martes, 12 de febrero de 2013

Oda a mi lancha

Con algo que me acompañará
-un largo rato en lo sucesivo-
enredado en mis pensamientos
subo al ascensor para bajar en ese recorrido vertical
que hasta ayer hice sentada en la bicicleta y ahora hago apoyada en mis dos pies.

El ascensor es grande, entran once personas pero soy yo y mi tormento
hasta el piso de abajo, que sube la mujer del encargado.
Nos saludamos con un beso, porque es una mujer atenta, una vecina buena
y a mí me agrada compartir el ascensor con ella.

Me pregunta qué tal ando y sin vueltas le cuento
que anoche me robaron la bicicleta, así que ahora a andar a pura pata.
Lourdes se golpea las piernas a la altura de sus brazos colgados
¿cómo puede ser? se pregunta y se re pregunta ¿cómo puede ser?
esto es cualquier cosa, ya no sé a dónde vamos a ir a parar,
pronuncia sin esfuerzo esa melodía de indignación.
Sus comentarios de titular son como males de muchos, pero saben consuelar.

Me pregunta cómo fue y le cuento. Que fui al cine en Congreso, que la dejé atada en la puerta
que cuando salí, ya no estaba. Que encontré medio eslabón de la cadena tirado en el suelo.
Que la tenía desde que cumplí 22 años, que me la habían regalado amigos, mi hermano y un exnovio
al que quiero como un amigo y un hermano.
Que la quería mucho, que le había tejido un pulover, que la usaba todos los días.
Que le había cambiado el cono y el asiento hacía poco, que estaba andando re linda.

Mientras pensaba en todas estas noches en que volví agitada
y todas esas mañanas en que fui a trabajar apurada
cantando los discos de Pez a los que les daba play
en el altavoz del celular
y en los videos de Loco Pro y el de Una Vela,
llegamos a la planta baja.
Lourdes intenta animarme
Madrecita, te compadezco. Aunque yo no sé andar en bicicleta, te compadezco.
Me dice justo antes que separemos nuestros rumbos
en la vereda del edificio.

Con mucho pesar
y después de tanto tiempo
voy hacia la parada de colectivo.
No, yo me compadezco de ella.