viernes, 5 de diciembre de 2014

Nunca estuve tan lejos de mi mundo

 Era la Noche de los Museos y yo tenía una cita. ¡Alegría! El día se prestaba para cargarme de expectativas y me lo tomé para eso. Limpié mi casa, moví muebles de lugar, tiré papeles. Me encontré unas entradas de cine, de una vez que fuimos con... ¿cómo se llamaba? El salame ese que se fue a Londres. Chau, chau, muy lindo todo, chau. Me di un megatratamiento de belleza, más bien de masoquismo.

Divina como estaba, esperé a Luis Alberto. Luis Alberto se llama. Nombre de poeta tiene. Me propuso hacer un recorrido por los museos de su barrio y el mío. Él vive en San Telmo y yo, en Barracas. Así que caminamos y conocimos, hicimos colas, nos perdimos en calles que ni sabía que existían. La noche estuvo tan bella como el día. Pero Luis Alberto, ay, qué chasco.

Quiero decir... yo sabía de su novia en Italia y no me hice expectativas con él, sino con el hecho de tener una cita, un encuentro con alguien, una invitación a conocer el mundo de un otro. No me esperaba pasar la noche con él ni mucho menos. No me molestó que haya llegado tarde, no. Ni que no supiera hablar de otra cosa más que de él y de su novia italiana. Tampoco que se haya colado en filas, que haya salteado lugares por creerlos poco interesantes. No. Lo que me molestó fue que con nombre de poeta y todo, no hubiera nada en su mundo que me llamara la atención. Lo que me decepcionó fue encontrarme con un otro con el que no tenía nada, absolutamente nada que ver. Paseé toda la noche con una persona que podría no haber conocido jamás y mi vida hubiese continuado igual. Y a mí me gusta la gente que te mueve los muebles de lugar en la casa que es la vida.

Por mi trabajo hay una casa de comidas que en la pizarra donde ponen el menú del día, siempre escriben una frase. El lunes cuando fui a comprarme el almuerzo, estaba esta frase de Sartre escrita en tiza celeste: “Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Y me encendí de amor

 Me compré un par de patines. No sé si es que los días que pasé cuidando a las nenas de Mariana, mientras estaba Felipe internado, me empapé de ganas de jugar o si me agarró un ataque de envidia y les quise copiar los rollers a Lisa y Marcia. Obvio que los estrené con ellas, por las calles de Castelar. Para cuando Felipe pudo volver, yo decidí segur patinando por mi barrio.

Ocurre que en la oficina mantuve el secreto, porque me da no sé qué que me vean, así que a la salida, me hago la que voy a volver caminando a Barracas y cuando ya hice algunas cuadras por Puerto Madero, me saco los zapatos y me pongo a rollear. Andar como por el aire, me desenchufa de los números y los balances y de la rutina y con estos días tan lindos, es cargarme de pilas, llenarme los ojos de árboles floreciendo y de sol y de brisa. También es más práctico que una bici y más rápido que caminar. Y voy cantando canciones del MP3 a los gritos.

En eso que voy, de lo más campante, completamente enmímismada con un disco de Flopa y Minimal, me agarra un semáforo y ¿a quién veo al lado mío por Alem, a la altura de Brasil? A este chico, que no sé cómo se llama, que tenía una ragazza en Italia, que lo conocí en un bar de San Telmo.¡ Y yo vestida de oficina y con unos rollers! “Hey, vos tenías una ragazza en Italia”, le digo, sin mucha más información para establecer una charla. “Sí, en Roma, y vos tenías un novio en Londres”, me recuerda rápido. “Tenía, sí. Ya no tengo más. ¿Y vos? ¿Tenés todavía tu ragazza?”, le pregunto. Me contesta: “Sí, sigo teniendo mi ragazza, pero a veces preferiría no tenerla más. No tenerla cerca es muy difícil, quiero decir, tenerla lejos... hablando de tener... ¿tenés algo que hacer el sábado? Es la Noche de los Museos ¿viste? y hay mil cosas para ver. ¿Querés que vayamos juntos?”.

