sábado, 12 de mayo de 2012

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?




El viernes fuimos con Sebastián a una charla acerca de la historia del vestuario en el cine, que daban en la Universidad de Palermo. Nos habíamos encontrado en San Telmo, en la esquina de mi trabajo, cuando salí. Compramos una cerveza en un supermercado chino, que volcamos en un envase vacío de Coca de litro y medio, y caminamos desde Independencia y Piedras hasta Córdoba y Mario Bravo, mientras nos poníamos un poco al día con nuestras cosas. El recorrido fue Independencia, Nueve de Julio (por el Bernardo de Irigoyen side) y luego Córdoba hasta Mario Bravo. Todo, por puro gusto de charlar caminando. O caminar charlando.

Ironías de la vida, íbamos a una charla acerca de vestuario y Sebastián tenía la campera roja que lo abriga hace siete inviernos, yo un saco negro que ya está blanco de tanta mugre. Y los dos, con las zapatillas rotas. A mí no me gusta que las cosas duren poco, no me gusta comprarme cosas nuevas, salvo que lo necesite de verdad. Así que uso las zapatillas hasta que sangren. Y a Sebastián, la plata no le alcanza para cambiar de campera, cambiar de acolchado, cambiar de paquete de arroz. Pero a los dos nos interesó el tema y, además, la charla era gratis en uno de los palacios académicos de la ostentación. Así que ahí fuimos.

Escuchamos a un tipo que durante casi dos horas habló acerca de los criterios que se tuvieron en cuenta para vestir de Cleopatra a Elizabeth Taylor, de modelos a las modelos de Blow Up, de androides a los androides de Blade Runner y de novia a Uma Thurman en Kill Bill. Todo apoyado en una presentación en una especie de power point muy moderna, que indicaba quiénes habían trabajado en cada película y subrayando la poca importancia que se le suele dar a una de las patas fundamentales en la recreación de una historia.

Mientras tanto, yo me preguntaba por qué en esta ciudad, como cualquier ciudad grande, es tan importante cómo nos vestimos y la imagen que damos, por qué la calle Avellaneda todavía no fue declarada monumento nacional al uniforme urbano. Por qué una etiqueta Levis da tanto prestigio como una manzana mordida en el frente de una notebook, qué sentido tiene gastar el doble en algo que uno puede pagar la mitad. Y cómo las adolescentes llegaron a vestirse todos iguales, según su clase social: las más adineradas con calzas, camisas de jean y borcegos y las más pobres con pantalones elastizados, campera a la cintura, rodete y zapatillas deportivas. No pensaba en el cuerpo, pensaba en la ropa. No hay ningún matiz, todos están seriados y requiere tanto coraje como osadía romper el molde y vestir otra cosa que no sea eso.

A mí nunca me importó la ropa. En mi habitación de chica lo que se renovaba siempre eran los juguetes y no los vestidos. No soporto comprar ropa, me parece una tortura. No hablo del cuerpo, hablo de la ropa. Nunca encuentro nada que me guste y siempre la paso mal. Aunque ahí, viendo las creaciones producidas para otras creaciones, me dieron ganas de salir a reventar la tarjeta y comprarme trajes y trajecitos, zapatos, collares, vestidos de fiesta, chalinas y tapados. Y llevarlo a Sebastián a comprarse una campera nueva.

Todo fue muy bien hasta que al final de la charla, a modo de cierre, el tipo, un tal Matías (nombre de niño que a un hombre grande le queda mal) le pasa la posta a una Constanza (nombre muy UP), que nos contó que la planilla que nos habían dado a la entrada era una encuesta para saber cómo habíamos llegado a la charla, y que podíamos dejar el mail para que nos manden información de otras charlas. Y –y ahí vino la sorpresa- que la charla esta formaba parte de un programa educativo que armaba la UP en sus facultades, y que si nos había interesado, estaban programando un gran encuentro, con charlas y talleres, en un campus en Pilar, que duraría un fin de semana, con traslado, vianda y materiales incluidos, por tan solo 950 pesos.

