martes, 30 de julio de 2013

TOS (Trastorno Obsesivo Soñador)


Si el inicio de esta historia trascurriera en una película, ustedes supondrían que yo voy a morir en la última escena, como señala Spregelbud en una Ted Talk. Tengo mucha tos y la tos, como el amor, no puede disimularse. La tos es el peor invento que se inventó desde que se regularizaron las enfermedades. A la tos la debió haber inventariado un burócrata desgraciado que ese día discutió con su mujer, quien, enojada porque una gota de agua arruinó el lisado perfecto de su cabello, lo mandó a hacer las compras y él, como buen burócrata y sobre todo desgraciado, llevó cualquier cosa menos lo que le habían ordenado comprar. Cuando volvió a la casa, le tiraron por la cabeza el jabón en pan que llevó en lugar de la manteca y entonces el tipo, ¿qué hizo? Inventó la tos.

Debería haber leído los términos y condiciones (o, según las siglas en inglés TOS) de este estado inmundo y tener en cuenta algunas actividades que me son vedadas. Ir al cine, por ejemplo. Ni siquiera una película de argumento hambriento y trama vomitiva podría tapar el sonido de mi tos. Pero eso no es nada. Lo peor es no poder dormir. Para personas narcolépticas como yo, de los que apenas apoyamos la cabeza en la almohada, bajamos la persiana del día, la tos puede ser una enemiga impiadosa. Esa espasmódica manifestación exacerbada de los pulmones, puede representar un piquete insufrible en la autopista hacia el descanso.

La tos, tos, tos. ¿Hay algo más incómodo? Un estornudo o un bostezo pueden encubrirse, pero la tos es como la risa y por más que trato de esconderla mi mamá, siempre preocupándose por mi salud, la encuentra -como encontró mi diario íntimo cuando tenía 11 años- y, dale, insiste en hacerme tomar un jarabe. Y yo me mantengo firme en no comprarlo. No quiero gastar plata en un brebaje de dudosa procedencia y efectos secundarios indeseables. Para eso me tomo una Coca-Cola.

A la tos yo le presento batalla como la Argentina le presentó batalla a Inglaterra en la guerra de Malvinas de 1982: con artillería vetusta y un ejército de remedios caseros. Algunos vahos con menta, jugo de naranja y limón, un par de medias de más y listo. No me gusta la tos, pero mucho menos me gusta aportar en el engranaje comercial farmacéutico que tiene al invierno como principal factoría. Si la tos quiere venir, que venga. Le presentaré batalla.

Debatiéndome sobre si más vahos o no, atiendo un llamado de mi madre, sabiendo de su insistencia sobre el jarabe para la tos. Aprovecho la desgracia de un ataque espasmódico y le digo que no puedo hablar, que me llame después. Mágicamente, la tos desaparece cuando corto la conversación y sigo mi ritmo habitual. Pero en ese ritmo habitual está incluida la insistencia de mi madre, que subraya que es necesario medicar. Ya hablé de que mi mamá es enfermera y ¡ay! las profesiones de los padres, cuánto que nos afectan a los hijos. Entonces, si de salud se trata, ahí está mi madre, firme junto al pueblo, sea jarabe, inyección o comprimidos, a mi mamá le gusta eso de estar.

Al rato, mi mamá viene de sorpresa a mi casa, con algunas bolsas de supermercado. Un paquete de galletitas de agua, calditos, jabón para la cara y, como menú principal, jarabe para la tos. Y yo la recibo en pantuflas y con bufanda. En mi casa hace frío y mi mamá llega con todo su amor de madre y una cajita de cartón, con un envase de vidrio y una tapita medidora de plástico. Me marca hasta dónde me tengo que servir y me anota las horas en que deberé tomarlo. 23. 07. 15. Y yo, bueno.

Hablamos algunas boludeces y se va, dándome algunas recomendaciones para la vida. Yo bajo a abrirle y en eso me acuerdo que me quedé sin naranjas y que me gustaría seguir probando con mis recetas caseras, de juguito natural. Así que vuelvo a subir y a media máquina como estoy vuelvo a bajar para ir a la verdulería.

En la verdulería a la que voy siempre, siempre me divierto. La atiende una familia compuesta por los padres y los hijos, que son dos hermanos grandes, uno muy serio y el otro muy distraído, y una nena de dos años, que juega a desordenar todas las verduras todo el tiempo. ¿Qué voy a llevar? Pomelo, naranja, limón. Me atiende el serio. Mientras el distraído, que suele tomarse mucho tiempo para despachar a los clientes, le pregunta a una señora de changuito si va a llevar manzanas blancas o negras.

Yo ya lo he visto hablarle a las lechugas mientras las riega y partirle pedacitos a las remolachas hacer dibujos violetas en la pared y lo escuché describir el sabor de las ananás y narrar sus aventuras en el Mercado Central. A veces le pregunta al perro del local cuál papa es mejor y si una vieja no le cae bien, enseguida le da la orden de ataque, que el perro por supuesto no acata. Cuando me atiende él, vuelvo a mi casa con cosas que no estaban en la lista y de la lista, casi nada. Su torpeza es hermosa y soportable y sólo a alguien como él podría perdonársele el pedirle un kilo de pomelo y dos de naranja, para después poner en la heladera un kilo de mandarina y uno de limón. Al fin y al cabo el pomelo no me gustaba tanto.

El padre y el hermano lo retan a cada rato. Mientras el serio me prepara un paquete de acelga, el distraído, mi preferido, le regala unas bananas a un cartonero que pasa con un carro enorme. En voz baja, el serio me cuenta que hace un rato en vez de medio repollo, le metió un kilo de kiwis a una señora y que yo me cago de la risa, pero la señora estaba que se la llevaba el diablo. “Pasa que de chico no tomaba las medicinas. Ni el jarabe para la tos cuando estaba enfermo, tomaba. Nada. Así quedó”.

El serio me hace la cuenta y el distraído ni se da cuenta que yo estuve y que me estoy yendo. Pero cuando salgo, la bolsa con los dos kilos de naranjas se vence y las pelotas salen rodando por toda la vereda. El serio sigue atendiendo y el distraído me ayuda a agarrarlas antes de que lleguen al cordón. Me trae una bolsa nueva y me reemplaza una naranja que se partió. Se la queda, la termina de abrir, le saca las semillas con los dedos y las guarda en el bolsillo de su delantal. “Hay que guardar semillas por si viene el fin del mundo”, me dice.

Entro a mi casa, me recibe mi gato. Dejo las bolsas encima de la mesa y agarro la cajita con el jarabe para la tos. La abro, saco el frasco de la caja, saco la tapita medidora del frasco, lo abro y tiro el jarabe por la pileta. Como un borracho en recuperación, miro el jarabe correr hacia la rejilla. Yo quiero inmunizarme de la insensibilidad inoculada.