lunes, 7 de noviembre de 2011

La cordura de sentir

Adelante, me dijo con su caballerosidad solemne, y subí. Solo son tres pisos, pensé. Sólo son tres pisos, no pasa nada, me mentí. Sólo son tres pisos, quise convencerme. Y sabiendo que el asunto este me desatornilla la sien, la boca empezó a secárseme. A quince segundos por piso, son másmenos tres cuartos de minuto, tal vez un poco menos (nunca fui buena para calcular el tiempo) y estamos, me decía a mí misma. Tragué algo de la escasa saliva, froté los dientes y apreté el botón 3.

-¿Qué tal? ¿Todo bien?, me preguntó.
-Sí, sí. Todo muy bien. Vos, ¿qué tal? ¿Todo bien?, contesté, ya con los labios adheridos a los dientes,
-Sí, sí. Por suerte.

Agradecí a Dios que no me preguntara nada más, porque con tal extensión de dunas reposando sobre mi lengua se me complicaba el asunto de pronunciar palabra. Por un momento pensé que eso de pensar, de sentir lo que pienso, de pensar lo que siento, de decir que tengo la boca seca a causa de esto que siento, nada de eso sin saliva. El pensar y el sentir no pueden verse, pero con saliva uno puede pegar sobres y estampillas y escribir una carta. Y no habíamos salido aún de la planta baja.

-Apretaste el tercero, ¿no?
-Mmmhmm, asentí a labios cerrados y afirmando con la cabeza.

Sentí sus enormes ojos marrones encima mío, hamacándose en mi pelo. Me dispuse a buscar un paquete de caramelos de miel que tenía en la mochila, aunque no sabía si lo llevaba conmigo o no. (En realidad, el asunto era perderme en algo, salir de la escena. Buscar algo es una de las mejores distracciones del mundo. Se la recomiendo mucho a los neuróticos del orden: de tanto en tanto dejar algo fuera de lugar y olvidarse dónde, para después buscarlo por todos lados. La búsqueda y el encuentro qué bellas sensaciones son).

El asunto de la boca seca no fue nada a comparación con lo que sobrevino después. Todavía faltaba piso y medio para que sonara el timbre de llegada cuando el corazón se me empezó a agitar. Ni seis pisos por escalera me hubiesen dado tal taquicardia. (Antes de apagarme, tengo que explotar). A punto de perder el control, sin haber encontrado los caramelos, me apoyé en la pared del ascensor, a ver si así me calmaba un poco. Miré para arriba y respiré profundo, pero mi corazón desoyó mis órdenes y cada vez latía más fuerte.

-¿Escuchás eso? ¿Será del ascensor?, me preguntó, la voz un poco elevada.
-Nosé, respondí rápido, como pude. Y levantando los hombros, como si el asunto no fuera mío.

Las primeras veces que fumé porro, la boca seca me causaba gracia. Eso y creer que me había meado encima. Pero esta boca que no me dejaba hablar, estos segundos que parecían días eran el peor efecto que soporté. Esta droga que hace que mis diálogos internos sean con él, que me hace suspirar y querer encontrarlo por todos lados. Esto de andar dopada y confiar en que todo será bueno. Y mantener la boca cerrada no es suficiente para no hablar del tema. Y el silencio del ruido de la máquina del ascensor se ve golpeado por las huellas que dejan mis latidos.

-Es raro, ¿cómo no escuchás? Cada vez suena más fuerte y más rápido.

Y sin hablar hice ese gesto con la comisura de los labios hacia abajo, como-queriendo-decir que no sabía de qué me estaba hablando, de qué ruido habla, si no se sentía nada.

El ascensor empezó a vibrar al ritmo de mi corazón. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte.

-¿AHORA SÍ LO ESCUCHÁS? me gritó.
-NO, NO ESCUCHO NADA, le contesté.
-ES COMO DE UNA MÁQUINA ENORME, O COMO EL GALOPE DE UN CABALLO QUE TODAVÍA NO FUE DOMADO, CONTRA UNA PARED. ¿ESTARÁN HACIENDO REFACCIONES EN ALGÚN PISO?, me preguntó.
-NI IDEA, dije a los gritos.
-QUÉ RARO, PORQUE SE ESCUCHA MUY FUERTE, subrayó.

Para cuando llegamos al tercero, mi corazón no nos dejó escuchar el claxon. Él atinó a abrir la puerta tijera, pero yo lo hice antes. Quería salir rápido e ir al baño, antes que el café con leche y el alfajor que había merendado antes de llegar, saliera de mí a humedecerme la boca.