Lo mismo dije yo: ¿qué carajo? Cómplices, con Sebastián nos miramos y nos reímos. “Con esa plata filmo Cleopatra II, y con mejor vestuario y todo”, dijo Sebastián en voz alta. Constanza se molestó, porque el comentario se escuchó fuerte y claro en el auditorio. Frunció la nariz y después dijo que estas charlas estaban orientadas para aquellos que no tenían dinero para pagar el encuentro. Y Sebastián, que si de contestar se trata es mandado a hacer, le retrucó “No mientas. Estas charlas son para publicitar ese encuentro”. Acto seguido comenzó el show.

Lo que siguió fue lo de siempre. Con Sebastián tenemos cierta experiencia en levantar revuelo. Primero se despierta el murmullo, después algún desubicado toma parte por el garca y vocifera algún comentario guionado por Clarín y luego aparece el pacificador, que en este caso fue Matías, para calmar los ánimos. Yo, que llevo mi resentimiento social a flor de piel, me dediqué a levantar la voz lo más fuerte posible, tanto como para que Constanza se lleve su diploma de Licenciada en lo que sea a otra parte.

Por supuesto que Constanza nos increpó para saber cómo era que nosotros habíamos llegado a esa charla. O más bien, cómo estos dos roñosos habíamos osado pisar la UP. Y Sebastián y yo, que ya estábamos contentos de haber armado semejante escena, nos sentimos discriminados por pobres y pedimos un libro de quejas en donde dejar asentado que nos estaban marginando y cómo.

Así que Constanza le pidió a una chica que estaba atrás de todo que trajera el libro de quejas. Pero creo que lo hizo para que nos fuéramos rápido, como ya se había ido la mitad del auditorio. Nosotros pusimos play a la cinta por la que se transportaron los que también sentían que los estaban invitando muy cordialmente a asistir a una charla, bajo el viejo y eficaz artilugio de “el primero te lo regalo, el segundo te lo vendo”. La chica volvió rápido con el pesado bibliorato y yo, que en escribir quejas ya tengo un máster, me dediqué a redactar nuestras razones, sentada en una butaca del auditorio, mientras en el frente del auditorio Sebastián discutía con Constanza.  La morocha de ojos verdes que trajo el cuaderno numerado, se reía de lo que decía Sebastián y a mí me daban ganas de cerrarle el cuaderno en la cara. Cuando levanté la cabeza, vi que se estaba agarrando la cintura y me compadecí de su lumbalgia. Pero estaba bastante caliente, así que le pregunté de qué se reía y cómo se llamaba. “Contractura lumbar, me llamo”, me respondió la muy hija de puta. Típica maldad de cotillón, con sonrisa falsa que no muestra los dientes, propia de una Constanza, una Pilar, una Pía y nombres por el estilo.

Así que una vez que firmé, nos acompañaron muy amablemente a retirarnos. Pero no por el pasillo por donde habíamos entrado al auditorio sino por otro lado, por una oficina, para que sellaran la queja en el cuaderno y no sé qué más dijeron. Con Sebastián nos miramos y nos dimos cuenta que estábamos hambrientos de cólera. Queríamos más quilombo, más gritos, más todo. Así que mientras Constanza selló el cuaderno, Sebastián agarró una notebook que había sobre un escritorio y se la metió adentro de la campera, por abajo y sin abrir el cierre.

