martes, 25 de octubre de 2011

Sin ir más lejos

Todas las mañanas son iguales,
lindas, novedosas y especiales(*).


Desde hace algunos meses a esta parte del tiempo, que por las mañanas salgo a caminar por el Parque Ameghino. A veces con música, a veces con el silencio de mi propio pensamiento (¡ojalá!). Con la radio, jamás. No puedo permitir que el estado del mundo me amargue las primeras horas del día. Para mí, la mañana es la adolescencia de la jornada: todo por hacer, tantas posibilidades, tantas horas por delante.

Antes de que fuera mío, conocí el Parque Ameghino hará unos diez años atrás. Esperaba un colectivo que no recuerdo cuál era, pero que me llevaba a la casa de una novia que tuvo mi hermano. A esa novia le debo varias cosas, pero la que más le voy a agradecer fue una noche que me dijo que tenía que lavarme los dientes antes de irme a dormir, siempre. Hasta entonces creía que si me salía una caries, pues, me sacaban el diente y me crecía otro. Tenía 11 años y los mismos dientes que tengo ahora. Y desde ahí, no hay cansancio que venza el ritual de apretar el tubo desde el fondo.

Entonces estaba la cárcel, era de noche y el panorama era casi opuesto al que siento en las mañanas que salgo a caminar. Hace unos años leí Sed, de Guillermo de Posfay, que tan bien supo pintar esta postal. Transcribo:

…También andábamos mucho por los alrededores de la cárcel de Caseros. Era un lugar desgarrador. Nos recostábamos en los jardines del Hospital de Niños y pasábamos horas saturninas oyendo los gritos de los presos. Gemidos en su más baja y prolongada expresión. Durante todo ese tiempo no decíamos nada. Algunas frases reflexivas y sólo eso. Más bien tratábamos de comprenderlos, de situarnos al límite de la libertad para examinarla completa. La cárcel tiene la forma de un ladrillo hueco parado sobre su lado angosto. Los agujeros de los motines están por todos lados, como si hubieran resistido un bombardeo. Las ventanas están cubiertas de bolsas de basuras, lonas, parches. Contemplás un rato el edificio y te ensuciás los ojos. Los hombres se asoman por los agujeros como gusanos. Extienden los brazos hacia fuera, tratando de mojarse con libertad. Debajo hay una calle de empedrados grises donde sin embargo el pasto y los yuyos crecieron con fertilidad. Parece una calle de campo. La naturaleza pelea desde lo cimientos, una buena imagen de esperanza. Los familiares de los presos les gritaban sus cosas, prometiéndose cartas y esperas. Sin embargo, mientras existía el diálogo, la voz de los presos era más imperativa, más enérgica, más valiosa. Los que esperaban por entrar eran gente humilde que cargaban niños y bolsas. A juzgar por aquello los únicos delincuentes parecen ser los pobres. Los carceleros los trataban mal, porque para ellos los familiares de delincuentes de alguna manera también son delincuentes.

Este Parque que hoy camino no tiene ya esa cárcel enfrente. Tampoco es el jardín del Hospital de Niños. Es del otro lado, sobre la Avenida Caseros. Pero andar por este aquí y ahora es andar también un poco por ese ahí y entonces y pienso que esa cárcel que ya no está, yo la vi comerse a sí misma a medida que la iban demoliendo hacia adentro. Y que una cárcel es a la arquitectura urbana lo que la soja al suelo fértil: luego de su paso, nada bello puede germinar ahí. Que no está más, pero que alguna vez fue un punto más en la línea manicomializadora, formada por hospitales y psiquiátricos. Y que, irónicamente, este parque alguna vez fue un cementerio.

En esas mañanas, en un parque que fue un cementerio, que queda frente a una cárcel que ya no está, mis mañanas son menos mañana y son más día vivo, día puro, lleno de sangre joven. En esas mañanas camino y el sol me pega en la cara, perros pasean dueños y paseadores, oigo a los chicos para la escuela, veo chicas de pelo mojado, vestidas de oficina y miro travestis vestidas de travestis, que van al Muñiz.

