sábado, 10 de septiembre de 2011

Hubo un silencio y miró a la nada, incrédulo. De repente, se echó un suspiro, con más énfasis en la aspiración que en la expulsión del aire. Expulsión sin melodía. Un suspiro -por así llamarlo- rápido, como si hubiese querido drogarse de oxígeno, que le llegue rápido al cerebro, que alterara esa realidad de silencio. Un silencio que nos había quebrado. Nada para declarar. Su suspiro eléctrico cortó nuestro silencio. Su egoísmo, el de siempre, enfrentándose con mi necesidad de descubrirlo todo. Yo quería sacar a la luz eso que él se guardaba para él. Ese suspiro era más de lo mismo. Se robó mi aire, rápido, oportunista de emociones. Se levantó en dos movimientos. Se vistió y se fue sin saludar. Nunca más supe de él. No lo llamé, no me llamó. Ninguno ganó, ninguno perdió. Tampoco fue un empate.