Creo que las nenas también me contagiaron la vergüenza y ante la propuesta me puse colorada como si tuviera 8 años de vuelta. Le dije que sí y después de agendarnos los celulares, me di vuelta para seguir patinando. Casi como si fuera un tema nuevo, me fui pensando y repasando la conversación y repitiendo su nombre mientras el viento me agitaba el pelo.

domingo, 5 de octubre de 2014

La rima que duerme con todas las palabras

Benito tiene una costumbre, que su dueño anterior le debe haber inoculado, que es la de desfilar por la mesa mientras desayuno. No pisa las tostadas ni mete la pata en la taza, sólo se pasea y me mima con la cabeza y con amor. Con bastante paciencia lo bajo y a los dos segundos está caminando de vuelta sobre el individual, oliendo el frasco de mermelada o bailando con el humito del café con leche. Un poco lo malcrío, sí.

Justamente estaba desayunando cuando sonó el celular. Raro que alguien me llame a esa hora. Era Nora, la mamá de Mariana, una de las chicas. “Iban en el auto por la autopista y con la lluvia de anoche casi tuvieron un accidente. No les pasó nada grave, Mariana está bien, pero el bebé se adelantó unas semanas. Están en el sanatorio. Dos kilos cien. Yo recién vuelvo a mi casa y en un rato voy de vuelta. ¿Le podés avisar a las chicas?”.

Son esas llamadas en las que todo se mueve. Dejé la mesa armada con Benito y todo y salí corriendo. En el camino, me imaginé en cada cumpleaños suyo, recordando cómo me enteré de su llegada: Felipe es el tercer hijo de Mariana. Es el varón esperado, después de dos bombonas que son una belleza, Lisa y Marcia.

Mariana estaba en la habitación 23. La encontré apoyada en las almohadas blancas comiendo un yogur, bella, prolija y con los ojos maquillados como siempre los tiene. Las nenas ya le habían hecho dibujitos a Felipe, en donde le decían que lo esperaban pronto en casa. Felipe, en la sala de cuidados intensivos, dormía en una cajita cristalina, rodeado de aparatos. Ella, segura y fuerte, me dijo en tono de promesa: “Unos días y nos vamos. Va a estar todo bien”. La abracé y abracé el milagro de la nueva vida que ahora era parte de su vida.

Me tenía que ir enseguida, mi día todavía no había empezado. Dejé a Mariana con su cuñada, que llegó cuando me iba, con un ramo inmenso de flores. Pasé por la sala vidriada donde Felipe seguía dormido y le lancé un beso al aire. Recién nacido y ya despierta enamoradas.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Romance de suelas y suelos

 Cada vez que Camila cumple años, se le da por hacer unas fiestas estrambólicas. Fiesta de disfraces, temáticas, pelotero para grandes, cosas así. No sé de dónde las saca pero sus ideas son geniales. Y esta vez nos invitó a celebrarlo en una milonga en La Boca para aprender a bailar tango. Estábamos todas y algunos de sus amigos nuevos, más primos y familia, y nos sumamos a la clase en banda. Casi ninguno habíamos bailado jamás y a mí me había enganchado la idea porque Franco me contó que estaba yendo a aprender a un bar en Londres.

Así que en una de esas noches que hubo, que parecía primavera cuando todavía invierno, estábamos en un salón enorme y caluroso, con olor a humedad, unas ventanas gigantes y piso de madera, paso atrás, paso al costado, cruzo los pies, retrocedo. Y vuelvo a empezar. No era la descripción de mi vida sino de los movimientos básicos de esta danza del amor. Aprendimos lo elemental y después de hora y media de práctica en solitario, se abrió el telón para dar inicio a la milonga, vino más gente, gringos y baqueanos, empezaron a correr los vasos y a bailar en el sentido contrario a las agujas del reloj se ha dicho.

En eso, cortamos el baile para que hubiera torta, velitas y que los cumplas feliz. Ese momento hermoso en que todos miramos al que cumple años mientras piensa en tres cosas que desea mucho. Ya quisiera yo cumplir años ahora mismo y pedir tres deseos, pero más que nada quisiera que se me cumplan. Aunque… si se cumplieran enseguida ¡¿qué haría?!

