martes, 29 de noviembre de 2011

Buenos Aires, Buenos Aires, humedad.

Los exámenes me ponen un poco sensible. Me duele la cabeza, la panza. Tengo náuseas y palpitaciones. El paso de las horas se hace más liviano cuando me encuentro de frente al inodoro y vomito todo esto que no puedo digerir. Kant, Benjamin, Bergson, Wittgenstein. No puedo entender que estén empecinados en darme la receta de una cosa horrible que me gusta tanto comer. No puedo digerir esa información. El desmembramiento del lenguaje me duele en la piel. Asesinos. Me gustaría estar vomitándoles conejitos, así entienden cuánto me duele lo que hacen.

Pero no, vomito lo que tomo o como mientras estudio. Y con el amargor de mi propia bilis en la boca, salgo al balcón a fumar un cigarrillo. Hace mucho calor. Son las cuatro de la mañana. Pájaros ya cantan y en una hora será de día y yo sin haber terminado de estudiar. Mañana parcial y yo escupiendo por la nariz. Un cigarrillo más y el cáncer en la boca dentro de 20 años me recordará esta noche en que el lenguaje es un invento, una traducción.

En el balcón, mi vecino también fuma, acostado en cueros en su hamaca paraguaya. Las ojotas reposan en el suelo y apenas salgo "¿parcial?". Sí, respondo. ¿Cómo sabés?, pregunto.

-Te oí vomitar desde el baño, me contesta.
-Y vos, ¿qué hacés? pregunto ahora yo.
-Nada. Guadalupe estaba de malhumor, discutimos y me vine a leer acá. Le debe estar por venir.
-Odio ese chiste machista.
-Bueno, mirá a quién se lo hago yo también.

Nos quedamos un instante en silencio, mirando el cielo del sur, hacia Avellaneda, Lanús y Quilmes. Más allá está La Plata y Fede vuelve mañana de España. Tal vez si respiro fuerte, respiraré su mismo aire.

-¿Querés venir? le propongo, después de exhalar un anillo de humo.
-Dale, me responde cerrando su libro.

En menos de un minuto estamos desnudándonos y en poco más de dos, nos estamos haciendo el amor. Yo le tapo la boca, él me la tapa a mí. Del otro lado de la pared duerme su novia y no tiene que enterarse que yo estoy moviéndome a su novio. Digamos que los cuernos le crecen en dirección directa hacia donde se los meten. Ella sospecha, yo sé que ella sabe. Una vez él me dijo "es increíble, ustedes son como animales. Enseguida sienten la presencia de otra de su especie. Enseguida se huelen". A lo que yo respondí algo que aprendí con esta puta materia: lo único que nos diferencia de los animales es haber desarrollado el lenguaje.

Para cuando terminamos el asunto de jugar a la escondida-sexo (porque si existe la mancha-pelota, esto puede llamarse escondida-sexo), el chirrido de-falta-de-WD40 de su puerta y enseguida nomás Guadalupe golpea la mía. "No, chiquita, no está tu novio acá. ¿Cuántas veces te tengo que decir que yo no tengo nada con él? Y ahora, disculpame, me tengo que ir. Estoy con alguien que no es tu novio", le contesto envuelta en una sábana, con la puerta apenas abierta, mientras ella otea hacia adentro como una osa que perdió a su crío. Podría decir que en mi respuesta hay una mentira blanca, una de esas mentiras relativas, que son mentiras dependiendo de cómo se las interprete. En mi cama me espera mi vecino, que era mi vecino desde antes que fuera su novio, así que.

Vuelvo a la cama con cuatro vasos. Dos vacíos, dos con agua. Con los dos con agua nos calmamos la sed, nos mojamos la piel. Con los vacíos alargamos las orejas sobre la pared. Escuchamos a Guadalupe putear, llamar al celular que suena en la misma casa donde ella está y putear de nuevo. Yo prendo un cigarrillo en la oscuridad y lo apoyo sobre sus labios, sentados los dos, de frente, sobre la cabecera de mi cama. Nos quedamos escuchando a su novia hasta que sentimos el sonido de llaves, el portazo y la llamada al ascensor. Ella salió a buscarlo y él va aprovechar para volver a su casa, como si nada hubiese pasado. "Chau, estudiá mucho", me despide con un beso en la boca, las dos manos sobre mis orejas, una de ellas con el cigarrillo.

Vuelvo al escritorio. La pila de apuntes crece, algunos vuelan con ayuda del ventilador, que también me apaga los cigarrillos más rápido. Voy a la cocina, me como una naranja. Para cuando termino de leer el primer párrafo al que le estoy dando vueltas desde hace cuatro horas, otra vez las náuseas, otra vez la necesidad de doblarme arriba del inodoro. I look like Stan Marsh. La naranja sale de mí. Las gotas de jugo encapsulado, esparcidas sobre la porcelana blanca. Me miro en el espejo. Tengo los ojos rojos y la nariz mojada. Vuelvo a tomar más agua y vuelvo al balcón a fumar otro cigarrillo. Escucho entrar a Guadalupe. Escucho la discusión y las mentiras, escucho los portazos del armario, las falsas promesas de final. Vuelvo a mis apuntes y sigo sin entender nada sobre la estética de la distracción.