Los hábitos traen el encantador secreto de los actores secundarios. El vendedor de café que llega a las ocho puntual a la puerta del Hospital y que ya debe tener –imagino yo- una sociedad con el vendedor de chipás. Las dos canas que se la pasan paseando por el Parque. El dibujante. El acomodador de autos que me controla las vueltas que le doy al Parque. Un poco me hacen sentir en un Truman Show, cada uno con su número. Mi buen día y su buen día me dan la pauta que todo está donde debe estar. Suspiro. Ellos en su puesto, en su rol y yo en el mío. Caminar.

Salí con el mp3. Los Beatles. Cecilia siempre me dice que yo agarro las bandas cuando ya fueron. Y que un día le voy a decir: “no sabés, estoy escuchando una banda genial. Son de La Plata. Se llaman Los Redonditos de Ricota. No sabés lo bien que suenan. Me parece que la van a pegar”. Magical Mystery Tour. En realidad tengo todos los discos juntos, no vayas a creer que tiro ese disco para hacerme la pulenta.

Estoy en medio del mambo hasta que noto que tengo un cordón suelto. A riesgo de que un auricular se escape de mi oreja y se interrumpa así este momento MTV, me agacho a atarlo y, en el suelo, a centímetros de mi zapatilla veo una vaquita de San Antonio. Me ato el cordón, la miro un poco, le pongo el dedo a ver si pica y la hija de puta despega. Me quedo pensando en la noche que me regalaron una estampita de San Antonio. Sigo caminando.

En eso me para un señor. Me quito el auricular y le pido que me repita. “Que qué estás escuchando”, me reitera.

Hace algunos días publiqué en mi Facebook un video de una gente que pasea por el mundo grabando videos de gente que camina por la calle y a la que le preguntan qué está escuchando. Por un momento creí haber caído en esa especie de cámara no escondida, pero no había cámara y no creo un señor como este –pelado-con-pelo-largo y menos dientes que un niño de seis años- ande por el mundo preguntando a la gente qué está escuchando. Sobre todo porque ante mi silencio, repreguntó “en el walkman, ¿qué estás escuchando?”.

Saco el mp3 del bolsillo del canguro y busco el título. Qué bueno eso. Con el walkman uno no podía saberse el título de los temas, a menos que anduviera con la tapa del cassete encima, cosa que nunca. “Baby you’re a rich man’, de Los Beatles, don”, le contesto sin más, mientras pienso que seguramente me dirá “ah, los Beatles. Esos sí eran buenos”. “Buen tema para cagarse a trompadas en la calle”, me retruca. “Tal vez en otro momento. Ahora no tengo el tiempo”, le respondo.

Sigo la marcha, y pienso en las escenas ultraviolentas de La Naranja Mecánica y Beethoven y Singin’ in the rain” y esas podrían ser buenas cinco del viernes: cinco canciones para cagarse a trompadas, hasta que veo que el tipo me sigue y me dice que no era su intención cagarme a trompadas, me jura, y que le salió salirme con eso porque –señalando la cárcel que ya no existe- el la conoció bien y estar por el barrio lo pone nostálgico. Yo diría violento. O nostálgicamente violento y violéntamente nostálgico.

“Yo tuve una vida larga, hice todo lo que hice. Y así me fue. Bien. Así como me ves, yo tuve mucha plata. Heredé como decirte 500 mil dólares de ahora cuando tenía 25 años. Recorrí Europa, vi a Frank Zappa a King Crimson. Volví, me casé, tuve una hija. Mi mujer me dejó y se llevó a mi hija a vivir a Holanda, cuando la nena tenía 3 años. No la volví a ver nunca más. Caí en una depresión que casi me mata. Veinte días sin comer. Salí en los diarios. Después me mandé una cagada y me comí seis años ahí adentro. Ya no me queda mucha piola y a veces ando por acá, de visita por el barrio. Ahora estoy viendo si puedo vender esto. Es veneno para ratas cortado con cocaína. ¿Te interesa? Me parece que no, pero por ahí sabés de alguien. Decime, no serás católica vos, ¿no? Porque viste que la Iglesia condena el uso de condón y el consumo de drogas. Dentro de poco se van a manifestar en contra de la metamorfosis de las orugas. Bueno, ¿sabés de alguien? No, ¿no?”, me ametralla a palabras la mañana el viejo, sin dejar los ojos quietos ni un instante.

