martes, 11 de diciembre de 2012

Todo volverá a ser como fue

Lo que hiciste en mí no tiene perdón
y yo sé que me siento mucho más fuerte sin tu amor
.

Naufragábamos los dos. Vos con tu tesoro encontrado a buen precio, de albahaca, frutillas y cerezas y yo buscando un lugar donde tatuarme un ancla. Casi cambiando de ruta te vi, y te pregunté por qué, justo antes que me recordaras el agua bendita de tus besos malvados. Marea de amor, ola de recuerdos, mar de besos, litros de piel. Como a un mástil, me trepé a vos para abrazarte. Oliendo tu cuello me pregunté si alguna vez voy a dejar de quererte así, tan tanto. Caminamos juntos mientras me contabas historias sacadas de la bitácora que narra aquel tiempo que pasamos juntos (¿o debería decir aquellas tempestades que navegamos a la par?) Te extrañé en cuanto te vi. Si no sé nada de vos, no te recuerdo y ni te evoco. Más bien siento un poco de rencor. Qué pena que una palabra tan linda describa un sentimiento tan feo. Cuando pienso en vos, siento que éramos fuego y pólvora. A veces explosiones, disparos de daño; a veces fuegos artificiales. O viento y barrilete, uno y otro nos alternábamos para hacernos volar o a para dárnosla contra el pasto. ¿Te conté que no encuentro gente con vuelo? ¿Que siento que estoy hablando una lengua muerta? ¿Que ya no quedan más amigos de lo eterno? Sí, te conté. Y me hablaste del miedo que tienen todos de salirse un poco de la cuadrícula en la que está milimetrada su realidad miserable, del pánico al desborde, del terror a cruzar el semáforo en rojo.

Caminamos hasta un árbol (¿hasta dónde si no?) y antes de irte me recomendaste que usara más vestidos y que viajara en transatlántico. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Gotas del mar de amor que supimos concebir.

Al final, me tatué un faro como ese que me regalaste la última vez que crucé el océano. Y ahora veo lo que fuimos menos como un mar, más bien como una inundación en el subsuelo. Tus libros están mojados, también mis fotos tuyas. Tus monerías frente a la cámara ahora parecen una cinta pasada en un walkman con poca pila. O el cuadro ese de Dalí, La persistencia de la memoria.

La indómita luz se hizo carne en mí
y lo dejé todo por esta soledad

martes, 4 de diciembre de 2012

Un huracán arrasó mi ciudad

Es mi día libre, porque por más que sea mi decisión trabajar, los días libres son la libertad de la libertad. Entonces lo celebro durmiendo una siesta en mi cama que da a la ventana, por más de que a través de los vidrios no deje de tentarme el sol y la idea de tener un perro de la calle para pasear por el Parque de los Patricios. Pero no. Siesta. En el primer día del último mes del año. Unidades de tiempo, las unidades más únicas de todo el mundo. Mi día libre y luego de pequeños mandados que me encargué y de los que me ocupé temprano, siesta.

 

Me despierta una multitud, con su costumbre de gritar a coro, de cantar a los gritos, de saltar gritando, acompasados. No están muy lejos, su canto se oye sólido y nítido. No están en mi casa, pero están en mi barrio y las multitudes, gente en estado líquido, ocupan todo el espacio posible. Esta multitud está en su punto de ebullición y los siento en mi cama, en su estado en forma de fluido altamente incomprensible. Le cantan a un globo. Alientan un globo. ¿Cómo se puede alentar un globo?

 

Un globo es un juguete tibio. No dura más de una tarde. No dura más que una tarde. Aunque no sé de otros chiches a los que se les haya dedicado una película, salvo excepciones, nadie puede decir que un globo fue su juguete preferido en la infancia. Con un globo, ni futbol ni volley, por más de que aparente ser una pelota. Hay que tenerlo bien agarrado para que no se vaya. Y si está inflado con helio y no tiene hilo, se va al cielo de los globos sin escalas. Tenerle amor a un globo es un acto de amor inflado. Un globo que sale de la boca de una persona, dice lo que ella piensa cuando es un personaje. Un pez globo puede ser venenoso hasta la muerte. Un globo terráqueo, un globo aerostático. El globo de un chicle, el globo con forma de corazón que le regalé a mi amor, mi gran amor. La primera vez que vi un globo salchicha. La piñata con forma de globo de mi fiesta de disfraces y los globos de la fiesta con la que inauguré mi casa. Todos los globos que conocí, englobados en ese canto de aliento, gritado por una aglomeración de gente: "¡Y dale, y dale, y dale globo dale!".

 

Me encantaría despertarme siempre así, por muchedumbres alentando causas que causen gracia. Las flores lilas del jacarandá, las lunas crecientes, un perro cagando en el Parque podrían ser algunas de ellas.