jueves, 13 de octubre de 2011

La otra vez fui a la Bond Street y me sentí un viejo choto

Salí un rato de la escena, como para tomarme un recreo. En realidad, nunca fui muy de fiestas. De hecho, siempre sentí las salidas nocturnas como recreos en los que me sentaba en un banco a mirar cómo los demás corrían, jugaban a la rayuela, saltaban la soga o compraban alfajores en el kiosko. Ahora necesitaba un poco de soledad entre tantos desconocidos enredados en volutas de humo y música en un espantoso random vía youtube. Y un descanso del coqueteo de miradas con Mauro.

Yo sabía que él iba a ir a la fiesta. Casi que fui por eso. Fui por eso. Con mis mejores cartas, mi mejor corpiño y un San Telmo Syrah al que sólo le saqué los ojos de encima para mirarlo a Mauro. Estaba dispuesta a investigar a fondo hasta encontrar un indicio de onda. Hace varios meses que venimos jugando al ni si ni no, ni blanco ni negro y ya tenía ganas de saber si era yo el objeto de su deseo o si las veces que me pidió la abrochadora era porque de veras la suya no tenía más ganchitos.

El jueguito de las miradas -observaba cuando me distraía del asunto Mauro- funciona de manera similar en todos los seres humanos. Sigo sosteniendo que por más blackberry y facebook, a los seres humanos nos cuesta cada vez más comunicarnos. Mientras yo lo miraba cuando él no me miraba y él me miraba cuando yo hacía que no lo estaba mirando, pude notar el mismo juego entre otras duplas en la fiesta. Te doy mi teléfono, te toco la mano, me muerdo el labio, me junto el pelo despacio, casi sin querer, pero te me acercás a robarme un beso y te pego un carterazo en la sien por desubicado, sería más o menos el temita con el asunto ese de ensayar la reproducción.

Justamente, le comenté a Érica qué jodidos estamos. A lo que ella me respondió “nos venden comunicación para descomunicarnos. Yo lo dije un montón de veces en clase y quedé como Caruso, con todos mirándome como si estuviera loca”. Caruso es uno de sus alumnos de Lengua, en un 5º año que la estrena como profesora, un par de horas a la semana. De tan inteligente, Caruso es un imbécil. Y con ese apellido, ella no sabe si retarlo o darle un abrazo fraterno.

Érica no me ayuda con Mauro en absoluto. Puede decirme que es gay y al rato decirme que tal vez le gusta hinchar las pelotas y que me pide la abrochadora para bajar hasta nuestra oficina solo para perder tres minutos entre subir y bajar. Tres minutos que tranquilamente se ahorraría llamando a Insumos y pidiendo que le traigan ganchitos. Así que no cuento con más complicidad de su parte que su compañía en la fiesta de cumpleaños de un compañero que a ninguna de los dos nos cae demasiado bien. Pero ahí está Mauro, con una remera de El Grito de Munch.

Siempre va con esas remeras a la oficina. Supongo (o quiero suponer) que sabe que me calienta verlo con esas remeras locas. A saber, tiene una de la Naranja Mecánica; una de la Persistencia de la Memoria, pero simpsonizada; una de + bien; una con la cartoncita y el cartoncito de leche de Blur; una con las siluetas del falso HELP, del disco beatle, y un montón más que ahora no recuerdo. Pero la que tiene esta noche es una de las que más me gusta, porque es violeta, tipo borravino, y entre el humo y el syrah hoy dejo todas las dudas en esta noche, en esta fiesta en un dos ambientes de Belgrano o me voy de acá con una certeza y nunca, pero nunca más le convido broches.

Justamente, mientras pienso esto, estoy mirando la ropa colgada en el lavadero que está al lado de la cocina. Es un tender plegable, amurado a la pared, arriba del lavarropas. Puedo ver que el lavarropas tiene ropa adentro y puedo oler que la tiene hace varios días. Me gusta meterme a ver cocinas ajenas, sí. Más me gusta mirar botiquines, pero alacenas son aceptables también. Esta es bastante aburrida, típica de ambiente monohabitado. No tiene nada de particular: un frasco con Criollitas, una sal con más arroz que sal, un aceite con mucho polvo grasoso pegado en la botella. En la mesada hay montoncitos de vasos descartables con restos de vino, fernet y cerveza, paquetes vacíos de papas y palitos y algunos sánguches de miga de choclo y aceitunas, huérfanos de paladares que los sepan comprender. Una cucaracha bebé pasea por el borde de los azulejos amarillos con dibujos de florcitas y yo la sigo con la mirada una, dos, tres bocanadas de cigarrillo, apoyada en la mesa para descansar con glamour del taco de mis botas.

Me gustaría tener un novio que viva solo, como me parece que vive Mauro, pienso, un poco para juntar coraje y volver en breve al duelo de miradas. Con el cigarrillo entre el dedo índice y el mayor, dibujo círculos con el cigarrillo como lápiz. De repente, la cucaracha se va rápidamente y yo miro hacia la puerta. Es Mauro.

-Nena, ¿qué hacés acá?, me pregunta.

-Nena, ¿qué vas a hacer tan sola hoy?, le contesto.

-Aceptame como soy, soy muy diferente a vos, me responde y me roba el cigarrillo y una pitada.

-Nena, yo no quiero joderte, solo quiero estar un rato más con vos... le digo y recupero mi cigarrillo.

Toma un trago de su vaso de cerveza y el gas le hace hacer una mueca de satisfacción.

-Mauro, qué buenas tus remeras, le digo. Y bajando los párpados, dirijo mi mirada al gris de su calzoncillo que asoma por abajo del pantalón.

-Mirá vos. A mí me gustan las tuyas. Y--

Lo interrumpo para preguntarle una pelotudez. Así como no soporto ser parte de la fiesta, no soporto el juego de seducción. Nunca sorteé las trampas del amor, y me lanzo desde un trampolín como un suicida se lanza desde una torre gemela, preparada para una muerte elegante. Pronta entrega, por favor.

-¿Qué te pasa a vos conmigo, Mauro?

Silencio. Abrió la heladera y me contó que a la mañana bautizaron a su sobrino.

-Si vuelvo a comer un sánguche de miga más, voy a vomitar hasta los cordones de las zapatillas acá mismo.

Más silencio.

-En mi casa tengo unas milanesas hechas que me dejó mi vieja el jueves. ¿Querés venir a comer milanesas a mi casa? Y de paso te muestro qué otras remeras tengo. Te iba a decir, a mí me gustan las tuyas.

-Y me ibas a decir otra cosa más.

-Ah, sí. Te la digo en el taxi.

Saludo a Érica, que no me da mucha pelota ni toma registro de lo que está pasando; le doy un último beso al San Telmo y me voy. Nos vamos.

Yo tampoco entendía muy bien lo que estaba pasando, si el syrah ahora me pintaba para las alucinaciones o si Mauro se habría quedado sin broches en su casa.

Lo último que recuerdo es la sorprendente habilidad con la que, con una sola mano, me desabrochó el corpiño.