jueves, 26 de julio de 2012

Pero vos, ¿por qué me hacés esto?

No puedo parar de llorar. El té se enfría sobre la mesa vidriada y yo no puedo parar de llorar. No sé por qué lloro. Supongo que es una escena que estoy montando para que la Preceptora me tenga lástima. Agarro el té, que está en una taza de vidrio, cónica, color caramelo y tomo un sorbo. Está más frío de lo que pensaba y tiene una aureola de aceite. Cuando lo termino, puedo ver la marca que me saluda desde el fondo de la taza.

Parece que la bisagra de la puerta de la preceptoría necesita aceite, porque hace un ruido rarísimo. Yo trato de darle una forma, como quien quiere señalar una nube, imaginándose que una concentración de oxígeno puede ser un árbol, un jinete y su caballo, una radio. Cuando entró mi mamá, no me saludó a mí, no saludó a la Preceptora ni saludó a la Directora. Vino directamente hacia mí y con las llaves todavía en la mano, me dijo "Pero vos, ¿por qué me hacés esto?".

Quise darle una pronta respuesta a su pregunta, así que agarré la máquina de escribir del Secretario y la tiré por la ventana. Atravesó el vidrio, rompiéndolo en pedacitos que cayeron al suelo de la planta baja unos pocos segundos después de que las teclas de la Remington se desparramaran por la vereda del Colegio.