domingo, 11 de septiembre de 2011

Miro por la ventana y veo un hombre que duerme en la vereda de enfrente. A pocos metros, tres chicos se patean una pelota. El sol me ilumina a mí, los ilumina a ellos, ilumina al hombre que se cubre la cabeza con una frazada que, agujereada, muestra sus rodillas vestidas con un pantalón marrón. Los chicos gritan, el hombre acostado en cartones se mueve, inquieto. Un pelotazo le da en la panza. Los chicos salen corriendo, el hombre se destapa. Mira, los ve correr, se queda mirando, vuelve a taparse. Un par de minutos después, los chicos vuelven con la pelota. El nuevo juego es pasarle la pelota de cerca al hombre, que ahora les da la espalda. Pasa un perro con una rama en la boca, después una familia. Un nene que lleva un carrito atado de un hilo, una mamá que lleva un bolso enorme y un papá que lleva un cochecito con un bebé. Cuando ven al hombre que sigue moviéndose desde abajo de su frazada sucia se alejan de la vereda y cruzan, rápido, la calle empedrada.