martes, 7 de febrero de 2012

sin

Las guardias de los hospitales tienen un touch de gloria para mí. Me gusta ver correr a las enfermeras cuando llega una ambulancia a toda sirena. Me gusta el olor a desinfectante con el que limpian el piso. Me gusta ver el código de miradas que tienen los trabajadores de la salud. Me gustan muchas cosas. Con una madre soltera y enfermera, durante un tiempo de mi infancia pasé las tardes en una sala de enfermos de un hospital público. En ese entonces, ella me prohibía acercarme a los pacientes y alejarme de su sector de trabajo, pero yo siempre me las ingeniaba para ligar con los enfermos y ligar algunos caramelos que les traían sus familiares y deambular por todo el hospital, saltando en una soga. Estar en la sala de espera de la guardia, aguardando porque me llamaran no es tarea difícil. Lo difícil es hacia adentro. Lo difícil es sentir este dolor y no saber qué es. Lo difícil fue asumir el desafío de dejar la cama, vestirme, salir a la calle, tomar un colectivo y venir a hacerme ver. Ya estoy acá y sólo tengo que esperar. Esperar que me llamen. Terminé de leer un libro hermoso y ahora no tengo nada para distraerme más que la radio. Un domingo a la tarde de radio no es para nada muy entretenido. Menos en la sala de espera de una guardia. Estoy a punto de ponerme a contar las baldosas del piso estilo ajedrez cuando se abre la puerta tres y me llaman por mi apellido. Es una chica joven la que me invita a pasar. Tiene una chaqueta verde agua con sus iniciales bordadas en rojo. La letra parece de una abuela orgullosa. No tiene maquillaje, hace algunos meses que no tiñe sus canas y usa unos anteojos con marco dorado. Me hace el cuestionario de rigor y yo le doy respuestas graciosas. ¿Cuántos años tenés? Por ahora veintiocho. Nunca tuve tantos. No se ríe ni expresa el más mínimo interés en que yo trate de hacerle un chiste para sacudirme de la situación. Contame un poco qué te pasa, me dice. Bueno, me duele un poco la panza, desde hace algunos días. ¿Comiste bien? Sí, como siempre, alfajores, gaseosa, lo usual, bromeo. No respuesta. Sí, comí bien. ¿Estás yendo bien al baño? Ah sí, también, respondo con la intención de saltear cualquier observación al respecto. Vamos a la camilla, me dice. Sentate. Me siento. Sacate la remera. Epa. Y me apoya estetoscopio en la espalda. Frío clavado en mi piel. Respirá. Respiro. Otra vez. Otra vez. Acostate. Sus dedos me apretan distintos puntos en la panza. Mira un punto fijo con esa mirada de quien busca algo sin saber dónde está. Bueno, madre, ahora lo que vamos a hacer es sacarte unas plaquitas. Me quedo un poco tildada con que me dijo "madre". No sé si porque todavía siento que soy muy chica para ser madre de alguien, y menos de una doctora recién recibida. Demasiadas emociones en poco tiempo. Andá y cuando las tengas, vení directamente. Golpeá y yo te atiendo. Voy a la sala de Rayos X. Me saco todo metal que llevo clavado en el cuerpo y me dispongo a que me saquen una fotografía de mis adentros. Acostada, me piden que no respire. A ver si se ponen de acuerdo, viejo. Espero y me traen un sobre con las placas. Agarro el sobre y sigo las instrucciones. Vuelvo al consultorio tres. El tres es un buen número para mí. No, sé que no soy original, pero es un número que me gusta. Golpeo y espero ser atendida. Vuelvo a entrar. La doctora mira las placas contra la luz del consultorio. Bueno, mami, parece que es urgente. Vamos a tener que entrar al quirófano. Es una cosa sencilla, rapidito, anestesia general y en cuestión de horas estás en tu casa. ¿Tenemos alguien a quien llamar?