lunes, 4 de junio de 2012

Origen extremo

"No vayas, por favor. Quedate, no vayas", le pedí, descerebrada.
"Linda, no puedo faltar a trabajar. Y además, es un rato nomás. En un par de horas ya estoy de vuelta", me respondió mientras me besaba y me mordía un pezón.
"Dale, no vayas", insistí.
"Bueno, no quiero llegar tarde. Te mando un mensaje cuando salga para acá", me dijo como si yo no hubiese insistido.

Antes de salir, puso play a un cd con toda la discografía de Catupecu Machu. Cuando cerró la puerta, una lágrima me corría por la nariz para pasar luego al otro ojo y de ahí, a la almohada. Nunca son un par de horas. Nunca vuelve para acá. El "del trabajo a casa y de casa al trabajo", con él no va ni ahí. Y creo que eso es lo que más me enferma. Que a la salida del trabajo, tomar algo con amigos, ir a bailar un rato y amanecer tomando cocaína en algún departamento al que ya le pega el sol son algunos de los caminos por donde sigue su noche. Lejos mío todos, yo estaré esperando acá, llamando noventa veces por hora a un celular que está apagado, a sus amigos que nunca saben dónde está y toda llena de llanto. Si no es en la cama, será en el baño o la cocina. Entonces no es que no quiera que vaya a trabajar, es que quiero esperarlo a que vuelva cuando creo que va a volver y no diez horas más tarde. Entonces, sigo en la cama como si fuese que si me quedo en el mismo lugar en donde lo despedí, nada se alterará, las horas pasarán más rápido y volverá más rápido y tal vez esta noche cumpla con lo de que son un par de horas y ya estará de vuelta. Entonces, los vecinos gritan porque están jugando a la Play y yo estoy aferrada a una almohada con tanta fuerza que podría empujar la Tierra para que las horas pasen más rápido.

Permanecer en la cama me da una calma uterina. Abajo de las frazadas, todo es menos áspero. Entre las sábanas, mojadas de transpiración y llanto, puedo pensar menos. O más y mejor. O peor. No lo sé muy bien. Se me acerca el gato y le acaricio la panza. Supongo que los gatos saben hacer eso, acercarse a sus dueños cuando los ven tristes. Le juego un poco, le hago cosquillas hasta que se enoja y me muerde la mano. Le pego una cachetada y lo estampo contra la pared. Grita justo cuando los vecinos metieron un gol. Sale corriendo y lo pierdo del campo de visión, que es todo lo que rodea a la cama. Me chupo la sangre de la mano, como si me hubiese mordido una víbora. Guardo abajo de la almohada la mano y me duermo un poco hasta que otro gol de los vecinos me vuelve a despertar.

Ese instante en el que me despierto, ah, cómo me gustaría sacarle una foto a esos pensamientos. Todo está tan claro. Este dolor es mi cocaína. Tirada acá, todo es tan lindo. Muerdo esta tristeza como si mordiera un elástico atado a mi brazo, listo para ser inyectado con una dosis de depresión. Mientras me duele la mordida en la mano, la voz de Fernando Ruiz Díaz dice que Got to be good looking cause he's so hard to see, en el Come Togheter de Dale! y pienso que amo estos domingos en los que él y yo nos venimos juntos, pero los odio porque mañana lunes a las tres de la tarde va a volver afiebrado y yo voy a estar esperándolo con rabia, en la misma cama en la que lo despedí.

Desde que perdí la virginidad hasta ahora, desarrollé cierta habilidad para enredarme con hombres así de ausentes. Ausencias que no están presentes. Ahora suena Mil voces finas: He llegado hasta aquí, todo se terminó, repetía el liquidado... El dolor del que busca y no encuentra/ el temor a hablar de miseria/ la razón que mira al costado/ el instinto indomable /suelto sin riendas. Me causa gracia cuando presento un nuevo novio a mis amigas y tratan de hacer un rompecabezas con el novio nuevo entre los otros novios que presenté. Diseccionan personalidades como si de degustar un vino se tratara. Comparan, testean, aprueban y desaprueban la relación. Freudizan el asunto y le asignan la culpa del issue a mi padre desaparecido. I don't give a fuck y sigo cogiendo con quien me viene en gana y cuanto tiempo sea posible, por lo menos hasta que es la hora de ir a trabajar, entonces esta depresión de domingo, dentro de una depresión de domingo. Hermoso, todo junto, difunto y podrido.

Tirada en la cama, la música sigue sonando. Escucho a los vecinos que se cagan a palos, porque uno que ganó la partida se burla de otro que la perdió, entonces algo cayó al piso violentamente y los gritos de mujer, la histeria familiar. No necesito un vaso para escucharlos pelear. Se gritan todo el tiempo. Ahora, al menos me sirve para distraerme de mí. El gato vuelve a mí, le muerdo una oreja. Salta la cama, sale corriendo. Ojo por ojo, mano por oreja. Me río. La mancha de humedad del techo se expande a cada minuto. Empieza a llenarse la casa de agua. No reconozco el sonido del grabador porque empiezan a chispear cada vez más fuerte los cortocircuitos. El gato, ya flotando en agua que no para de caer desde el techo, me dice: "¿no te parece que ya es hora de reconsiderar una alternativa a la depresión?".


Origen extremo es una canción de Catupecu Machu, editada en el disco "Cuadro dentro de Cuadros