Aprovecho la marea de los que se vuelven al oeste y me prendo en la despedida. Taxi y ganas de aterrizar en la cama. Abro la puerta del auto y abro el correo. Hay uno largo de Franco, que decido leer cuando esté acostada. Saludo a Benito, me lavo los dientes y pongo a cargar el celu. Enchufado, leo el mail de Franco. Empieza con “espero que no te enojes”, sigue con un “conocí a una chica en la milonga” y termina con “te mando mil besos”, entre muchas otras palabras.

martes, 5 de agosto de 2014

Mil horas, como un perro

 Benito es amoroso conmigo. Me espera en la puerta, duerme a mis pies, se acomoda en mi falda. Y eso que ni siquiera soy su dueña y de hecho estoy ocupando su casa. Es un segundo piso por escalera, en un edificio de la aristocrática avenida Montes de Oca y el día que empiecen a cobrar las expensas por belleza edilicia, estoy frita. La ventana al cielo y los ronroneos por kilo tampoco están incluidos en pago mensual. Los vecinos, divinos. La otra noche, Benito, por acariciarse con la puerta, que no abre desde afuera, la cerró justo cuando salí a sacar la basura, sin la llave en la mano. Yo estaba muy de pijama y rodete, y aunque no me conocían me recibieron con un vaso de soda de sifón y mientras esperábamos que viniera el cerrajero, que tardó mil horas, me presenté y les conté de Facundo e Isabella y que estoy a cargo de Benito por el momento. Son un matrimonio que calculé que tendrían más de cuatro décadas de casados, hijos de mi edad y nietos como los que quisiera mi mamá que yo le dé. Alberto y Stella. De hecho, me contaron de un festival que se haría en la Plaza Colombia por el día del Niño. El Batacazo del Arte, me dijeron que se llama, y que ahí iban a llevar a sus nietitos, que lo hacen todos los años y que hay talleres y shows de payasos. Me vino genial el dato, para llevar a mis sobrinos, les dije.

Mientras me hablaban, yo pensaba que siempre que veo un matrimonio así, me muero de ganas de preguntarles cuál es el secreto, dónde está la clave, cómo se hace para que los años pasen y el amor quede. Si es verdad lo del amor eterno, si se puede aceptar el compromiso de estar juntos para siempre y mantenerlo. Si es real esa sensación de conocer a alguien y creer que es LA persona para compartir toda la vida. Muero de amor cuando veo un par de viejitos caminando de la mano por la calle ¡y acá en Barracas hay muchas parejas así!

Momentos antes de que llegara el cerrajero, junté coraje y les pregunté hacía cuánto estaban juntos y no pude más de la sorpresa cuando me dijeron que hacía dos años que se habían casado y tres que se habían conocido en un tour de 15 días por Europa. Les llama la atención, me dijeron, que siempre vivieron cerca. “A veces uno está en la misma ciudad y no se cruza a nadie y estás a miles de kilómetros de distancia y te encontrás con el amor”, me dijo Alberto justo antes de separarnos en el pasillo, acompañados por el cerrajero. En cinco minutos el asunto de la puerta estuvo arreglado y yo sentí unas ganas enormes de salir a caminar. Esta vez con la llave en la mano.

sábado, 5 de julio de 2014

Sábado de invierno al taco

Cada vez que tenemos que celebrar el Día del Amigo, siento que me tengo que partir en las distintas Natalias que soy y que juntaron amigos y amigas a lo largo de todos estos años. Siempre el privilegio lo tienen las chicas de Castelar, pero ocurre que este año no tenía ganas de pasarlo allá y quería que alguna vez sean ellas las que vengan a mis pagos. Así que las invité a un bar muy lindo, muy lindo, que queda al 600 de Bolívar. Y me di el gusto de invitar, porque teníamos que celebrar mi nuevo puesto de jefa.

Sábado a la noche, en la vigilia del Día del Amigo, y las seis a las risas, chocando vasos y celebrando lo que había que celebrar, que no era sólo mi nuevo puesto sino también un nuevo embarazo de Mariana y el divorcio de Flavia. La mesa, que nos quedaba de lo más cómoda, tenía un menú de amores variadísimo: Mariana, en tren de ser madre por tercera vez y un feliz segundo matrimonio; Flavia, divorciada para casarse con un compañero nuestro que reencontró por Facebook; Camila, siempre buscando al amor de su vida; Marina, disfrutando de su soltería (¡y de su soledad!); Belén, aprendiendo lo que es la convivencia de la mano de un escritor neurótico 25 años mayor que ella. Y yo, con Franco y el amor por Whatsapp desde Londres.