“¿Qué vas a saber vos? Si mirá, hacés vida sana. Haga vida sana, haga vida fina. Yo prefiero la vida fina. Es más cara, pero qué buena vida. Vos pensaste que cuando te pregunté qué estabas escuchando, dijiste ‘uh este tipo, ¿qué me va a decir?’. Pero yo te voy a decir, este tipo puede cambiarte la vida. Porque, mirá, este mundo y yo... es como querer calentar agua poniéndola al fuego en un vaso de plástico. Pero mirá, yo te digo una cosa, hoy te van a dar una buena noticia. Tiene que ver con un trabajo que te van a ofrecer. Un trabajo con alguien a quien vos querés mucho. Prestá atención, oíme bien. Vos atate un lazo de color naranja en el revés de la campera. Vas a ver. Te vas a acordar de mí y no lo vas a poder creer. Y no arrugues, nena, eh. No arrugues. Yo arrugué un montón de veces y mirá, acá estoy, queriendo vender esta mierda en este parque de mierda. Mi vieja me decía siempre ‘no seas pajero, no seas pajero’. Pero yo no le daba bola. No podía parar. Y así se me fueron los laburos y las minas. Para los hombres los laburos y las minas son los dos ordenadores de la vida, ¿entendés? Las minas te ordenan la cabeza y los trabajos te ordenan el tiempo. Pero ¿qué pasa? si tenés una, no tenés el otro. Es como la plata y el tiempo. O la manteca y el pan. Y siempre queda la masturbación. Pero la paja es una anestesia para los que nos sacamos un NDI en el amor. Fah, te maté con el NDI, ¿no? Yo tenía un pibe que me vino con que se sacó un NDI y yo pensaba que se había hecho un documento trucho, pero no, era otra cosa. Era otra cosa, ¿me entendés? Era otra cosa”. Y escupe algo que no existe y sus palabras son pases mágicos y yo veo volar los corazones y las picas de sus dichos y trato de descubrir el truco, cuando me doy cuenta que no hay manera de escapar de él, y que, creyendo que era yo la que estaba apurada, caí en la conejera y no hay retorno.

“No te interrumpo más, porque parece que estás apurada. Te regalaría esto, porque si te sale lo que pude ver que te está esperando, lo vas a necesitar”, me asegura luego de guardar el agnolotti en el bolsillo de su jean gastado, con una de sus manos sucias y callosas y con la otra sacado de su cinto algo parecido a una armónica. “¿Una armónica? ¿Para qué voy a necesitar una armónica?”. “Nena, ¿qué armónica? Es una navaja. La gente puede ser muy salvaje en la calle y hay que estar preparado para cuando alguno quiera venir a hacerse el rey.”

Las fiestas de egresados de la escuela de la calle son los velorios, recuerdo para mis adentros a Mafalda enojada con Susanita y le digo al viejo sin dientes que, si me disculpa, quisiera seguir caminando. “Pero por supuesto, nena. Hoy se vive de prepo y se duerme apurado. Hoy se llega a empeñar al amigo más fiel, nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel (**). Igual, me voy a tomar ese 6. Jugale al seis, que a la tarde seguro sale. Y tomá, esto. Te portaste bien conmigo, te lo merecés”.

El viejo se aleja corriendo, rengo, y me tira un papelito. Por el tamaño y el vuelo, podría ser un naipe. Me acerco al suelo y lo agarro. Es una tarjeta de subte, usada. Tiene una publicidad de la película en la que actúa Alan Pauls, La Vida Nueva y es de 1 viaje.

...no cambia nada estar un poco sucio,
si mi cabeza es eficaz(*).



(*) Sucio y Desprolijo, Pappo's Blues. Autor: Norberto Napolitano
(**) Al mundo le falta un tornillo, Julio Sosa/Carlos Gardel. Autor: Enrique Cadícamo.