jueves, 5 de diciembre de 2013

Franca Navidad

 Me puedo imaginar lo que estarán diciendo mi cuñada y mi mamá de mí, con un vittel thoné de por medio. Para cuándo los confites, un novio, casamiento, un hijo y que ese tercer ambiente de la casa que me estoy pagando expulse el escritorio y la máquina de caminar y reciba una cuna funcional. Pero son las 22.40 del 24 de diciembre y yo recién salgo de la oficina. Me quedé cerrando los números del mes, porque mañana me voy de vacaciones y mi jefa me pidió que antes de irme haga el balance. Como mi familia, ella cree que yo me quedo horas de más porque soy una adicta al trabajo. Y en realidad yo me quedo horas de más porque así puedo enganchar con un pibe con el que comparto la combi desde Independencia y 9 de Julio hasta Castelar. Ese chico es lo más parecido a una relación que tengo desde que corté con Justo, que se quedó en la casa que alquilábamos en Independencia y Defensa. De Justo sólo tenía el nombre. Entonces opté por comprarme una casa y comprometerme a 30 años con el banco. Abandoné San Telmo y volví al barrio donde crecí, cerca de mi familia. Fue mejor así. Todos los días vuelvo en combi. Encontrármelo a él, hablar del clima, del tránsito y después, ya en viaje, de la música que estamos escuchando o de libro que vamos leyendo es el cierre del día. No sé cómo se llama, pero ya me imagino que su apellido rima con el mío y eso es todo un avance, considerando que hasta hace un par de meses pensaba que si con Justo no iba más, se me acababa la vida. La vida se te va a acabar si seguís trabajando tanto, Natalia, me dijo el psicólogo, que me recomendó respirar más. Yo le hice caso y entonces vino la casa con ventanas grandes por donde llega el sol y un árbol de paltas en el fondo. Pero para pagarla, mucho trabajo. No me quejo, pero a esta hora yo quería comer vittel thoné. Pero salgo del trabajo, ningún taxi me lleva hasta Castelar y ahora mi plan será ir a Pirillo, comprarme unas porciones de pizza y comerlas en Plaza Defensa, brindar con algún otro solitario que se haya quedado varado en Buenos Aires y después ver si algún taxista me lleva. No me hago mucho problema por no pasar la Navidad en familia. Es una cena más y como siempre comemos juntos, estamos bien porque ya habrá otra oportunidad. Lo que sí me hubiese gustado, y como voy a no venir a trabajar por algunas semanas, es tomar la combi, preguntarle el nombre al pibe este y decirle que vacaciones hasta febrero, nos vemos en un mes. Pero no y entonces al localcito de Defensa e Independencia y Silvita, dos muzzas de parada y una Stella, por favor. Comparto la barra con un grupo de colombianos que cantan canciones muy alegres y yo brindo con una porción de esa fugazzeta insuperable, que era la pizza que comíamos con Justo cuando estábamos contentos o teníamos algo que festejar. Ahora estoy festejando sola la Navidad y el cierre de un año que fue bueno y fuerte y que lo hice yo sola y nadie podría quitarme esta alegría de haber hecho todo lo que yo quería. Me voy a brindar conmigo misma a Plaza Defensa y la plaza es una fiesta. Somos muchos solos y ahí parecemos todos juntos. En eso, en el medio de la multitud de ruidos y olores, de charlas y tambores, mis ojos se chocan con los ojos del pibe de la combi. Me quedé haciendo horas extras y ya no había más combis para volver a Castelar, me dice. A lo que yo le contesto ¿Cómo te llamás? Franco, me responde.