lunes, 28 de noviembre de 2011

Los resortes simbólicos

Ya se había mudado varias veces, así que todo el asunto le resultaba un
tanto mecánico. Sacar las cosas de los muebles, acomodarlas en cajas;
rotular y ordenar las cajas. Tirar lo que hacía mucho que no usaba. La
mañana del último sábado del mes fue el momento elegido para guardar
su todo. Acostumbrada a vivir en un constante no- rutina, los trabajos
mecánicos no le gustaban para nada. Pero el fin del contrato y varios
contratos en el mismo departamento fueron suficientes motivos para
agarrar los clasificados y buscarse un cambio y otro lugar para vivir. Se
levantó a media mañana, le dio play a un mp3 con todos los discos de Os
Paralamas y empezó a desarmar la escenografía de su vida hasta entonces.

Días atrás le había pedido al chino del supermercado que le guardara
algunas cajas de cartón. Empezó guardando la ropa de invierno y las cosas
que menos usaba. Después siguió con las cosas de la cocina, dejando afuera
lo indispensable. Sartenes y ollas que estaban llenas de tierra, parecían más
un adorno que un utensilio. Luego fueron las del baño. Tiró más de diez
botellas y frascos de productos de belleza vencidos que seguramente habría
comprado por impulso. Separó lo que usaría hasta el día de la mudanza.
Mientras agarraba cada cosa que guardaba, recordaba cómo habían llegado
a sus manos. La campera gris que se compró antes de viajar a Neuquén. El
rallador de queso que le regaló su hermano cuando se mudó sola. Las copas
verdes que habían sido de su compañera de tango. El perfume que su prima
le había regalado a su mamá en Navidad y que ella cambió por el suyo sin
que nadie se diera cuenta.

Después de los compacts, lo más difícil era embalar los libros. Eran unos
cuantos y ocuparían demasiadas cajas, así que pensó que lo mejor sería
apilarlos y empaquetarlos con cinta y pedazos de cartones para proteger los
bordes. Sabía que esa parte le podía tomar un buen rato, así que preparó
el mate y después del mediodía empezó por el estante de los de fotografía
y arte, los únicos que sí puso en una caja. Luego, el estante de arriba de
todo, el de los escritores angloparlantes. Y otra vez el inventario mental.
Uno con una traducción genial, otro que se compró en las vacaciones en
Córdoba con Julia. Un usado del Parque Rivadavia, otro robado a un ex
novio. Después vinieron los nacionales. Uno robado en la calle Corrientes,
otro que nunca le devolvió a Jerónimo, uno encontrado en la Costanera Sur.
Estornudaba al sacudir el polvo. Abría páginas al azar y tomaba traguitos
de oraciones. A algunos les revisaba las hojas con el pulgar izquierdo.

Ya sonaba un disco en vivo para cuando encontró un boleto de colectivo
entre las hojas de uno de historietas de Max Aguirre. Los hojeaba sin
ninguna expectativa y tal vez por eso le sorprendió tanto tropezar con un
pasaje en 55 de noventa centavos, del 15 de julio de 2008 en las páginas
de Los Resortes Simbólicos, ese que compila sus tiras del blog colectivo
Historietas Reales. No recordó de dónde había sacado ese libro pero más
le preocupaba no saber de dónde hacia dónde había ido a las 19.48 de un
día de hacía unos años atrás. La duda la dejó inquieta. ¿Por qué habría
guardado el boleto de un colectivo que nunca toma? ¿Por qué en un libro
de historietas? ¿Hacía mucho frío esa tarde? ¿Llovía?

Casi como un recreo, decidió buscar las respuestas. Fue hasta la PC. Había
sido un martes. Por ese entonces, los martes estudiaba alemán hasta las
siete y media. Así que el martes no era respuesta suficiente. Buscó entre
las cajas ya cerradas, la que tenía guardados sus diarios. Una vez abierta,
buscó el diario de esos días. El 15 de julio no había escrito nada. Pero sí el
14 y el 16. Se leyó a sí misma antes y después de tomar ese colectivo pero
no encontró nada que aporte a su investigación. Un examen de alemán, un
corte de pelo en luna creciente, la dueña del departamento que tal vez lo
venda. Ser la detective de sus propias huellas la distraía un rato de lo que
hasta ese momento le había resultado tan insoportable y automático. Pensó
si el día que se muriera, alguien repararía en el orden de sus libros, en las
confesiones de sus cuadernos. Si yo me muriera, ¿alguien revisaría todas
las cosas que siento?, pensó. Y siguió buscando en la segunda mitad de
julio.

Sentada en el suelo, se sirvió otro mate. Eduardo, su gato, aprovechó para
robarle unas caricias. En julio de 2008 Eduardo no existía ni en sus planes.
Pero sí existían las clases de alemán en Caballito, la pileta de la Facultad de
Derecho, algunas peleas con los compañeros de aquel trabajo inmundo y un
novio que había sido su amante durante mucho tiempo y que fue su novio
durante muy poco. De eso hablaba en ese diario, que terminó pocos días
después. Muchos cambios de aquel ahí y entonces a este aquí y ahora. Todo
menos la relación con su madre, claro. Pero nada de eso aportaba para
saber el origen de ese boleto que a pesar de los meses mantenía congelados
en tinta una fecha, una hora y un lugar.

Buscó el diario que empezaba a fines de julio. Para entonces, ese novio ya
era un ex novio más, Julia se estaba preparando para irse a vivir a Nueva
Zelanda y ella estaba dejando de fumar los mismos cigarrillos que ahora
dejó sobre la mesa, al lado del mate. Además, estaba buscando un trabajo.
Cuando lo encontró, anunció con letras grandes y coloridas: “¡Tengo un
nuevo trabajo!”. Con la indemnización que le dieron cuando la echaron de
ahí compró el sillón en el que estaba leyendo el cuaderno que hablaba de
agosto. Pero ni indicios de a dónde había ido en 55.

Mejor seguir embalando, se dijo. Devolvió los cuadernos a su caja y la
encintó. Mientras guardaba los otros libros de historietas, seguía pensando
qué la había llevado a tomar un colectivo que nunca. Disfrutaba del
recordar. Miraba un punto fijo y trataba de recordar si esa tarde hacía
mucho frío o llovía. De recordar de qué color estaba su ánimo. De recordar
en qué parada lo habría tomado y en cuál habría bajado. A dónde había ido,
eso no podía recordarlo. Recordó que recordar significa volver a pasar por
el corazón. Para ese entonces Jerónimo ya no vivía cerca del 55, recordó. O
tal vez el boleto tendría mal la fecha. Pero si así hubiese sido, no lo hubiese
guardado, pensaba.

Cambió la yerba y llenó otro termo. Un cover de Charly García en
portugués reverberaba en un monoambiente que se comía a sí mismo y ella
tomaba un mate espumante. Siguió guardando cosas. Desde la heladera
desenchufada, el ruido del hielo descongelándose asustaba al gato. Entre
las facturas viejas encontró la foto con su papá que hacía meses que
buscaba sin éxito. Recordar es volver a pasar por el corazón, se repitió.
Entonces, puso Siempre es Hoy, de Gustavo Cerati. Uno de los discos
que había dejado apartados hasta que venga el flete. Volvió a los libros de
historietas. Había dejado el boleto sobre el estante de la biblioteca. Abrió el
libro para guardarlo de vuelta con misterio y todo. “Vivo yéndome y nunca
sé hacia dónde”, leyó en la página donde lo había encontrado.