En eso, tres chicos que festejaban el cumpleaños de uno de ellos, nos piden compartir la mesa. El cumpleañero estaba como yo, a pleno con el celular. Nos pusimos a hablar primero de su remera de Sonic Youth y después de la manía esa de estar con amigos o donde sea, pero no estar de veras ahí. Él me preguntó en dónde estaba yo, en vez de estar celebrando con mis amigas. “En Londres, con una especie de novio que tengo, que se fue hace dos meses y vuelve en diez”, le dije. “Vos sabés que no va a volver, ¿no?”, me respondió. Yo le hice dientitos, de esos de “tenés un hambre, vos”, y le pregunté dónde estaba él. “En Italia, con una ragazza que conocí en Güerrín”, justamente una noche que tenía mucha hambre”, me contestó.

Cuando nos fuimos, Camila, mi-amiga-profesora-de-Lengua me comentó: “Me gustó el cumpleañero. Pronunció la u de Güerrín y dijo mucha hambre y no mucho hambre”.

A mí también me había gustado eso.

jueves, 5 de junio de 2014

Pasajera en tránsito perpetuo

Franco se fue a Londres y yo volé a recuperar mi vida. No es la primera vez que me diluyo un poco ante la llegada del amor, pero esta vez me agarró más madura, más viva. ¿O más vivida? El asunto es que tuve que volver a mí y a mis cosas. Unos días después, y como si una despedida no fuera suficiente, mi jefa nos comunicó que en dos semanas largaba todo y se iba a vivir a Nueva Zelanda. ¡A Nueva Zelanda! Que sí, que la vida es corta y que la cansó la vida en la ciudad, los números y que desde siempre quiso vivir en una isla.

Por supuesto que entre mis compañeros se quebraron las costillas de tanto darse codazos, haciendo mérito para sucederla, pero mi jefa ya había designado a quién poner en su lugar. Yo estaba en las mejores condiciones para el puesto, pero no me quise adelantar y dejé que suceda lo que sucedió: en el brindis de despedida me anunció que debería llevar los portarretratos con fotos de mis sobrinos a su oficina.

Por supuesto que así no podía seguir viviendo en Castelar, arriesgándome a que un paro ferroviario me haga llegar tarde a alguna reunión, porque las combis venían repletas y era imposible conseguir un asiento. Además, con Franco en Londres, ¿qué sentido tenía andar por esa autopista que había sido nuestra? Así que se alinearon los planetas y tuvo lugar un enroque de casas. Camila, que al tercer mes de vivir sola, se cansó de la humedad, las goteras, las pérdidas y los cortocircuitos que el dueño de su casa se negaba a arreglar, se mudó a mi casa; Facundo, que en las vacaciones en que Franco le cuidó la casa, conoció a una garota brasilera que le robó el corazón, se mudó con ella a una casa chorizo en Chacarita y yo, que necesitaba volver a vivir a Capital, me mudé a su casa en Barracas, con un alquiler a un módico precio, a condición de cuidar a Benito el gato, porque Isabella, la brasilera, es alérgica.

Mi mamá se molestó un poco por volver a tenerme viviendo lejos suyo y cuando me preguntó por qué me mudaba, rápida, mi respuesta fue: “Por su puesto”.

lunes, 5 de mayo de 2014

Primero hay que saber partir

 Nuestros encuentros la última semana antes de que Franco partiera a Londres fueron como la barrita larga que llega y ordena las piezas de una partida de tetris de tiempo. Entre despedida y despedida –la que le hacían los compañeros del Nacional Buenos Aires, la de los compañeros del trabajo, la de los compañeros de la facultad, la de la familia, la de los primos, la de sus amigos, la de los pibes con los que va a ver a Boca- nos veíamos un rato o un ratito o a veces lo acompañaba. Fue como seguirle la gira a alguien en algo que parecía la celebración de un cumpleaños repetidas veces o la despedida de sus seres queridos. Mucho amor, buenos deseos, regalos para el viaje, abrigos para el frío inglés, pero, sobre todo y más que nada, tiempo. Franco le dedicó un montón de tiempo a saludar, a abrazar, a recibir y a visitar a todos aquellos de los que iba a estar alejado un buen tiempo. En eso me enteré que la beca que se ganó era por un año, que no es mucho tiempo, pero que en sus planes desde hace mucho tiempo estaba que si le otorgaban la beca, iba a pasar más tiempo del que le asignaban, para aprovechar el viaje. Así que lo que en principio sería un almanaque entero, ahora tenía forma de puntitos suspensivos. Bien.

