martes, 24 de septiembre de 2013

No siento los pies


Atravieso la ciudad en colectivo, desde el Parque Los Andes al Parque Ameghino, desde un actual cementerio a un antiguo cementerio, desde Chacarita a Parque Patricios. Apesto a transpiración y cigarrillo y tengo aliento a cerveza y frío. Y gracias a la providencia divina, después de haber saltado por más de una hora, en el show de Fermín Muguruza, pegué un asiento en el 65. El colectivo va lento y lleno, así que más lento. Tengo hambre y ganas de apagar la lámpara que está enchufada al lado de mi cama, ya. Pero me faltarán al menos cuarenta minutos hasta que pase eso. Un período de tiempo tibio, ni una hora ni media, ni siquiera cuarenta y cinco. De tan tibio es peligroso. Me puede dormir. Y no quisiera seguir en el 65 hasta Constitución, despertarme con el ruido del motor de la unidad, ese buznido que hace cuando llegan al corral. Es medianoche y Constitución es la selva con zombies que salen a patotear orgullos y pisotear corajes. Tengo que mantenerme despierta lo que me queda hasta llegar y no rendirme frente a este asiento calentito, dentro de un colectivo que me mece y que me recuerda que es otoño cuando alguno se baja y las puertas se abren para que suba un poco de frío. Ser chofer de colectivo en el turno noche merece un premio de vida. Yo no soy la única que va cabeceando y el chofer ahí, firme frente al volante. Los pasajeros pasan y el chofer queda. Ya son menos los que subimos en el mismo punto y ya nadie comenta lo que pasó en el recital. Cuando llega a la Avenida Rivadavia, recambio de visitantes, parada obligada siempre. Yo me debato entre mirar por la ventana y mirar la gente que viaja. Pero entre las dos, gana cabecear. Tengo mucho sueño y estoy cansada pero mayor es el miedo a quedarme dormida. Ya me pasó otras veces, despertarme borracha en Avellaneda, con el sol ya salido y que me hicieran propuestas indecentes, a las que contesté "¡ni en pedo!". "Boluda, si ya estás borracha", fue lo que obtuve de respuesta. En eso cruzamos Avenida San Juan, cuando La Plata se empieza a oscurecer, acercándose a Cobo y sube una mina por la puerta del medio, aprovechando que se abrió con la de atrás para que bajaran dos. Sube y nos reparte papelitos de diario, cortados prolijamente con los dedos. Y le agradece al chofer, con un gesto de bendición. Sacerdotisa de la calle, su pan es la basura y su agua bendita los charcos que se dibujan al borde del cordón. Sus zapatillas están desatadas y agujereadas y carga unas cuantas bolsas y bolsitas. El chofer la debe conocer, porque no le dice nada. Mi instinto de desconfianza se despierta y me despabila y veo cómo otros que estaban cabeceando como yo, también se paran derechos y la siguen con la mirada. Ella nos reparte papelitos y murmura cosas que nadie le entiende y todos tenemos miedo porque los locos nos dan miedo, porque no nos gustan los locos, sobre todo si no se bañan desde hace varios días y tienen las uñas largas y el pelo hecho una sóla mata de pelo. Y más aún si nos dan papelitos y nos piden plata. Ella pasa de vuelta a buscar sus papelitos, como si fuesen billetes los cuida y los junta con amor y con amor una vieja le da cinco pesos. Ella agarra los cinco pesos como si fuera un papelito más y los papelitos van a parar todos a una de sus bolsitas. Va hasta atrás de todo y junta sus papelitos, billetes y papel de diario, y vuelve al medio a dejar en un rincón, ahí donde van las sillas de ruedas, todas sus bolsas y camina de adelante para atrás del colectivo, bendiciéndonos a todos. A todos nos incomoda su presencia y nos inquietan sus movimientos. A todos nos despertó del letargo, nos sacó de la mecedora. En eso toca el timbre con sus manos negras de mugre y de piel negra y cuando creemos que está a punto de bajar, se queda y grita, ahora en un castellano perfecto y entendible, que no siente los pies. "No siento los pies". Dice fuerte. "¡No siento los pies!", de nuevo, pero ahora grita. "¡¡¡No siento los pies!!!" y los mira y los miramos todos, en esas zapatillas hechas ojotas que se mueven pero ella no lo siente. Se pasea por todo el pasillo, gritando que no siente los pies. Nadie le responde, nadie le dice que si no los tuviera, no podría estar caminando. Nadie se anima a tranquilizarla. Ella sólo grita que no siente los pies y todos con cara de cámara oculta. Será por el frío o por algún delirio, o tal vez es un hábito y no lo sabemos, pero ella no siente los pies. No puedo imaginarme cuándo será la última vez que se cortó las uñas, que se bañó entera, que usó ropa limpia, que durmió en una cama con sábanas nuevas. No se puede saber cuándo fue la última vez que no tuvo este olor rancio, a toda su humanidad encima. ¿No siente los pies de tan sucios que están o de tanto que caminó hoy? ¿No siente los pies porque se está moviendo sin moverse o porque le aprietan las medias que no tiene? ¿O no los siente en su cabeza? ¿Qué cosas le habrán arruinado el raciocinio? ¿Qué tanto se puede sobrevivir viviendo en la calle? Ella gritando que no siente los pies y el colectivo sigue andando. Como cuando un chico llora y todos se molestan, pero este bebé está desprotegido y nadie se acerca a tocarla por miedo a contagiarse la locura. Yo llego a mi parada, despierta como necesitaba, y me quedo insomne en mi cama hasta la madrugada. ¿Habrá vuelto a sentir los pies?