque querrá decir que hemos caminado mucho, pelo mío. Corto nunca más; rubio, solo para alguna ocasión especial. Rojo, ni en sueños. Pelo del color que me sale, que es el mejor color, porque es el único que tengo. Pelo mío, largo, lacio. La única compañía que admito cuando me encuentro a solas frente al espejo. Seguí saliendo de mí, seguí creciendo conmigo, seguí estando ahí, seguí siendo mi amigo, mi pelo, mi textura favorita, mi olor preferido. Te extrañé tanto pelo largo, que ahora solo quiero abrazarte, atenderte, bienvenirte. No vuelvo a mutilarte nunca más, te lo prometo. No vuelvo a echarte así de mi nuca, más. No vuelvo a sacarme tu compañía nunca más. No vuelvo a soltarte nunca más. Seguí siendo mi sombra cuando camino, los pedazos de mí que quedan en la ducha y las migas que le dejo a las novias de mis amantes.


… elle ne portait que des chaussons de cygne et démêlait avec un peigne d’écaille les fils noirs de ses long cheveux que pendaient le long de son visage. (**)



(*) PEZ

(**) Qui peut savoir ce qu'est l'amour? Bounine/Statzynsky

viernes, 12 de agosto de 2011

la noche antes del fin del mundo

once de agosto de dos mil once
un puente a tus ojos celestes cerrados desde hace tanto
reducción de daños
casi luna llena
buenos aires
chubascos emocionales
de mañana espero las estrellas
de noche sueño con el sol
dos relojes de arena
uno violeta
el otro, sorpresa
alicia en el país de las maravillas
no sabés lo difícil que es vivir en la ciudad de la furia

jueves, 4 de agosto de 2011

La palabra del día.

< < Caco > >

Mañana tengo que entregar este puto parcial y si no baja el volumen de ese celular, juro que lo mato, lo mato, lo mato.


-Disculpa que te moleste. ¿Sería mucho pedirte que le bajes un poquito el volúmen?
-No para nada. Pero de ahí a que lo haga.
-Ah, viene difícil el asunto. Mirá, te cuento, a ver si nos entendemos, yo estudio y mañana tengo un parcial. Estoy con los minutos contados y pensaba aprovechar el tiempo de viaje para estudiar. Pero entre el bebé del asiento aquel no para de llorar, la mina aquella que le está contando toda su vida a una tal Mariela y vos que estás con la música a todo pedo, yo no voy a poder leer nada, voy a perder un montón de tiempo y creeme que es grave.
-Y bueno, problema tuyo. Tendrías que haber estudiado antes.
-Sí, en eso estamos de acuerdo. Pero mirá, si fuera yo la que está con la música y vos me pidieras que la bajara, te juro que la bajaría.
-¿Eh? Me mareaste. No te entendí nada.
-Bueno. Escuchame. Vos, ¿estudiás?
-No, qué voy a estudiar yo. Tengo tres pibes, ¿cuándo querés que estudie?
-Bueno, ¿estudiaste alguna vez?
-Dejé la escuela en tercer año porque era la segunda vez que hacía tercero.
-Bueno. ¿Viste cuando tenías una prueba?
-Sí.
-Bueno. ¿Te ponías nervioso?
-Sí.
-Bueno, esto es lo mismo. Mañana tengo una prueba, no terminé de leer todo lo que había que leer y como no tengo tiempo, pensaba usar el tiempo... ¿podés bajar la música al menos mientras yo te explico esto?
-¿Al menos? Pará, ¿qué te fumaste? ¿Un Buscando a Nemo?
-¿Eh?
-Al menos dicen en las películas.
-Bueno. ¿Podrías bajar la música mientras yo te explico esto?
-Ahi esta mejor, ¿ves? Pero no, no puedo bajar la música.
-Ah. Sos bravo, pibe, eh. ¿De qué laburás?
-De repositor en el Carrefour de la calle Arroyo.
-No te la puedo creer. Yo estudio ahí a la vuelta.
-Uh, qué loco. Es el destino que quiere que nos encontremos. Uuuhhh.
-Bueno, tampoco te pasés de vivo.
-Y pero, flaca, ¿qué querés que haga? Mirá con lo que me salís. Ahora decime que estaba escrito en las estrellas que nos teníamos que encontrar en este colectivo.
-No. Lo que estaba escrito es que vos bajabas el volumen y me dejabas estudiar.
-¿Pero qué culpa tengo yo que vos no hayas estudiado antes?
-No, en eso estamos de acuerdo. Pero como no puedo volver el tiempo atrás ¿podrías por favor bajar la música de tu celular?
-Bueno. Pero, ¿vos qué me das a cambio?
-Lo que quieras.
-Tu número de teléfono.
-Cómo no. Anotá. Seis siete siete dos, cuatro cuatro cero cero.
-Piola. A ver, te llamo así me agendás.
-No. No. Llamame mañana, después del mediodía, que ya rendí el parcial entonces voy a poder atenderte.
-Ah vos me tomás por gil a mí. Te pensás que no sé que mandaste cualquier verdura y que este es el teléfono de Magoya.
-Pero no, te digo. Llamame mañana. Después de las 16 me encontrás seguro. Ahora, ¿vas a bajar el volumen o qué?
-O qué.
-¿Qué?
-Ya tengo tu número, amiga. ¿Para qué voy a bajar el volumen?
-Ah. Buenísimo. Un hombre de palabra. ¿Sabés qué? No bajés nada. Ya fue todo. Me bajo yo del colectivo y fin del tema.
-Bueno, amiga. Bajate del colectivo. Y la próxima vez que tengas parcial, estudiá antes, amiga.
-Gracias, gracias. Viniendo de un hombre de palabra, que sabe poner las necesidades de los demás por delante de las suyas, voy a tener muy en cuenta tu consejo.
-Dale, amiga.

Pedí permiso entre la pequeña multitud. Mariela ya estaba al tanto de todos los movimientos de su amiga y el bebé ahora chupaba una teta en público que todos miraban asombrados. Vamos, quién no chupo una teta en público, pensaba, mientras empujaba y me empujaban para bajar. Por un peso veinticinco más, podía agrandar mi combo y tomarme otro colectivo con menos gente y más silencio. Esos malditos celulares se adueñaron del sonido en el transporte público. Los odio. A los fabricantes de celulares, no al repositor. Los fabricantes de celulares facturan millones con tecnología infinitamente renovable. Los repositores encuentran alegría en invadirte con su musiquita el viaje en el colectivo. Y para un peronista no hay nada mejor que otro peronista.

Me bajé del colectivo sin poder evitar el ademán idiota y tardío de revisar que todo estuviera en su lugar. Bolsillo de la mochila cerrado, listo. Llaves en el bolsillo de la campera, listo. Celular en el bolsillo del pantalón. ¿Celular en el bolsillo del pantalón? ¿Celular? Un inmundo caco habilidoso me aplazó en el parcial.