No nos quedó muy en claro en calidad de qué lo acompañaba yo y tartamudeábamos un poco los dos a la hora de presentarme. Así y todo, para mí fue divertido vagar con él por Barracas, su barrio de la infancia, y dedicarle tiempo yo también. Como sea, quedamos en mensajes y skype y tomarnos un tiempo: ni la mentira romántica de un amor a la distancia, ni la despiadada verdad de que cada cual haría lo que le venga en gana. Sólo dejar que la cosa fluya y sea como pueda ser, es decir, darle su tiempo.

La noche anterior al día del viaje, la pasamos juntos en la casa de Facundo, el dueño del departamento de Barracas donde habíamos dormido la noche de Navidad, donde empezó nuestra historia y donde vivía Benito el gato. Su vuelo salía de Ezeiza a mediodía y a las diez de la mañana yo entro a trabajar en Puerto Madero, así que nuestra despedida sería en la vereda de Montes de Oca. Cuando bajó a abrirme, miré el reloj y le di un beso rápido, como si fuera un hasta luego. “Se me hace tarde –le dije- son las nueve y media”. Él miró el suyo y me dijo “En el mío son las nueve y cuarto. ¿Tu reloj está adelantado o el mío está atrasado?”.

Qué pregunta más oportuna.

sábado, 5 de abril de 2014

Té para seis

 Camila fue la última de nosotras en irse de la casa de sus padres. Todos la entendimos: sus viejos siempre fueron un amor y la bancaron hasta que terminó la quinta carrera que empezó. A esta altura ni siquiera su papá, un tano total, espera que se case y le traiga nietos los domingos. Con el título ya es suficiente. Así que la noticia de su mudanza nos llenó de alegría a mis amigas y a mí, un sexteto imbatible desde aquel 1º 3ª que fuimos en 1993.

No había mejor día para celebrarlo que el 8 de marzo, no porque fuera el Día de la Mujer sino porque es más bien difícil hacer que nuestras agendas coincidan. Así que Camila nos invitó a su casa en Castelar y pizzas de delivery para brindar.

La reunión me venía más que bien. Desde que Franco me anunció su viaje a Londres, estuve en blanco. Todos los colores que trajo su llegada se hicieron grises en cuanto me contó de su partida. Si fuera un partido de ajedrez creí que estaba conquistándolo y en realidad era un mate que puso en jaque mi corazón. ¿Qué mejor que para contrarrestar el efecto Franco que exorcizar las penas en una reunión de amigas?

Con las chicas siempre hablamos de todo y hablamos de nada y hablamos todas al mismo tiempo y también nos quedamos cómodas si de repente un silencio invade la mesa. No es necesario juntarnos seguido porque no importa cuánto tiempo haya pasado, siempre hablamos como si retomáramos la conversación en el punto en donde la dejamos, como una película en VHS que quedó en pause en ese mientras tanto al que nos someten nuestros horarios, nuestros trabajos; sus hijos, mis sobrinos del corazón; todas las cosas y las casas donde vivimos.

Todas sabían del asunto y todas se pusieron de acuerdo sin decirlo, claro, para no hablar del tema. Pero cuando la noche empezó a aclarar y ya habíamos hablado en contra y a favor de todo, y a la enésima vez que miré sin éxito el celular para ver si tenía novedades de Franco, me largué a llorar de la mano de un “¡¿por qué?!” sin respuesta alguna.

Al final, Franco fue como una ambulancia que pasa por la calle con la sirena encendida, a toda velocidad, que detiene el tránsito de todos los demás autos, que hace mucho ruido, todo se inquieta y después de que pasó, todo vuelve a ser como fue.

miércoles, 2 de abril de 2014

Y son todos iguales

Se rechazan, se detestan, se golpean
se burlan, se embaucan, se abusan
se desaprueban, se critican, se repelen,
se ahuyentan, se empujan, se codean,
se gruñen, se gritan, se putean
se prometen, se estafan, se mienten,
se desconfían, se engañan, se descreen,
se acusan, se prejuzgan, se condenan
se acosan, se fustigan, se desprecian
se censuran, se obligan, se encarcelan
se disparan, se ejecutan, se reprimen
se odian, se matan y se mueren.  



miércoles, 5 de marzo de 2014

Una casa con diez pinos

 Ya no estábamos en el barrio cuando la muerte pasó a visitarlo. A principio de febrero, el amigo de Franco volvió de sus vacaciones y nosotros dejamos la casa de Barracas, nos despedimos de Benito y volvimos a nuestra vida antes de la Navidad. Sólo que ahora en vez de tomarnos la combi en Independencia y 9 de Julio para ir al oeste, íbamos a la Costanera, a tomar una cerveza y comer una bondiola.