Constanza no se dio cuenta ni del faltante ni de nuestras urgentes ganas de irnos rápido. Así que adiós Constanza, adiós morocha y nos fuimos. El riesgo más grande era atravesar el control de seguridad de la entrada. Cuando estábamos bajando las escaleras, Sebastián me mostró que con la notebook había una identificación de la Universidad. Una de esas tarjetas magnéticas con las que te enseñan de chiquito nomás a pertenecer a esta sociedad de control. Pero el tipo de la foto tenía bigote y pelo corto y Sebastián sin barba y con sus rulos sueltos y por el hombro. No nos dijimos nada al respecto y cuando llegamos a la puerta, le preguntamos al tipo de seguridad, si podíamos salir por cualquier parte y nos dijo que sí. Aunque enseguida nos paró uno de la Universidad, con remera con loguito y todo. “Chicos, ¿están apurados?”, nos preguntó. “Y sí, mirá, yo estoy llegando justo a mi trabajo, porque trabajo de noche y él tiene que ir a buscar a sus hijos en un rato, ¿por?”, respondí con cara de póker, que es la misma cara con la que se mira a un comerciante cuando le pagás con un billete falso o cuando te revisan un solo compartimento de la mochila a la salida del supermercado. “Ah, no, por nada. Es que cuando salen tienen que darles un papelito. Pero, ¿ustedes vinieron a una de las charlas?”. “Sí, sí”, dije yo, con seguridad. Sebastián siguió caminando como si de él no se tratara el asunto. “Ah, bueno, bueno. No importa entonces. Pero para la próxima ya saben”, nos dijo y nos dejó ir rápido, para atender el teléfono que había empezado a sonar cuando nos había parado.

Salimos casi corriendo, sin saber para dónde ir. Esa adrenalina de haber robado algo era un efecto que hacía mucho tiempo no sentía. Agarramos para Libertador y creo que fuimos más rápido que un chita, porque en unos veinte minutos llegamos hasta la Avenida. Yo, que le había dicho a Sebastián de guardar la compu en mi mochila, ya me imaginaba todo lo que podía hacer con una notebook nueva. Justo ese viernes a la mañana había pasado 40 minutos tratando de bajar a mi compu unos discos de reggae del mp3. Ya me podía ver, abriendo mil ventanas a la vez y sin que se me colgara nada. Creo que Sebastián se debe haber visto en lo mismo, porque todas esas cuadras no nos dirigimos la palabra.

Cuando éramos novios, disfrutábamos un montón las caminatas en silencio. Una vez Sebastián me preguntó si a mí me molestaba que no hablemos y yo le contesté que me parecía alucinante, que sentía que en esos momentos sincronizábamos nuestras energías. Pero ahora la cosa era distinta: no estábamos siendo novios, estábamos siendo socios en un choreo. Así que huimos todo lo que pudimos hasta que un semáforo nos obligó a parar en una estación de servicio. Compramos una Coca y nos miramos eructar. “Qué onda de mierda que tenía esa gente, ¿no?”, dije, para cortar el silencio. Sebastián no me dijo nada. Se puso a mirar a unos pibitos que jugaban a cruzar la calle con el semáforo en verde, esquivando los autos. “Yo no puedo hacer esto”, dije. “Yo tampoco”, respondió. Y fuimos a buscar la parada del 128 para devolver el botín.

Cuando llegamos a la UP, el tipo que nos había parado se estaba imprimiendo un libro, mientras miraba la tele. Le dijimos que queríamos hablar con una chica que había estado en la charla, que no sabíamos el nombre. El tipo marcó un número y anunció: “Hola, te buscan dos chicos acá abajo. ¿Podés venir?”. Mientras esperábamos, en la tele pasaban la publicidad de una película con Michael Jackson aún negro, caminando por Nueva York, pisando charcos que reflejaban edificios enormes y semillas de humo que brotaban desde alcantarillas. “Una ciudad muy grande”, se llamaba la película. A los dos minutos se nos acercó una colorada de ojos celestes. “Chicos, ¿los puedo ayudar?”, nos preguntó. Nosotros lo miramos al tipo, que estaba tratando de disimular las hojas que no paraban de salir de la impresora láser. Con cara de bronca, le dije “esta no es la chica que te digo. Esta es colorada y nosotros estamos buscando una morocha de ojos verdes. ¿Te parece que si estuviéramos buscando una colorada no te lo hubiésemos mencionado?”. 

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es el nombre de una novela de Phillip Dick.