Enero es un buen mes para empezar un romance. Mis vacaciones fueron primero y luego vinieron las de Franco, así que yo lo pasaba a buscar por su trabajo y después él por el mío. Mi jefa se dio cuenta de que andaba en algo cuando resoplé porque había que quedarse cerrando los balances del primer mes del año. Ya no soy su niña mimada. Ahora soy la niña mimada de Franco.

Franco me convida de su música, de sus historias. Me lleva de visita guiada por sus cicatrices: la de cuando los llamaron para tomar la merienda y él estaba con sus primos, trepado a un árbol de ciruelas en la casa de su abuela; la de la vez que volvió de bailar más tarde de lo prometido y trepó la reja de la casa de sus padres, con una punta filosa que le quiso dejar mella. Me gusta cuando me cuenta esas cosas, como cuando me cuenta de cómo llegó a libros o discos. Así pasamos enero. Febrero nos tuvo jugándonos partidos de local y visitante día por medio en Castelar. Las tormentas de madrugada nos tenían hablando de sus ex y de los míos, de las costumbres extrañas de nuestras familias, de dónde nos encontraría la vejez. Él espera una casa con un patio, una parra y muchos nietos y yo muchos perros y cerca del mar. Tal vez coincidimos en los árboles.

Era jueves cuando me invitó al cine de Puerto Madero. Había una luna hermosa, casi llena. Caminamos por San Juan hacia la 9 de Julio y nos tomamos un helado en una plaza empotrada en la manzana de Piedras. Una murga ensayaba para el carnaval. “Me gané una beca para estudiar un año en Londres. Me voy en abril”, me dijo Franco, frío.

Nunca me cayó tan mal un helado.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Calaveras y diablitos

 Franco se estaba quedando en el departamento de su amigo, cuidándole un gato y unas plantas. Y también le estaba cuidando los discos, que regamos con cervezas compartidas en el monoambiente de Barracas, siempre y cuando hubiera luz. El monoambiente es luminoso, debía decir el anuncio de venta, que escondía que con la luz entra el calor y no nos quedaba más remedio que sacarnos la ropa apenas cruzábamos la puerta. Y besarnos. Besarnos mucho, como si fuera verano y estuviéramos en una playa. Por cierto, ¿yo no me tenía que ir de vacaciones?

Después de debatírmelo profundamente opté por seguir con mi planeado viaje a Las Grutas. Ya tenía las reservas y los pasajes y no iba a dejar de ir por pasarme los días en un monoambiente con un pibe con el que recién empezaba algo, ¿no? No, ¿no?

Dos días duré en Las Grutas. Dos días. Antes de conocerlo a Franco, de una semana de frenesí adolescente, de calor, de cervezas descalzos con Benito saltándonos entre las piernas -Benito es el gato del amigo de Franco- antes de todo eso, tenía planeado pasarme diez días en Las Grutas.

Las Grutas es hermoso. Es una playa rionegrina a la que íbamos con mi familia cuando yo era chica. No sé cómo la descubrió mi papá, contador como yo, pero la amamos todos y ahí íbamos, a ser felices, a jugar, a comer y a reírnos. Después de un 2013 agitado, creí que lo mejor era volver a mí, volver ahí, conectar con esa nena que quería ser bailarina y bailaba en la arena mientras su mamá le sacaba fotos. Quería el agua caliente del mar, la playa desierta, el viento sureño, la arena en los pies. Quería todo eso de vuelta, antes de que Franco aterrizara en mi vida manchada de gris.

Pero cuando llegué a Las Grutas, Dios, qué horror. La ciudad que yo recordaba quedó enterrada entre los puestos de lo-que-se-te-ocurra y gente, mucha gente, por todos lados gente. Yo quería silencio. O mejor dicho, la yo antes de Franco quería la ciudad que era Las Grutas antes del turismo. Y soporté el ruido dos días. Tres, si contamos dos medios días. Chats de por medio, hablábamos todo el tiempo con Franco, nos mandábamos videos, fotos y besos por celular. Dos días. Y me volví a Barracas.

Benito me hizo fiesta cuando llegué y a una de las plantas se notaba que le faltaba un poco de riego.

jueves, 30 de enero de 2014

Esto es eterno

Ahora piedra
ahora lluvia
ahora fino hilo de algodón
ahora trenza
ahora tanza
ahora telaraña
ahora manta
ahora parche
ahora pañuelo
mañana velo
ahora cinta
ahora cordón
ahora árbol
ahora jugo
ahora pulpa
ahora fruto
ahora semilla
ahora campo seco
ahora pasto mojado
ahora tinta
ahora dibujo
ahora cueva
ahora eclipse
ahora cuerda
ahora lágrima
ahora abrazo
ahora olor
ahora ayer
ahora fin
todo cambia
esto es eterno

viernes, 24 de enero de 2014

Flipareis ahora es un libro artesanal!

Flipareis saltó al papel! 
Y es un libro artesanal!

Hace algunos meses, con motivo de la FLIA, decidí volcar algunas de las historias que forman parte de este blog, más algunas otras, al papel. Y lo hice de manera artesanal, autoeditándome y armando libros hechos con tapas de discos. Los bauticé "All you need is", porque muchos de ellos hablan del amor y, básicamente, porque todos tienen música, como tiene música el papararará de esa canción beatle.





Los libros están numerados y pueden elegir las tapas que hay. Son todas distintas y entre ellas pueden encontrar discos de Festilindo, el Trío Los Panchos, Pimpinela o María Marta Serra Lima.










Interesados, pueden contactarme a mi correo: sentadaenlasombra@gmail.com.

Besiiii!




domingo, 5 de enero de 2014

¿De dónde sale la gente solitaria?

 Cuando la noche del 24 dejó de ser una Fiesta para ser una fiesta, y después de habernos contado de todo, Franco me invita a una fiesta, en la casa de los amigos de unos amigos suyos. Y allá vamos, sin nada para brindar, pero con una pandereta que nos regaló un jipi con el que brindamos a medianoche en la Plaza Defensa.
La fiesta es en el sexto piso de un edificio antiguo que queda frente al Parque Lezama, sobre la Avenida Colón. No sé si por deshabitada o qué, pero la casa está pelada, como si estuvieran esperando el flete para hacer una mudanza, y sólo hay una mesa con un equipo de música así de grande y una mesa con vasos de plástico y botellas vacías. Ni sillas, ni sillones, ni cuadros en las paredes. Sólo un montón de gente que no conozco y baila. En el vacío de las habitaciones, las cumbias suenan más fuerte. Franco y yo, con la pandereta somos el centro de atención y como buena pareja protagónica, no la compartimos con nadie. Bailamos cumbia colombiana, cumbia peruana y cumbia argentina, en un combinado de pasos quebrados y palabras a los gritos que mantuvimos durante un buen rato. Hasta que yo invito un cigarrillo en el balcón y arriba del cielo de nubes verdes que forman los árboles ahí abajo, en el Parque, Franco me dice que podríamos ir a tocar la pandereta a la casa de un amigo suyo, que se fue de vacaciones y le dejó la llave de su casa, ahí a un par de cuadras.
Y allá vamos.

El sol empieza a llegar y yo, todavía vestida de oficina, con un vaso de cerveza medio lleno en una mano y una pandereta en la otra, me dispongo a subir la escalera del Parque Lezama con él al lado y pienso que ayer cuando salí a trabajar no podía haberme imaginado que terminaría así el día. Cuando llegamos a la casa del amigo de Franco, con el sol entrando por la ventana, Franco me dice que es un buen momento para escuchar Los Beatles. “Revolver sería lo mejor”. Y yo le pregunto qué hay que revolver.

-No, hablo de Revolver, el disco, dice, mientras revuelve entre los cds de su amigo. -¿Revolver un disco? ¿Cómo se hace eso?, le contesto.

Franco se ríe conmigo y cuando enciende el equipo de música, el equipo no enciende. No hay luz.

-No hay luz, dice Franco. Y los dos miramos con un poco de tristeza el ventilador de techo del monoambiente con una única ventana.

-Ah, me parece que yo lo tengo en mi celular.

Franco pone play y suena Taxman. Yo acompaño con la pandereta. Nos reímos hasta que termina y empieza Eleanor Rigby. Franco me tirotea un montón de preguntas: ¿De dónde sale la gente solitaria? ¿Me querés decir cómo terminamos pasando por la misma coordenada, en el mismo momento, anoche en la Plaza Defensa? ¿Y cómo sigue esto?

Y allá vamos.